La montaña #3
Por la noche les dieron una manta y una pequeña almohada para que buscaran un rincón donde descansar.
Unos lo hicieron en el suelo, con todos los miembros de la familia apretados unos contra otros, en los bancos de madera o sentados en cuclillas.
Era el último esfuerzo que debían hacer, y estaban exhaustos.
Domingo cerró los ojos y buscó en su cabeza la imagen que había visto desde el barco.
El puerto estaba cerca, y tras él, la inmensidad de una ciudad que se le antojaba inalcanzable. Había llegado. Estaba en Nueva York.
Hubieron de pasar once días en la isla, junto a ciudadanos de toda Europa que hablaban tantos idiomas que Domingo por fin entendió aquella historia que contaba el cura en la iglesia y que tanto le impresionó.
«En la tierra se hablaba una sola lengua compuesta por las mismas palabras, pero entonces alguien propuso construir una torre que llegara hasta el cielo para huir de los diluvios.
A Dios, el creador, le pareció un signo de prepotencia, y entonces les cambió la lengua y ya no pudieron entenderse ni construir la torre».
A Domingo le impresionaban los idiomas, y allí se escuchaban tantos que a él le parecía que a las puertas de la ciudad del mundo estaba esa torre de Babel.
Pero los hermanos Garate sabían moverse, y para cuando los trasladaron a los muelles ellos formaron un grupo preparado para encontrar su guía.
Valentín Aguirre anunciaba en euskera su disponibilidad para alojarlos, alimentarlos y hasta proporcionarles trabajo.
Allí estaba de nuevo la lengua, el cobijo, su lugar en el mundo, y le siguieron.
Él los condujo al Hotel Santa Lucía, situado en el número 82 de Bank Street, un negocio de su propiedad, al igual que el restaurante Jai Alai.
Allí comieron, descansaron y escucharon sus consejos.
La tierra unía a quienes la habitaban y, según decía Ramón Garate, se podía saltar de un país a otro ayudado por los compatriotas.
El mismo Valentín los acompañó tres días después hasta la estación de tren, donde les dio una cesta con comida y las instrucciones necesarias.
Todos llevaban un pequeño cartel colgado del cuello en el que figuraba su nombre, su destino y la persona que debería estar esperándolos.
Tardaron días en atravesar los casi cuatro mil kilómetros de ese país infinito, y durante el trayecto se hicieron invisibles por si los agentes de inmigración reparaban en ellos.
Domingo tiene frío. Se mueve y salta para entrar en calor.
Debe permanecer cinco meses en la montaña.
Con un poco de suerte, algún trabajador del rancho saldrá a su encuentro en un par de meses.
Ellos conocen sus costumbres e intuyen la ruta o los lugares donde se detendrá, pero ahora está solo.
Él no quiere volverse loco, como hicieron otros.
La soledad es mala ahí arriba, pero ordenar los pensamientos, las imágenes que no quiere olvidar, le ayuda a seguir siendo él.
Hace dos temporadas grabó en un álamo temblón el nombre de su hermana y el apellido de su madre, casi como si necesitara hacerlo para no olvidarlas.
Ahora los encuentra, palpa sus propios trazos con las manos.
Los bosques están cuajados de palabras labradas a punta de navaja en los árboles.
Los pastores que pasaron por allí han dejado su huella.
Él entiende los mensajes, los acaricia. Justo debajo de sus letras, otro pastor ha escrito «Maite zaitut» [13] .
Pasa sus dedos gruesos sobre las letras, y un pellizco de envidia le hace suspirar.
Hasta ahora no se había sentido con fuerzas de sostener a alguien, pero se ha comprometido, ha tomado la decisión y la idea va creciendo deprisa, como si necesitara materializarse del todo: quiere que una mujer le acompañe en sus días.
Domingo es observador. Ha percibido que el matrimonio permite al hombre tener un destino, algo por lo que luchar.
Debe construir una casa para cobijar a los hijos que vengan; necesita una mujer.
Para eso y para no estar solo. Los hombres solos, repite Encarni con frecuencia, además de gastar el dinero, acaban mal.
En el estado de Idaho ha escuchado que existe una ley que permite asentarse en una tierra que no esté habitada.
El Gobierno federal entrega unos acres para su explotación.
Él ya ha estado mirando lugares cerca del río Boise donde podría ir reuniendo su pequeño rebaño, pero debe consultar a quien entienda de leyes; es mejor hacerlo antes de entregarse a un sueño, porque allá arriba las fantasías y los deseos caminan sin rumbo bajo los cielos estrellados más hermosos que ha visto.
Él sueña que construye una casa con chimenea y que tiende una piel de oso para tumbarse frente al fuego en invierno.
Casi se ve habitándola, inscribiéndola en el registro del condado y cuidando el cercado de su propio rebaño.
El pastor se endereza, bebe agua y mira al cielo. Es el mismo de sus sueños, pero más estrellado. Vuelve a sus pensamientos: le falta la casa, la chimenea y el dinero para que alguien que hable inglés le acompañe a hacer las gestiones. La torre de Babel…
Lanza un par de suspiros al aire y se dice a sí mismo que algún día hablará inglés y podrá salir de ese silencio que parece una cárcel. Solo así podrá traspasar esa invisible frontera que levanta su miedo a comunicarse.
Happiness, zoriona, alaitasuna…