Un beso de los tuyos CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

Cuando Iris me contó que mi madre había estado en su clínica presencialmente para meter sus narices donde no tocaba, quise morirme.

Yo aún no le había contado que mi madre lo sabía todo, así que estuve a punto de morir al pensar que podría haberse enfadado conmigo por contar más de lo que debía.

Pero no lo hizo. Aun así, me moría de ganas de llamar a mi madre y cantarle las cuarenta, pero no lo hice porque Iris me paró los pies.

Llegamos a casa de mis padres, y mi madre nos abre con una sonrisa de satisfacción pintada en la cara que no sé si me alegra o me da rabia.

— Ya hablaremos tú y yo — la amenazo.

— Buenos días, ¿eh? — contesta.

— Buenos días — dice Iris, un tanto cortada.

— ¿Y esta es la preciosura que va a acompañarme este fin de semana?

— pregunta mi madre agachándose a saludar a Toby.

Él la saluda con una efusividad como si la conociera de toda la vida, cosa que no dudaba que haría, y ella ahora parece la persona más feliz del mundo al recibir tanto amor por parte de un perro.

— Sí, pero que no te engañe ese físico adorable, en el fondo es un terremoto. Prepárate — le doy dos toquecitos en el hombro para darle ánimo.

— Seguro que no será para tanto — lo coge en brazos como si ya fuese de su propiedad y se levanta para darnos dos besos a cada una — vamos a pasarlo de maravilla los dos.

— Es verdad que es un terremoto, pero también es un amor.

Después no vas a querer devolvérmelo — añade Iris con una sonrisa simpática y con algo de vergüenza.

De camino hacia aquí me ha dicho que estaba súper nerviosa por el hecho de entrar a casa de mis padres, así que imagino que va a seguir estándolo mientras permanezcamos aquí.

Por suerte, mi padre no está, así que imagino que en este caso la situación es menos bochornosa para ella de lo que podría serlo.

— Podéis sentaros — señala mi madre la mesa del salón — está todo preparado, me faltan los cafés. ¿Café solo, Iris? — le pregunta mientras se va hacia la cocina con Toby aún en brazos, que parece que no tiene ningún problema con haber sido secuestrado por mi madre sin haberlo pedido.

— Sí, por favor — le contesta a ella — ¿estos donuts de Lotus están aquí por casualidad? — baja la voz para preguntarme a mí.

— No. Cuando le escribí para decirle a qué hora vendríamos, le dije que si iba a salir de casa para algo, que los comprase, que te gustan mucho.

— ¿Cómo la has hecho ir a comprarme donuts? ¿Estás loca?

— Bueno, habrá salido a comprar el pan y habrá aprovechado, imagino. Además, ¿tú sabes lo contenta que estará ella de poder ofrecerte algo que sabe con total seguridad que te gusta?

— Pero…a mí me sabe mal…

— Cállate y come — sonrío y le doy un beso en los labios para que sobreentienda que mi intención no es exigirle que se calle, sino que no le ponga importancia a lo de que mi madre ha ido a comprárselos — voy a ayudarla a traer los cafés porque no tiene mucha pinta de querer soltar al perro y de momento no tiene tantas manos como un pulpo para poder traerlo todo — me río y me levanto para ir a la cocina.

Cojo los dos cafés que ya tiene preparados y, al volver al salón, veo que Iris está repuntando con la pierna, cosa que no le había visto hacer nunca. Los dejo sobre la mesa, me siento y pongo mi mano por encima de su rodilla.

— Tranquilízate, por favor. Es una mujer como cualquier otra y no tienes que hacer nada para tratar de caerle bien ni nada de eso, simplemente sé tú. Eres perfecta tal y como eres.

No me contesta y yo tampoco añado nada más porque ya viene mi madre.

— Muchas gracias por todo lo que has preparado, Fátima.

— Con mucho gusto. Podéis venir a desayunar siempre que queráis. ¿Queréis zumo de naranja recién exprimido? — nos pregunta mirando la jarra.

— Sí, por favor — contestamos Iris y yo al unísono, y mi madre empieza a servirnos.

Vamos cogiendo lo que nos apetece de la mesa y hablando.

Ha preparado desayuno para un equipo de fútbol entero, va a sobrar la mitad, pero yo ya lo había visto venir, no me sorprende porque sabía que iba a tener miedo de que nos quedemos con hambre.

Y lo que sobre sé que nos lo pondrá para llevar no vaya a ser que nos muramos por el camino.

— ¿Y adónde os vais? — le pregunta a Iris.

— Es una sorpresa, así que…no puedo decirlo ahora, tendrá que contártelo ella después.

— Me lo podéis contar mañana cuando volváis ya que vendréis a por Toby. Podríais quedaros a cenar, ¿no? — me pregunta a mí.

— Mamá, no es necesario que ahora hagamos media vida aquí, ¿no crees?

— Vale, vale — levanta las dos manos en son de paz — pero si cambiáis de opinión, avísame.

— Vale — le contesto a ella — ¿estás bien? ¿quieres alguna otra cosa? — le pregunto a Iris y, sin darme cuenta, le cubro la mano que tiene sobre la mesa con la mía.

— Está perfecto así — me mira con dulzura y me sonríe, y me doy cuenta de que mi madre también nos está mirando y sonriendo, pero desvía la mirada en cuanto la pillo observándonos.

— ¿Toby puede comer comida casera? — pregunta mi madre al ver cómo se le cae la baba al perro todo el rato porque lo tiene encima de las piernas y es perfectamente consciente de lo que hay encima de la mesa.

— Sí, pero sin pasarse, porque él no tiene fin y si come mucho después vomita.

— Entonces… — se le dibuja una amplia sonrisa a mi madre y coge un trocito de jamón york — puedo darle esto — y el perro se lo coge con cuidado, pero se lo traga con desesperación y sin masticar, y nos reímos todas.

— Te prometo que en casa no pasa hambre, aunque ahora parezca que sí — le hace saber Iris riéndose aún.

— Mamá, no te pases — le advierto con el dedo — a ver si cuando volvamos va a parecer un balón.

— ¡A ver si te piensas tú que en poco más de veinticuatro horas va a darme tiempo de ponerlo rechonchete!

— Pues viendo las cantidades que manejas — miro la mesa — no me extrañaría.

— Qué exagerada que eres… Además, esta noche vamos a darnos un generoso paseo para disfrutar del fresquito. Quemaremos las calorías. ¿A que sí? — le pregunta a Toby y le da un beso en la cabeza, a lo cual él responde girándose hacia ella y dejándole un lametón en la cara.

— Nadia — me habla Iris — me parece que mañana no hace falta que vengamos. Por lo que veo, Toby no va a querer volver conmigo, se ha enamorado de tu madre.

Mi madre levanta ligeramente la barbilla y sonríe, completamente orgullosa de ver que se ha ganado al perro sin ningún tipo de esfuerzo.

— Si queréis, os dejo venir a verlo y después os vais — bromea.

— Esa idea no me gusta, ¿eh? — le hace saber Iris.

— Venga, pues dejaré que te lo lleves y después que venga a casa de los abuelos cuando lo necesitéis.

Se hace un silencio que a mí me incomoda básicamente porque no sé qué estará pensando Iris al oír a mi madre proclamarse “abuela” de Toby sin que en ningún momento hayamos acordado que somos pareja.

— Eem… ¿nos vamos? — le pregunto para romper el hielo y para que no se sienta obligada a contestarle algo a mi madre.

— Cuando quieras.

Me levanto de la silla para recoger la mesa antes de irnos, pero mi madre me lo prohíbe de manera tajante.

Se levanta ella también y deja a Toby en el suelo para que Iris pueda despedirse de él, que le da muchos besos y le hace saber lo guapo que es y cuánto lo echará de menos.

Y yo me despido también, claro. De él y de mi madre, que nos da un abrazo a cada una y vuelve a coger al perro en brazos, como si temiera que le duelan las patitas por tocar el suelo.

— ¿Sabes que no tiene alergia a las baldosas? — le pregunto yo y me río.

— ¿Quién tiene al perro?

— Tú.

— Pues haré lo que quiera con él.

Vuelvo a reírme y niego con la cabeza. Iris sonríe y los mira con amor, como si le pareciera adorable la estampa de los dos. Y a mí también me lo parece, tengo que admitirlo.

— Muchísimas gracias por el desayuno y por cuidar a mi niño — le dice Iris — nos vemos mañana.

— Encantada de hacer lo que pueda por vosotras — se acerca a mí y me da un beso en la mejilla — pasadlo muy bien — se queda mirando a Iris, sin saber muy bien qué hacer, pero parece ser que borra sus dudas y da el paso: le da un beso a ella también, y yo sonrío como una tonta al ver esa imagen.

***

Cuanto más rato pasamos en el coche, más se va estrechando el camino. Yo no sé a dónde me lleva, pero estoy segura de que no habrá cobertura y de que si me asesina, no me encontrará nadie.

— Esto me huele a secuestro.

— ¿Tan evidente es? — me sigue el rollo.

— Tú dirás… — abro un poco los brazos con las palmas de las manos hacia arriba, como mostrándole el paisaje a nuestro alrededor.

— ¿Sabes qué es lo mejor de todo?

— ¿Qué?

— Que, por lo que veo, tú no pones ninguna resistencia.

— Ya se me ha hecho tarde para eso. Si tuviera que escapar ahora, no llegaría a mi casa.

— Lo que aún no tengo muy claro es cómo voy a recuperar a mi perro sin que tu madre sospeche que estás encerrada en un zulo bajo tierra — se rasca la barbilla, fingiendo pensar el plan perfecto para no ser descubierta.

— ¿Voy a tener comida, agua y sexo?

— Sí, claro.

— Entonces te firmo yo misma un consentimiento.

Aparta la vista de la carretera un momento para mirarme a mí, sonríe y vuelve a mirar hacia la carretera. Yo apoyo mi codo en el lateral de su respaldo y me acerco a su oído.

— ¿Sabes que me pareces extremadamente irresistible cuando sonríes? — capturo el lóbulo de su oreja con mis labios y llevo mi mano a su muslo.

— Uff, Nadia…

— ¿Qué pasa?

— No puedes hacerme eso mientras conduzco porque mis neuronas se vuelven discapacitadas y queremos llegar sanas y salvas.

— Voy a frenarme porque imagino que vamos a un sitio en el que hay paredes y no va a vernos nadie, si no, te haría parar aquí mismo.

— ¿Tantas ganas me tienes? — vuelve a sonreír, pero esta vez pícara, pareciéndome aún más irresistible.

— Tantas y más.