El marido ausente #2
Eso le dijo su madre, que vino a Lekeitio por sorpresa el año pasado y le contó que había dejado de servir.
Ahora trabajaba en la cocina del Café Boulevard, en la plaza del Arenal de Bilbao.
Durante su corta visita no mostró ni un gesto de ternura o cariño.
Alrededor de la mesa, en el caserío de su tío, todos los presentes parecían iguales a sus ojos, sin que le prodigara a su hija una atención especial.
Valentina había esperado el encuentro ilusionada, e incluso había soñado que venía a buscarla para llevarla con ella.
Se bañó y se vistió con su mejor falda y le suplicó a la gobernanta algunas galletas de anís para llevarle a su madre, pero ella apenas la miró.
Ya no parecía una mujer de Lekeitio; vestía una falda ceñida hasta media pierna y una blusa de colores, y además llevaba zapatos de tafilete.
Su congoja no pasó desapercibida. Mariana trató de tranquilizarla.
Había muchas posibilidades de que la causa de su frialdad estuviera en que desde hacía unos años era una mujer casada y tenía dos hijos con un señor que, con seguridad, no sabía de su existencia.
La gobernanta también la disculpó con aquello de que todos desconocemos lo que los demás cargan a la espalda.
La joven quiso creerla, pero su corazón le decía que su madre nunca la había querido y que ya era tarde para que lo hiciera.
Desde aquel día no recuerda su bello rostro de igual manera; una pena honda se lo impide.
Está terminando de recoger la cocina cuando Mariana irrumpe en el sótano vestida de domingo.
Viene a despedirse de sus compañeras. Ya no necesita trabajar allí: va a abrir su propio restaurante.
Todas la miran con alegría y celebran que una de ellas haya solucionado su existencia; su marido vuelve con dinero suficiente para comprar una casa y poner un restaurante.
Mariana coge a Valentina de la mano y la lleva hasta la entrada.
—Quiero que vengas mañana a casa —le dice—. Ponte guapa, necesito que mi marido te vea.
Su amiga le guiña un ojo y, antes de irse, vuelve a acercarse con aire misterioso.
—Tengo muchas cosas que contarte —le susurra—. Te espero mañana a las ocho.
—Allí estaré.
Para la cita, plancha el mejor de sus dos vestidos, al que añade un cuello de encaje que le ha regalado una de las chicas.
Enrolla su trenza en un moño. El peinado le hace parecer recatada.
Antes de salir, el espejo le devuelve su imagen.
También a ella, y no por escucharlo con frecuencia, le parecen bonitos sus ojos.
Ensaya unos gestos de alegría y de tristeza.
¡Ojalá que el marido de Mariana la vea bonita!
Camina cohibida; desconoce la manera en que debe tratarle.
Ser cercana es un riesgo, y hay que calibrar las palabras o parecerá una entrometida.
Desea saciar su curiosidad. La vida al otro lado de los océanos, en una tierra donde se puede hacer fortuna.
América, en el norte o en el sur, en Idaho o en Buenos Aires.
¿Qué hace falta para llegar tan lejos? ¿Cómo son las casas, tienen luz?
Ha imaginado a su amiga en brazos de su marido y hasta ha sentido vergüenza de sus pensamientos.
Nunca ha visto a un hombre desnudo, y las únicas referencias que tiene de cómo ellos montan a las mujeres la asusta.
Su tía le dijo una vez que todo era igual que los animales, y eso la confunde y aterra.
Algunas conocidas hablan de sus penurias en las alcobas, de la brutalidad de los deseos de sus hombres, pero otras confiesan que la noche en la cama junto a su marido es lo mejor del día.
Ella no entiende de sexo, pero si se mantiene en secreto será por algo.
En lo que coinciden las mujeres es en hablar de sacrificios y resignación, y también en que lo mejor que puede hacer una es casarse.
Frente a la entrada de la casa se recoloca el vestido. Apenas ha dado unos golpecitos cuando un hombre le abre la puerta. Se sonroja, no es capaz de responderle sin balbucear.
— Kaixo, neska. Zu Valentina izango zara ezta?… Bai ederra zarela [8] !
— Gabon [9] !
Entra azorada, ansiosa por encontrar a su amiga.
Mariana sale a su encuentro y la lleva a la cocina, donde la chimenea está encendida y una radio alegra el ambiente con una copla de la Argentinita.
Palmea su espalda, la coge del brazo, ríe y señala a su marido mientras le murmura al oído que su hombre le ha salido bueno y que América se lo ha devuelto mejor.
En la mesa hay una botella de sidra y tres platos.
Se sienta, aliviada. Pensaba que iba a ser un encuentro multitudinario, con los hijos y la madre de Mariana, pero la intimidad hará más amable la conversación.
Nicolás le regala halagos, y a una seña de su mujer comienza a hablar de Idaho.
Señala que la tierra allí es árida o frondosa, dependiendo de si uno mira al norte o al sur, y le habla de un páramo desértico lleno de arbustos y pequeños lagos.
Dice que es inevitable añorar el mar, pero que saliendo de la ciudad hay montañas y bosques en los que cuando llega la primavera uno cree estar en el paraíso.
Le habla de cascadas y lagos, de ríos que descienden con furia en el deshielo y de salmones que saltan rosados y abundantes.
Valentina escucha ensimismada. Ha olvidado sus temores, piensa que los hombres que han visto mundo son diferentes a los que conoce.
Ellos se arriesgan, y eso es mejor que seguir la costumbre.
Nicolás atiende a sus preguntas, tímidas al principio y espontáneas después.
Le explica que en aquellas inmensas tierras sus habitantes se dedican en su mayoría al ganado, pero que como los pueblos crecen también hay aserraderos y grandes ranchos donde trabajan muchos vascos, y en Boise hay comercios, restaurantes y un capitolio, además de una prisión.
Antes de que llegaran los europeos, las tierras estaban pobladas por los indios shoshones, una de las muchas tribus indias de Norteamérica que han sobrevivido a los pioneros.
Él ha tenido suerte. Después de ocuparse de los rebaños de otros, formó el suyo propio y luego lo vendió para volver. Cuenta que al inicio trabajó en Nevada, y que allí la vida del pastor era condenadamente difícil debido al clima y la geografía.
—A algunos hasta se les olvida hablar. Pasan meses sin ver a una persona, y eso es malo, muy malo. Cuando estás en la montaña sabes que debes tener cuidado. Dependes de ti. No es vida…
Nombra los bosques de Sawtooth, de Twin Falls y de las montañas Payette, en cuyos ríos hay truchas grandes como brazos. Nicolás se levanta y señala la parte alta de su muslo para explicarle hasta dónde llega la nieve en invierno.
—Cuéntale lo que te dijo tu amigo cuando saliste de allí —interrumpe Mariana—. Lo que te pidió.
El hombre tarda en responder. Se frota la cara, como si quisiera evitar que las mujeres perciban que sus ojos se han humedecido. Lía en silencio un cigarrillo, y Mariana, como no sabe esperar, recoge los platos y saca un poco de queso, nueces y miel.
—Lino tiene que acostumbrarse a la tierra donde vive, e incluso quererla —arranca con un tono de voz más sereno—.
No queda más remedio, de otro modo se sufre mucho.
No es fácil, todo empieza como una aventura, pero luego uno recuerda que está lejos.
Añoras, pero a medias. Porque allí somos muchos, tenemos nuestras tabernas, reuniones y fiestas, como aquí, y si podemos también comemos igual que aquí…
Las mujeres hacen queso y chorizos en los hospedajes.
Cuando bajas de la montaña solo piensas en eso, en tener algo parecido a esto.
Porque si no tienes un hogar estás muerto.
—¿Y en qué habláis? —La joven desea saberlo todo.
—Ellos, los americanos, en inglés, y nosotros en euskera o en esa mezcla que vamos componiendo para entendernos. Hay gente de Pirineos, de Bayona o Hendaya. Si vas a vivir allí, tienes que aprender inglés. Casi nadie habla español.