CAPÍTULO 42
Llegamos a una cabaña de madera en medio de la nada. Es muy pequeña, pero tiene la planta baja y un primer piso con el techo a dos aguas.
Iris teclea un código numérico en una cajita negra que hay en la pared, al lado de la puerta, se le abre y hay una llave, con la que abre la cabaña.
— Bienvenida a nuestro pequeño paraíso.
— Gracias, señorita.
Por lo que veo, en la planta baja hay un baño a la izquierda y un salón con cocina.
Un sofá y una butaca quedan en el centro, de cara a la pared derecha que es donde está la tele, y la cocina en la esquina izquierda.
Entre el baño y la cocina hay unas escaleras de caracol que suben a la primera planta y, en la pared de enfrente de nosotras, hacia la esquina derecha, una puerta que sale a lo que parece ser una terraza.
Me lleva primero ahí, y puedo ver que todo el suelo exterior es imitación de madera, imagino, porque hay una piscina.
Si fuese madera se jodería en un abrir y cerrar de ojos.
La terraza también es pequeña, pero muy acogedora.
Es del ancho de la casita, pero puedo asegurar que de largo es más que la vivienda.
La piscina queda al fondo, va desde el lateral derecho hasta el lateral izquierdo, y aquí delante de nosotras hay dos tumbonas y un sofá con una mesita.
Subimos al primer y único piso, y es todo habitación.
La cama es enorme, pero solo es un colchón sobre el suelo.
Hay dos trozos de tronco de árbol haciendo de mesita de noche y una de las paredes es todo cristal.
Y aquí, el techo a dos aguas hace su función porque si quisiera acercarme a alguno de los laterales, tendría que agachar la cabeza.
— Me encanta. Es súper pequeña, pero muy mona — no puedo mirarme en un espejo, pero si pudiera hacerlo, estoy segura de que tendría corazoncitos en los ojos.
— Es una pasada. ¡Y tenemos todo incluido! No quiero salir de aquí ni separarme de ti hasta la hora del check-out. Si te parece bien, claro.
— ¿Qué quieres decir con “todo incluido”?
— Esta noche vendrán a traernos la cena, y mañana el desayuno. La comida de hoy no porque en realidad teníamos que entrar a partir de las tres, pero me han permitido hacerlo antes porque no estaba ocupada.
— ¿Cómo puede ser que nos lo traigan si ni el dueño de esto sabe dónde está?
— Aunque no sea un hotel como tal, estas casitas las lleva una cadena hotelera. Hay más repartidas por aquí, e imagino que reparten a todas las que estén reservadas.
— Y la comida de hoy la traes preparada, solo hay que calentar y listo.
— Bueno, he preparado una ensalad…
— Calentar y listo te he dicho — la corto, le sonrío y la empujo hacia la cama hasta que la hago caer sobre ella.
Me quito la camiseta lentamente para que pueda ver cada centímetro de piel que va apareciendo y hago lo mismo con los pantalones. Ella me observa casi que sin parpadear, con los codos apoyados sobre el colchón y el tronco un tanto incorporado.
— ¿Aún sigues pensando en la ensalada?
— Se me ha olvidado por completo.
— ¿Y qué es lo que quieres comer?
— A ti.
— ¿Qué exactamente?
— Ven aquí — hace un gesto con el dedo índice y yo obedezco.
Ella se acerca al borde del colchón para apoyar los pies en el suelo, me coge de las manos y tira de mí para que me ponga a horcajadas sobre ella.
Lleva su mano a mi nuca, introduce lentamente sus dedos por mi pelo, cosa que me hace cerrar los ojos por el placer que me produce, y me acerca a ella para besarme.
Lo hace con una calma que consigue erizarme la piel con cada movimiento de lengua.
Yo la abrazo por el cuello y ella me acaricia la espalda con la misma calma con la que me besa, cosa que hace que no solo se me erice la piel, sino también cada célula de mi cuerpo.
De repente, me entra un calor abrumador, pero no es solo porque ella me esté calentando, es porque me doy cuenta de que lo que siento por ella está empezando a ser demasiado fuerte. Juro que no existe una palabra en el diccionario que sirva para describir lo que estoy sintiendo ahora mismo.
Vuelve a entrarme ese miedo que he sentido tantas veces desde que la conozco, pero esta vez es porque temo que, al estar tan pegada a ella, pueda notar cómo late mi corazón.
Solo hay un diagnóstico que explique esta aceleración de la frecuencia cardíaca y dudo mucho que ella esté preparada para algo así.
De lo que no dudo es de que lo mejor será disimularlo.
Me desabrocha el sujetador, me hace quitar los brazos de su cuello, los deja a los lados de mi cuerpo, pilla cada tirante con dos de sus dedos de cada una de sus manos y va bajándomelos lentamente mientras con los otros dedos acaricia también la piel de mis brazos.
Separa su cuerpo apenas un poquito del mío y tira del sujetador para dejarme con los pechos al descubierto.
— Túmbate tú — me pide, y yo lo hago porque me rindo totalmente ante ella.
Ahora es ella la que se pone a horcajadas sobre mí, y se quita la camiseta y el sujetador sin prisas.
Yo la observo y me parece preciosa. Apoya un antebrazo al lado de mi cuerpo, coloca dos dedos en la parte superior de mi esternón y recorre la línea entre mis pechos acariciándome y mirando mi cuerpo semidesnudo hasta llegar a mi ombligo.
— Eres perfecta, Nadia.
— No hay ninguna mujer más perfecta que tú, créeme.
Niega con la cabeza, como si quisiera decirme que no tengo razón.
— ¿Quieres que te confiese una sensación que me encanta? — me pregunta.
— Por favor.
— Esta — apoya el otro antebrazo al otro lado de mi cuerpo y baja el suyo hasta que sus pechos se juntan con los míos — me encanta sentirte así.
Yo aprovecho para abrazarla porque hacerlo me llena de vida. Ella me ha dicho que si me parece bien, no quiere separarse de mí hasta mañana. Y, si fuese por mí, me quedaría así pegada a ella y no me separaría nunca.
— A mí me encanta sentirte de cualquier manera, Iris.
Le miro los ojos, le miro los labios y no sé cuál de las dos cosas me gusta más, pero ahora me apetecen sus labios.
La beso otra vez, pero ella decide dedicarle poco tiempo a mi boca y pasar a saborear mi cuerpo. Me vale también. Antes ya nos hemos besado sin prisas, y a mí me vuelve loca cualquier cosa que me haga.
Me besa el cuello, pero pierde la delicadeza que había tenido hasta ahora, haciendo que sienta un fuerte pinchazo en mi entrepierna en cuanto se dedica a mí con tanta intensidad.
Pellizca mi pezón con los labios y lo estimula al mismo tiempo con la lengua.
Yo le aprieto los brazos porque el placer que me produce eso es tan intenso que hasta duele.
Noto que quiere quitarme las bragas, así que levanto mi culo para facilitarle la tarea, pero mis movimientos son un tanto torpes porque pierdo la capacidad de coordinación. Estimulación de pezón y coordinación son palabras incompatibles en mi diccionario interno. Pierdo el raciocinio, os lo juro.
— Quítatelas tú también — le pido, y lo cumple.
Me recoloca la pierna izquierda para que quede en un término medio entre quedar doblara y estirada, pasa la suya por encima de la mía y apoya su zona íntima en mi muslo, pero aún no se mueve.
Solo con sentir ese contacto ya me pone más, pero eso se incrementa en cuanto siento uno de sus dedos accediendo a mi interior.
Me penetra hasta el fondo, lo saca y vuelve a entrar, pero esta vez con dos.
Mis paredes se adaptan a la perfección a ella, le abrazan los dedos con las mismas ganas que la abrazo siempre yo a ella, y ella empieza a mover su pelvis hacia delante y hacia atrás.
Me está poniendo muy cachonda. Tenerla dentro de mí, verla ahí desnuda cabalgando a mi pierna con cara de estar tan caliente como yo y sentir ese roce húmedo, va a hacer que me explote el cerebro. Y el clítoris.
Dobla completamente la espalda para poder besarme. Yo le pellizco los pezones porque si pudiera, hasta se los robaría y me los quedaría para mí para siempre.
Me abandona. Separa su boca de la mía para seguir en la posición en la que estaba antes, para poder moverse con más facilidad, pero aumenta ese movimiento y aprieta más su entrepierna contra mi muslo. Vale, esto ya va en serio. Aquí hay alguien que quiere un orgasmo. Y yo también.
Saca los dedos de dentro de mí y empieza a estimularme el clítoris con una facilidad asombrosa al tenerlos empapados de mi propia humedad.
Jadeamos las dos. Ella más fuerte porque es la que está haciendo el mayor esfuerzo, yo solo me estoy dejando llevar.
Soy completamente suya y dejo que mande aquí, que lleve el ritmo que quiera y que haga conmigo lo que más desee.
Ya seré yo la que lleve el mando en otra ocasión porque pienso hacer el amor con ella todas las veces que me sean posibles en esta vida. Y si existe otra vida, también.
Me agarro a sus muslos. Intento ayudarla con los movimientos, pero me resbalan las manos porque está sudadísima.
Joder…eso me pone aún más. Que esté así por el empeño que está poniendo en hacer todo lo posible para que nos corramos las dos, me pone.
Y yo puedo hacerlo ya, así que me dejo llevar para que pueda dejar de dedicarse a mí y que pueda dedicarse solo a ella y tener el mismo final que yo.
Me agarro a la almohada, cierro los ojos con fuerza, jadeo con más intensidad y dejo que me estalle la bomba de placer entre las piernas, pero no me doy tiempo para recuperar el aliento; me incorporo un poco y le digo al oído que quiero ver su cara de placer al correrse.
Ella apoya sobre el colchón la mano que estaba usando para darme placer a mí y me mira a los ojos durante unos segundos sin dejar de mover su pelvis.
Me coge una mano, la pone con la palma hacia arriba entre su clítoris y mi muslo para que ahora el roce sea directo con mis dedos, y sigue con esos movimientos de pelvis que hacen que se estimule.
— ¿Quieres que me corra? — me pregunta con cara de vicio.
— Sí, por favor.
Cierra las manos para agarrase a las sábanas, cierra también los ojos y se queda en silencio durante unos segundos, como si estuviera notando cómo se le acumula toda la sangre en ese lugar recóndito que ahora tengo el placer de estar tocando, y empieza a jadear con desesperación al recibir esa sobredosis de placer que le otorga el orgasmo.
¿Lo malo de su final? Que a mí me ha encendido otra vez, estoy lista para repetir, pero ella se deja caer rendida sobre mi cuerpo.
Yo la abrazo y me quedo así quieta mientras ella sí que se recupera.
No puedo acariciarla porque su piel sudada impide que mis dedos se deslicen por ella con suavidad, pero me vale con sentirla pegada a mí.