CAPÍTULO 45
Me levanto de un salto en cuanto oigo el timbre de la cabaña.
Anoche nos quedamos dormidas en el sofá y, aunque estamos en verano, a estas horas hace fresquito, estoy congelada.
Voy corriendo a abrir porque debe de ser el chico que nos trae el desayuno, e Iris se queda tumbada, con cara de no saber muy bien ni dónde está ni cómo se llama.
Abro la puerta aún con una sonrisa por pensar en la cara de Iris, le doy los buenos días, cojo el desayuno y le doy las gracias.
No quiero ni pensar en la cara que debo de tener yo ni en cómo llevo el pelo.
Él también ha sonreído, pero tengo claro que lo que hará en cuanto se dé media vuelta es reírse de mi aspecto. Pero no me importa. Soy feliz.
— ¿Dónde está la fisioterapeuta que decía que no se debe dormir en el sofá y mucho menos adoptando una mala postura? — le pregunto al volver a la terraza. Ella sigue tumbada.
— Pues no tengo ni la más remota idea — dice mientras se despereza — ¿Quieres que te acompañe a buscarla o crees que podrás sobrevivir sin ella?
Me arrodillo delante del sofá, apoyo mis antebrazos en él y empiezo a llenarle la cara de besos cariñosos y suaves.
— Creo que acabo de encontrarla. Y no, ya no puedo sobrevivir sin ella.
Gira la cara hacia mí y me besa en la boca, con lengua y con calma. Pero esa calma se convierte en hambre en cuestión de segundos, y yo tengo un problema: cuando me besa con lengua, me calienta en cuestión de segundos también.
— Ayer me prohibiste dejar la cena a medias, pero hoy no hemos empezado a desayunar y… — me coge de la muñeca para introducir mi mano por dentro de sus bragas mientras me mira a los ojos con las pupilas dilatadas — tengo una cosita que no se olvida de que se quedó con las ganas.
Mi dedo llega a su clítoris, y el mío empieza a latir más fuerte que mi corazón. Ella está con las rodillas dobladas, los pies apoyados sobre el sofá y las piernas abiertas. Tengo todo el espacio que quiero para maniobrar.
— Me encanta que tu entrepierna esté dotada de buena memoria — sonrío de medio lado, notando cómo se van encendiendo hasta mis mejillas.
La acaricio sin estimular. Deslizo mi dedo hacia arriba y hacia abajo, sintiendo el calor que tiene concentrado en esa zona y la humedad que hace que resulten fáciles esas caricias.
Ella cierra los ojos y se muerde y se lame el labio inferior, provocándome más.
Con mi mano libre, le subo la camiseta, y ella levanta un poco la espalda del sofá para facilitarme la tarea.
La dejo de momento así de descubierta, pero me dedico primero a besarla con los labios entreabiertos por la oreja, el cuello y el hombro. Y, justo en el momento en el que le lamo el pezón, empiezo a mover mi dedo para estimularla, y ella empieza a jadear.
La miro a la cara para poder contemplar cuánto disfruta, y puedo ver cómo se le va perlando la frente porque para ella ha desaparecido por completo ese fresquito de la mañana, ahora está muy caliente. Y yo también.
— Me encanta que me toques — jadea.
— ¿Y que haga que te corras?
— Sí.
— A mí me encanta oír cómo te corres. ¿Lo harás para mí?
— Sí.
Presiono un poquito más y veo que coge aire y cierra los ojos con fuerza.
Yo, sin dejar de estimularla, me tumbo a su lado por si quiere apretarme contra ella cuando le llegue el orgasmo, y lo hace.
Lleva una mano a la zona de mis lumbares y la otra a la altura de mis primeras dorsales y me aprieta con tanta fuerza que sospecho que puede romperme, pero me desaparecen todos los males en cuanto oigo cómo gime al correrse.
— Después de esto voy a necesitar una sesión de fisioterapia. De las chungas — le digo aún aplastada contra ella, y me río.
— Antes de eso vas a tener una sesión de orgasmoterapia.
Sin más preámbulos, introduce su mano por dentro de mis bragas.
Yo separo una pierna para dejarle espacio para que pueda hacerme lo que le venga en gana, y lo que decide es penetrarme con delicadeza, consiguiendo que pueda sentir cómo me va llenando poco a poco.
Dobla los dedos dentro de mí, apretando ese puntito que hace que me encienda más, y empieza a besarme el cuello con ansia.
Yo siento que enloquezco, juro que enloquezco.
Sale de dentro de mí y empieza a estimularme el clítoris con los dedos empapados.
— ¿Me vas a regalar lo mismo, Nadia? — me pregunta con un tono sensual. Yo asiento con la cabeza. No estoy capacitada para hablar, no caben palabras entre mis jadeos.
Sigue estimulándome y yo acerco mi boca a su oído para que pueda oírme bien y para poder empañárselo con mi aliento, que debe de estar a unos grados elevadísimos.
Tengo una mano atrapada debajo de mi cuerpo, pero llevo la otra a la zona de sus costillas para poder apretarla igual que ha hecho ella conmigo y me dejo llevar porque ya no aguanto más.
Siento cómo todo el placer que recorre mi cuerpo viaja hasta ese punto exacto que está tocando Iris y, al estallar, no solo lo siento ahí, sino que vuelve a expandirse por todo mi cuerpo.
Respiro con cierta dificultad y mi corazón bombea a toda velocidad, y pienso que no hay nada más bonito que poder permitirme recuperar la normalidad interna estando abrazada a ella.
— Ahora sí que tienes permiso para desayunar — y sonríe. Tal y como estamos, no la veo, pero lo noto en mi mejilla.
Desplegamos por la mesa las cajitas de cartón que contienen el desayuno y lo devoramos. Pensaba que sobraría, pero lo único que ha sobrado ha sido el cartón.
Nos damos un chapuzón para aprovechar la piscina antes de despedirnos de la cabaña. Me ha pasado el tiempo volando, pero es que me pasa siempre cuando estoy con ella. Tendré que mentalizarme de que la vida va a pasarme aparentemente más deprisa mientras esté a su lado.
Sin esperármelo, sube encima de mí, por mi espalda.
Sus brazos abrazan mi cuello y sus labios dejan un montón de besos en mi mejilla.
Yo cierro los ojos y sonrío. No se me cae la baba literalmente porque estoy capacitada para evitar que eso pase, pero si dejase la boca un poco abierta, seguro que sí que se me caería.
— ¿Sabes que te quiero? — me dice ella, dándole ahora un orgasmo a mis oídos y haciendo que yo sonría más. El corazón me martillea en el pecho y miles de mariposas vuelan por mi estómago a su libre albedrío.
— ¿Y sabes que yo a ti también?
— Mentirosa — me susurra al oído.
— ¿Cómo que mentirosa?
Llevo mis manos hacia atrás y empiezo a hacerle cosquillas, clavando ligeramente mis dedos en sus costados.
— ¡Para, para, para! — grita de carrerilla.
— ¿Quieres que pare?
— ¡Sí, sí, sí! — grita desesperada.
— Entonces…¿soy una mentirosa?
— ¡No, no lo eres!
— Muy bien, así me gusta.
Paro de hacerle cosquillas y hago por ponerme de cara a ella para abrazarla.
Por desgracia, tendremos que empezar a organizarnos para salir de aquí muy en contra de nuestra voluntad.
O, por lo menos, de la mía. La abrazo, me lleno de energía, de amor y de miles de sensaciones que me resultan agradables, pero que no sabría describir. Eso solo se puede saber si lo sientes.
Salimos de la piscina, nos secamos un poco para no dejar el suelo de la cabaña hecho una mierda, nos damos una ducha, preparamos nuestras mochilas y salimos con cara de tristeza.
— ¿Has comprobado que no nos dejamos nada? — me pregunta ella justo cuando estoy cerrando la puerta.
Yo estaba segura de que no nos dejamos nada, pero ahora ha hecho que me baile una pequeña duda en la cabeza, así que vuelvo a entrar a la cabaña y miro las superficies hasta que encuentro qué se ha dejado ella: una puerta del mueble de la cocina abierta.
Sé que lo ha hecho aposta para chincharme, así que no digo nada, le robo la llave del coche, que la llevaba en la mano, salgo corriendo, subo, arranco y me voy.
Conduzco unos metros hasta girar una curva y perderla de vista, rezando para encontrar algún punto en el que pueda maniobrar para dar media vuelta porque se me da fatal ir marcha atrás con el coche y prefiero evitarlo.
Además, no es mi vehículo y no quiero arriesgarme a cagarla.
Y sí, aprovecho una entrada a otro camino para girar y volver a por ella.
Sin salir del coche, paso al asiento del copiloto.
Me da miedo salir para cederle su asiento y que ahora sea ella la que hace la broma de dejarme tirada.
Y ya de paso, si tenía pensado hacerlo, le jodo la idea.
Me río de mí misma al hacer los malabares necesarios para pasar de un lado al otro y porque podríamos decir que parecemos niñas.
Ella viene hacia el coche con cara de enfadada, cosa que espero que esté fingiendo.
— Un poquito tonta sí que estás, ¿no? — me dice al subir al coche.
— ¡Ah! Tú puedes hacer la gracia de dejar una puerta abierta, ¿y yo no puedo hacer la gracia de dejarte tirada?
— Puedes. Me lo tenía merecido — y se ríe por fin, demostrándome con eso que no está enfadada — DJ, quiero una canción animada — señala la pantalla del coche con la barbilla mientras se pone el cinturón.
— Oído, cocina.
Voy al buscador de Spotify y elijo “Satellites”, de September. Siempre me ha encantado esta canción y me ha hecho mover el esqueleto. Es inevitable quedarse quieta si la escuchas, y con lo que le gusta bailar a ella, seguro que se viene arriba.
— ¡Buah! ¡Buenísima elección! — me hace saber, con clara motivación en la voz.
Arranca el coche y arranca el cuerpo porque se pone a bailar y a cantar, inventándose algunas palabras. No es que yo sea la mejor en inglés, pero hay algunas palabras que no encajan con lo que canta September. La miro, sonrío y termino riéndome.
— ¡Oye! ¿De qué te ríes? — me pregunta después de girarse un segundo para mirarme.
— De ti.
— ¿Y eso por qué? ¡Si canto de puta madre!
— ¡Por supuesto! Yo en ningún momento he dicho lo contrario, para mí lo haces todo perfecto — sonrío, y ella lo ve en otro segundo que se gira a mirarme.
— ¿Y entonces?
— Me encantas tú, tu locura y todo lo que esté relacionado contigo.
— ¿Y mis defectos también?
— De momento no te he encontrado ninguno.
— ¿Ninguno? Uff pues prepárate… — sonríe y puedo ver cómo le están saliendo un par de cuernos en la cabeza.
Aunque yo no le haya encontrado ningún defecto aún, sé que tendrá, igual que tenemos todos, pero, aparte de eso, estoy segura de que hará lo posible por chincharme más de una vez, igual que ha hecho con la puerta de la cocina de la cabaña.
Apañada voy con la demonio esta…pero es MI demonio.