El calor del hospedaje
El calor del hospedaje
DOMINGO ARSUAGA
Esta vez ha entregado los borregos antes de lo previsto.
La ansiedad le tenía carcomido, y cuando uno se siente así es mejor bajar antes de que los malos pensamientos le ocupen la cabeza del todo.
Domingo ha aprendido a detectar el momento en que debe reunirse con los demás porque los necesita.
El cuerpo le pedía escuchar otras voces, otros sonidos que no fueran los que emite la soledad.
No quiere construir más hombres de piedra.
Todos saben que con ellos se puede hablar, pero jamás te escucharán.
Algunos pastores no pueden con la soledad infinita y van colocando piedras, una encima de otra, hasta levantar algo parecido a una presencia.
Cuando lo dan por terminado, hablan con su propia construcción como si fuera un compañero.
El pastor no censura nada que suceda en la montaña, pero reconoce que después de un par de meses los pensamientos se tiñen de espesura y emiten sombras malignas.
Es entonces cuando hay que permanecer muy alerta, agarrado a uno mismo para detectar los agujeros escondidos del alma, esos en los que se puede caer para perderse en los abismos.
Domingo ha aprendido a reconocerlos. Su hermana pequeña, María Inmaculada, le avisa, le despierta en la noche desde dondequiera que esté y le susurra que ha de volver.
Su patrón, Peterssen, hijo de unos pioneros suecos, es un hombre algo seco y rígido en sus decisiones.
Nunca ha hecho referencia a esa soledad que se siente en los pastos altos, pero comprende la necesidad que empuja a Domingo a abandonar el aislamiento.
Su trabajo está muy ligado al clima, a las decisiones que debe tomar, a la salud del rebaño.
Si el verano no es demasiado caluroso y entran los vientos del norte, puede bajar antes.
La llanura y su clima desértico no es buena para el ganado.
Necesitan agua y pastos. Si el invierno se prolonga, y el frío y la nieve cierran el camino, tampoco es bueno adelantarse.
Más de uno se ha encontrado los ríos helados y ha perdido muchas cabezas.
—Tenía que bajar. Era el momento.
Se lo dice a Felipe, que es quien hace de traductor, y el patrón asiente.
El Creek Valley no es el mejor rancho de la próspera zona en la que está enclavado ni tiene el mayor de los rebaños, pero tampoco cuenta con capacidad para cuidar de sus pastores, así que valora la lealtad de Domingo y le permite alguna licencia.
Cobra puntual su salario, y también obtiene algún dinero extra por las pieles de los animales que ha cazado a lo largo de los seis meses.
Hace dos temporadas mató un oso. Para él fue una experiencia única de la que no ha hablado nunca.
Podría haber obtenido buenos dólares por la piel, pero no quiso venderla y la llevó a un tratante de pieles para que la limpiara y estirara.
Encarni la tiene colocada en una de las paredes del despacho.
Vuelve a montar su caballo y va hasta la casa de Ramón Arrieta para venderle los corderos que nacieron durante el camino y las pieles. Aún no ha pasado por la barbería, pero al tratante no le asustan los hombres recién llegados de la montaña.
—A este paso vas a hacerte rico muy pronto.
Los beneficios del pastor han sido considerables, y la suma que arroja el resultado de las ventas de sus corderos no es precisamente despreciable.
—Quiero casarme y encontrar una casa donde instalarme.
El comerciante hace un gesto de asentimiento.
Lleva tiempo en América, y no dudaría en apostar a la hora de adivinar qué hombres echarán raíces allí y cuáles volverán al lugar de donde proceden.
Ramón se ha buscado su hueco como tratante de ganado.
Conoce a todos los vascos que poseen un rancho o andan cuidando rebaños.
Él es uno de los que, a cambio de una comisión, buscan terrenos, casa, viajes y hasta esposas para los que lo desean.
—¿Una casa o un rancho?
—No tengo suficiente dinero para un rancho.
Arrieta se arregla el cuello de la camisa.
Le gusta ir limpio y bien vestido, y frecuenta los bailes y los hospedajes donde las chicas no hablan de ovejas.
Es mayor que Domingo y no se ha casado. Su amigo Koldo le contó una vez que hace unos años volvió para buscar a su novia pero la encontró casada con otro, y que desde entonces se ha vuelto un solitario empeñado en hacer fortuna.
A Domingo le importan muy poco los chismes que los hombres, aburridos, repiten cuando han bebido demasiado rye whisky .
A él de un hombre solo le interesa poder confiar en él, y Ramón es de los que no engañan.
—¿Para cuándo el rebaño?
—Pronto, pero primero la mujer.
—¿Y ya le has echado el ojo a alguna moza?
—La quiero de la tierra… Como yo.
—Eres listo. Ellas, cuando están aquí, ya no te abandonan. Si quieres que te ayude con lo de la casa, me lo dices. Ya sabes que yo conozco los planes de todos los que llegan a este estado.
Está atardeciendo, el cielo se ha vuelto naranja y luego rojizo, y la tierra rezuma el calor del día.
Está satisfecho. Siempre que baja de la montaña y llena su cartera se siente así.
Al desmontar del caballo, ve su reflejo en una ventana.
Sonríe y admite que alguno de los mormones podría asustarse.
El sol ha curtido su piel, oscureciéndola, lleva una barba larga y descuidada y está tan sucio que va a ser difícil desprenderse de sus tejanos.
La limpieza es uno de los requisitos que la hostelera exige a sus huéspedes y, aunque sienta por Domingo una cierta debilidad, no admite flaquezas en lo que a higiene se refiere.
Él no acostumbra a afeitarse cuando está en la montaña, y ni tan siquiera se mira en el espejo que le proporcionaron.
Cada vez que vuelve a la civilización se da cuenta de que ha olvidado su propio aspecto.
Cerca hay una barbería de uno de Natxitua, La Gaviota Barber Shop.
Los pastores, la mayoría solteros, van allí a afeitarse y a cortarse el pelo.
Julio, el dueño, tiene una ducha en la parte de atrás y, si necesitan algo, también hay una pequeña tienda adosada con camisas, calzones y pantalones.
En la barbería se escucha música jazz y Julio, que habla sin parar mientras arregla el aspecto de aquellos hombres, les cuenta de la música de un tal Louis Armstrong y de un baile, el charlestón, en el que las mujeres llevan unos vestidos muy cortos y bailan moviendo las piernas como locas.
El barbero sabe que sus clientes vuelven desorientados y les cuesta comunicarse.
El agua caliente ablanda la porquería. Domingo se ha bañado en los ríos y expuesto a los manantiales y las pequeñas cascadas, pero la piel recoge lo que necesita para protegerse del sol y del frío, y cuando un pastor llega a la civilización no es blanco, sino que tiene un color impreciso y oscuro.
Poco a poco, el proceso y los cuidados de Julio hacen que se reencuentre con quien era antes de subir a la montaña, y es entonces cuando se mira al espejo y recobra la imagen de quien era.
Reconoce su pelo pajizo, su nariz larga, sus ojos de mar y ese aire de seriedad que le da la piel permanentemente curtida.
Domingo es más alto que algunos y más flaco que otros, aunque no podría describirse a sí mismo porque no le interesan los espejos.
La temporada ha sido buena y tiene dinero en la cartera.
No lo gastará en ropa, putas o en alcohol.
Nunca lo ha hecho. Lo que quiere ahora es ir a ese lugar junto al río donde, si todo lo que ha previsto se pone de acuerdo, podrá construir una cabaña.
La patraña le saluda y, con un gesto que él ya conoce, sonríe.
— Bai , así me gustan a mí los hombres. Tengo algo para ti.
No le ha dado tiempo a preguntar, y las palabras de la dueña del hotel le sacuden por dentro.
Tiene algo para él… De inmediato piensa que su amigo ha encontrado a su futura mujer.
Mira a los ojos a su patrona sin decir una palabra.
Ella parece comprender su impaciencia. Abre un cajón y extrae un sobre que deja sobre el mostrador.
Cruzan unas miradas que resultan suficientes para que ella rasgue el sobre con decisión y deposite el contenido sobre la superficie de madera: hay una fotografía firmada por Indalecio Ojanguren y un par de papeles escritos por ambas caras.
—¡Vaya! Creo que ha escrito tu amigo Nicolás —dice ojeando la carta—. Empezaremos por la de él.
El papel es tosco y las letras se amontonan entre manchas de tinta.
—¿Y la otra?
—Es de una mujer… Una tal Valentina.
Domingo nota la diferencia. Hay un escudo en la esquina del elegante papel que espera bajo los dedos de Encarni.
Las letras están ordenadas y parecen seguir unas líneas invisibles.
Él no sabe leer, pero distingue a los que escriben mal de los que saben hacerlo.
El corazón le da un vuelco. Domingo hace un gesto espontáneo, urgiendo a su patrona para que comience a leer.
Querido amigo Domingo…