Epílogo
Epílogo
TINA ARAMBURU
Noviembre extiende su mano fría. Las primeras nieves han cubierto las montañas y los cerros cercanos. La luz de la tarde es mortecina, casi opaca, y no tiene fuerza para perforar un cielo incoloro. Las farolas ya están encendidas, y su iluminación deja al descubierto charcos de nieve sucia.
Tina sale de la confitería y se detiene a olisquear el aire con esa costumbre suya de olfatearlo todo.
Se alza el cuello, dejando que el paquetito que sujeta del lazo del cordel baile en el vacío mientras se pone los guantes, primero uno, luego el otro.
Hoy no va a acudir a las clases de las chicas que preparan los bailes para Navidad.
Juan, su marido, llegará tarde, pues tiene ensayo con el coro Anaiak Danok.
Hoy ha reservado algo de tiempo para visitar a Valentina y le lleva esos harinados con canela que ella le enseñó a hacer.
Ha estado todo el día rodeada del calor dulce del establecimiento y agradece el aire frío.
Durante unos segundos duda entre llamar a un taxi o caminar hasta la residencia de mayores, dejando que el frío tense su rostro.
Decide caminar. No está lejos, y hacer algo de ejercicio le viene bien.
Valentina no la espera, ni tan siquiera la reconoce, pero ella la echa de menos y siente que debe estar a su lado porque a veces hay relámpagos en su mirada que parecen recordar los viejos cariños.
Los primeros síntomas aparecieron apenas unos meses después de la muerte de Domingo.
Los médicos dijeron que sufría una demencia precoz, algo raro a su edad, quizá un mal familiar, pero ella está segura de que la ausencia de su marido tuvo la culpa.
Su madre fue incapaz de encajar la pérdida y, aunque siguió con su vida como si no se le hubiera derrumbado el suelo sobre el que caminaba, la pena carcomía sus huesos, su memoria, su sonrisa y su valor.
Primero fueron los olvidos, luego los arranques repentinos de mal humor, y más tarde la dificultad para encontrar las palabras.
Por aquel entonces, Macu vivía en Reno, donde empezaba a hacer prácticas en una escuela.
Ella volvía los fines de semana y la alborotaba.
La llevaba al cine, comían en el restaurante y jugaban al parchís.
Simón se sentaba a su lado, le cogía una mano y le preguntaba los ingredientes de sus famosos postres.
Tina la vigilaba durante todo el día, en la confitería, y también de noche, porque se levantaba a buscar cosas que no existían.
Luego Simón se casó y se fue con su esposa, y Juan Arroita vino de Gernika para casarse con Tina, pero ellos se quedaron en la casa.
A su madre se le deslizaban las horas por el jersey que se ponía en casa y que ella misma le había tejido a su marido, como si la pena la cubriera de un aceite resbaladizo que la vida no pudiera atravesar.
Pasaba las horas sentada junto a la ventana y hablaba de jinetes que marchaban al amanecer y regresaban con la puesta de sol.
Su mundo se fue alejando mes a mes, año a año, y Tina la llevaba de la mano al baile, a la confitería, a la casa de Mary Tyler, que había sido abandonada por su Robert.
Pero, por mucho que se pusieran la venda en los ojos, el mundo de Valentina se deshacía como si fuera de chocolate y el calor lo derritiera.
Tina reconocía ese querer marchar detrás de los que ya se habían ido porque, aunque fuera una niña, ella también buscó un mundo en el que la soledad no entrara a deshacer los recuerdos.
Se lo había dicho muchas veces, que cuando pensaba en Domingo caía al vacío desde una gran altura.
Tina no sabe medir las penas, pero la de su madre es honda como el abismo al que cayó Domingo desde la senda de su montaña.
Los ojos de Valentina dejaron de mirar la vida, y cuando se nublaron definitivamente y ella fue incapaz de sostenerse, los médicos advirtieron a sus hijos que no convenía que viviera sola.
Al principio buscaron a una mujer que había cuidado de Encarni Mendiola y que conocía sus costumbres, pero lo que Valentina llevaba dentro siguió su curso y el deterioro y la angustia aumentaron.
Apenas reconocía a nadie y se empeñaba en que la llevaran a ver el mar.
Hablaba de la playa de Karraspio y de las mujeres extranjeras que mostraban los muslos.
Los tres decidieron buscar un lugar donde estuviera mejor atendida que con ellos, ya que, a pesar de descalabrar sus vidas, no llegaban a ofrecerle a su madre el consuelo que necesitaba. Encontraron una residencia no lejos de su casa, y para sorpresa de todos allí se serenó.
Unos meses antes de que desapareciera del todo, Valentina cogió de la mano a Tina y la llevó a una habitación donde se guardaban los trastos inútiles u olvidados.
Allí estaba el baúl que todos habían visto ir y venir por la casa sin que nunca encontrara su sitio.
Era el que ella trajo desde Lekeitio cuando tenía veinte años y llegó para conocer a su marido.
Con una llave pequeña y dorada, lo abrió.
—Tina, aquí está guardada mi vida —dijo tomando uno de los cuadernos—.
No lo he escrito todo, pero sí lo más importante.
Mi amiga Esther me regaló este baúl que había pertenecido a la emperatriz Zita.
Hay muchos cuadernos. Tú mejor que nadie entenderás cómo se parte un corazón en dos y cómo lo recompone el amor.
Quizá encuentres tu lugar, la tierra no te abandona, pero la vida te empuja a alejarte, y aunque te empeñes en no olvidarla hay veces que conviene hacerlo para poder amar otra.
Ahora Tina sabe muchas cosas de esa mujer que fue su segunda madre, y cuando empuja la verja del jardín que da al edificio donde Valentina habita sonríe envuelta en gratitud.
Una enfermera sale a su encuentro.
—¿Cómo está hoy Valentina?
—Está tranquila. La encontrará en el salón.
Tina abre la puerta del recinto. Valentina, sentada en un sofá, dirige su mirada a un punto indeterminado. Ella se acerca esperando siempre el milagro, pero su madre vuelve el rostro y la encara con una expresión ceñuda. No le importa. Tina sabe lo que un día existió tras sus ojos.
—¿Quién es usted? —murmura enfadada Valentina.
La joven deshace el nudo del paquetito y toma una de las pastas, se la ofrece y luego se acerca a su oído y comienza a cantarle.
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El semblante de Valentina se relaja con una expresión dulce. Sus ojos se vuelven vivos y sonríe, levantando su mirada hacia ella.
— Maitia!