Un beso de los tuyos CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

— Un momentito, ahora vuelvo — me dice ella.

— ¿Cómo que ahora vuelves? ¿Dónde se supone que vas? ¿Sabes que no hay nada aquí alrededor?

— Hay una cosa muy importante.

La miro sin entender nada, pero es muy joven para sufrir demencia, así que quiero creer que sabe de lo que habla. Sale de la cabaña y vuelve unos minutos después con su altavoz entre manos.

— ¡No me lo puedo creer! ¿Te has visto incapaz de pasar poco más de veinticuatro horas sin él?

— A ver, Nadia, ¿qué haríamos aquí sin él?

— Darnos amor y cariño.

— Se puede hacer todo, no hace falta discriminar a nadie.

— Tienes razón — sonrío y le quito el móvil del bolsillo del pantalón para ponerle una canción que le viene como anillo al dedo.

Espero a que lo conecte y elijo “Maníaca” de Abraham Mateo, porque sí, es una maníaca bailando. Y yo lo soy con ella. Subo el volumen a tope, y las dos nos ponemos a bailar como si hubiéramos tomado alguna sustancia ilegal, sin miedo a hacer el ridículo y riéndonos de nosotras mismas.

Al terminar la canción, me duelen los pómulos de tanto reírme y sonreír, y me doy cuenta de que pocas veces en la vida me había pasado esto. Y también me doy cuenta de que quiero vivir experiencias como esta con ella siempre que me lo permita. La felicidad no tiene precio, y ella me la da.

— ¿Qué hora es? — me pregunta ella ya que he vuelto a coger su móvil porque la canción que ha empezado a sonar no me gusta.

— Las siete y media. ¿Por?

— Pues…¡corre a la ducha! ¡Que a las ocho nos traen la cena!

Y efectivamente se va corriendo a la ducha, y yo vuelvo a reírme. Me ha recordado a Toby cuando me robó las bragas y salió corriendo, el muy cabroncete. ¿Cómo no iba a enamorarme de ellos? Era imposible.

Me espero a que salga ella de la ducha porque si entramos las dos, es un peligro, y ahora no podemos permitirnos el lujo de dejarnos llevar.

Pero, antes de que termine, se me ocurre una loca, brillante y tonta idea: entro al baño, me levanto la camiseta y aplasto mis pechos contra la mampara de la ducha para que los vea ella.

El cristal está un poco empañado, así que no la veo bien, pero la oigo reírse a carcajadas.

Ese es uno de los sonidos que más me gusta escuchar. La música me gusta, pero su risa, más.

— ¡Estás tonta!

— Dime que no te ha gustado el nuevo diseño del cristal — le digo asomando la cabeza para verla bien.

— Me ha encantado — me coge de la barbilla y me da un beso en los labios — a partir de ahora quiero esa misma imagen cada vez que me duche.

— ¿Y no prefieres tenerlos sin un cristal de por medio?

— Mmm… — se rasca la barbilla mientras piensa — sí, eso suena mejor.

***

Cenamos en la terraza, sentadas en el sofá y con los platos sobre la mesa baja.

Aún es de día, pero lo agradezco porque eso significa que aún nos quedan unas horas hasta que nos vayamos a dormir.

En un momento de silencio, mientras masticamos, pienso en lo bonito que sería pasar cada fin de semana con ella.

No necesitaría una cabaña como esta para que lo haga más especial, solo necesitaría su presencia.

Ella es la que hace que me parezca todo bonito, y sería feliz aunque estuviéramos en la calle sentadas en un bordillo bebiendo una lata de cerveza de marca blanca.

— ¿En qué piensas? — me pregunta ella.

— En ti. Siempre pienso en ti.

Se queda con el trozo de solomillo pinchado en el tenedor a medio camino y levanta una ceja.

— ¿Me estás haciendo la pelota por algún motivo concreto?

— Para una vez que te soy sincera y no saco mi ego a pasear, ¿te da por pensar mal?

— Tendrás que darme la razón si te digo que es un poco raro que hagas eso sin que yo te pida que lo hagas.

— Te la doy — afirmo con la cabeza — pero a partir de ahora voy a abrirme más, voy a expresarte lo que siento sin sacar a relucir la armadura que me pongo por naturaleza.

— Uhm… — se come el trozo de solomillo.

— Y para demostrártelo, tengo que decirte qué estaba pensando exactamente, ¿no?

— ¿Tú qué crees?

— Estaba pensando que me encantaría pasar cada fin de semana contigo, haciendo lo que sea, me da igual, con que sea contigo, me es suficiente, me da igual todo lo demás.

Deja el tenedor en la mesa, se pone a horcajadas sobre mí y me coloca los brazos envolviéndola por la cintura.

Me mira a los ojos, pero está en silencio.

Creo que las dos estamos pensando lo mismo, pero ninguna lo dice en voz alta.

Me está entrando taquicardia y creo que podría explotarme el corazón si la oigo decirlo, pero me da la sensación de que, después de haberla hecho esperar tanto hasta que nos acostamos por primera vez, ella ahora va a hacerme esperar a mí.

No sé cuándo fue la última vez que le dijo a Ana “te quiero”, pero no hace tanto tiempo como yo.

Yo llevo toda la vida sin decírselo sinceramente a una mujer que no sea mi madre, y está empezando a quemarme en la lengua.

— Te quiero, Iris.

Abre los ojos mucho más de lo que creía que podía hacerlo, pero no contesta nada, me coge un brazo para llevarme la mano a su pecho y puedo comprobar que está tan taquicárdica como yo. Y no se imagina la seguridad que acaba de transmitirme ya que el corazón no engaña.

— Te quiero, Nadia.

Se acerca a mí y nos fundimos en un abrazo que me hace sentir algo que, por desgracia, nunca había tenido la suerte de sentir: saber que estoy siendo correspondida en el amor.

— Me moría por que fueras la primera en decirlo — me dice aún abrazada a mí.

— Me lo imaginaba. ¿Y por qué motivo en concreto?

— Por haberme tenido tanto tiempo con la incertidumbre de si te gustaba lo suficiente o no. Y por haber huido.

— También me lo imaginaba — me río, ella se separa de mí, y me mira y me sonríe.

— Entonces… — entrelaza los dedos de ambas manos con las mías — ¿eres mi chica?

— Soy tu chica — afirmo, no solo con palabras, sino con la cabeza también, y sonrío de oreja a oreja — eso suena de maravilla.

Suelta una de mis manos, me coge de la barbilla y me besa. Empieza con un pico, pero termina enredando su lengua con la mía, cosa que empieza a revolucionar todo mi interior.

— Iris — la aparto de mí, muy a mi pesar — tenemos que terminar de cenar. No podemos estar siempre dejando las comidas a medias, y si me besas así, no va a ser lo del plato lo que me coma.

— ¿No decías que lo otro era calentar y listo? ¿Ahora ya no te gusta la idea? — me pregunta levantando una ceja.

— Siempre me gusta la idea, pero a partir de ahora tenemos juntas todo el tiempo que tú quieras darme, y yo ya no voy a callarme nunca un “tengo ganas de verte”. Y si alguna vez me lo callo, será porque me presentaré en tu casa para dejar de tener la necesidad de verte.

— ¿Y qué hay del tiempo que tú quieres darme?

— Yo quiero dártelo todo. Y hacerte el amor todas las veces que me sean posibles, pero sin tirar comida.

Sonríe con un brillo en los ojos que me llena el corazón, me da un beso en los labios y ahora sí que vuelve a sentarse en el sofá, tal y como estaba antes, para terminar de cenar.

— Por lo que veo, eres más obediente que Toby — bromeo.

— Tonta — se ríe — pero los dos somos igual de traviesos.

— ¿En qué sentido lo dices?

— A los dos nos gusta quitarte las bragas.

— Tonta — termino diciéndole lo mismo que me ha dicho ella a mí y riéndome también.

***

Nos tumbamos en el sofá para mirar las estrellas.

Iris apoya su cabeza en mi brazo derecho y yo uso esa mano para acariciarla en la medida de lo posible.

Ella se pone un poquito de lado y me acaricia el abdomen y, con la mezcla de todo esto, siento un paz interna que me hace dudar si esta sensación es real o ficticia.

— Dime algún sueño que te quede por cumplir y alguna manía o un TOC, como quieras llamarlo — me dice ella.

— En realidad, ahora mismo considero que me quedan pocos sueños por cumplir, y uno de ellos es tener algún día una casa con terreno para poder tener varios animales.

— ¿Qué? ¿Me estás hablando en serio? — levanta un poco la cabeza para mirarme sorprendida.

— Sí, ¿por qué lo preguntas? ¿Te parece una locura?

— Me parece una coincidencia casi increíble.

Para mí, el sueño principal que quería cumplir era abrir una clínica propia.

Lo conseguí, y después me compré el piso que pude permitirme, que fue de los pequeñitos, como habrás podido comprobar, pero pasaba de estar “tirando” dinero pagando un alquiler.

Y, después de eso, tenía claro que iba a empezar a ahorrar para poder comprarme una casa algún día para poder adoptar a todos los animales que llevan tiempo en la protectora y que nadie da el paso de darles la vida que se merecen.

— Me parece la idea más maravillosa que he oído nunca — nos miramos y sonreímos.

— Y te ha faltado decirme una manía.

— Necesito que estén siempre todas las puertas y cajones cerrados.

No me refiero a las puertas de las habitaciones, sino a los muebles de la cocina, del baño y de las habitaciones.

Si encuentro alguna puerta o cajón abierto, se me mueren varias neuronas en una milésima de segundo debido a la rabia que me da, y siento la necesidad incontrolable de ir a cerrarlos.

Y cabrearme con quien los haya dejado abiertos, por supuesto.

— Hostia, menos mal que he ido poco a tu casa y he tenido pocas oportunidades de cagarla, porque si me hubiera dejado alguno abierto, me hubieras echado a patadas.

— Es bastante probable que lo hubiera hecho.

— ¿Sí? — vuelve a mirarme sorprendida — ¿Hubieras sido capaz?

— Solo lo hubieras podido evitar de una manera.

— ¿De qué manera?

— Enseñándome una teta — me río y ella me da un cachete en el muslo, pero yo la abrazo fuerte porque me encantaría fusionarme con ella.

Vuelve a la posición en la que estaba, con la cabeza apoyada en mi brazo, y me coge la mano para entrelazar sus dedos con los míos, pero las sube a una altura en la que podemos verlas, deja la mía suspendida en el aire y me la acaricia.

— ¿Sabes? Si te portas bien y eres buena novia, a lo mejor algún día podemos comprarnos una casa, tener muchos animales y dejar siempre las puertas y los cajones cerrados. ¿Qué te parece?

— Me parece la mejor idea del mundo, pero tú también tendrás que ser buena novia. Si te dejas alguna puerta abierta, me busco a otra — bromeo.

— Tonta — se ríe, vuelve a entrelazar sus dedos con los míos y baja las manos para que nos quedemos quietecitas, disfrutando de la tranquilidad del silencio, de la noche y de sentirnos.