Un cobijo en Gernika
Un cobijo en Gernika
VALENTINA ALZOLA
En una semana, la familia imperial tiene previsto trasladarse a un castillo a quince kilómetros de Bruselas, donde el primogénito podrá realizar estudios propios de su condición.
Eso les comunicó la gobernanta cuando reunió a quienes trabajaban en el palacio.
El anuncio fue a finales de agosto, cuando Primo de Rivera, ya muy enfermo, vino para inaugurar el mercado de la ribera de Bilbao.
Las malas lenguas dicen que la emperatriz no quiere quedarse a ver un cambio de régimen y que, aunque asegure que está feliz en el pueblo recibiendo a condes y marqueses, desea marcharse.
Para los primeros días de septiembre, coincidiendo con la Fiesta de los Gansos, casi todo el servicio austrohúngaro que acompañaba a la familia desde su llegada ha partido para preparar la nueva residencia.
En la cocina, Valentina se encarga de los pucheros, Sabina friega y Visi ayuda en lo que puede.
Hace calor, y el hielo de la fresquera se derrite con rapidez.
Para poder atender a quienes vienen a despedirse ha llenado las alacenas de dulces para los invitados.
Ha aprendido a hacer bombones y marrón glacé , porque las visitas se mueren por los dulces y el azúcar hace que no se estropeen tan fácilmente.
En el semisótano se sienten extrañas, algo incómodas y pensativas.
Afortunadamente, las comidas y la limpieza se han simplificado con el cierre del último piso.
Lo mejor de lo peor es que la joven cocinera ha podido ocupar una de las habitaciones que han quedado libres en la casa del jardín.
Ahora duerme sola en una cama grande, y un gozo desconocido la atrapa cuando cierra la puerta y se tumba sobre una colcha floreada.
Tener un cuarto para ella la convierte en un ser privilegiado.
Descubre la intimidad, la sensación de que nadie pueda verla o escuchar los ruiditos que su prima decía que hace cuando duerme.
La gobernanta le ha escrito una carta de recomendación por si la necesitara para trabajar en otro establecimiento y le ha ofrecido parte de la ropa blanca y algunas piezas de la vajilla que la emperatriz ha desechado.
Mariana y su marido ya están instalados en Gernika.
Han comprado una casa de dos alturas al final de la calle Santa María, y preparan el piso de abajo para abrir un restaurante que se llamará Arraun [19] y que tendrá todos los avances que su marido vio en América, no solo luz eléctrica, sino también un lugar para guardar el hielo a fin de que no se estropeen los alimentos.
Sabe que la carta que envió con la fotografía estará en el hospedaje donde se aloja Domingo Arsuaga.
Probablemente tendrá la fotografía en sus manos y, con ella, constancia de que es una mujer sana y valiente.
Pero los días le parecen interminables cuando piensa en que quizá la misiva se haya perdido y esté en alguna parte de ese endiablado y largo camino.
No puede controlar esas distancias separadas por océanos, ni comprende cómo viajan las noticias.
Si alguien le preguntara cómo se siente, podría decir que una parte de ella sigue la vida y que la otra aguanta la respiración impaciente por saber qué destino le aguarda.
Apenas tiene tiempo para distracciones. Son muchos los invitados que vienen a merendar y despedirse de la emperatriz.
Los restos de las conversaciones llegan a la cocina algo adulterados, pero Valentina sabe que en Berlín hay cabarets donde las mujeres bailan medio desnudas, a pesar de que existe un partido político que crece y quiere acabar con el libertinaje.
Las faldas se acortan, la moral se relaja y en las ciudades hay cines.
Valentina sabe que el mundo que se cuenta en los salones del piso superior del palacio es verdad, pero también sabe que tardará tiempo en llegar.
Por fin ha podido leer el libro sobre la cocina bilbaína que le prestó la gobernanta y ha copiado en un cuaderno las recetas que le gustan, mezcladas con los consejos que la Marquesa de Parabere publica en las columnas de los periódicos que ella siempre revisa antes de que los tiren.
Tiene mano, sobre todo para la repostería.
Ese mismo día ha estado confitando frutas y haciendo un salpicón para conseguir el helado de tutifruti que adora la gobernanta.
Sabe que con sus conocimientos, y hasta que le conteste su pastor, podrá trabajar en un restaurante.
Ya ha hecho varios platos que en el piso de arriba han despertado elogios; al final, piensa Valentina, cocinar es fácil cuando se tienen ingredientes, y las buenas reposteras no abundan.
Muchas de sus compañeras se han colocado en la conservera La Imperial.
El dueño, el señor León Ocamica, es además el alcalde, y por lo visto la emperatriz le pidió que se ocupara de sus empleadas y han venido a visitarlas.
La ilustre dama ha concedido varias entrevistas a la prensa, y en todas ellas manifiesta su intención de no abandonar del todo Lekeitio.
Dice que regresará desde Lovaina a partir de mayo para quedarse durante el verano.
Sus hijos, cinco varones y tres hembras, los archiduques a los que Valentina ha visto crecer, han bajado a las cocinas para despedirse y han dicho algunas palabras en euskera.
Los seis primeros son austrohúngaros, la séptima nació en la isla de Suiza y la octava en España, en El Pardo.
La serenísima infanta Isabel fue su madrina.
Al mayor le llaman el emperador Otto, y pronto cumplirá diecisiete años; luego vienen Adelaida, Roberto, Félix, Carlos Luis, Rodolfo, Carlota e Isabel, de quince, catorce, trece, once, diez, ocho y siete años de edad.
Cuando se van, Valentina memoriza sus nombres, sus sonrisas, y quiere entender por qué llaman emperador a un chico que ya no tiene imperio, pero se calla y recuerda lo que le decía Mariana, que ellos tienen muchos salones y que quizá después de poner patas arriba el Palacio Iribarren no vuelvan a Lekeitio.
La gobernanta concede una semana libre a las que limpian, pero a ella le dice que puede quedarse en la casita del jardín hasta que se cierre el palacio.
—¿Sabes algo de tu matrimonio con el americano? —le pregunta.
—Todavía no.
—¿Y qué harás hasta entonces?
—Buscaré trabajo en Bilbao… ¿Van a volver los príncipes? —Valentina necesita una respuesta.
—El que se va siempre piensa en regresar, pero no hay certeza. Si eso sucediera, te avisaría, así que tenme al corriente de dónde estás. Tú sabes escribir…
—¿Y usted qué hará?
—Yo volveré a Bilbao. Tengo trabajo en la recepción del Hotel Carlton.
Estuve trabajando en el Palacio Ibaigane, para la familia De la Sota, y ellos me han recomendado.
Los idiomas que he aprendido aquí ayudan, pero seguro que tú encontrarás un empleo como cocinera.
Sabes hacer recetas que se salen de lo corriente y tienes una mano especial para los dulces.
Y, por cierto, Valentina, ya no soy tu gobernanta y espero poder ser tu amiga. Puedes llamarme Esther.
—Un nombre bíblico…
—Como casi todos en este país de santoral. —La gobernanta la abraza—. Eres muy joven, saldrás adelante.
Tiene siete días para encontrar un lugar donde vivir.
Piensa en su madre, pero algo en sus tripas le impide pedirle ayuda.
Prefiere llamar a la Fraulin si la necesita.
Una de las doncellas tiene a su hermana trabajando en el Hotel Torrontegui, en la ciudad, y los empleados tienen habitaciones para alojarse.
Valentina anota los datos que le interesan en su cuaderno.
Recoge los enseres que ha ido almacenando.
Como dispone de un baúl, mete allí las sábanas ya remendadas que le ofreció la gobernanta.
Son de buen hilo y están casi nuevas. Cuando un día tenga su propia casa, las pondrá y dormirá como una auténtica reina.
También le dio los moldes para pasteles confeccionados especialmente para la cocina del palacio.
La emperatriz se aleja con su equipaje, pero no mira lo que deja atrás.
A Valentina le gustan sobre todo el que tiene forma de flor de lis y el que reproduce un racimo de uvas.
La Fraulin insiste en que se lleve también unas copas que parecen hechas de diamantes y parte de una vajilla con letras de oro.
Ha metido en el baúl un cenicero de plata algo abollado y algunas prendas que las institutrices húngaras han dejado en los roperos, así como unas agujas para tejer que le servirán para hacerse un chaleco abrigado.
No roba, solo obedece órdenes: dejar los armarios vacíos.
Algunas tardes pasea por Lekeitio, va a ver a conocidas, come castañas asadas y baja al puerto cuando llegan los barcos…
Quiere que se le peguen en el alma las mareas, el olor del pescado, el chapurreo de las mujeres mientras reparan las redes o van a por agua a la fuente.
No quiere olvidar a qué sabe la jarra de txakoli , ni la plata de las anchoas cuando brincan en las redes.
Es la primera vez que no trabaja desde el alba hasta la noche.
Sacia su curiosidad en los comercios y leyendo el periódico, e incluso ha hablado con el cura para saber los papeles que necesita para casarse por poderes. Todo está anotado en el cuaderno.
Cuando le quedan dos días para dejar su alojamiento en el palacio, recibe noticias de Mariana.
Quiere que coja sus cosas y se traslade a Gernika.
El restaurante ya está abierto y necesita su ayuda.
Da gracias a Dios y reza dos padrenuestros mientras busca a Fidel, uno de los conductores de la conservera, que hace lo imposible por que Valentina lo mire.
Lo encuentra cargando la camioneta, pero se detiene para saludarla.
La joven nunca se ha servido de su fervor, pero lleva la blusa blanca que dejó una de las doncellas y sabe que el conductor no le negará nada.
—Fidel, una vez me dijiste que cuando me fuera tú me ayudarías con las cosas.
—Y eso haré. ¿Adónde vas?
—Con Mariana, a Gernika, pero… tengo un baúl.
—A ti no puedo llevarte porque me mandarían a la calle, pero puedo ocuparme de tus cosas. La semana pasada comí en el Arraun. Me alegra que vayas a trabajar allí. Podremos vernos.
No le habla de sus planes. Tampoco le mira a los ojos.
Tiene miedo de que ese hombre, mucho mayor que ella, pueda leer sus pensamientos.
Si le da pie le propondrá un noviazgo, y ella no quiere.
Simplemente le da las gracias. Esa misma tarde, Fidel recoge una carta para Mariana y el baúl, lo deposita en su camioneta y se despide diciéndole que él siempre estará para servirle.
Al día siguiente se despide de la Fraulin.
Le ha escrito en un papel la dirección de Mariana.
Hablan de naderías, se desean suerte y ambas cruzan ese espacio que la jerarquía levantó entre ellas y se abrazan.
Al salir, mira el Palacio Iribarren como si fuera la primera vez que lo viera.
Ha crecido en su cocina, y en ese semisótano, siempre templado, ha aprendido cuanto sabe.
Reprime las lágrimas y sube hasta el caserío Etxegoyen para despedirse de sus tíos y ponerlos al corriente de su decisión.
Trabajará con Mariana hasta que reciba noticias de América; entonces se irá.
Su tía es una mujer buena y merece saberlo; además, se lo dirá a su madre.
Vuelve a recorrer el trayecto hasta Lekeitio, desde donde sale una diligencia que la llevará a Gernika.
Por el camino reza el rosario, pero en cada ora pro nobis se le cuela un pensamiento que le aprieta las tripas.
Al llegar a los misterios gozosos, mira la ladera que acaba en el mar y un desconsuelo incontenible la asalta.
Se sienta en el borde del camino, emborronado por sus lágrimas, e intenta memorizar la morfología de esa costa de la que tanto le entristece separarse.
No se había percatado de cuánto la amaba, y pensar en no volver a verla le hace sentir como si cayera por un acantilado. ¿Regresará algún día?
La nostalgia se le ha despertado mucho antes de partir.
¿Sentirán lo mismo aquellos que se fueron?
¿Recordará Domingo la rompiente de San Juan, el brillo de las rocas cuando el agua se retira?
¿Contará como ella las olas para coger los mejillones y los cangrejos?
Cinco pequeñas y tres grandes… Nunca es así, pero a ella le confortaba contarlas.
Se pone en pie, seca su rostro, aspira el aire y la sal.
Vuelve al camino, lleva sus ahorros escondidos en la faltriquera que se ha cosido a la falda y también el cuaderno donde anota lo importante.
El cura, don Ramón, le ha recomendado que en Gernika vaya a la Caja de Ahorros Vizcaína para que conviertan su capital en pesetas oro y que se guarde algo por si lo necesita.
Cuando llega a su destino está anocheciendo.
El traqueteo de la diligencia, con la gente que subía y bajaba en cada pueblo, la ha dejado exhausta.
La tristeza se parece mucho a la derrota, así que después de unas horas, cuando por fin llegan, no mira a su alrededor a pesar de la curiosidad.
Observa el dibujo que Fidel le ha hecho para poder llegar a la fonda y arranca a andar.
Pregunta a una mujer cuando se siente perdida, y por fin llega a una casa en la que cuelga un cartel de madera en el que, con pintura blanca, han pintado las letras arraun.
En ese momento la puerta se abre y sale Mariana con sus chiquillos.
Valentina casi tumba a su amiga cuando se tira a su cuello y rompe a llorar.
— Lasai, lasai, laztana, dana ondo joango da [20] .