Un pastor vasco en América #2
Por la ventana ven a un grupo de hombres que cruzan la calle para visitar ese lugar donde las mujeres los abrazan como si los desearan y donde hay música y un alcohol que escapa a la prohibición.
En el piso de arriba hay habitaciones que se alquilan por horas y en las que los hombres pueden acceder a una de las chicas.
Los dos amigos bajan la voz y se acercan para hablar tan íntimamente como les permiten sus fronteras emocionales.
Durante una temporada estuvieron juntos cuidando un rebaño y, por lo que hablaron en la montaña, Nicolás sabe que Domingo se siente solo, que no es de los que frecuentan esos establecimientos y que ha rechazado trabajar con los grandes ovejeros.
Le conoce. A veces resulta algo huidizo, pero es un hombre listo y noble que se protege para que no le hagan daño.
Domingo es austero, no le gusta el póker ni los bolos, pero escucha mejor que nadie.
Le preocupa, y por eso trata de convencerle de que ya tiene edad de formar un hogar y de que estaría mejor con una mujer a su lado.
—Cuando llegue a Lekeitio yo te busco una que sea de allí, o de cerca.
Ellas saben más que nosotros y ven las oportunidades, créeme.
Dicen que el asunto de los papeles va a cambiar y que todos tendremos que figurar en el censo y hablar inglés.
Con una mujer harás una familia, prosperarás.
Siempre puedes volver. Allí te esperaré.
—Si me caso, debería ofrecer a mi mujer algo más de lo que tengo. Están los ahorros, pero todavía no es suficiente para comprar una propiedad. Tendría que verla al menos.
—¿No te fías de mí?
—De ti sí, seguro que elegirías bien. De quien no me fío es de mí.
—Pues ven conmigo… Debes de tener buenos dineros en el banco.
—No creas, soy un miserable pastor. Pero quiero prosperar.
Nicolás se empeña en hablar de mujeres. Para una joven casadera, reunir la fortuna de lo que cuesta un billete es una heroicidad.
Le recuerda que muchas de las que han venido a trabajar con un contrato de cocinera o limpiadora pasan casi tres años pagando la cantidad que costó el billete y que su patrón adelantó. Señala a las camareras.
—Muchas están atrapadas hasta que se casan, aunque pretendientes no les faltan.
Si estás seguro de que quieres casarte, vamos al procurador para que me concedas poderes, me das el dinero para su billete y yo te busco una buena mujer.
Puedo conseguir tu fe de bautismo, y si hay alguna cosa insalvable no te preocupes, que yo me encargo.
Domingo le mira fijamente y sonríe. Encarni, la patrona del hostal, le ha aconsejado unas cuantas veces que elija a Amalia, una de las chicas que trabajan en la cocina.
Él la ha observado, pero algo hay en ella que le desagrada.
Las mujeres le inspiran respeto. Eso se lo enseñó su madre, y Amy le hizo averiguar la ternura que guardaban para los hombres.
La idea de que una de ellas le acompañe resulta reconfortante, pero también le asusta.
Confía únicamente en las chicas que vienen de la tierra; las americanas pueden abandonarle o divorciarse, y eso le aterra.
Domingo observa que a su amigo se le alegran los ojos cuando habla de su mujer. Con el tercer whisky Nicolás le confiesa que los hombres que se van no suelen volver, a menos que ya hayan conseguido una propiedad y vuelvan a su tierra para regresar casados o traerse a algún familiar.
—Tú no tienes tu propio rebaño, pero lo tendrás.
—Todo lo que me dices ya lo he pensado.
Nicolás camina decidido, sin mirar las huellas que deja atrás.
Se marchó de Lekeitio para hacer fortuna y no volverá a Idaho.
Algunas veces habla como un cura y otras como un aventurero, pero habla mucho.
Domingo le mira interrogante, ofreciéndole la mano.
Tras unos instantes de duda, se dan un apretón sincero.
Eso significa que acepta el ofrecimiento y, por si no vuelve a verle, le pide que le acompañe al banco para entregarle el dinero del billete para el viaje de su futura mujer.
No quiere que ella pase más calamidades de las que ya le ocasionarán el miedo y el cansancio de ese trayecto interminable que él no quisiera recordar.
Cuando vuelve a abrazar a su amigo, apenas es consciente del paso que acaba de dar.
Ha dado su palabra, y eso es sagrado. Nicolás le regala su sombrero.
—Esto, que tendrás que llevarlo en la cabeza, es para que no me olvides.
Hacia mediados de abril comienza la parición, la etapa de más trabajo.
Los rebaños se distribuyen en los campos cercanos y los pastores se quedan vigilando las borregas.
Las que han parido se juntan, cuidando de dejar a cada una con su cordero.
A Domingo le gusta su trabajo y tiene experiencia a la hora de evitar que se pierdan los corderos, que a veces son abandonados por la madre.
A estos hay que darles leche, y a las que no reconocen a su cordero hay que juntarlas a las buenas madres para que imiten su cuidado.
Cuando todo funciona, se marcan para subir a los pastos.
Se carga el caballo, el burro o la mula con sus albardas, alforjas y cuerdas y se parte.
Algunas ovejas paren por el camino y Domingo tiene que atenderlas y cuidar de que los corderos sobrevivan.
Esto es importante, porque esos corderos, dependiendo de cómo sea el acuerdo, pasarán a ser suyos.
Su patrón confía en él. Sabe que no abandonará la vigilancia por muy mal que se pongan las cosas y que cuidará del rebaño como si fuera de su propiedad.
Domingo aguanta la soledad y los peligros de la montaña.
Está acostumbrado, y lo único que le molesta es la imposición que muestran muchos patrones.
Goza de unas condiciones de trabajo más decentes que otros: un sueldo que podría ser mejor, la venta de «sus corderos» y algunos días libres en Navidad.
Algunas veces ayuda a otros rancheros amigos y saca unos dólares, también con los osos y los azeris [4] que mata y que el Gobierno paga.
Él no tiene a quien mantener. Todos los dólares son ahorro para algún día.
Los días siguientes, su cabeza está ocupada por Nicolás y por la mujer que este buscará y que podría aceptar su propuesta de matrimonio.
Lo imagina llegando al puerto de Lekeitio para reencontrarse con su esposa.
Está seguro de que mientras recorra las calles se fijará en las chicas, y no dejará de hacerlo hasta que encuentre una a su medida.
Una mujer valiente, que se atreva a llegar hasta el otro lado del mundo para estar con él.
Ha pasado gran parte de su vida en la mar, en casa de su tío, y le asusta no saber cómo es un hogar.
Se ha fijado en la señora Peterssen, siempre peinada, vestida con ropa limpia y a veces carmín en los labios.
Monta a caballo como cualquier campero, con pantalones y a horcajadas, y tiene una casa hermosa.
Él es incapaz de imaginar a una mujer de Lekeitio sonriendo con el descaro con que ella lo hace.
Pero ha observado que las americanas, aunque espontáneas y dulces, no son como las muchachas que él dejó en su pueblo.
Domingo evita a las mujeres; teme que ellas perciban su ignorancia y no se siente capacitado para enfrentarse a su sabiduría.
Cuando piensa en ellas se siente en el borde de un desfiladero, a punto de caer al vacío.
Vuelve a la realidad con la voz de su compañero Felipe, que habla en inglés con uno de los trabajadores.
Pone atención y distingue algunas palabras.
Gimmer , oveja; cull yaw , oveja vieja que ya no puede reproducirse; shearling , aquella a la que aún no le han salido los dientes.
Wife , esposa.