CAPÍTULO 48
He perdido la cuenta de cuantas veces he mirado el móvil esta noche y ninguna de ellas he tenido una respuesta por su parte.
Estoy cabreadísima. No puedo creerme que pueda llegar al extremo de no contestarme a algo así por una tonta pelea por un perro que se está muriendo y que ni siquiera es suyo.
Entiendo que le tenga cariño, igual que yo se lo tengo a Toby, que tampoco es mío, pero su reacción me está pareciendo demasiado extrema y no me está gustando ni lo más mínimo.
No me apetecía ni venir antes a la clínica para tomar el café de costumbre con Julia, pero me sentiría mal si rompo nuestra rutina por algo de lo que ella no tiene ninguna culpa.
— Madre mía, qué cara de perro me traes — me dice en cuanto me ve, cosa que yo ya me esperaba.
— Buenos días.
— Para ti no lo son por lo que veo. ¿Qué te pasa? Tienes pinta de haber dormido una mierda, pero apostaría algo a que no ha sido por pasarte la noche follando.
— Una buena apuesta sería, porque la ganarías.
— Venga, cuéntame, no me hagas tirarte de la lengua.
— Ayer Iris y yo nos peleamos, y seguimos igual.
— ¿Y eso por qué?
Le cuento todo lo que pasó lo más detallado posible porque sé que Iris es su amiga del alma y temo que le dé la razón a ella simplemente por la amistad que las une, ya que eso me jodería aún más de lo que ya estoy. Y, en cuanto termino la explicación, sonríe, cosa que me descoloca por completo.
— Yo no sabía nada de eso, conmigo no habló, así que…tuvo que irse de aquí después de pelearos — suspira profundamente y sigue hablando — Iris tiene el defecto de sufrir a veces de cabezonería aguda, pero tú y yo sabemos que entrará en razón y se le pasará.
— Pues a lo mejor cuando se le pase a ella, ya no se me pasará a mí, porque yo también estoy cabreada — me cruzo de brazos y apoyo el culo en la mesa, como si fuese una niña enfurruñada.
— Eso, querida Nadia, también sabemos tú y yo que no pasará. ¿Quieres que hable con ella para agilizar el proceso de entrada en razón?
— No. Si ella habla contigo para pedirte esa segunda opinión, pues ya es cosa vuestra, pero si no te dice nada, no le digas tú tampoco, por favor. Quiero que sea ella la que reaccione.
— Como quieras — se acerca a mí, deja su café sobre la mesa y da un salto para sentarse sobre ella — ¿Te ha contado la historia de ese perro?
— No. Nunca me había hablado de él.
— Vale, pues voy a contártela yo. Quiero aclarar que no es para defenderla a ella, ya que opino que tienes razón en que hay que practicarle la eutanasia, es simplemente para que sepas el por qué puede haber reaccionado así.
— Adelante.
— A ese perro lo encontró ella también, como a Lexi.
Fue el año pasado. Justo cuando lo estaba trayendo aquí, le llamaron de la UCI del hospital para decirle que su padre había fallecido, así que para ella fue como una señal que ese perro apareciera en su vida justo en ese preciso momento.
Intentó adoptarlo, pero ya sabes que Toby no es demasiado sociable, y se vio amenazado al ver a otro perro invadiendo su terreno, así que se llevaban a matar.
Los dos. Iris pasa gran parte del tiempo fuera de casa, así que no se atrevió a correr el riesgo de dejarlos solos y juntos durante tantas horas, y tuvo que dejarlo en la protectora.
Un par de meses después, lo adoptó una pareja joven y ya no lo volvió a ver, así que imagino que por eso no te ha hablado de él.
Y ahora pues…la verdad es que desconozco por qué lo trajo Iris, no me ha contado nada.
Me huele a que la pareja lo habrá devuelto a la protectora ahora que han visto que las cosas se han puesto feas. Por desgracia, algo muy habitual.
— Mierda.
— ¿Qué?
— Pues que ahora me siento mal.
— ¿Por qué?
— Porque tiene razones para que ese perro sea importante para ella y entiendo que le duela perderlo otra vez, pero esta vez de manera definitiva.
— Nadia, la historia no cambia la realidad. La realidad es que lo más apropiado es que deje de sufrir.
— Necesito hablar con ella — me incorporo para ir a coger el móvil para llamarle antes de que entre a trabajar a la residencia, pero no me da tiempo ni a desbloquearlo porque la veo aparecer por la puerta.
— Buenos días, pibonazo — le dice Julia mientras se acerca a ella, y le da un beso en la mejilla — os dejo solas.
Desaparece Julia cerrando la puerta y nos quedamos Iris y yo. Yo ahora no sé qué hacer. ¿Debería ser yo la que le pida perdón por no haberme interesado por saber por qué reaccionó así? ¿O me espero a ver qué hace ella? También debería pedirme perdón por dudar de mi profesionalidad.
— Lo siento, Nadia — se acerca a mí y me da un abrazo, cosa a la que yo le correspondo sin dudarlo ni un solo segundo.
Sería incapaz de oponerme porque necesito un abrazo suyo casi tanto como respirar — Me comporté como una cría — se aparta un poco de mí, pero deja sus manos en mi nuca y me mira a los ojos — Yo sabía que tenías razón, pero…
estaba tan mal y te veía tan tranquila a ti… que…no sé por qué reaccioné así.
— Iris, es mi trabajo, no puedo ponerme a llorar cada vez que tengo que practicarle la eutanasia a un animal.
A mí me duele muchísimo tener que apagar a cada uno de esos seres vivos, pero intento mentalizarme de que le estoy haciendo bien, porque si no, sería mi cabeza la que terminaría estando mal.
— Lo sé.
— ¿Sabes que al final ellos son unos afortunados?
¿Sabes cuantos humanos están obligados a vivir con ese sufrimiento hasta que se mueren de manera natural?
¿Sabes cuantos de esos humanos pagarían por tener el beneficio de terminar con esa agonía lo antes posible?
Por suerte empiezan a haber casos en los que algunas personas sí que consiguen ese objetivo, pero tienen que luchar mucho hasta conseguirlo.
— Eso también lo sé. Tienes toda la razón.
La tienes ahora y la tenías ayer, y te pido perdón otra vez.
¿Me perdonas? — la comisura de esos labios que tantas veces he besado a mi manera, amenaza con curvarse para sonreír, pero me da la sensación de que no se atreve porque no sabe en qué punto de enfado estoy yo.
— No contestaste a mi mensaje.
— Prefería hacerlo en persona.
— Iris, no me gusta que me dejes en visto cada vez que te enfadas. Imagino que es una reacción normal en ti porque no es la primera vez que me lo haces, pero necesito que sepas que me duele que me ignores.
— Perdóname. Otra vez. — Vuelve a abrazarme y, aunque no quería ceder tan rápido, no puedo evitar que se me caiga el corazón a los pies.
Me puede. Despierta tantos sentimientos dentro de mí que me es imposible mantenerme firme — Te quiero, Nadia, y me está afectando mucho verte enfadada conmigo y que no me mires con el cariño con el que lo haces siempre.
Dime que no ha cambiado nada de lo que sientes por mí, por favor.
— ¿De verdad crees que pueden cambiar mis sentimientos por una pelea?
— No lo sé — duda, con un tono triste.
— Iris — deshago el abrazo separándome un poco de ella y le cojo las mejillas con las palmas de mis manos para mirarnos a los ojos — yo también te quiero y tendrían que haber muchas peleas para que pudiera llegar a cambiar lo que siento por ti.
Pero sí que necesito que me prometas que harás un esfuerzo por intentar cambiar esa mala costumbre que tienes de ignorar a la gente cuando estás enfadada.
No sé si lo haces porque necesitas tiempo para procesar las cosas, pero ahora somos pareja y estoy aquí para procesarlas contigo, no para que me apartes y te comas los marrones sola.
— Lo sé, y lo siento, otra vez. Estoy demasiado acostumbrada a no compartir con nadie ciertas cosas, a encerrarme en mi burbuja y no salir de ella hasta que las tengo solucionadas en mi mente.
Luego está Julia, que me obliga a vomitarle información — se ríe levemente, destensando un poco el ambiente — pero no todas las personas son tan entrometidas como ella, tú me dejas mi espacio.
Pero te prometo que intentaré salir de mi burbuja, ¿vale?
— Así sí que te perdono — sonrío, ya más relajada.
— ¿Y me das un beso de los tuyos?
No le contesto con palabras, paso directamente a la acción porque me muero por besarla.
Me acerco más, y ella ya cierra los ojos esperando a sentir ese contacto que parece ser que está anhelando tanto como yo.
Dirijo mis labios a la comisura de los suyos y los separo un poco, usando la punta de mi lengua para dejarle su humedad y calor en esa zona que tantas veces he besado.
Ella, al tener aún sus manos en mi nuca, hace fuerza impidiendo que pueda mover mi cabeza, pero desplaza la suya para que ahora sus labios entren en completo contacto con los míos. Mal vamos. Si piensa usar su lengua, me va a encender, y estamos en un sitio en el que no va a poder apagarme.
Y la usa, joder. Me besa despacio, con una calma que casi que hace que pueda notar cada poro de su lengua, pero en cuanto consigue invadir completamente mi boca, cambia el rol y me besa como si quisiera comerme aquí y ahora sin importarle que nos puedan ver.
Mis manos, casi sin querer, se meten por debajo de su camiseta, acariciando la parte baja de su espalda, pero enseguida soy consciente de que tengo que parar.
Pero…si ella ha querido calentarme, yo también voy a hacerlo.
— ¿Recuerdas que un día me dijiste que soy una tentación para ti con el uniforme? — le pregunto obligándome a separarme de su boca.
— Perfectamente. Lo sigues siendo.
No le digo nada más; le cojo una mano y la introduzco por dentro de mis bragas hasta que su dedo llega a mi punto más erógeno.
— Tú no llevas uniforme, pero mira cómo me has puesto — le susurro.
Veo cómo se le dilatan las pupilas y se muerde el labio inferior. Veo deseo en su mirada y me veo reflejada en ella porque yo estoy igual. Pero no va a poder ser. Le saco la mano de donde la tiene y sonrío diabólica.
— ¿En serio? — me pregunta anonadada — ¿me vas a dejar así?
— Por supuesto. Tú ya llegas tarde a la residencia — le digo señalando el reloj que hay en la pared — y mi jefa puede entrar en cualquier momento por esa puerta. Y si nos viera, sabes que después tendría que tirar de Tritón.
— Tonta — y se ríe.
— Puedes lavarte la mano ahí — le señalo el grifo que uso para lavarme las manos entre pacientes o después de usar guantes, que dejan un olor poco agradable.
— Ni de coña.
— ¿Cómo que ni de coña? — le pregunto sorprendida porque no es precisamente a casa adonde se va.
No me contesta, se chupa el dedo con una lentitud y una sensualidad que consigue que moje más mis bragas y que me muera más de ganas de que me lo haga encima de la mesa.
— Mierda — consigo decir yo.
— ¿Qué pasa?
— Que me has puesto más cachonda.
Sube y baja los hombros, como si la cosa no fuera con ella, como si no fuese la culpable de que me quede encendida, y se va.
Mala persona…
Eso sí, por lo menos lo hemos arreglado, que es lo importante. Pero esto no se va a quedar así.