Un beso de los tuyos EPÍLOGO
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EPÍLOGO

IRIS

Han pasado seis años desde que conocí a la chica con el pelo, las pestañas y los ojos más negros que había visto en mi vida. Vale, sí, su madre también es así, pero no quiero quitarle protagonismo a Nadia porque después se me pone celosa.

Ahora, después de estos seis años, hay una cosa que puedo afirmar: me ha dicho innumerables veces que soy lo mejor que le ha pasado en la vida. Y ella es lo mejor que me ha pasado a mí en la mía.

Han pasado seis años, sí, pero casi todo sigue igual.

Me sigue pareciendo la mujer más perfecta y la más guapa, sigo queriéndola con toda mi alma y con todo mi corazón, y sé que es recíproco porque me lo demuestra día a día, y sigue siendo el mismo amor de persona y la más cariñosa de todas.

Es que lo tiene todo, no podría deciros nada malo sobre ella.

Y yo no podría haber encontrado a nadie mejor con quien compartir mi vida.

Mis suegros…uff no sabría por dónde empezar a hablaros de ellos. Es verdad que nadie puede ocupar el lugar exacto de unos padres, pero están siendo lo más parecido a ellos. Son grandísimas personas y se desviven por nosotras.

Antes he dicho que casi todo sigue igual, y aquí viene la explicación de ese “casi”: Nadia y yo nos hemos comprado una casa de campo parecida a la de Mía y África.

Nuestro mayor sueño en común era comprarnos algo así para poder adoptar a los animales que llevan mucho tiempo en la protectora sin que nadie les dé la oportunidad de vivir con el cariño y los cuidados que se merecen.

De momento, hemos adoptado a un podenco que tiene energía para arrastrar un tren y que nadie se ha interesado por él por ese motivo.

Tenemos terreno de sobra, así que podrá correr todo lo que le dé la gana.

¿Os estáis preguntando si Toby y Oliver siguen a nuestro lado?

La respuesta es sí, pero a Toby ya se le notan los años.

Está mucho más tranquilo, y creo que precisamente por eso ha aceptado que el podenco invada su terreno.

Me da la sensación de que empieza a caminar con cierta dificultad y temo el día en que tenga que hacer lo mismo que hice con Taron, porque con Toby lo pasaré mucho peor, pero de momento vivo con la esperanza de que siga con nosotras unos años más.

Hoy han venido las chicas a comer. Nos mudamos aquí hace tres días, y hoy hacemos la inauguración oficial con ellas. Han venido todas: Julia, Marina, África, Mía, Ian y Lexi.

¿Os estáis preguntando quién es Ian? Es el hijo de África y Mía. Cumplió tres añitos hace poco y…tendríais que verlo. Es precioso. Tiene los mismos rizos que África, pero de un rubio mucho más clarito.

Estoy en la cocina, repartiéndoles cerveza, y desde aquí lo estamos escuchando reír en la terraza interior, así que nos está haciendo sonreír a todas sin estar viéndolo. Sabemos que está en buenas manos porque ha salido con Nadia y con los perros.

— ¡Iris! — grita ella desde la terraza — ¡Mira lo que ha hecho tu perro!

Salgo a toda velocidad porque si ha usado mi nombre para llamarme, es mala señal. Todas vienen detrás de mí y, al llegar al exterior, veo varios agujeros en el suelo del jardín, y al podenco haciendo uno más.

— ¿Se puede saber qué está haciendo?

— Pues…un campo de golf. O de romper tobillos, como quieras llamarlo.

Nadia me lanza un peluche que tenía en la mano, seguramente callándose un “estás tonta”.

Las demás se ríen, pero rápidamente se nos van los ojos a ver cómo Ian corre con otro peluche en la mano y Lexi lo persigue porque quiere robárselo.

Ese es el bonito motivo por el que está riendo todo el rato.

Y a nosotras se nos derrite el corazón al ver a dos seres inocentes disfrutando del momento, sin ser conscientes de todo lo que conlleva ser adulto y ser humano.

Aunque yo no puedo quejarme porque he conseguido todo lo que quería tener en mi vida adulta.

— Me encanta la casa, chicas, me alegro mucho de que hayáis podido cumplir vuestro sueño — nos dice Mía, y nos da un abrazo a cada una.

— Enhorabuena — dice África, con una sonrisa tímida y sin moverse del sitio. Creo que va a tener que pasar un largo rato hasta que empiece a sentirse cómoda con nosotras.

— ¡Un brindis por los logros en la vida! — añade Julia, levantando el botellín de cerveza, y brindamos todas.

— Siento decir que falta una cosa — dice Marina.

— ¿Qué cosa? — le pregunto preocupada porque llevo días haciendo la lista mental de todo lo que podríamos necesitar, y ayer fui a hacer una gran compra para que no nos falte de nada.

— ¡Música! — adivina Julia, y Marina asiente con la cabeza y con una sonrisa.

— ¡Ahora mismo saco el altavoz!

Voy corriendo al salón, lo desconecto del enchufe y lo saco a la terraza. Otra cosa puede faltar, pero un altavoz nunca.

— DJ África, ¿estás preparada?

— ¡Esperad, esperad! — grita Mía y se coloca entre Nadia y yo, poniéndonos un brazo a cada una por detrás del cuello y apretándonos contra ella — me ha contado un pajarito que hace tiempo que vais a clases de bachata. ¿Es correcta esa información?

— Es correcta — afirma Nadia. Hace años que cumplimos la promesa que le hice a Conchi y al final creo que Nadia se ha vuelto incluso más amante de la bachata que yo.

— Entonces…a ver cómo digo esto… — Mía levanta un poco la cabeza, como si estuviera buscando en el cielo las palabras que necesita para expresar lo que está pensando — no estoy en mi casa y no tengo derecho a exigir nada, pero creo que todas vamos a estar de acuerdo en que no vamos a consentir que aquí se celebre una inauguración sin que nos demostréis las habilidades adquiridas en esas clases.

Todas queremos que nos bailéis una bachata. ¿A que sí? — les pregunta a las otras.

— ¡Síííí! — gritan al unísono.

— Pues creo que no os queda otra opción que aceptar — gira la cabeza para mirar a Nadia y después la gira para mirarme a mí.

— Sí, vamos a tener que aceptar — afirmo.

— Por favor, ¿me concede el móvil la que lo tenga conectado al altavoz? — pregunta extendiendo un brazo y con la palma de la mano hacia arriba, esperando a que se lo entreguemos.

Yo he estado escuchando música esta mañana mientras preparaba cosas, así que debe de ser el mío. Lo saco del bolsillo, lo desbloqueo, abro Spotify y se lo pongo en la mano.

— Gracias, señorita — me hace una reverencia y va a entregárselo a África — ¿Nuestra DJ residente sería tan amable de poner una bachata?

— Si quieres, hay una lista de reproducción, puedes elegir la que más te guste de ahí, las tenemos todas ensayadísimas — le hago saber.

Sonríe, supongo que por haberle dado libertad de poner la que quiera. Tiene muchas opciones y seguro que alguna le gusta.

Elige “Bailando bachata”, de Chayanne.

Nadia da un paso hacia mí y me ofrece su mano izquierda.

Yo le entrego mi mano derecha, las dejamos suspendidas en el aire, a la altura del pecho y nos acercamos hasta que nuestros torsos quedan pegados.

Lleva la otra mano a la altura de mi omóplato y yo coloco la mía sobre su hombro.

Pongo mi pie derecho entre los suyos y empezamos a movernos al ritmo de la música tal y como hemos ensayado decenas de veces.

No sé si a ella le pasa lo mismo, pero yo, si soy sincera, me olvido de las chicas y del resto del mundo. Ahora no existen ni los problemas, ni los obstáculos, solo ella y yo. Estoy completamente de acuerdo con la frase “Y es que contigo, mi amor, todo me sabe mejor”.

Nos miramos. Nos sonreímos. Esos ojos negros siguen volviéndome tan loca como cuando la conocí porque saben expresarme mil cosas sin que tenga que pronunciar ni una sola palabra.

Acerca su boca a la mía y, aunque no llega ni a rozar mis labios, se me eriza el vello de todo el cuerpo porque ella y la música encienden mis sentidos, mi cerebro y mi corazón.

Justo antes de que termine la canción, sube hasta mi nuca la mano que tenía en mi omóplato, consiguiendo que un escalofrío recorra toda mi columna vertebral.

Se acerca más a mí y me regala un beso de los suyos, de esos que me da en la comisura de los labios, pero que producen un cosquilleo por todo mi cuerpo.

Conchi me dijo una vez: “Fui la más feliz bailando con él hasta el final de sus días”. Yo he sido feliz bailando con Nadia, lo sigo siendo y espero poder bailar con ella hasta el final de nuestros días.