Un bosque de álamos en Idaho La nostalgia #2
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La nostalgia #2

Ha abandonado su dulce sueño tan de repente que ni siquiera ha gozado de esos minutos de calma que le da siempre la mañana.

Restaura la paz en el rebaño, les quita la piel a las ovejas muertas y reserva parte de la carne.

Con el caballo y el fusil al hombro sale a recorrer los alrededores.

Necesita explorar el lugar, librarse de la rabia y la impotencia.

El pastor escucha si el aire transporta sonidos de cencerros o el cascabel de alguna serpiente.

Ha olvidado la nostalgia. Está solo en una montaña de América.

Durante el resto del día se mantiene alerta.

Los coyotes suelen volver cuando no han sido descubiertos.

Hace un esfuerzo, se echa encima una manta y sale a la noche ya sucia por la luz que trae el alba.

Una especie de oleaje brumoso envuelve a los animales, que notan su presencia y se remueven balando.

Beltza acude a él moviendo el rabo. Domingo se alivia junto a los arbustos y vuelve a su sitio.

Se queda quieto y escucha el rumor del río, el canto de los insectos, las estrellas alejándose.

Poco después está soplando sobre las brasas.

Cuando las llamas resucitan, mete unas ramas secas.

Acerca las manos, buscando ese calor siempre insuficiente, y se viste con prisa.

Calienta la leche y moja el pan seco. Con el cuenco en la mano mira la montaña, que se alza como un vigía oscuro, luego se vuelve al cielo.

Si el viento viene del norte, no le conviene moverse.

Se abre paso para comprobar si sus cálculos son acertados; tiene que emprender camino, los coyotes no han vuelto, pero lo harán, y apenas queda pasto.

Recoge la tienda, sus cosas, y carga el caballo.

Deja unas piedras formando una flecha, por si el campero o Tajui le buscaran.

Cuando el rebaño empieza a moverse por los límites que les marcan los perros, el cielo tiene un color amarillento y resplandece como la copa que levantaba don Enrique, el cura de San Juan, cuando él hacía de monaguillo.

—Un día seco —dice en voz alta.

Silba a los perros, se pone al frente para que el rebaño retroceda, cuenta por tercera vez los corderos que ha sacado del redil.

No debe arriesgarse a perder ni una cabeza más.

Retoma el camino y cabalga tras los animales, a veces desmonta, vigila, corre hacia donde se separa el rebaño, envuelto en el polvo que se levanta.

Tiene los muslos fuertes y el cuerpo fibroso, maneja con destreza el caballo.

Por delante le aguarda una jornada hasta llegar a Sawtooth, donde el río se ensancha y hay pequeñas praderas entre las rocas. Allí permanecerá tres o cuatro días.

Debe evitar las zonas que frecuentan otros, pero sus ovejas necesitan agua y no puede alejarse demasiado de los ríos.

Conoce bien el terreno, identifica los límites de las reservas y sabe encontrar los buenos pastos.

Su patrón confía en no recibir quejas. Michael, uno de los trabajadores, lo ha visitado.

Le ha traído café, huevos y tocino. Con él ha charlado a su manera.

A duras penas se entienden. Ondo se dice en inglés well , y buru es head [16] .

Había que intentarlo, escuchar su propia voz, mirarse en los ojos del otro, romper la cárcel que supone vigilar el rebaño.

Cuando pronuncia las palabras, las acompaña de gestos.

Intenta que su compañero vuelva convencido de que no ha perdido la cabeza y es capaz de hacer su trabajo.

En los dos o tres días que comparte con él se empeña en aprender palabras en inglés.

Domingo le pide a Michael que le guarde las pieles de los coyotes que ha ido matando estos meses y la de un oso que encontró abandonada.

Cuando regrese, irá donde Arrieta para venderlas.

—¿Has matado muchas cascabel?

El muchacho quiere saber las veces que ha eludido la temida picadura de esa serpiente, abundante en aquellos parajes. Domingo piensa que si las hubiera contado serían cientos.

Los patronos temen que sus pastores enfermen o muestren hostilidad tras meses de aislamiento.

No sería el primero al que la soledad y la dureza del terreno le han mordido el cerebro, y no pueden evitar pensar en esos demonios incontrolables que alguno encontró en una noche cerrada.

A él no le asusta la soledad. Se lleva bien con ella.

Es verdad que a veces habla con Beltza, su perro, pero lo hace como quien habla consigo mismo.

Él le mira con sus ojos buenos e inteligentes, le sigue o le espera, y cuando lo hace, se siente acompañado.

Beltza reconoce sus silbidos, los otros dos perros ni siquiera tienen nombre, son txakurrak [17] nada más.

Queda poco tiempo de montaña. A finales de agosto empezará el camino de vuelta para llegar a los últimos días de septiembre.

Se alejará del verdor y las cascadas y atravesará esa inmensa meseta hirsuta y cenicienta que siempre le sorprende por su rareza.

Volverá a la ciudad y a todo lo que esta le ofrece.

Domingo se entretiene contabilizando lo que le darán por los corderos y calcula su sueldo acumulado.

Podrá disfrutar de su alojamiento, sus baños y alguna romería de las que se organizan a finales de verano.

Quizá vaya a Emmett, donde conoce a muchos que proceden de su pueblo y que acuden a las tabernas para disfrutar del tiempo libre.

Mientras planea lo que hará, se da cuenta de que tiene muchas ganas de bajar al pueblo, más que otras veces, porque alberga la esperanza de que haya noticias de Lekeitio.

No tiene mucho tiempo para soñar durante el traslado del rebaño.

Es necesario que preste atención a los animales.

Si una oveja se despista la seguirán cuatro o cinco, y si no ven un risco se lanzarán por él.

No quiere perder a ninguna, y por eso vigila que no tengan parásitos o se hayan puesto enfermas.

Las ovejas viven en rebaño y se mueven con él y con los perros.

A veces, cuando las mira desde lo alto, le parecen la espuma de una ola que avanza o se aleja de una orilla.

Aunque viva en las montañas, el recuerdo del mar sobrevive en su pensamiento.

Un viejo pastor le ha dicho alguna vez que ellos sufren ese mal de la sed del desierto.

Los vascos, que en su gran mayoría proceden de la costa, ven olas en las colinas e imaginan la plata de los peces que capturaban en su mar Cantábrico.

Los desafíos de la tierra no le causan daño —se lleva bien con la vida que le proporciona la naturaleza—, solo le exigen que reconozca su indudable poder y que no caiga en la tentación de sentirse el rey de la montaña.

Sabe que un accidente, una mala caída o una comida en mal estado puede matarlo, o, lo que es peor, dejarlo en un estado en el que el único remedio sea pegarse un tiro.

Y a pesar de ello y de levantar harrigizonak [18] para imaginar que alguien los acompaña, le da más miedo la ciudad, sentirse solo abajo, en las calles de Boise.

Una alerta imprecisa le acompaña cuando se ve obligado a comunicarse.

Así ha sido desde que era niño. Las gentes dicen que es tímido, pero en realidad es otra cosa.

No sabe demasiado inglés, se maneja con un par de docenas de palabras, aunque entiende lo que quieren decirle.

Él conoce su lengua, el euskera, y también sabe dibujar algunas de las letras que sirven para todas las lenguas, pero solo eso.

Domingo ha crecido hacia dentro, y únicamente es un hombre que sobrevive y espera un abrazo.

Un hombre que no sabe leer y que lo oculta para que no le engañen.