Un bosque de álamos en Idaho El marido ausente
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El marido ausente

El marido ausente

VALENTINA ALZOLA

En la cocina del palacio reina un gran revuelo.

A Mariana le han concedido unos días para que pueda recibir a su marido como se merece tras una ausencia de cinco años.

El barco que le traía de América le dejó en Francia, en el puerto de Le Havre, y desde allí ha llegado a Bilbao junto con otros cuatro hombres.

En el pueblo, y también en la cocina, hay una gran expectación por la llegada, prevista para ese mismo día.

Los pastores que vuelven traen noticias de los que quedan allí, dinero, regalos y encomiendas.

Cuentan lo que no saben sus propios parientes, y a veces callan la razón de su ausencia.

Unos vienen para quedarse, comprar un caserío como el que posee el hermano primogénito, y otros, para buscar una esposa con la que formar una familia y regresar tras saciar su sed de raíces.

Valentina se ha convertido en una mujer, tiene diecinueve años y ha sido ascendida a ayudante de cocina.

Se siente aliviada por no tener que estar todo el día con las manos rojas debido al agua fría, y quiere aprender.

Estos días sustituye a Mariana. La joven llama a la gobernanta para que acepte el pedido del pescado y manda limpiarlo para envasarlo como lo hacen en la conservera.

— Non dago Mariana?

— Amerikanoarekin amodiotan [6] . Está empeñada en poner orden en la cocina, como le ha enseñado su mentora: los fogones deben funcionar como un cuartel.

Hay que cumplir con el trabajo para que los guisos salgan sabrosos, a su hora y calientes.

El pan está recién horneado, y el chocolate para los más pequeños humea en las chocolateras.

Los huevos revueltos aguardan en recipientes de plata y las frutas ya están en la mesa.

Los moradores del palacio madrugan; la emperatriz, para escuchar misa con los sacerdotes húngaros en la capilla que el conde de Urquijo ha construido en la planta baja, y los chicos, para empezar puntuales sus clases.

Las ventanas están entreabiertas para recibir el sol tibio de la primavera.

La joven mira el reloj de pared. Las camareras llegan a la cocina con sus cofias y delantales almidonados; la familia está a punto de sentarse en el comedor con el apetito que los caracteriza.

Valentina saca el bizcocho del horno y le manda a Teresita que lo ponga en una de las preciosas fuentes de porcelana con cantos dorados y el escudo del desaparecido imperio.

Casi todos los días hay invitados, y el trabajo en el semisótano es un frenesí.

Hace semanas que corren rumores de que la familia va a trasladarse a una ciudad que tiene todo aquello que no puede darle el pueblo.

El archiduque Otto, el primogénito, debe completar sus estudios.

Las malas lenguas auguran que, si eso sucede, el palacio, que ya es un dispendio para sus dueños, se cerrará.

El secretario de cámara de la emperatriz, el conde de Restbroz, lleva semanas recibiendo a gente importante, y el semanario Blanco y Negro publicó una entrevista a la familia real húngara en la que advertían que Lekeitio no podía cubrir las necesidades escolares de los archiduques a pesar de sus excelentes preceptores.

Las habladurías y los chismes mantienen al servicio en un constante estado de nervios.

Valentina no puede ni pensar en qué hará con su destino si se cumplen los vaticinios.

Ya sabe que Zita de Borbón no la llevará a ninguna parte porque ni siquiera sabe que existe, y menos aún que cocina para ella.

La gobernanta, sin embargo, la apoya, reconoce su trabajo y, por alguna razón que ella desconoce, le sonríe y se muestra generosa.

Le enseña los nombres de las cosas en castellano y la invita a aprender a hablar en voz baja como hacen las señoritas o a adornar los platos humildes.

Le ha regalado un par de prendas que las doncellas han desechado, y muchas veces le permite llevarse algo de comida sobrante.

Su tío, a pesar de lo que ella aporta a la casa, le ha pedido que busque otro lugar donde dormir; sus primas crecen y falta espacio.

Durante el invierno duermen juntas y apretadas para evitar el frío y poder compartir el par de piedras que dejan en la chimenea y envuelven en un trapo para calentarse los pies, pero en verano sus primas protestan.

También ellas quieren un lugar donde nadie las moleste.

Esta vez, la amenaza del tío parece ir en serio y a ella se le viene el mundo encima.

Consternada y llorosa, acude a Mariana, que le deja compartir cama unos días en la casa de un familiar que la acoge cuando no va a Bermeo.

Pero como todo lo que pasa en la cocina llega a oídos de Esther, la gobernanta, se presenta el día en que, arrugando el ceño, le pregunta a Valentina por su casa.

—Vivo en el caserío Etxegoyen, con mi tío —responde Valentina—. Mi madre está trabajando en Bilbao y no tengo padre. Pero no hay sitio suficiente y quieren que me vaya. Además, hay una buena caminata, y en invierno…

Una semana más tarde, la gobernanta la llama discretamente y le ofrece un hueco en la casa del jardín, donde duermen algunas doncellas húngaras.

La Fraulin, como la llaman en la cocina cuando ella no puede oírlas, le ha colocado un camastro en un hueco que servía de despensa, junto a una mesilla y un elegante arcón que, al parecer, perteneció a la familia imperial.

—No es lo mejor, pero al menos no tendrás que pensar en dormir al raso.

Es más que suficiente; apenas posee nada y el gesto de generosidad y cuidado la emociona. La gobernanta es una mujer recta y religiosa. Siempre se ha sentido protegida por ella, aunque desconoce los motivos.

Desde su rincón, Valentina ve cómo las camareras visten con vestidos ligeros cuando van a bailar.

Llevan las piernas al aire y unas combinaciones que les aplastan los pechos.

Lucen sombreros, calzan zapatos y colorean sus mejillas y párpados con productos de belleza que proceden de París.

Ella las observa acicalarse y siente una cierta envidia, pero acepta que el mundo en que ellas viven no es el suyo.

¿Para qué habría de vestir como ellas? La llamarían fresca, le sacarían cantares y tendría que cargar toda la vida con ello.

Las extranjeras pueden hacer lo que deseen, casi como los hombres, pero en Lekeitio el decoro es más valioso que poseer una mula.

En cuanto se tumba en su cama, el cansancio la hace dormirse, y ni siquiera je da tiempo a leer la columna de los viernes del Excelsior en la que Maritxu, la Marquesa de Parabere, habla de cocina y da alguna receta.

Por primera vez, detrás de la cortina que la separa de sus compañeras atisba lo que puede significar la intimidad, y eso le produce una satisfacción desconocida.

Antes del alba, como si alguien la despertara, abre los ojos y siente su cabeza rebosante de incógnitas y preguntas.

Solo dispone de una tarde libre, que emplea en acompañar a sus primas a cuidar las cuatro vacas que tiene su tío.

A veces se escapan a la playa de Karraspio y disfrutan caminando por la orilla y jugueteando con las olas.

También visita al maestro o sale al encuentro de las que cosen las redes, con quienes una puede averiguar lo que pasa en los zaguanes.

Aunque ha sido ascendida a ayudante de cocina, nada ha cambiado, salvo que ahora se siente orgullosa de ser capaz de preparar los canutillos de crema y la tarta colineta que tanto éxito tienen. Saber recetas le da seguridad, porque un día podrá llevar una cocina.

Pronto cumplirá veinte años, una edad en la que muchas de sus conocidas ya están casadas o con dos críos llenos de mocos.

El matrimonio no la atrae demasiado, lo importante es conseguir salir de la pobreza.

No gasta su sueldo, ni compra un lazo que mejore su aspecto.

Va con ropa prestada desde que era una niña, y las pocas perras que gana están destinadas al ahorro.

A pesar de su pobreza, le ha salido más de un pretendiente, pero ninguno de ellos presentaba las características que un marido debe tener.

Ella desea un hombre bueno de verdad, que no frecuente tabernas y que quiera prosperar en la vida.

No quiere pobres como ella, tullidos, borrachos ni pescadores que vuelvan deslomados y con las redes vacías; antes se queda birrotxa [7] .

Le gustan los hombres que no hablan a gritos, que van limpios y la miran como si pidieran permiso para hacerlo, pero de esos no hay muchos.

Sueña con tener una alcoba donde dormir.

Por eso, los hombres que se han ido a buscarse la vida a las Américas la atraen. Ellos ganan para hacerse una casa.

Apenas pisa la plaza o el baile. Podría aceptar la mediación de Vicenta, una casamentera que dicen que une las puntas de los corazones, pero esa mujer cobra por dar maridos.

Valentina sueña con un hombre que la abrace, a pesar de saber que eso no sucederá mientras esté de sol a sol en la cocina.

No se arrepiente. El dinero ahorrado le permitirá emprender una nueva vida en la capital si el palacio se cierra.

Podría ir a Bilbao, proponerse trabajar en el nuevo Hotel Carlton, que tiene más de treinta habitaciones con teléfono y baño y un comedor para ciento cincuenta personas.

Dicen que su cocina es como la del Palace; allí no rechazarían a alguien que ha servido en el Palacio Iribarren.