Un bosque de álamos en Idaho El peso de una promesa
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El peso de una promesa

El peso de una promesa

VALENTINA ALZOLA

Valentina regresa al palacio con una zozobra desconocida en el cuerpo.

No puede precisar qué es exactamente lo que tanto la inquieta, pero ni tan siquiera durante la noche, en su cama, encuentra el descanso necesario.

Nada más levantarse, se dirige a la cocina.

En ese momento escucha el sonido que hacen los zuecos de madera de los pescadores al bajar por las calles empedradas que conducen al puerto y recuerda a Pedro.

Era pescador, como su padre, pero de niño aprendía a leer y a escribir en casa del maestro, como ella.

Fue lo más parecido a un amigo. Hace una semana el mar lo devoró, y Valentina no puede quitarse de la cabeza su sonrisa.

Enciende los fogones y apaga su ansiedad bruñendo el cobre de los calderos y revisando la despensa.

Ese día se espera a un famoso fotógrafo, Indalecio Ojanguren, que viene para inmortalizar a la familia imperial.

Lo supo no solo por el revuelo que levantó la noticia en las cocinas, sino por los que trajeron el pescado del puerto.

El fotógrafo, apodado «Águila», iba a esperar a los arrantzales al regreso de su faena en alta mar para guardar las huellas de la jornada en sus rostros.

Valentina ve en el acontecimiento una señal que Dios le envía.

No puede creer que, apenas unas horas después de comprometerse con el marido de Mariana a llevarle un retrato para que el pastor la conozca, surja esta oportunidad.

El Todopoderoso —o quizá la Virgen de la Antigua— se lo ha traído hasta su cocina, cosa impensable para una chica como ella.

Se hace la señal de la cruz y reza un avemaría de agradecimiento y otra por el alma de Pedro.

Ella nunca ha osado llevarse algo de la cocina que no le hubieran ofrecido.

Sabe que el castigo por robar es perderlo todo y quedar deshonrada de por vida.

La gobernanta tiene detalles con ella y ni se le ha ocurrido quedarse con lo que no es suyo, como hacen otras.

La necesidad es muy mala, y el desfile de manjares se soporta mal si no tienes nada que llevar a tu mesa.

Pero ese día, no sabe muy bien por qué, dobla las cantidades y prepara la masa del bizcocho con la nata de tres litros de leche recién hervida, huevos de las mejores gallinas y ese azúcar blanco que se guarda para las cremas.

Reparte la masa en dos moldes en lugar de uno y los mete en el horno sin que su corazón sienta un gramo de culpa.

No le resulta difícil distraer uno de los exquisitos bizcochos; la cocina bulle de faena y cada una se ocupa de lo suyo.

Lo envuelve en una servilleta de lino y lo guarda en la despensa de la que solo ella y la gobernanta tienen llave.

Para perdonarse, reza un trozo de la salve a su Virgen de la Antigua, la única a la que siempre le deberá lealtad.

Salve Regina, mater misericordiae, vita, dulcedo, et spes nostra, salve. Ad te clamamus exsules filii Hevae. Ad te suspiramos, gementes et flentes in hac lacrimarum valle.

Tras el almuerzo, y después de que la cocina esté limpia y recogida, hay un descanso. Valentina se aposta a la entrada del palacio, invisible a los paseantes tras un gran magnolio, y espera a que el fotógrafo y sus ayudantes salgan por la puerta principal para dirigirse al puerto.

Hacia las cuatro, por fin ve que tres hombres que cargan voluminosos objetos envueltos en lonas caminan en su dirección.

Lleva más de una hora representando en su cabeza los pasos y las palabras con que abordar al señor Ojanguren, pero al verlo le entra miedo y se ve obligada a suspirar dos veces antes de plantarse frente a él e impedirle el paso.

—Perdóneme, señor. Me llamo Valentina Alzola y trabajo en la cocina del palacio.

Quizá ha sido su índice apuntando al sótano, quizá sus ojos verdes, o la desesperación que la asalta cuando cada necesidad de su vida resulta tan complicada y agotadora.

No sabe lo que ha sido, pero la joven siente que el rostro del fotógrafo se relaja.

Valentina aprovecha para entregarle el bizcocho y confesarle lo difícil que resulta, para una chica como ella, hacerse el retrato que necesita para enviárselo a su futuro marido, que está en América.

—¿América?

—Es pastor, en Idaho.

—Su enamorado la encontrará muy hermosa bajo ese magnolio. Póngase ahí. Le haré la fotografía, y mañana el señor Larraluce —dice poniendo una mano en el hombro de uno de sus acompañantes— se la entregará. Nos alojamos en el Beitia.

—¿Y cuánto me costará?

—No se preocupe, señorita. La misión de la fotografía y este bizcocho son más que suficiente para saldar su deuda. Hace tiempo que no disfruto del olor a mantequilla que despide esta delicia.

Valentina se sienta en el banco de piedra, retira un par de horquillas para deshacer el moño y mostrar el largo de su pelo, como le aconsejó el marido de Mariana.

El fotógrafo asiente y ella coloca las manos donde le indican.

No le piden que sonría, y ella lo agradece en silencio.

No sabe si hacerlo o dejar la boca cerrada; intenta relajar los músculos y no apretar los labios, y mira al mar.

La tensión de su cuerpo es tal que no hubiera podido seguir instrucciones; bastante tiene con disimular el temblor de la blusa a la altura del corazón.

Cuando el fotógrafo termina su trabajo, ella vuelve a la cocina con las mejillas arreboladas y trata de olvidar lo acontecido.

La cercanía de esos hombres la ha turbado.

El señor Larraluce es prudente cuando se acerca a la puerta de la cocina al día siguiente. Apenas pronuncia unas palabras cuando le entrega un sobre que contiene tres fotografías y una nota.

Espero que estas instantáneas contribuyan a la, felicidad de su matrimonio.

Atentamente,

Indalecio Ojanguren

Como si fuera la prueba de un delito, guarda el sobre sin abrirlo hasta que termina su jornada.

Luego, en su pequeño rincón, contempla su contenido con interés.

Son sus primeras fotografías, y tal vez por eso no puede dejar de mirarlas.

Se ha visto reflejada en un espejo, pero lo que percibe es distinto: le parece que el fotógrafo ha encerrado en la imagen sus temores, sus dudas y también una leve esperanza al fondo de los ojos.

La deja estupefacta que ese hombre que no la había visto hasta esa mañana haya podido captar lo que su futuro marido necesita.

Sabe que él adivinará quién es y cómo late su corazón.

Nota un pellizco en el estómago, el mismo que le producen las cosas desconocidas; una mezcla de temor y admiración.

A esa sensación el cura lo llama incertidumbre.

A Valentina le asustan los cambios. No es que no los desee, es que tiene miedo a perder lo poco que tiene.

La rutina, o quizá el no esperar nada, le ha proporcionado una vida tranquila; no feliz, pero tranquila.

Ahora, cuando piensa en casarse y en ese viaje al nuevo mundo, se le remueven las tripas.

Intuye que puede encontrarse en situaciones comprometidas y hasta peligrosas en cuanto abandone este pueblo del que nunca ha salido.

Suspira, guarda una de las fotografías en el cajón de su mesilla y mete las otras dos en el sobre.

Enviará una de ellas a Domingo Arsuaga, y la otra será un regalo para Mariana.

A ella no le ha gustado ninguno de los hombres que conoce.

Hace unos meses, Miguel, el hijo de Antonia Munain, anduvo detrás de ella, pero Valentina no sintió sino incomodidad.

Eso la hace dudar. No sabe si podrá experimentar el amor, pero mientras prepara la fotografía para enviársela al americano se levanta en su interior un leve sentimiento de gratitud que la hace suspirar.

Quizá si Pedro le hubiera propuesto matrimonio…

Vuelve a rezar por él. El mar se cobra su renta de vez en cuando y recuerda a los marineros que la naturaleza tiene siempre la última palabra.

Después de terminar con el desayuno, le pide a la gobernanta papel y lápiz.

Para que no haya dudas, le explica el motivo de su necesidad: quiere escribir al que podría convertirse en su marido.

La mujer, que siempre ha sido generosa con ella, le hace preguntas, la escucha y la mira con cierta compasión.

—Si me tengo que casar, prefiero que sea lejos y ver mundo —dice la joven.

Esther, la gobernanta, arquea las cejas y la invita a seguirla.

Valentina sube las escaleras que conducen a la primera planta del palacio.

Camina por un pasillo vestido con una alfombra mullida que representa unas guirnaldas de colores suaves.

A los lados, unos apliques de cristal proporcionan una luz tenue.

La gobernanta dobla a la izquierda, donde el pasillo se abre dando paso a varias puertas altas pintadas con un fileteado dorado, empuja una de ellas y entran en una biblioteca.

—Los príncipes han salido en barco, y hoy no vendrán sus preceptores.

Puedes ocupar uno de estos escritorios. Hay papel en los cajones, y sería mejor que no escribieras con lápiz.

Toma. —La mujer saca de un bolsillo de su falda una pluma elegante y se la ofrece—.

Trátala con delicadeza, no hagas fuerza. ¿Has escrito con pluma alguna vez?

—Sí. Mi maestro tenía una.

—Mejor. No obstante, trata de darte prisa. Cuando termines, baja a la cocina. Debo salir. Yo pasaré a mi vuelta por allí.

Valentina se queda a solas, mira a su alrededor intimidada por el silencio.

Le ha mentido. Nunca ha manejado una pluma, porque su economía solo alcanza para lápices.

Desenrosca el capuchón y mira la punta dorada con cierta aprensión.

Recuerda a don José, el maestro, a quien ella llevaba la leche y quien se empeñó en que debía aprender a leer y a escribir en castellano.

Tuvo que hacerlo medio escondida, pero ella sabe el regalo que le dio ese hombre bueno.

«Si sabes leer y escribir, el mundo será tuyo».