Un bosque de álamos en Idaho Un pastor vasco en América
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Un pastor vasco en América

Un pastor vasco en América

DOMINGO ARSUAGA

La nieve rodea el Creek Valley Ranch, embelleciéndolo como si se tratara de un merengue dulce.

En cuanto ha amanecido, los trabajadores se han puesto manos a la obra para despejar el paso que conduce a los refugios de las casi mil quinientas ovejas que posee Jeff Peterssen.

La propiedad está cerca de Emmett, en el condado de Gem, estado de Idaho, a solo treinta y tres kilómetros de Boise, la capital.

Domingo, pala en mano, desciende hasta el río Payette para comprobar si aún baja helado.

Un sol tibio intenta atravesar las nubes espesas y calentar el aire.

Su luz se filtra apenas, produciendo un efecto nacarado que a él le recuerda el interior de las ostras que recogía en la rompiente de San José, allá en Lekeitio.

Se agacha para recoger un trozo de madera atascado entre los guijarros.

Procede de un álamo temblón, y enseguida se da cuenta de que es una buena pieza para tallar.

El río baja arrastrando pequeños pedazos de hielo que se desharán antes de llegar al gran río Snake.

Escucha su murmullo, que se vuelve atronador un poco más abajo.

Ama ese lugar, el silencio roto solo por el balido de los borregos y las voces que le llegan desde las cuadras.

Distingue la tonada de Cipri Lizundia, que discute con Felipe Arana en ese idioma improvisado que hablan muchos vascos.

Más allá parlotean los americanos, masticando las palabras como si fueran chicle.

Se moja la cara con el agua helada, se pasa las manos por el pelo y vuelve a colocarse el sombrero que le regaló Nicolás antes de partir a su tierra. Si no abre la boca, pasa por americano.

Fue una suerte reencontrarse con su amigo Nicolás, al que creía en Nueva York.

Las enormes distancias del oeste no facilitan los encuentros, salvo que se vean en los hospedajes donde se albergan o comen.

Allí uno sabe de todo el mundo; dónde para este, quién se ha casado o piensa volver y las anécdotas interminables de las sobremesas, que les devuelven una cotidianidad más o menos parecida a la que se da en su pueblo de origen.

Habían cobrado esa semana, y Felipe y él se acercaron a la ciudad.

Necesitaban comprar algunas cosas, comer como en casa y darse un paseo por la tienda de los orientales situada en Bannock Street.

En los grandes almacenes hay empleados vascos, pero los precios son más altos.

Los japoneses tienen cualquier producto que les haga falta a esos hombres que raramente se miran al espejo o zurcen sus calcetines.

Domingo no derrocha el dinero, pero había tenido un percance y su chaqueta se había vuelto inservible.

Adquirió una forrada de piel, que, según alcanzó a traducir su amigo, le protegería del frío cuando subiera a la montaña.

Almorzaría en el Jai Alai, el hospedaje donde los pastores vascos suelen pernoctar cuando no están en la montaña.

Encarni Mendiola, una mujer de Bedarona, casada con Pablo Ereño, lleva con decisión el negocio y ofrece a los pastores una estancia limpia y muy agradable.

Es un refugio, casi un hogar para esos hombres que necesitan un lugar de referencia.

Allí reciben el correo, los recados de otros pastores que se mueven por el territorio, y también allí encuentran trabajo y se ponen al corriente de los matrimonios o los nacimientos.

Y, para los que no saben leer ni escribir, es el mejor sitio para buscar ayuda con la correspondencia o los trámites.

Encarni les presta o guarda su dinero, custodia sus pertenencias y hasta los acompaña al médico para que puedan entenderse.

Sin estos establecimientos, los numerosos vascos de la zona no podrían aguantar su duro trabajo.

Los hospedajes son una prolongación de Lekeitio, Ea, Bedarona o Natxitua, pueblos de los que proceden la mayoría de los pastores.

Es una buena cocinera, y en su comedor puede degustarse un puchero de alubias con chorizo que invita a los hombres a creer por unas horas que no están tan lejos de casa como saben que están.

En los estados de Nevada y Idaho viven miles de vascos.

Buena parte de ellos residen en Boise, donde los pastores se alojan sin problema durante el invierno.

Él ha elegido el Jai Alai, pero podría ir al hostal de Anduiza, al Moderno, al Royal Hotel o al de los hermanos Izurza.

En Boise se puede elegir o, como hacen muchos, comer en un lugar y tomar un whisky en otro para acabar en alguno cuyas habitaciones ofrecen otros servicios.

Pablo Ereño, el marido de Encarni, es charlatán y le cuenta historias como la del Mayflower, el primer barco de ingleses puritanos, que en noviembre de 1620 llegó a las costas de Plymouth rodeando Cape Cod en busca de una Nueva Inglaterra.

Las tempestades los desviaron de su destino, así que cuando tocaron tierra no hallaron más que tribus indias.

Los colonos firmaron el Pacto del Mayflower, que establecería las bases de su vida.

Muchos murieron aquel invierno; no sabían pescar o cazar, actividades reservadas a los aristócratas.

Pablo dice que luego llegaron holandeses, franceses y otros europeos, aunque en California ya estaban establecidos los españoles.

En Idaho, los primeros vascos llegaron a finales de 1800.

Un par de atrevidos aventureros que llamaron a un hermano, un primo o un cuñado.

Se necesitaban trabajadores que cuidaran de las ovejas durante el verano.

Se les pagaba en corderos, y pronto empezaron a poseer su propio rebaño.

Los que no volvieron a su tierra prosperaron.

Después venían las mujeres, o iban ellos a buscarlas.

La soledad se llevaba mejor entre paisanos.

Algunos habían tenido más suerte y consiguieron comprar tierras, otros volvieron con dinero suficiente para restaurar el caserío familiar o construirse una casa cerca de los suyos.

Casi todos eran hombres, y la mayoría buscaban una mujer de su tierra que, a cambio del matrimonio, los acompañara y les diera un hogar donde reposar.

Los hospedajes y restaurantes —habitualmente regentados por matrimonios o por mujeres a quienes conocieran y que hablaran inglés además de euskera— eran los primeros lugares a los que se dirigían los recién llegados y funcionaban como verdaderos centros de comunicaciones: allí se sabía quién iba a emprender el viaje de vuelta satisfecho de lo conseguido y quién volvía esperanzado de que las condiciones económicas hubieran cambiado porque aquello le costaba la salud.

No todos eran capaces de resistir las condiciones climáticas, la soledad, los peligros y el aislamiento de las largas distancias con la única compañía de unos perros.

Después de despedir a Felipe, Domingo se dirige al Jai Alai, donde se encuentra con su amigo Nicolás Aramburu sentado en una de las mesas, esperando a que le sirvieran la comida: primer plato, segundo, postre y akeita, txola eta txokorra [2] .

Cuando se ven se abrazan y el pastor se sienta a su lado.

Las cosas le han ido bien y vuelve a casa.

— Ongi etorri , Domingo [3] —dice Nicolás.

El pastor se alegra de verle. Ha sabido por otros que estaba a punto de marchar, y deseaba encontrarse con él y tranquilizar ese pellizco que siente por la partida de uno de sus mejores amigos.

—Dicen que se lo has vendido todo a Achabal.

—Así es. Vuelvo a casa. Ya tengo lo que quería. Quiero ver crecer a mis hijos, y echo en falta a la mujer.

—Me alegro por ti, amigo.

—Tú también deberías buscarte una, casarte, tener una casa a la que volver… ¡Te vas a convertir en un solterón!

Los hombres se palmean la espalda, enarcan las cejas o sonríen, pero hablan poco. La mayoría de los pastores son taciturnos, pero Nicolás es chirene y guasón.

—¿Recuerdas lo que hablábamos allá arriba? No es bueno estar solo tan lejos de casa.

Domingo asiente. Su amigo señala el norte, donde están las montañas que rodean la ciudad y que son la referencia principal de los pastores.

Ha compartido días enteros con ese hombre recio y franco, y durante algún tiempo ha sido casi la única persona con la que ha podido hablar de esas cosas que se llevan dentro.

Baja la mirada, tuerce la boca, hace esas muecas que sustituyen a las palabras que no es capaz de pronunciar.

No se atreve a imaginarse acompañado de una mujer a todas horas, y, aunque lo desee, esos secretos son suyos.

Nicolás cambia de tema y le cuenta que ha vendido su rebaño a la Wood Livestock Company, a cuyo frente se halla Jon Achabal, uno de aquellos vascos que han triunfado.

Le ofreció un buen precio y muchas facilidades.

Tres años atrás, la prensa se hizo eco de una de las mayores transacciones realizadas en Idaho: Achabal traspasó a otro ranchero de Boise 40000 cabezas de ganado ovino por 400 000 dólares.

Está satisfecho. Han sido unos años de sacrificio, pero sabe que en España no hubiera podido reunir suficiente dinero para comprar una casa como tiene pensado y montar el negocio que proyecta en su cabeza.

—Mariana, mi mujer, cocina muy bien y conoce el negocio.

Ahora está al mando de la cocina del Palacio Iribarren, allá en Lekeitio, donde se aloja la emperatriz austrohúngara.

Ella es capaz de llevar a cabo lo que se proponga, así que buscaremos una casa y un restaurante.

Yo encontraré un buen trabajo. Nada de miserias ni de bajar la cabeza eternamente…

Mira a esos. Se gastan el salario que ganan con tanto esfuerzo.