Un bosque de álamos en Idaho
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La joven que sueña el amor
La joven que sueña el amor
VALENTINA ALZOLA
Las olas arañan las rocas con esa fuerza todopoderosa que tiene su mar.
Consigue imaginar a esos mamíferos marinos resoplando al emerger y a los arponeros acorralándolos para quitarles fuerza y arrastrarlos a tierra.
Mueve el rostro buscando el sol recién nacido y se levanta.
Ha recorrido la mitad del camino, pero aún tiene por delante siete avemarías y dos padrenuestros para llegar al Palacio Iribarren.
Apresura el paso. Si no llega a tiempo a la cocina, la amenazarán con mandarla a la calle y se quedará sin esas perras que gana para poder hacerse un ajuar.
Hace cuatro años que la emperatriz Zita de Habsburgo llegó con su séquito y sus ocho hijos a vivir en un pueblo cuyo nombre probablemente nunca había oído: Lekeitio.
El rey Carlos, el marido de Zita, perdió su trono tras la Gran Guerra y fue exiliado a Suiza para, poco después, irse a vivir a la isla de Madeira, donde murió.
Como la dama y sus hijos no tenían casa, su primo, el rey Alfonso XIII , la invitó a vivir a Madrid, pero a ella no le gustaban los calores y por eso vino a Lekeitio después de que Adolfo Urquijo le procurara un alojamiento digno de su linaje.
Llegó acompañada de su pequeña corte de servidores e institutrices, y algunos empleados y soldados leales para los que no resultó fácil encontrar alojamiento.
Valentina ha oído contar que otras realezas y cortes pasean su lujo por las playas cercanas, donde las mujeres más modernas usan bañadores que dejan al descubierto brazos y piernas.
El sol del norte no quema tanto como el del sur y, según dicen, el aire marino lleva en su tripa el yodo, que lo mismo abre el apetito que cura los pulmones.
En San Sebastián, San Juan de Luz y Biarritz se acumulan los condes y los marqueses, pero una emperatriz… Eso solo lo tiene Lekeitio.
A ella le interesa la historia. De la ilustre huésped, y del pasado ballenero de su pueblo. Es curiosa, y ya sabe que no todo lo que ve es cuanto existe, pues el saber no ocupa lugar.
Ha visto pocas veces a la dama, pero desde el ventanuco de la cocina distingue su silueta almidonada y oscura cuando acude a escuchar la primera misa acompañada de unos oficiales procedentes del desaparecido imperio.
En alguna ocasión, mientras terminaba de ordenar la cocina, escuchó el sonido del gramófono.
Cuando está sola se sube encima del fregadero, aun a riesgo de romperse la crisma si sus alpargatas resbalan, para verla en el jardín trasero; aunque algo altanera, tiene los ojos anegados en tristeza.
En la cocina, o al menos a ella se lo parece, hay toda clase de adelantos, incluyendo una especie de teléfono para hablar con el comedor.
Adora encender y apagar las luces, abrir y cerrar la fresquera, encender el horno o lavar los manteles en una pila que lleva la tabla incluida.
Ella tiene una palmatoria con velas para caminar en la noche, así que esos artilugios le parecen milagros que acepta feliz, como si el mismísimo Espíritu Santo se hubiera ocupado de inventarlos.
Desde que trabaja en el palacio, sabe que más allá de las olas de su playa, de las montañas que escoltan la carretera y de esa vida de pueblo hay gente dedicada a inventar lo que no existe para hacer la vida más fácil.
Las ventanas del frente del palacio dan a la basílica, y las del otro lado se abren a la playa de Isuntza y al puerto.
Muchas de las doncellas e institutrices que trabajan en los pisos superiores se acercan a la cocina en busca de una jarra de agua o de un dulce para los niños.
Chapurrean alemán y algo de francés, y solo algunas de las que vinieron desde Madrid hablan en castellano.
Ella lo practica y está atenta a cómo nombran las cosas en todos los idiomas.
Las alemanas no son las más cercanas a la emperatriz, pero las castellanas le cuentan a Mariana todos los chismes de palacio.
Mariana, la cocinera, es la que la ha salvado.
Es prima segunda de su madre y quien le ha buscado el trabajo.
Casi le dobla la edad y la instruye en todo lo que considera necesario, además de darle un desayuno y una merienda.
Ha trabajado en el Hostal Maroño de la calle Correo de Bilbao, un establecimiento que tiene una cocina refinada, afrancesada, y a su comedor acuden los artistas y toreros que van a la villa y se hospedan allí.
La cocinera aprendió el oficio desde abajo, pero, como tenía mano con los fogones, su jefe la recomendó para que guiara los pucheros de la cocina del palacio.
Borda el cocido y el consomé, sabe darle el punto de mantequilla al lenguado menier y sus postres hacen suspirar a los comensales.
Ella la admira, la quiere, y desea seguir a su lado. Desde que la conoció casi es feliz.
A Zita de Borbón no le falta de nada. Lekeitio no es un pueblo sin más.
Tiene su categoría, su paseo, sus oficiales de marina, su catedral y sus veraneantes.
En el palacio, la ilustre mujer va acompañada de personas que resuelven cualquier necesidad o contratiempo.
La dama camina derecha como un palo, la barbilla alta y los ojos perdidos.
Es religiosa y elegante, y procura que sus hijos sigan sus estudios y hagan deporte.
Las visitas que recibe son tan numerosas que raro es el día que no hay uno o dos Hispano Suizas aparcados en la entrada.
Valentina alberga la esperanza de que un día la vea y la lleve a dondequiera que vaya, o al menos que la aloje, como a otros empleados del palacio, en el Hotel Beitia.
Necesita un lugar que sienta suyo. No puede seguir compartiendo lecho con sus primas, oyendo los reproches de su tío.
Por eso desea que la señora sepa que es una chica dispuesta a ser fiel a quien le procure lo que necesita y que acostumbra a aprender cuanto le es posible.
Podría enseñar a los niños euskera, puesto que también se arregla con el castellano, pero cuando lo dice en voz alta las demás se ríen a carcajadas y susurran que el euskera no es lengua de ricos y menos aún de reyes, que se dé con un canto en los dientes si el dictador Primo de Rivera no aprieta las leyes y prohíbe hablarlo.
«Las señoras nunca permanecen para siempre en un lugar», le advierte Mariana.
«Ellas viajan evitando o buscando el sol y tienen salones llenos de espejos en muchos sitios del mundo».
Acaba de cumplir diecisiete años. Es una de las chicas más guapas del pueblo, pero ella aún no se ha dado cuenta.
Tiene unos ojos verdes y grandes que debieron de pertenecer a ese padre que no ha conocido.
No es muy alta, pero su cuerpo es espigado y camina recta para disimular la tristeza, ese viento que va y viene a su corazón sin pedir permiso y que a veces la dobla como si arreciara un vendaval.
De su padre solo sabe el nombre, Pedro, que había nacido en la vecina Bedarona y que murió en un atunero antes de conocer que ella venía en camino.
Ha sido Mariana quien se lo ha contado, porque Josefina, su madre, la ha ignorado siempre.
Al parecer, cuando perdió la virtud era tan guapa como ella y tenía su misma edad.
Debió de soportar muchas miradas de reproche y humillaciones, porque una madre soltera no está bien vista.
En los pueblos la condena de esas mujeres es de por vida, y por eso se fue.
Valentina quiere disculparla. Seguramente sufrió más de lo que ella puede imaginar.
Tres veces la ha visto en los últimos cuatro años, lo suficiente para añorarla y sentir el escozor de su ausencia cada amanecer.
Su tía, la única que le ha mostrado algo de afecto, le hizo saber que estaba sirviendo en la casa de un famoso abogado en Bilbao y que apenas tenía tiempo para venir hasta Lekeitio.
Su tío es pescador, como lo fue su padre, y el heredero, por ser primogénito, del caserío Etxegoyen, donde vivieron sus abuelos.
Aceptó cuidarla hasta que creciera, a cambio de que su madre le mandara unas perras.
A ella no le gusta que le hable mal de su madre.
Le perdona porque es de cristianos perdonar y porque ella sabe que su tío tiene tan mal genio que casi siempre anda masticando un reproche.
Sus cuatro primos, un hombre y tres mujeres, le temen y la ayudan a escondidas, pero desde que cumplió los catorce años el tío la amenaza con echarla.
«No hay pan para todos, y tu madre ya no manda un real».
Valentina se refugia en los rincones y evita reírse a carcajadas para que no la oiga siquiera.
Los domingos, los señores no se levantan hasta que escuchan las campanas de mediodía.
Ella aprovecha para visitar esa iglesia que tanto le gusta.
Reza dos avemarías, una para su padre y otra para su madre, a quienes, aunque no están a mano, se ha empeñado en sostener con sus plegarias.
Le gusta recitar las letanías, a pesar de no saber lo que significan, mirar el precioso retablo, sentir el olor del incienso, y ese silencio roto solo por el susurro de las beatas.
En la iglesia se siente a salvo, y a veces hasta se duerme con el olor de esa bruma aromática que trajeron los Reyes Magos de Oriente.
Cuando termina la liturgia y se vacía la iglesia, se arrodilla en los primeros bancos y le pide a la Virgen de la Antigua que le regale uno de esos milagros que ella concede a sus devotos.
Quiere que alguien la cuide y la quiera, solo eso, porque, aunque joven, está cansada de no pertenecer a nadie, de tener las manos llenas de sabañones y de sentir un agujero en el corazón que la hace suspirar a todas horas.
No sabe si su Virgen puede proporcionarle eso, pero se lo pide a ella porque es mujer, y Dios, al ser hombre, no va a entender su orfandad.