Un bosque de álamos en Idaho La montaña
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La montaña

La montaña

DOMINGO ARSUAGA

El frío ha congelado la lona de la tienda, y el hielo hace que las estrellas parezcan querer entrar en su refugio.

Ha cavado un agujero para poder hacer fuego sin que se apague con las rachas del viento que azota.

Mete el puchero de hierro con la masa que le ha ocupado media mañana preparar, lo cubre con brasas y lo entierra durante un tiempo que únicamente él sabe medir.

Corta un trozo de queso y bebe leche recién ordeñada.

Solo dispone de ella cuando las ovejas amamantan a los corderos.

Al desenterrar el recipiente, la tienda se caldea y el olor del pan recién hecho desempolva sus fantasías.

El proceso se lo enseñó Mariano, un viejo pastor de Eibar que lleva años allí y trabaja en el rancho de Arthur Thorton.

El puchero lo ha comprado su patrón en una tienda de Main Street.

Se frota las manos, mueve los pies para entrar en calor y escucha el sonido de la noche.

Ha aprendido a diferenciar los crujidos de los árboles, los pasos de los animales o el canto de los pájaros.

El tiempo transcurre más lento cuando se está solo, y hay que distinguir los pensamientos que pueden vencerte de los inofensivos.

Ha caminado durante todo el día acompañando al rebaño.

Está en los pastos altos desde San José, pero el invierno parece no querer irse y todavía hace mucho frío.

El resplandor de la nieve le achicharra los ojos y la piel, y cuando se mira en el espejo tiene el rostro de un color amoratado, como si hubiera bebido un odre de vino.

Por la mañana ha recorrido la zona buscando algunos borregos desorientados.

Las pezuñas del caballo se hundían en la nieve, rompiendo ese silencio del bosque nevado.

No ha perdido los corderos que nacieron por el camino, y eso le llena de satisfacción.

Hay que echarles un ojo al menos dos veces al día, porque aún hay un par de ovejas que se han separado del rebaño y muestran signos de estar a punto de parir: no comen, tienen las ubres llenas de calostro y están inquietas.

Domingo las ha llevado junto a su tienda, para proporcionarles agua abundante y poder vigilarlas por si un azeri se acerca.

Es preciso que esté atento en el momento del parto.

Hay veces que es necesario ayudarlas y cerciorarse de que las ubres funcionen correctamente.

El dueño del rebaño le permite quedarse con ellos.

Han sido casi treinta, y quizá dos más en un par de días.

Los cuidará bien y los venderá cuando vuelva.

Todavía no ha pensado en quedarse los corderos para reunir su propio rebaño, pero tal vez lo haga.

Ha vuelto a nevar. Se ha quedado un rato más en la tienda, viendo cómo los copos borraban las siluetas de los árboles que moldean el valle.

Le gusta escuchar el silencio que produce la nieve, tan distinto al ruido que hace la lluvia y al correr del agua sobre la tierra.

Los insectos callan y se esconden, los pájaros que no han emigrado se refugian silenciosos en recovecos inesperados, los animales acuden a sus cuevas para no interrumpir el fruto de ese cielo empedrado.

La nieve le da paz. Silba, entona una canción, se mece en ella, recoloca ordenadamente sus cosas y se entretiene tallando la madera.

Ya ha hecho dos cucharas que le regalará a Encarni, la dueña del hospedaje, como agradecimiento por las cartas que le escribe y lee.

Hoy se queda en el mismo lugar. Ha dejado pastar a las ovejas mientras buscaba leña.

El fuego no puede faltar, y con la humedad es difícil mantenerlo.

A veces lo mete en la tienda y lo tapa como si fuera un niño.

Baja al río con el caballo cogido por las riendas, para que no se dañe las patas con las rocas.

Es una yegua dócil y fuerte que solo monta él.

La deja bebiendo y vuelve a prestar atención a los murmullos, a los balidos, a las sacudidas que de vez en cuando sufren las ramas de los pinos al troncharse debido al peso de la nieve, y quizá lance un irrintzi [12] poderoso para oír su voz saltando las montañas, una forma de contar a quien lo oiga que está allí.

Domingo es duro y sabe cuidarse. Tiene claro que está solo y que si algo le sucede no habrá nadie para ayudarle; por eso trata de entender la naturaleza, los mensajes que lanzan el viento, la lluvia o el sol.

Atardece cuando se sienta en una cavidad de la montaña para afilar su navaja mirando cómo desaparece el valle.

Los bosques están envueltos en sombras, la nieve cruje bajo las patas de las ovejas y un techo limpio y cuajado de estrellas le acoge.

Cuando el sol desaparece del todo, la oscuridad y la temperatura le obligan a entrar en la tienda.

Se tumba en el camastro esperando el sueño, envuelto en la manta.

Probablemente, Nicolás ya haya llegado a Lekeitio y sus ojos estén mirando a las mozas casaderas y escogiendo a la mujer que Domingo necesita.

Se alegra por él, pero le entristece saber que es posible que no vuelva a verle.

Le gustaba su compañía, su manera de entonar las canciones que cantan los marineros de su costa y esa franqueza que le hace sentirse en casa.

Pero tenía a su esposa y a sus hijos esperándole.

A él no le pasaban malos pensamientos por la cabeza, y solo quería hacer dinero para regresar recompensado.

Se remueve inquieto. No encuentra postura al pensar en el matrimonio.

Las mujeres siguen siendo seres desconocidos para él.

Ha descubierto que no todas son iguales, pero que cada una de ellas habita un mundo al que no sabe cómo entrar.

En realidad, apenas ha conocido a un par.

Por la compañía de una pagó el sueldo de una semana, y la otra, que en realidad fue la primera, se llamaba Amy, una americana de Ketchum que venía de vez en cuando a bailar al salón del Royal.

Allí había una máquina de discos, y los camperos y pastores se encontraban para tomar rye whisky y hablar con alguien durante un rato.

Amy no era como las mujeres vascas. Había nacido en una granja en la que solo había hombres.

Era fuerte, pero milagrosamente conservaba su esencia de mujer.

Ella le mostró su cuerpo sin vergüenza, como si fuera una cosa necesaria y sencilla.

Era la primera vez que tenía cerca a una mujer desnuda, y cuando ella guio una de sus manos sobre su pecho él se puso a temblar como una hoja.

Luego vino el sexo, y fue como ella quiso.

Domingo agradeció en silencio su sabiduría.

Con Amy sintió cosas que nunca antes había experimentado, pero no pudo contárselo porque no se entendían.

Hubiera querido decirle que tras pasar con ella tres tardes la esperanza había vuelto a su corazón, pero solo pronunció las únicas palabras que sabía en tres idiomas: thank you , gracias, eskerrik asko .

Por aquel entonces conducía su primer rebaño, casi dos mil cabezas que no sabía controlar.

Más de una noche se acostó y se levantó llorando, maldiciendo su destino.

Conoció el invierno, la desesperación, y esa soledad que cae sobre uno y lo convierte en barro.

Domingo siente que en esas montañas habitan los espíritus de sus eternos habitantes.

Ellos lo van domesticando, igual que lo hace una tormenta en el mar.

Amy y sus caricias le abrieron un camino desconocido, y siempre le estará agradecido por ello.

Todo lo que sabe sobre cómo hay que tratar a una mujer se lo debe a ella.

No se ha atrevido a contarlo, no tiene palabras para describir sus sentimientos.

Nunca las ha tenido. A su amigo le ha pedido una mujer buena y trabajadora.

No sabe el nombre de lo que Amy le entregó, pero espera encontrarlo en los brazos de su mujer.

Duerme, pero el oído permanece alerta. A veces un oso, o con más frecuencia un coyote, acecha al rebaño y mata a las ovejas.

Su perro, Beltza, es listo y ladra para avisar del peligro.

Por él haría lo que fuera y a veces, cuando están solos, se pregunta si se podrá querer tanto a un hijo como quiere a ese animal que lo mira con tanta gratitud.

Desliza una mano para tocarlo y le dice que en dos días, si el clima lo permite, se trasladarán un poco más arriba, donde sabe que hay pasto fresco.

Domingo nació en mayo de 1900. Era el único hijo del matrimonio compuesto por José Mari Arsuaga y Benita Arizmendi hasta que nació la pequeña Inmaculada.

Él tenía siete años cuando su padre murió aplastado por unas rocas cuando trabajaba en la carretera que conducía a Ondarroa.

Su madre estaba a punto de dar a luz a su hermana, y la frágil existencia de aquella familia se desbarató con la ausencia del cabeza de familia.

La madre, junto con la recién nacida y Domingo, fue acogida en el caserío familiar Altube, situado cerca de Bakio, donde vivía su tío, Ignacio Arizmendi.

Un día de mayo, la madre preparaba la comida y la niña dormía sobre una manta para que le diera el sol.

No se oyó llanto, quejido o ruido alguno, pero la pequeña desapareció como si se la hubieran llevado las cigüeñas que se dirigían a la torre de la iglesia.

Los rumores apuntaban a unos vendedores de quincallería que habían pasado por el pueblo.

¿Quién sino uno de aquellos buhoneros podía haberse llevado a la niña?

Todo el pueblo la buscó durante tres días, pero fue inútil.

Su madre nunca se recuperó de aquella pérdida.

Domingo dejó la escuela y se puso a trabajar cuidando animales, limpiando la iglesia de San Juan, en la mar y en cualquier cosa que sirviera para quitarse la culpa que no tenía.