Un bosque de álamos en Idaho La nostalgia
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La nostalgia

La nostalgia

DOMINGO ARSUAGA

Se encoge en el catre para meter los pies dentro.

El sueño no viene, pero debe dormir; si no lleva temprano el rebaño a otro lado, algún pastor se le adelantará y sus ovejas no encontrarán el pasto crujiente y abundante.

No lo consigue. Ya le ha pasado antes. La soledad le susurra día y noche, le muerde la calma sometiéndole a la tiranía de lo que todavía no ha sucedido.

Resopla, apenas puede moverse en ese camastro, pero lo que sí hace es imaginar que construye una cabaña.

Un hombre casado debe ofrecer a su esposa un hogar…

, y un hombre vasco vigila a sus ovejas hasta que estén montadas en los trenes o camiones que las llevarán a los mercados.

Después podrá volverse loco o hacerse rico, que es lo que suele suceder; eso dicen los escoceses, sus competidores, tan buenos como ellos en el oficio, pero infinitamente menos resistentes.

El clima se ha vuelto más cálido porque el verano está muy cerca.

Abajo, en la ciudad, el polvo y el calor empezarán a ser sofocantes, pero arriba los árboles le proporcionan un cobijo sombrío.

No anhela nada, salvo quizá un buen baño y una cama con sábanas limpias, pero Domingo cuenta con los dedos los días, las semanas y los meses que han pasado desde que Nicolás regresó a Lekeitio.

Cinco meses le parecen suficientes para haber encontrado a una mujer que quiera convertirse en su esposa.

Recuerda lo que le pidió: una chica buena, joven y trabajadora.

Es lo que todos desean y piden, pero, si es sincero, se arrepiente de no haber sido capaz de pedirle que también sea cariñosa.

Las mujeres de la tierra son seguras y muy capaces de proporcionar un hogar, pero no se distinguen por demostrar el cariño.

Las mujeres americanas no tienen tanto protocolo y son espontáneas, pero se divorcian por cualquier pretexto y él no quiere que le abandonen.

En su cabeza se abre la ventana por la que entra el olor a salitre de su mar.

Ve el camino a San Juan de Gaztelugatxe y la ermita que de chico tantas veces limpió.

Había que subir —o bajar— doscientos treinta peldaños de piedras desiguales desde el camino en lo alto del acantilado hasta la iglesia más marinera del golfo de Vizcaya, a la que se podía acceder desde el mar.

Hubo días que lo hizo con el burro que le dejaba uno de sus tíos, y bajaba con la hierba que cortaba en las pendientes del camino.

Era buena para forraje, y su tío se lo agradecía.

Se adormece saboreando el paisaje que añora.

Recuerda a su madre, pero evita pensar en su hermana pequeña, esa niña que nadie sabe dónde está pero que nació con una estrella dibujada en su pie derecho.

No puede olvidarla, pero cree que aquella marca de nacimiento por fuerza tiene que haberla protegido.

Cuando llegó al mundo, la comadrona le dijo a su madre que aquella marca significaba una larguísima vida, más allá de los cien años.

En quien sí quiere pensar es en Encarni Mendiola, la patrona de Bedarona que regenta el lugar donde suele alojarse cuando no está en la montaña.

Le gusta ir allí, que Pablo Ereño le reciba con su camisa limpia y su acogedora sonrisa, comer en las mesas corridas hablando con otros pastores, escuchar las noticias, los chismes, y observar a los que vigilan a las chicas que les sirven ocultando cuánto desean a alguna de ellas para casarse.

Quizá la patrona le tenga guardada una carta.

Fue ella la que le leyó la que le envió su tío anunciándole la muerte de su madre y quien le respondió con las palabras que él eligió.

Tiene tres hijos a los que riñe y ordena como lo hacía su madre.

Los días que duerme allí se siente en casa.

Ella lo sabe, y le advierte que no es bueno que esté solo.

—Las mujeres de Lekeitio, Ea o Bedarona ya llevan la costumbre de trabajar en las conserveras o cosiendo redes cuando llegan. Saben cuidar del hogar y traer un salario. Son buenas esposas, y no se divorcian como las amerikanoak . Díselo tú, marido. ¿A que los hombres tienen que estar recogidos?

—Él lo sabe —replica Pablo—. Domingo se casará bien. El muchacho no tiene prisa.

—Qué sabrás tú, que tienes casa, comida y mujer.

Encarni le ha dicho, casi amenazándole, que los ferrocarriles han acercado las ciudades a los pueblos y que, después de la Gran Guerra, Europa y España han cambiado mucho y cada vez vienen menos mujeres.

Es verdad que el campo o el mar no dan para todos, pero ella tiene la teoría de que el mundo se abre a otras maneras de vivir.

La mujer acostumbra a levantar el dedo índice para advertirle que tiene que espabilar.

Domingo sabe que le da buenos consejos, pero, por alguna razón que desconoce, evita a esas chicas.

Todas tienen pretendientes, hay muchos pastores solos, y como los pueblos se hacen con familias, los hombres también progresan para que sus hijos vivan mejor.

Los hijos de Encarni hablan euskera en casa, y en la calle o en el colegio lo hacen en inglés.

Si no fuera por las mujeres, el idioma se perdería.

En Boise, Ketchum, Elmore, Mountain Home, Emmett, las ciudades cercanas donde se han ido instalando los pastores vascos, ya hay pequeños y grandes ranchos que son propiedad de los que fueron marineros en su tierra.

Lo mismo pasa en Nevada, en Montana y en Utah.

En ocasiones se reúnen en Boise. La capital ofrece una gran cantidad de lugares para juntarse, comer, beber o celebrar una partida de mus como en casa.

Muchos de ellos vienen a encontrar una mujer, porque dicen que tienen errimiña [14] .

Mariano, el viejo pastor, le contó que en 1911 Shoshone Mike y su banda mataron a tres hombres de origen vasco y que el suceso sublevó a los granjeros.

El ejército los buscó y se produjo la última matanza de indios en tierras americanas.

Él sabe que algunos pastores han contraído matrimonio con indias.

Esas cosas aparecen en el periódico, y después se transmiten de boca en boca.

Todos son algo chismosos. Si supiera leer, el Boise Capital News publica todos los sábados una página dedicada a los vascos.

Años atrás, el pastoreo era una actividad casi marginal y vergonzosa.

Las condiciones de la trashumancia no agradaban a los americanos, quienes desconfiaban de los vascos que no se relacionaban más que con otros vascos.

Se les acusaba de no respetar los pastos, de quitar el trabajo a los herederos de los pioneros, pero tras el episodio con Shoshone Mike los reconocieron y valoraron.

Ahora saben lo que significa su palabra.

Se han ganado el respeto; son muchos y se necesitan pastores que hagan bien su labor, así que ahí están.

Ellos, como los indios, ponían señales de piedra en los lugares donde podía encontrarse agua o para indicar hacia dónde se dirigían.

Pablo Ereño está convencido de que la relación con ellos nacía del respeto por su vida en soledad y por sus respectivos idiomas, incomprensibles para los americanos. Se acompañaban en silencio.

A Domingo también le gusta el silencio. Desde que está en la montaña no ha visto a su amigo, un shoshone que conoce desde hace un par de años.

No sabe exactamente cómo, pero ambos se entienden.

Tajui le habla en su lengua y Domingo le contesta en la suya.

Él le dice behene llevándose una mano al corazón, y él responde kaixo [15] .

A las serpientes las llaman basinu’yu , y a los coyotes, itsappe .

Se ayudan con señas o dibujando en la tierra.

La soledad los empuja a entenderse. Él le habla del mar, de los pesqueros que entran por la bocana del puerto al atardecer con las bodegas repletas de peces plateados.

Lo dibuja, pero Tajui no ha visto nunca el mar.

El indio tiene una mujer y tres niños. Busca piedras azules en el río para que ella se haga collares y pulseras.

Si lo encuentra cuando aún le quedan reservas de huevos y tocino, los comparte.

Domingo le ha enseñado a cocer el pan, y él le muestra dónde están las hierbas que curan los dolores de tripa o las ramas de pino con las que se envuelve el borrego para que esté más tierno al cocinarlo.

A través de la lona Domingo mira la noche llena de estrellas.

Aún le queda algo de tabaco Prince Albert en la caja de hojalata que le regaló el patrón.

Como los pensamientos no le dejan dormir, sale de la tienda, se lía una pipa y la enciende mirando al cielo.

La bóveda celeste es lo único que es igual en todas partes.

A él le gustaría saber algo sobre esas lucecitas que le orientan y amparan.

Tajui se guía mirándolas, pero Domingo prefiere los árboles, las rocas, las hondonadas y las llanuras.

Beltza, su perro, está a sus pies. Mira a su dueño con sus ojos buenos, buscando una caricia. Domingo le habla palmeándole el lomo, le cuenta lo que no le dirá nunca a nadie mientras calcula con los dedos las noches que le quedan en los pastos altos.

Se ha dormido de madrugada, ablandado por las ideas de convertirse en propietario.

Lo ha hecho tan profundamente que no ha escuchado los ladridos de los perros hasta que ya era demasiado tarde.

Un coyote ha matado dos ovejas. Domingo, envuelto en rabia, se mueve deprisa, las mandíbulas apretadas, los ojos buscando en la oscuridad guiado por su fiel Beltza.

Lleva el rifle preparado y camina con cautela, pero no logra verlo.

En su interior jura y maldice al coyote, aunque sabe que la culpa es solo suya.

Si al menos lo hubiera matado, tendría unos dólares de recompensa por su piel.