Un bosque de álamos en Idaho El marido ausente #3
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El marido ausente #3

»Mi amigo se llama Domingo. Anduvo trabajando en Nevada hasta que empezó a hacerse hombre.

Luego se fue a Boise. Es un hombre cumplidor, perdió al padre cuando era niño.

Tenía una hermana, según creo recordar, pero algo le pasó a la chiquilla.

No sé…, esas cosas no se hablan. —Enciende el cigarrillo—.

Los que no han hecho dinero no quieren volver, tienen vergüenza o nadie los espera.

No es su caso, creo que tiene sus buenos ahorros.

Él trabaja bien. Es un hombre solitario, de los que no frecuentan tabernas. Responsable y de fiar.

Valentina da un trago a su vaso. No puede evitar sentir envidia cuando percibe la forma en que Mariana mira a su marido.

—Dile lo que te pidió —insiste ella.

—Me pidió que le buscara una mujer… —dice por fin Nicolás—.

Bueno, fui yo quien le dijo que no podía seguir solo.

Domingo será un Buen marido. Siempre está dispuesto a echar una mano a cualquiera.

Es un hombre recio y de buen ver, eso dicen las mujeres…

, pero no miente, es honesto. Allí eso es oro.

Mi amigo necesita una mujer que quiera prosperar con él.

—El hombre observa a la chica, sonriendo—.

Mira cómo será que me dio dinero para que le buscara una y le pagara el billete si formalizaba el matrimonio…

Mañana voy a pedir su fe de bautismo y su partida de nacimiento.

Ya le tengo echado el ojo a una recomendada de mi hermano.

—Primero está ella. —Mariana le golpea el brazo a su marido. Lo hace con cariño, y él sonríe y la mira de reojo.

Valentina vuelve a sonrojarse y baja la vista hacia el mantel.

No sabe con exactitud si lo que acaba de oír es una proposición firme de matrimonio o una de las muchas bromas con que Nicolás salpica la conversación.

Mira a Mariana demandando una certeza, pero ella le devuelve la mirada y con un gesto la invita a no hacerle caso.

Sin saber a qué atenerse, permanece en silencio.

No encuentra en su cabeza ninguna palabra capaz de romper la burbuja de expectación que flota en el aire.

Nicolás se levanta y mete una mano en el bolsillo de su pantalón.

Saca una cartera y extrae una fotografía que ofrece a Valentina.

Ella la examina. Es un grupo de unos diez hombres que miran serios al objetivo. Nicolás señala a uno de ellos.

— Hauxe da [10] !

Ella intenta distinguir los rasgos, pero no lo consigue.

La fotografía está borrosa, quizá mal enfocada, y todos parecen un grupo de sucios trabajadores.

Cree advertir que aquel al que señala tiene los pómulos salientes, como si pasara hambre.

Asiente. Es una manera de decirle que ha visto cuanto tenía que ver y le da las gracias, sin saber muy bien por qué.

— Eskerrik asko .

Mariana se acerca a su marido y le da un ligero empujón.

—¡No seas tonto! La pobre Valentina no sabe si le estás tomando el pelo…

—Su amiga le coge la mano—. Lo que ha contado este bruto es verdad.

El chico le pidió que le buscara una mujer.

Ha depositado toda su confianza en él, y yo le he pedido que, si tú quieres, seas la primera en elegir.

Sabes que habrá otras dispuestas a saltar el charco por un matrimonio.

Hay suficiente dinero para un viaje cómodo, y aún sobra.

No necesitarás hacer uso de tus ahorros.

A ella le da vueltas la cabeza y le parece que el ambiente de la cocina, antes cálido, se ha vuelto asfixiante. Tiene muchas preguntas que no se atreve a hacer en presencia de Nicolás. Son cosas de mujeres y de esos miedos que la invaden cuando piensa en estar a solas con un hombre.

—¿Podría escribirme?

Es lo único que se le ocurre, que él le hable de sí mismo, aunque sea por carta, para evitar de algún modo ese abismo que supone casarse con un desconocido del que jamás podrá separarse.

—Se lo pediré —responde Nicolás—, pero las cartas tardan una eternidad y nosotros tenemos previsto irnos en unos días. Vamos a ver una casa en Gernika. Deberías hacerte una foto para que sepa lo guapa que eres. Suéltate el pelo, a los hombres nos gusta.

—Mañana intentaré buscar la manera de hacérmela y le escribiré unas letras. Prefiero que sea él quien me elija.

—Si te ve, no tendrá dudas.

Mariana la anima. Si va a América, quizá en unos años vuelvan con dinero. Valentina se siente incómoda, como si de pronto aquella propuesta con la que muchas veces ha soñado se hubiese tornado una planta con espinas. Necesita saber algo de ese pastor.

—Tú sabes que las cosas para las mujeres son así —insiste su amiga—.

Muchos jóvenes se van. Las guerras los escupe muertos, a otros se los lleva el mar, y quedan los que buscan una vida mejor.

Este Domingo debe de ser de esos, pues de lo contrario, mi Nicolás no lo recomendaría sabiendo que tú eres mi amiga.

Somos mujeres, necesitamos una casa, una familia…

Aún más en tu caso, laztana [11] , no tienes nada y al menos serás una mujer casada.

Con el pretexto de que debe madrugar, Valentina se despide y sale al fresco de la noche. Agradece el aire que sube de la playa de Isuntza; apaga el fuego de sus mejillas y el traqueteo de su corazón.

«No sé quién eres, Domingo, pero me gusta que me esperes».