El peso de una promesa #2
Coge uno de los papeles y hace una cruz en la parte de arriba.
Suspira paseando la mirada por las estanterías, que acogen cantidad de libros escrupulosamente ordenados desde el suelo hasta el techo.
Una de las doncellas le ha prestado Orgullo y prejuicio , de Jane Austen, y, aunque todavía no ha podido terminarlo, recuerda el placer que siente leyéndolo.
Ahora ahí está ella, como Elizabeth Bennet, dispuesta a escribir una carta que la ayude a tomar la decisión más importante de su vida.
La cabeza le da vueltas. Tiene la impresión de que, aunque nada se mueva, esa habitación tiene vida propia.
Con cautela vuelve al papel y escribe el encabezamiento.
Le parece que la letra le ha salido torcida y vacilante.
Podría repetirlo si no tuviera que darse prisa.
Con la inseguridad propia de quien no acostumbra a escribir con aquel instrumento, decide proseguir.
Estimado Domingo:
Espero que al recibo de la presente se encuentre en buen estado de salud.
Me llamo Valentina Alzola y me dirijo a usted para comunicarle que he recibido el recado de su amigo Nicolás Aramburu haciéndome saber que busca una mujer para casarse.
Yo podría ser su esposa. Nací en Lekeitio hace diecinueve años.
Soy fuerte y no tengo enfermedades, aunque tampoco parientes a los que usted pudiera pedir mi mano.
He trabajado junto a la mujer de su amigo en el Palacio Iribarren para la emperatriz Zita de Borbón, pero pronto ella partirá hacia otro lugar y tenía el pensamiento de ir a Bilbao para trabajar allí.
Soy muy capaz de cocinar, coser, remendar y hacer las labores de una casa.
Nicolás me ha mostrado una fotografía de un grupo en el que estaba usted junto a otros pastores, pero no he podido verla bien. Le envío la mía para que me conozca y decida al respecto. Puede escribirme diciéndome qué espera de una esposa y qué tiene usted para ofrecerme.
Suya afectuosa, espero sus noticias.
Valentina Alzola
Ha tachado algunas palabras, y con el corazón desbocado ha cogido otro papel para transcribir con limpieza la carta.
No quiere que el pastor piense que es una mujer descuidada, pero tiene que darse prisa y no puede demorarse un tiempo que en realidad necesita.
Utiliza términos formales, esos que parecen comprados en un establecimiento oficial.
No dicen mucho, pero es lo que le han recomendado que haga.
Relee lo escrito. No le gusta. Debería haberle dicho si aceptaba o no la proposición, pero no ha sabido cómo hacerlo.
Ha sido osada, casi arrogante preguntándole por lo que él tiene para ofrecerle.
Tal vez no tenga casi nada, lo mismo que ella.
Le gustaría añadir una frase que le hiciera comprender a aquel hombre que se siente extraña escribiéndole, que tiene tanto miedo de dar el paso como de no hacerlo y que su sueño es un abrazo y una casa.
Pero ¿cómo se puede hablar de amor con un hombre que está tan lejos?
Mira de nuevo a su alrededor. La habitación parece empujarla a salir, siente que la expulsa, como si las paredes reconocieran que ella no tiene derecho a estar allí.
Sopla sobre lo escrito, sin atreverse a pasar el secante que no le pertenece.
Es la primera vez que escribe con tinta.
Pasea sus ojos por los cantos dorados de los ejemplares que la rodean.
No se atreve a desear una habitación semejante; le basta con un hogar sencillo donde quizá aquel desconocido la abrace bien.
Esa misma noche entrega el sobre a su amiga.
El destino de una mujer es casarse y tener hijos, ambas saben la desconfianza que se deposita en el pueblo sobre las mujeres que permanecen solteras.
En el palacio, y a pesar de que apenas ha pisado los pisos superiores, Valentina presiente que hay una vida distinta para los que tienen educación y dinero.
Subida en el fregadero, desde el ventanuco ha visto muchas veces la entrada y salida de los invitados, los paseos de las damas por el jardín, la quietud que dominan con lo aprendido.
La biblioteca se lo ha corroborado. Las cosas hermosas que pasan por la cocina le hablan: los platos de porcelana con escenas campestres, los escudos esmaltados en oro en las fuentes donde distribuye las perdices, las copas de Bohemia en las que la luz parece bailar, las sábanas y toallas de delicado lino…
Un pastor no pondrá sobre la mesa un mantel de semejante ni cubrirá la cama con unas sábanas con bordados y encajes de Valenciennes.
Tampoco el sueldo de una cocinera o una camarera en el mismísimo Hotel Carlton le proporcionaría la vida de la emperatriz, pero ella es capaz de hacer los fritos variados más exquisitos y el pollo al coñac que tanto gusta.
Dos días después, su amiga le manda recado: la carta ha sido enviada a través de otro pastor que volvía a América y se alojaba en el hospedaje de Domingo Arsuaga.
Llegaría a sus manos mucho antes de lo previsto.
En cuanto su marido tenga noticias se lo hará saber, pero que tenga en cuenta que el correo suele tardar meses.
El primer domingo que tiene libre acude a la plaza para escuchar a la banda y encontrarse con sus primas.
En Lekeitio, la mañana del domingo es especial, más aún en la época estival, cuando los veraneantes acuden a la plaza junto a la iglesia y los jóvenes se dejan ver tras la misa.
Las chicas del pueblo llevan el pañuelo de la cabeza limpio y las faldas oscuras revolotean a la altura de los tobillos.
Las otras, las foráneas, lucen vestidos de popelín y algodón de alegres colores con bordados a la altura de la rodilla.
La banda interpreta jotas y melodías que se bailan en grupo.
No hay rastro o intención entre los músicos de interpretar otros bailes que permitan aproximar los cuerpos entre hombres y mujeres, como se rumorea que hay en Bilbao.
En los corrillos, algunas mujeres leen el periódico con dificultad y las demás escuchan con atención esas noticias que saben los hombres y ellas ignoran.
Por lo visto, Primo de Rivera está enfermo y debilitado políticamente.
La economía se resiente, pero eso no interesa demasiado a esas mujeres que se matan a trabajar por mantener un hogar y a unos hijos con decencia.
Valentina busca pasar el rato hablando con las mujeres que saben cómo es el oeste americano por las cartas de los familiares. Es raro encontrar una familia en la que no haya un emigrante que esté en América. Ella presta atención a lo que le cuentan.
«El viaje es largo y cuesta un dineral. Primero tienes que saber de los barcos que van allí.
Mi primo llegó a una ciudad enorme que se llama Nueva York, y de allí viajaron en tren hasta Idaho y luego a caballo hasta Boise…
Casi un mes. Las mujeres trabajan en los hospedajes, lavan la ropa de los pastores en los campamentos y preparan comidas para ellos».
«No puedes ir sola. No llegarás. Hay un hombre en Elizondo que se ocupa de preparar los viajes. Tendrías que hablar con él, que te busque con quién recorrer ese medio mundo».
«Allí puedes casarte, pero, antes de que el novio se eche atrás, es mejor casarse aquí, por poderes. Casada tienes derecho a entrar en el país, porque tu marido te espera. Te ahorras la vergüenza de que te devuelvan por donde has venido».
«No tengas miedo, hace años se fueron allí muchas lekeitiarras, no estarás sola. Si me apuras, dicen que allí mismo las mujeres te buscan marido. Ellos quieren una de aquí porque saben que aguantamos carros y carretas, y la nostalgia es muy dura».
Camina de vuelta a su techo escuchando el mar.
Hay galerna, y el viento levanta oleaje y le empapa la cara de agua salada.
Saca la lengua y saborea la sal de su mar Cantábrico.
Separarse de él le va a costar. No tiene prisa y se demora dejando que resuene amenazante allá abajo, pero el pellizco sigue ahí, en su estómago.
La carta con la fotografía ya está camino de Domingo.
Lo que le parecía un milagro comienza a tomar forma.
La noche la invita a dudar, no sabe si se ha dejado llevar.
Se dice a sí misma que es fuerte, y que ella puede ser una de esas mujeres que cruzan los mares para encontrarse con un hombre con el que compartir la vida.