Un beso de los tuyos CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

FÁTIMA

Tengo que reconocer que últimamente vivo aterrorizada. Sé que no puedo hacer que mi hija no se enamore, pero temo que vuelvan a romperle el corazón.

Nadia es una persona muy cariñosa, sensible y, cuando ama, lo hace con todo su ser.

Estuvo muy enamorada de una chica que no le correspondió y, no solo lo pasó mal ella, sino que yo también.

El estado en el que estaba le cerraba el estómago, así que dejó de comer, perdió mucho peso y se quedó hecha un palillo.

Se pasaba horas encerrada en su habitación, dejó de relacionarse con la gente y no solo se encerró en esa habitación, sino en ella misma también.

Yo al principio no sabía qué le pasaba, lo que sí que sabía era que pasó de estar súper feliz a ser un alma en pena.

Puse todo el empeño y esfuerzo que me fue posible en intentar averiguar qué era lo que la hacía estar así, pero todos mis intentos eran en vano, hasta que até cabos.

Cuando llegué a mi conclusión, solo necesité hacerle una pregunta para que se derrumbara y me lo contara todo: “Estás enamorada de ella, ¿verdad?”

A mí ni siquiera me había dicho que le gustan las mujeres, pero que sea una madre heterosexual no significa que sea tonta.

La que sí que fue tonta fue ella por no contármelo todo antes.

Yo lo sospechaba, pero mi intención era que me lo dijera ella cuando se sintiera preparada para hacerlo, hasta que ya no pude más y sentí la necesidad de hacerle esa pregunta tan directa.

Con veintipico años, nunca me había hablado de ningún chico.

Un poquito raro, ¿no? Yo era consciente de que soy su madre y que no iba a contarme con quién se acostaba y con quién no, pero oye, que se le escape algo sobre algún “amigo” o algún chico al que estaba conociendo hubiera sido lo más normal si hubiera sido heterosexual.

Pero, en cambio, sí que me hablaba mucho de una chica en concreto.

Me hablaba de más chicas, tenía más amigas, claro, pero cuando hablaba de ella, se le iluminaba la cara y le brillaban los ojos.

Por supuesto, siempre se refería a ella como una amiga con la que congeniaba muy bien, pero a mí algo me olía raro.

Y me olió muchísimo peor cuando vi que dejó de salir y de hablarme de ella.

No voy a ponerme a contaros lo que pasó — o más bien qué no pasó — entre ellas para no aburriros, pero a Nadia le costó mucho salir del pozo en el que se había caído.

Yo hice todo lo que pude para ayudarla a salir de él, lo pasé mal con ella, pero cada pasito que daba, no solo era un logro para ella, sino para mí también. Y salimos a la superficie juntas.

El otro día me dijo que tenía miedo de enamorarse, y prometo que yo tengo exactamente el mismo miedo que ella, aunque tengo bastante claro que ya es tarde, que ya no está a tiempo de frenar. Y tampoco creo que tenga que hacerlo. Si tiene que darse otra hostia, yo estaré ahí para levantarla.

Ese mismo día, cuando Nadia miraba a Iris, le vi otra vez ese mismo brillo en los ojos, ese que le había visto tantas veces al hablarme de la otra chica, pero que hacía mucho tiempo que se le había apagado.

Y, creo que me atrevería a decir que este brillo era más intenso aún.

Y lo que más me preocupa de todo esto es que no lo vi de la misma manera en Iris.

Soy consciente de que no era un buen momento para ella, estábamos en un tanatorio y había fallecido una persona que era importante para ella.

Por eso, ahora tengo la necesidad de volver a verlas juntas.

Necesito ver qué me dicen sus ojos para poder quedarme tranquila o para poder preocuparme con razón.

¿Habéis oído alguna vez eso de que “con la edad se pierde la vergüenza”? Pues ya os digo yo que es verdad.

Estoy delante de la clínica de Iris, preguntándome si debería hacer lo que tengo en mente o si, más bien, debería dar media vuelta e irme por donde he venido. Que conste que si me lo estoy preguntando es porque no sé cómo puede reaccionar Nadia, pero si pensase solo en mí, ya estaría ahí dentro.

En un arrebato, abro la puerta y entro. Hay un mostrador tipo recepción, pero no hay nadie.

Encima hay una cajita de plástico transparente con tarjetas de visita y un timbre, el cual tengo claro que no voy a tocar porque está trabajando y no voy a molestarla.

Me digo a mí misma que esto es un error y que Nadia me mataría si se enterase de lo que estoy haciendo, así que doy media vuelta para salir de aquí.

Aún estoy a tiempo de no cagarla. ¿Se me está yendo la olla?

Sí, posiblemente sí, pero es la salud mental de mi hija lo que está en juego.

La mental y la cardíaca, joder. Necesito ver con mis propios ojos que Iris siente lo mismo que Nadia, y eso es lo que me ha llevado hasta aquí.

— ¿Fátima? — oigo a mis espaldas justo cuando voy a abrir la puerta.

— Hola — me doy la vuelta y le sonrío, pero ella tiene pinta de estar… ¿impresionada? — ¿te acuerdas de mí? — le pregunto tontamente ya que, si ha dicho mi nombre, será que sí que se acuerda.

— Sí, claro, aunque creo que no necesitaría acordarme de ti para saber que eres la madre de Nadia, y más habiéndote visto ahora por detrás, sois iguales.

— Imagino que también aparentamos la misma edad, ¿no? — bromeo.

— Por supuesto — sonríe simpática, pero diría que está un poco incómoda o que tiene vergüenza, no sé. Madre mía, la estoy cagando, Nadia va a odiarme después de esto.

— Bueno… — me acerco a ella y le doy dos besos para ver si le transmito algo de confianza — supongo que te preguntarás qué hago aquí.

— Sí, la verdad es que sí, aunque imagino que estarías buscando un fisio.

— Pues la verdad es que no — me río sutilmente — Nadia me dijo que esta clínica es tuya y estaba haciendo unos recados por aquí — miento — y he pensado en pasar a saludar, pero cuando ya estaba aquí dentro me he dicho a mí misma que pensarías que estoy loca y por eso me has pillado a punto de salir.

Me estoy poniendo nerviosa. Estoy siendo patética, lo sé.

Pero una cosa es pensar en algo y otra cosa muy diferente es ejecutarlo.

¿Había dicho que se pierde la vergüenza con los años?

Pues ya no lo tengo tan claro. Venía muy chula y echá p’alante yo porque por mi hija hago lo que sea necesario, pero ya me estoy haciendo caquita en los pantalones por si la estoy cagando, y nunca mejor dicho.

Sé que hubiera sido más correcto decirle a Nadia que vengan ella e Iris a comer un día, que sea ella la que se lo diga y no yo, pero sé que si lo hiciera así, me mandaría a la mierda con un “¿Tú estás loca? Ni de coña voy a invitarla a vuestra casa ya” o algo así.

Dicen que a las suegras nos gusta meternos en todo, ¿no? Pues que así sea. Aún no soy su suegra, pero por la felicidad de mi hija, espero serlo algún día.

— ¿Cómo voy a pensar que estás loca? Me alegro de volver a verte y de tu visita. ¿Tienes prisa?

— ¿Yo? Ninguna. ¿Por qué me lo preguntas?

— Si te esperas un momento, le doy la próxima cita al paciente que tengo dentro — señala hacia la puerta por la que ha salido — y te invito a un café. Tendrá que ser aquí y hasta que llegue el siguiente paciente, pero algo es algo — sonríe.

— Claro, me espero.

— Siéntate un momento — me señala el sofá que hay para la gente que espera — enseguida vuelvo.

— Estupendo.

Mientras espero, me paro a pensar en lo que me dijo mi hija.

Esta chica no tiene familia e imagino que todo esto se lo habrá montado ella desde cero, cosa que me parece que tiene mucho mérito.

Ojalá Nadia y ella terminen juntas y ojalá mi marido y yo podamos ser como una familia para ella.

Sé que nada ni nadie podrá ocupar el lugar de sus padres, pero solo con que se sienta arropada por nosotros si de verdad quiere a mi hija, yo ya sería feliz.

— Hasta luego — me dice el señor que sale de la sala a la que ha entrado Iris.

— Hasta luego.

— Pasa, Fátima.

Entro al mismo habitáculo y veo que hay una camilla, una lámpara de pie, una pantalla que me hace saber que tiene una cámara en la recepción y que por eso ha sabido que estaba ahí (menos mal que no ha dejado que llegue a irme, si no, hubiera quedado fatal), una mesa con un ordenador, una silla que es para ella y otra que queda enfrente y que debe de ser para el paciente al que esté atendiendo.

— Puedes sentarte ahí — me señala la silla de paciente — ¿quieres café solo?

— Sí, por favor.

— ¿Y de azúcar?

— Nada.

— Perfecto, ahora vuelvo.

— Gracias.

Unos minutos después vuelve con los dos cafés, vuelvo a darle las gracias en cuanto lo deja sobre la mesa, y se sienta en su silla.

— ¿Qué tal estás? ¿Ya estás mejor? Por lo de Conchi digo.

— Sí. Si te soy sincera, no lo he llevado tan mal como esperaba porque al final yo sabía que era una persona mayor y que en el momento menos esperado pasaría esto.

Y, además… — se remueve nerviosa en la silla — no debería rayarte con mis problemas, pero…

tengo que decirlo para poder expresarme bien; yo no tengo padres.

Y después de haber vivido la experiencia de perderlos a ellos, pocas cosas pueden existir que puedan dolerme tanto.

A lo mejor ahora va a parecer que no tengo corazón, y no es así, es que…

— No tienes que explicarte, Iris — la corto — Lo entiendo y lo siento. No quiero ni imaginarme lo que tiene que ser perder a los padres tan joven.

— Gracias.

— Supongo que te estarás dando cuenta de que no me impresiona mucho lo que acabas de decirme, pero es que ya lo sabía, me lo contó Nadia.

— ¿Te contó eso?

— Sí.

— Y… ¿puedo saber hasta qué punto te ha hablado de mí? — acaricia la taza de café como acto nervioso y sin mirarme.

— Creo que me ha hablado de todos los puntos.

Se le bloquea el dedo que estaba acariciando la taza y veo cómo le sube un intenso rubor a las mejillas.

Sé que ahora las cosas cambian para ella sabiendo que estoy enterada de todo, sabiendo que sé que se acuesta con mi hija, pero, me ha preguntado, ¿Y qué voy a hacer? ¿Mentirle? No, no pienso hacerlo.

— Iris — envuelvo su mano con la mía y se la aprieto — no te avergüences, que las relaciones entre personas son algo natural.

Y…no sé si te molesta que me lo haya dicho, pero quiero que sepas que fui yo la que la presionó a hablar, no te enfades con ella, por favor.

Y, ya puesta a ser sincera, en realidad he venido porque me gustaría invitarte a casa algún día.

Podéis venir cuando queráis y a lo que queráis.

A desayunar, a comer o a cenar, lo que prefiráis.

O simplemente a tomar un café o una cerveza.

Nadia no sabe nada de esto y es bastante probable que quiera matarme cuando se entere, pero es que sentía la necesidad de invitarte.

Levanta la vista y me mira a los ojos por fin. Yo suelto su mano porque no sé si puede estar sintiéndose incómoda y la devuelvo a mi café.

— Este fin de semana vamos a hacer una escapada ella y yo, pero podemos ir en otro momento.

— ¿Cuándo os vais? Me comentó que tienes un perrito, ¿quién se lo queda? ¿O va con vosotras?

— Nos vamos el sábado por la mañana, y se lo queda Marina, la amiga que estaba también en el tanatorio.

— Si quieres, yo puedo quedármelo. Pasáis por casa a dejarlo, desayunáis y os vais.

¿Qué te parece? — le pregunto con una sonrisa de oreja a oreja para ver si así le es imposible rechazar mi oferta — yo tengo libres los fines de semana, estará acompañado todo el tiempo hasta que volváis.

Y si le gusta salir a caminar, podemos hacer todos los kilómetros que quiera porque a mí me encanta.

— Te estás vendiendo muy bien — se ríe, ya relajada.

— Quedaría muy feo que me venda mal a mí misma.

— Venga, acepto — mira de reojo la pantalla que le da la imagen de la recepción y se incorpora un poco en la silla. Sobreentiendo que ha llegado el siguiente paciente.

— Recuerda que Nadia no sabe que he estado aquí, díselo con tacto para que no se enfade mucho conmigo — me río ahora yo — y que me diga sobre qué hora vais a venir.

— Descuida. Muchas gracias, Fátima — se levanta, yo hago lo mismo y se acerca a mí para darme dos besos.

— Gracias a ti por el café. Nos vemos el sábado.

— Hasta el sábado.