Un bosque de álamos en Idaho La joven que sueña el amor #2
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La joven que sueña el amor #2

Deja atrás la carretera de Ondarroa y camina hacia la playa, desde donde puede ver el palacio con sus cuatro pisos y sus torrecillas de tejas de pizarra.

Todo está quieto y en silencio. La humedad trepa invisible como el salitre que levantan las olas.

Se ha envuelto en toquillas, pero el alba no es precisamente acogedora.

Valentina odia el sirimiri, esa lluvia fina que empapa la saya y hace que caminar se vuelva una penitencia.

Al acercarse advierte que las ventanas de la habitación de la emperatriz tienen los postigos cerrados.

Parece que hoy se le han pegado las sábanas, piensa, y acelera el paso.

Atraviesa la verja para dirigirse a la puerta que da a las cocinas.

Baja las escaleras de la zona de servicio pensando que si no sube un piso más la señora Zita nunca sabrá de su existencia.

Suspira cuando una doncella con el mandil almidonado pasa a su lado.

Se mira la falda de lana tosca y la toquilla hilada por ella misma.

La pobreza suele hablar por la vestimenta.

—Tienes pan y un tazón de leche al lado de la pila. Date prisa.

Esa es su Mariana. La que siempre reserva algo para que su ayudante no ande con el estómago vacío.

La que le recita palabras desnudas que ella debe admitir, pero que hace como si no las oyera porque le duelen.

La cocinera la quiere, y por eso no la deja fantasear con trabajar en el piso de arriba.

A veces se pone las manos sobre las orejas para no escuchar el ruido que hacen sus sueños al estrellarse sobre las baldosas de barro de la cocina.

Aunque la emperatriz abandonara el palacio y se fuera a vivir a otro lugar, piensa Valentina mientras se pone el delantal, ella sabe limpiar pescado y coser redes, se maneja en castellano y sabe leer y escribir con buena letra.

Con eso y un empujón bendito, podrá trabajar en las fábricas de conservas o en el Hotel Excelsior de Bilbao.

—Ponte el gorro y recógete el pelo, no vaya a caer alguno en la masa del pan. Ahí tienes la harina. Los príncipes están a punto de bajar al comedor.

Esconde su pelo castaño y rizado en un moño que recoge un gorro de tela ruda.

Se lava las manos y comienza sus quehaceres.

Forma con la harina un volcán donde vierte el agua salada y añade la levadura.

Luego envuelve repetidamente la mezcla con las manos hasta obtener una masa.

Le gusta la cocina, los olores que desprenden los pucheros y ese ajetreo que cesa cuando en el comedor terminan el desayuno.

Escucha con atención los consejos de Mariana.

Ya distingue las medidas que son imposibles de precisar: la pizca de sal, el chorrito de coñac o el sí es no es de pimentón que hay que echar a las lentejas.

Sabe que el ajo hay que saltearlo en el aceite hasta que empiece a bailar y que a la cebolla hay que quitarle la arrogancia, que las setas son delicadas y que el pescado no hay que salarlo demasiado.

El esfuerzo de amasar la hace entrar en calor.

Tapa el barreño con un trapo limpio y, mientras espera a que fermente para poder meterlo en el horno, busca a Mariana y observa cómo bate la mantequilla con el azúcar hasta conseguir una pomada exquisita con la que adornará el bizcocho.

Hace más de dos años que la cocinera vive para trabajar.

Su marido es uno de los amerikanoak . A veces, cuando bate la nata de la leche, se pone tierna recordándolo.

Él marchó a trabajar con la promesa de volver a buscarla cuando hubiera reunido un buen dinero.

Nicolás Aramburu, ese es su nombre, no siguió a los que iban a California en busca de oro; a él lo llamó un cuñado que trabajaba en un rancho en el estado de Nevada y en el que necesitaban un pastor.

Los americanos saben que los vascos aguantan la soledad del invierno y cumplen con sus compromisos, pero finalmente acabó trabajando para uno de Ea y fue formando su propio rebaño.

En una de las cartas le decía que el que cuidaba ocupaba tanto campo como la loma de Larrabe.

El lugar donde su hombre vive está cerca de Boise, la capital del estado.

«Aquella tierra está tan lejos que la verdad se pierde por el camino», suele decir.

Desde Lekeitio, Ea, Ispaster, Natxitua, Bedarona y alrededores han ido muchos a trabajar como pastores, y en las conversaciones o las anécdotas las familias nombran a ese amerikanoak que está pero no está.

Algunos vuelven para buscar a una mujer del pueblo con la que casarse y regresan con ella para formar un hogar.

Los que dejaron a una novia también la buscan o envían dinero para que se case por poderes y se reúna con ellos en el nuevo mundo.

Otros no consiguen adaptarse o enriquecerse como habían soñado y la vergüenza los ata a aquella tierra, por mucho que la nostalgia les haga un agujero en el corazón.

La cocinera habla de refrigeradores y batidoras, de automóviles y refrescos, de la nieve de Idaho y de cómo se hunden hasta la rodilla cuando suben a la montaña.

Valentina escucha embobada y casi nota que le crecen alas con las que volar hasta allí.

Le da por imaginar que, cuando cumpla los dieciocho, podría ser elegida por uno de aquellos hombres que añoran sus raíces y que solo existen en las cartas y en quienes los recuerdan.

Si fuera así, la llevarían en un tren y después en un barco durante días, montaría en automóvil y masticaría chicle.

Al cabo de unas semanas se encontraría con su hombre guapo y solo.

Ella no tiene dote, y en realidad no tiene nada, pero en su fuero interno ha construido un lugarcito para que crezcan los milagros. Esperará a que uno de esos viajeros lejanos se fije en ella para casarse y tener unos niños a los que educar y querer.

«No hay que malcriar a los hijos», dice con rotundidad Mariana.

Tiene dos, Pablo y Agustín, que cuida su madre en la casa de Bermeo, un pueblo cercano del que va y viene.

Dice que el cariño viaja por la sangre y que no hay que sacarlo a relucir, porque las carantoñas debilitan a los hombres y es mejor hacer como si no existieran, aunque te importen.

Valentina detesta escuchar eso. Nunca ha tenido cariño y le parece una brújula para encontrar siempre el norte; cuando se detiene, siempre cree que está perdida.

Don José, el maestro que le enseñó a leer sin que ella se lo pidiera, y también Mariana le han mostrado lo grande que es el mundo en un atlas que le ha dejado el cura para saber dónde está su hombre.

Valentina no entiende bien los mapas. Le cuesta imaginar las distancias y situar los continentes.

Pero le intrigan esas personas que se van a la aventura.

Aunque le asusta pensar en vivir en un lugar donde todo sea distinto y ni tan siquiera te entiendan, le atrae la idea de buscar su sitio en el mundo.

A veces se sienta a mirar el horizonte, y en ese momento no deja de pensar en irse, en empezar en un pueblo donde nadie sepa quién es ni que su madre nunca llegó a casarse.

Quiere escapar del hambre, tener una cama y una ventana desde la que pueda adivinar si llegará la tormenta.

Si la emperatriz no la lleva consigo, lo mismo le da casarse en Lekeitio con un pastor del nuevo mundo que busque una mujer que le quiera. La lengua será la misma, y el hombre estará hecho como todos.