La montaña #2
Con apenas doce años ya quería emigrar. Medio pueblo se había asentado en Argentina, Venezuela o Cuba.
En ese momento muchos jóvenes embarcaban rumbo a América, concretamente a Nevada, a un lugar llamado Winnemucca en el que, a pesar de que hacía mucho frío, contaban que se ganaba bien cuidando ovejas.
Pero su madre languidecía sin remedio y él no encontraba una manera de ayudarla que no fuera consiguiendo dinero para pagar medicinas y buenos médicos que curaran aquella pena infinita.
En secreto preparó con otros jóvenes su partida.
No iba a ir solo: los hermanos Garate le acompañarían, proporcionándole el nombre de un familiar que le reclamara, como requerían las autoridades americanas para permitir su entrada en el país.
La oportunidad llegó cuando tenía dieciocho años.
Tras varias campañas de pesca, había ahorrado suficiente como para pagarse el billete.
En la primavera de 1919, Domingo, los hermanos Landa y los Garate, además de una mujer que iba a reunirse con su marido, dejaron atrás su tierra con destino a Le Havre.
El viaje les llevó casi diez días. La Gran Guerra había dejado a Europa herida, especialmente a Francia y Alemania, y muchos jóvenes partían dejando atrás la pobreza y el hambre.
De la ciudad francesa salían barcos que cruzaban el mundo, y ellos embarcaron en uno llamado France.
A pesar de que el grupo venía de un lugar costero y de que algunos habían trabajado en la mar, la travesía les resultó larga debido a la incertidumbre de lo que podían encontrar.
Domingo nunca había estado en un barco de aquellas dimensiones.
Algunos hombres viajaban en la cubierta, a merced de la intemperie y con la única protección de una lona asfixiante.
La comida que llevaban se terminó antes de llegar a destino.
Si consiguieron sobrevivir fue gracias a la solidaridad de los que, como ellos, buscaban una vida mejor.
Procedían de Irlanda, Escocia, Italia, Alemania, Francia o Suecia.
Eran una masa de desesperados a los que su tierra no les daba lo suficiente para subsistir y que salían de una guerra que había dejado el campo yermo y muchos muertos.
Iban a Nueva York para desde allí dirigirse al norte o al sur, y, como él, estaban acostumbrados a las penalidades.
Ni los Garate ni Domingo se marearon, pero a mitad de travesía una corriente manejó el barco a su antojo como si fuera una cáscara de nuez.
Los llantos y gritos de arrepentimiento duraron lo que duró la tormenta, que fueron casi tres días.
Después volvieron a creer en sus sueños, a pesar de las lamentables condiciones.
Domingo jugaba con los niños y los distraía dibujando con las manos animales que ellos debían adivinar, como le había enseñado un marino.
Solo hablaba euskera, y apenas se había movido en un radio de veinte kilómetros por tierra y algunas millas por mar.
Le sorprendió escuchar entre los pasajeros lenguas de las que ni siquiera había oído hablar.
Intentaban comunicarse mediante gestos, muecas o ayudados por las manos.
Él permanecía silencioso, sintiendo que su lengua lo protegía y lo ataba al mismo tiempo.
Fue allí donde comprendió que llevaba consigo su tierra, pero no podía hablar de ella.
La llegada a la ciudad de Nueva York le pareció un espejismo.
Los viajeros se abalanzaban eufóricos hacia las barandillas, lloraban y se abrazaban.
Habían conseguido llegar vivos. Manhattan parecía emerger a lo lejos sobre las aguas, y a unas millas una mujer de gran tamaño vestida con una túnica presidía una roca.
Los Garate, siempre informados, le habían hablado de aquella inmensa figura de metal que, impertérrita, les daba la bienvenida: la estatua de la Libertad.
Pero el barco pasó frente a ella hasta que, medio kilómetro más allá, se detuvo en la isla de Ellis.
Era un trozo de tierra en el que había un edificio de ladrillo de tres pisos de altura donde los que venían de lejos debían quedarse por si llevaban enfermedades escondidas.
Muchos pasajeros provenientes de otros países de Europa no entendían la maniobra, pero también en esa ocasión las explicaciones fueron corriendo de unos a otros.
El lugar estaba abarrotado de personas que abrazaban sus maletas como si fueran hijos en peligro.
Uno de sus amigos escuchó que entre cinco y diez mil europeos desembarcaban en aquella isla a diario buscando las oportunidades que ofrecía el país.
Largas filas avanzaban lentamente hacia una sala donde los emigrantes eran sometidos a un examen médico.
En el caso de que descubrieran que alguien estaba enfermo, se quedaba ingresado durante cuarenta días en el hospital que había en el gran edificio.
Era conmovedor ver cómo todos caminaban erguidos, con su mejor sonrisa, aunque estuvieran medio derrotados de cansancio.
El temor a ser rechazados enderezaba a los mayores y apaciguaba a los más jóvenes.
Domingo miraba a su alrededor. No quería abrir la boca, pero se tragaba cada movimiento, cada gesto y hasta las lágrimas de una mujer que sonreía mientras lloraba.
Le impactaba la dignidad de la pobreza que algunos trataban de disimular.
Finalmente, el numeroso grupo, procedente de Lekeitio, Ea, Bedarona y una familia de Markina, fue examinado con éxito y se dirigió a otra sala para realizar los trámites administrativos.
Todos se imitaban, hacían los mismos gestos, pegados unos a otros, y no miraban hacia atrás o a los lados, donde había algunos que se desesperaban al ser rechazados.
Llevaban en la mano la carta de un familiar asentado en suelo americano donde los reclamaban, el certificado de boda o, alguno con suerte, un documento expedido por alguna autoridad que avalaba su presencia en el nuevo mundo.