Un beso de los tuyos CAPÍTULO 49
98%

CAPÍTULO 49

Me dirijo a su casa porque esta noche no pienso consentir ni que se vaya a dormir sin pronunciar un “te quiero”, ni sin bajarme el calentón que voy arrastrando todo el día por su culpa.

Sé que llego antes que ella porque faltan tres minutos para las ocho, y ella llega a casa siempre un poco más tarde.

Aprovecho que entra un vecino para colarme en el edificio y voy hasta la puerta de su casa como si fuese un ladrón, sin hacer ningún ruido para que Toby no me oiga, porque si lo hace, empezará a ladrar.

Saco el móvil y me siento en el suelo a esperar, asegurándome de ponerlo en silencio para que no pueda emitir ningún sonido que delate que estoy aquí.

A ver si he puesto todo mi esfuerzo y empeño en ser la más sigilosa del mundo y ahora me va a joder un reel o una historia de Instagram.

Cuando aparece por el pasillo y nos vemos, sonreímos las dos. Yo bloqueo el móvil, lo guardo y, antes de que llegue a levantarme, ella me coge del tirante de la camiseta para “obligarme” a ponerme en pie.

Sin mediar palabra, estampa mi espalda contra la puerta y me da un morreo que me deja con las piernas temblando y con mi entrepierna pidiendo ya auxilio.

Pega su cuerpo al mío, aplastándome contra la puerta, y empieza a besarme el cuello mientras trata de meter la llave en la cerradura, tarea que le está resultando bastante complicada.

— Menos mal que cuando se trata de meterme algo a mí, no te resulta tan complicado — bromeo.

— Cuidadito con lo que dices, no vaya a ser que te ganes que no te meta nada — bromea también, espero.

Aprovecha para concentrarse exclusivamente en abrir la puerta y, en cuanto entramos, saludamos primero a Toby y a Oliver, por supuesto.

— ¿Me dejas darme una ducha? Vengo de trabajar…

— Ni de coña — ahora soy yo la que la coge de ambos tirantes de la camiseta y la arrastro hacia su habitación — no trabajas en la construcción a cuarenta grados centígrados, has pasado la tarde bien fresquita y podré soportar que no huelas a fresas y nata.

Pero te adelanto que yo sí que voy a hacer que llegues a esos cuarenta grados.

— Lo estoy deseando.

La empujo para que se caiga sobre la cama, le abro las piernas y le muerdo la zona íntima por encima de la ropa. Ella empieza a jadear ya y empuja mi cabeza para que presione más.

— Quítate la ropa, Nadia.

No le hago caso; le desabrocho el pantalón y se lo quito junto a las bragas. Ella me mira sorprendida, como si no pudiera creerse que no la haya obedecido, y yo sonrío pícara.

Se incorpora con intención de quitarme la ropa ella a mí, pero me adelanto y le quito yo la camiseta.

La cojo de las muñecas y la obligo a tumbarse otra vez.

Descargo mi peso sobre esas muñecas para que no pueda moverse, me pongo a horcajadas sobre ella y empiezo a moverme, creando roce en mi entrepierna con su pubis.

Yo la miro con cara de gusto porque me estoy estimulando, y ella…

diría que me mira odiándome por no estar haciendo nada de lo que me pide.

— Si te corres así, te mato.

— ¿Y qué otra cosa me propones? — jadeo.

— Suéltame y lo sabrás.

— Solo me falta un poquito para llegar… — sigo jadeando, tremendamente excitada, pero no es verdad que estoy a punto de correrme, solo lo he dicho para chincharla.

— Nadia… — me advierte con la mirada, no hacen falta palabras.

— Puedo tener un orgasmo ahora y otro después…

— ¡Nadia!

— Vale, vale.

Me dejo caer sobre la cama para que haga conmigo lo que quiera. Me quita la ropa como si la vida le fuera en ello, como si no hubiera otra cosa que desee más que verme desnuda. Me abre las piernas y me deja así, saliendo ella de la cama.

— No te muevas — me advierte con el dedo, y esta vez sí que obedezco.

Saca de la mesilla de noche un bote de lubricante y un aparatejo que me asusta un poco en cuanto lo veo. Es un consolador de una longitud y grosor considerables que, además, tiene succionador de clítoris. Vamos, un todo en uno.

— ¿Qué piensas hacer con eso? — le pregunto un tanto asustada.

— Te has burlado de mí con lo de las llaves…vamos a ver si esto se me da mejor meterlo.

— ¿A quién?

— A ti, por supuesto.

— Uff… — me palpita el clítoris y se me hace la boca agua al pensar en cuánto puede ponerme, pero al mismo tiempo, me acojono.

— Dios…eres preciosa Nadia — me dice mientras se arrodilla en la cama, contemplando mi cuerpo desnudo y mi entrepierna expuesta para ella.

— Si lo estás diciendo para que me relaje, no sé si ayuda para…

Chorretón de lubricante. Me corta la respiración el frío, cortando también lo que iba a decir. Lo expande con sus dedos, consiguiendo que la desee más al notar su contacto justo en toda esa zona.

— ¿Te apetece probarlo o no?

— Sí… — mi cabeza no está completamente segura de quererlo, pero mi cuerpo está dispuesto a dejarse hacer cualquier cosa con tal de que esto termine en un orgasmo.

Me penetra con un dedo que, con lo mojada que ya estaba y si sumamos el lubricante, entra con una facilidad asombrosa.

Después añade uno más y, con cuidado, añade el tercero.

Cierro los ojos y me muerdo el labio inferior porque me está haciendo enloquecer penetrándome, pero sin doblar los dedos dentro de mí, sin estimularme.

Abro los ojos al sentir que sale de mí y que pierdo completamente el contacto de su mano.

Coge el juguete y puedo adivinar en su mirada que me está preguntando si puede avanzar, así que asiento con la cabeza.

Trato de relajarme porque sé que si me tenso, no va a ayudar.

Ella me acaricia el clítoris con la punta del juguete, despacio y con la vibración activada, y yo empiezo a desear que me lo meta ya.

Y lo hace. Con cuidado. Poco a poco. Yo me agarro fuerte a la sábana porque siento presión en mis paredes, pero, cuando ya ha entrado la punta, que es más gruesa, el resto entra solo.

— ¿Estás bien?

— Sí — jadeo y suelto todo el aire que había estado conteniendo mientras eso se abría camino dentro de mí.

Lo deja ahí, pero en un punto en el que el succionador no toca mi clítoris, y estoy empezando a desesperarme.

— ¿Has probado un succionador alguna vez?

— No

— ¿Estás muy cachonda?

— Sí.

— Bien… — sonríe pícara — entonces te lo pondré cuando quiera que te corras, porque te vas a ir en cuestión de segundos.

— ¿Y si me lo pones ya? — le suplico con la mirada.

— No, listilla.

Se pone a horcajadas sobre mí, a nivel de mi abdomen. Me coge una mano y la lleva a su entrepierna, indicándome que la estimule, así que empiezo a trabajar porque ambas tenemos el mismo objetivo y yo quiero conseguirlo más pronto que tarde. Y estoy segura de que ella también.

Llevo mi otra mano a su pecho, amasándolo primero y haciéndole círculos en el pezón después. Ella dobla su espalda para besarme, pero yo no abandono ninguno de los dos puntos que le estoy estimulando.

Se yergue otra vez, y ahora puedo oír perfectamente cómo respira, cómo esas bocanadas de aire se van convirtiendo en jadeos. Curva un poco la espalda hacia atrás, apoya la mano izquierda en el colchón y noto cómo con la derecha está empezando a mover el juguete hasta que me enchufa el succionador.

Me mira a los ojos, los cuales le están indicando que lo ha colocado bien, porque estoy segura de que no podría ocultarlo.

— No voy a aguantar nada, Iris — consigo decir.

— No tienes que hacerlo. Déjate llevar.

Dicho y hecho. Cierro los ojos, abandono su pezón, me agarro fuerte a su muslo, clavándole las uñas y me dejo vencer por el intenso placer que me provoca el orgasmo.

Por suerte, me lo saca enseguida. Hubiera sido una tortura que eso siguiera haciendo su trabajo en cuanto el clítoris se vuelve tan sensible después del orgasmo.

Iris se tumba encima de mí. Piel con piel, con su cuerpo perfectamente acoplado al mío y con la cabeza apoyada en la zona de mi esternón, pero…

— Tú no te has corrido — afirmo yo.

— Sí que lo he hecho. Al mismo tiempo que tú.

— ¿Y por qué tengo la sensación de que no?

— Porque estaba más centrada en ti que en mí, estaba pendiente de sacártelo en cuanto terminases, y ha sido…digamos que un orgasmo a medias.

— ¿Perdona? — con mis manos, la hago levantar la cabeza para que me mire — entonces eso no se puede quedar así, conmigo no puedes tener orgasmos a medias.

— Está perfecto así, Nadia — me da un beso dulce en los labios — Me he corrido y ese orgasmo es igual de válido que cualquier otro porque ha sido contigo, y ahora me apetece estar relajadita aquí abrazada a ti. ¿Puedo?

— ¿Y esas ganas de tanto cariño?

Vuelve a apoyar la cabeza e inspira profundamente.

— Hace poco que estamos juntas, aún somos novatas como pareja y no te conozco profundamente en ese aspecto.

Esta noche he dormido fatal, pero cuando he conseguido pegar ojo, me he despertado de un salto, con el corazón acelerado y con la boca más seca que el esparto.

Automáticamente he recordado que estaba teniendo una pesadilla en la que me decías que no tenías ni la más mínima intención de compartir tu vida con una persona como yo, que habías podido comprobar que soy capaz de enfadarme por una tontería y de dudar de tu profesionalidad, así que preferías cortar conmigo antes de encariñarte más.

— ¿Y? — le pregunto porque veo que hace una pausa — ¿Cómo sigue la historia?

— He tenido miedo de perderte.

— ¿De verdad?

— Sí. Sabes que vengo de una relación tóxica, y yo he sido capaz de aguantar muchas tonterías, pero no sé lo que puedes llegar a aguantar tú.

Y ahora que por fin he encontrado una buena persona, no quiero perderlo todo, no quiero cagarla contigo.

No te mereces nada malo, solo te mereces que te pasen cosas buenas.

— Tú eres lo mejor que me ha pasado este año.

— ¿Solo este año? — vuelve a levantar la cabeza para mirarme — pensaba que dirías que soy lo mejor que te ha pasado en la vida — bromea.

— Mmm… — me rasco la barbilla, fingiendo pensar — tú pórtate bien y ya veremos si algún día puedo decirte eso — uso un tono de broma para que le quede claro que yo también estoy bromeando.

— Te quiero, Nadia.

— Y yo a ti, Iris.