Un beso de los tuyos CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

Estoy atendiendo a un perro y oigo cómo mi móvil vibra encima del mueble.

Llaman una vez, para, y a los cinco minutos vuelven a llamar.

Me estoy poniendo nerviosa porque me parece raro que me llamen dos veces en tan poco tiempo y no me parece correcto cortar a la madre humana del perro.

Me parece de mala educación decirle algo como “oye, ya nos veremos el próximo día, que tengo que atender una llamada”.

En realidad, he terminado mi tarea con el perro, pero ella me está contando cómo consiguió el coche nuevo con cuatro mil euros de descuento, cosa que a mí me importa cero, pero me toca poner buena cara.

Cuando por fin consigo que se vaya, voy corriendo a coger el móvil y veo que es Iris quien estaba insistiendo. Se me paraliza el corazón porque me da por pensar que le ha pasado algo, pero no me da tiempo a devolverle la llamada porque entra Julia, la recepcionista, acelerada.

— Nadia, está aquí la amiga de Julia, que ahora me ha dicho que es tu novia, y viene con un perrito que está muy mal.

Se me paraliza más el corazón al imaginarme a Toby atropellado o vete tú a saber, así que ni le contesto, salgo corriendo de la consulta para ver con qué me encuentro y actuar lo antes posible.

Llamadme mala persona si queréis, pero empiezo a respirar casi con normalidad cuando veo que el perro que lleva en brazos no es Toby. Aclaro que me duele ver sufrir a cualquier perro, pero me duele un poquito menos ahora que sé que no es al que le he cogido tanto cariño.

Levanto la vista para mirar bien a Iris a la cara y veo que está hecha mierda. Joder. Tiene que ser algún perro de la protectora al que ella sí que le tiene cariño.

— Pasa — le digo, y hago un gesto con la cabeza para señalarle la consulta — ¿Qué le pasa? ¿Tiene historial clínico aquí?

— Todos los perros de la protectora tienen historial clínico aquí. Se llama Taron, y está tan débil que no se levanta. Está llorando todo el rato, ha vomitado varias veces y se ha hecho pis sin moverse del sitio.

Le doy un beso a Iris y la abrazo en la medida de lo posible, teniendo en cuenta que tiene el perro en brazos.

Voy al ordenador a buscar información sobre él y se me cae el mundo encima: once años, castrado, cáncer con metástasis, tumores hepáticos y renales, que se sepa.

En tratamiento los últimos días con analgésicos para calmar posible dolor porque ha estado teniendo varios episodios de fuertes temblores.

— Iris… ¿sabes que este perro tiene metástasis?

— Sí, lo sé.

— Voy a hacerle una ecografía, ¿me acompañas y así lo sujetas? — le pregunto mientras imprimo el informe en el que constan las medidas de cada nódulo.

— Sí.

Le rapo la barriga, le pongo el gel y, en cuanto pongo el transductor en la zona del hígado, puedo comprobar que la imagen que me da es claramente una de esas metástasis.

Le miro cada órgano con detenimiento y sin que el perro ponga ninguna resistencia, se nota que está realmente débil.

Mido los nódulos y los comparo con el informe de la anterior ecografía, y todos están aumentados de tamaño.

Se me encoge el estómago al pensar en lo que tengo que decirle a Iris, y en lo que debería hacer yo siempre y cuando la persona responsable de este perro me firme un consentimiento.

Adoro mi trabajo en general, pero cuando llega un momento como este o una intervención quirúrgica complicada, que puede poner en riesgo la vida del animal, me pregunto si hice bien en elegir esta profesión o si debería haber elegido alguna otra con menos responsabilidades.

— Iris… — agacho la cabeza y me tapo la cara con ambas manos, pero me la destapo enseguida para continuar hablando — lo siento muchísimo, pero este perro está sufriendo y con esas metástasis no tiene ninguna solución, lo mejor que podríamos hacer es…

— lleno mis pulmones de aire mientras veo cómo le va empeorando la cara a ella, y sigo — hacer que deje de sufrir.

— ¿Estás diciendo que hay que eutanasiarlo?

— Lo siento, pero sí.

— ¡Pero si solo tiene once años! — me mira incrédula, como si fuese una locura lo que acabo de decir.

— Da igual la edad que tenga. Si tuviera cinco años, los mismos nódulos cancerígenos y los mismos síntomas, te diría lo mismo. No eutanasiarlo es alargar su sufrimiento. Vivirá más días, pero su calidad de vida será terrible.

— Claro, para ti es muy fácil esto, ¿no? Como lo vives posiblemente cada día, es una simple acción rutinaria.

— ¿Me estás hablando en serio, Iris? — abro los ojos como platos porque no puedo creerme lo que estoy escuchando — ¿Te piensas que yo disfruto con esto?

— Hablas como si fuese un trámite más.

— Piensa bien lo que estás diciendo, por favor.

Te repito que tiene metástasis en varios órganos y se está vomitando y meando encima.

¿Qué más necesitas para darte cuenta de que ahora mismo su vida es un infierno?

¡Y lo será hasta que se muera! — levanto un poco la voz sin darme cuenta y me arrepiento en el momento, pero es que lo que ha dicho me está sacando de quicio.

— Voy a hablar con Julia — coge al perro en brazos mientras yo la miro más incrédula aún.

— ¿En serio? ¿Estás dudando de mi criterio como veterinaria?

— Quiero una segunda opinión.

— No puedo creerme que alguien como tú, que también ha estudiado rama sanitaria, pueda pensar así. Ni que tú y yo nos estemos peleando por un perro que se está muriendo. ¿Cómo puedes tener la cabeza tan cuadriculada?

Me mira, diría que con odio o desprecio o yo qué sé, da media vuelta y se va.

Caigo en que, quizás, lo último que le he dicho puede tomárselo como una especie de insulto.

Ya solo me faltaba que viera en mí reflejada a su ex.

Pero no hago nada por frenarla porque ha conseguido que me enfade tanto, que ahora mismo pienso que no se merece ni que haga algo por solucionar esta pelea que no tendría ni que haber surgido.

***

Llego a mi casa psicológicamente devastada.

Sé que lo que ha pasado entre Iris y yo no es algo que no se pueda arreglar, pero me ha dolido muchísimo que haya dudado de mi criterio como veterinaria.

No me regalaron el título en la tómbola de una feria, me lo gané yo solita a base de sacrificio y constancia.

Miro el móvil para ver si por casualidad ha recapacitado y tiene intención de que hablemos, pero no hay ni rastro de ella.

Me pasa por la cabeza presentarme en su casa para arreglar las cosas porque no sé si voy a ser capaz de irme a dormir estando peleadas y sin un simple “buenas noches” o sin un importante “te quiero”.

Pero no. Opino que no soy yo la que ha reaccionado como no debía.

Sé que lo que está pasando con ese perro tiene que estar doliéndole en el alma si le tiene cariño, y además hace poco tiempo que pasó por la muerte de una persona que también era importante para ella, pero yo no soy la culpable de que la vida siga su ritmo y de que mande al cielo a quien tenga que mandar.

Si acaba perdiendo a ese perro, yo estaré al lado de Iris, la apoyaré y le daré el cariño que necesite para que pueda volver a levantarse, pero necesito que recapacite y que entienda por sí misma que si se le practica la eutanasia a Taron, ya sea yo o sea Julia, es porque es lo mejor para él.

Yo no lo hago por gusto. ¿Cómo voy a terminar con la vida de un perro por amor al arte?

¿Estamos locos o qué? Estudié veterinaria para ayudarles a vivir mejor, para ayudar en su bienestar y, en los casos como este, para ayudarles a que dejen de sufrir, a que dejen de vivir algo que no se merecen.

Me doy una ducha y me voy directa a la cama; no me apetece ni cenar. Noto un gran vacío al pensar en que seguramente podría estar con Iris, Toby y Oliver si no hubiéramos tenido esa pelea tonta.

Cojo el móvil una vez más para ver si me ha escrito, pero está todo tal y como estaba antes: sin noticias.

Entro a su conversación y miro su foto de perfil, acción que posiblemente he hecho ya millones de veces a estas alturas, pero no me canso de repetirla una y otra vez.

Me pregunto si lo correcto sería que le escriba yo.

¿Estará pensando que soy una mierda de novia y que no la estoy apoyando en un momento como este?

Siento que ahora mismo necesito a mi madre. Me encantaría contarle lo que ha pasado y que me dé uno de esos sabios consejos que solo una madre puede darte, pero no voy a meterla en esto, tengo que gestionar este tipo de cosas yo sola.

Hago la misma acción que he hecho antes: desbloqueo el móvil, entro a su conversación, miro su foto de perfil y doy el paso.

Le hago caso a mi corazón y no a mi cabeza, tal y como le prometí que haría; le mando un “Te quiero” acompañado de un corazón rojo.

No sé qué hará ella, pero yo tengo clarísimo que no soy capaz de irme a dormir sin recordarle lo que siento por ella porque por muy enfadada que esté, ese sentimiento sigue tan vivo como cualquier otro día.