CAPÍTULO 39
Desde que le conté a mi madre lo de Iris, está bastante pesada.
Creo que, de momento, tendría que habérmelo callado.
Ella sabe perfectamente lo mal que lo pasé la última vez que estuve enamorada y me parece que ahora se está preocupando de más, así que me he visto en la obligación de venir a su casa a afirmarle personalmente que entre Iris y yo está todo bien.
— Hola, cariño — me da un beso en la mejilla en cuanto intento entrar en su casa.
— Hola, mamá — le doy yo otro — huele de maravilla.
— No te enrolles, que papá está a punto de llegar — me coge de la muñeca y tira de mí para arrastrarme hasta la cocina.
— ¡Pero si solo he dicho que huele bien!
— Venga, desembucha, pajarito — hace un gesto con las manos como si quisiera sacarme rápido las palabras.
— Hablamos en cuanto llegamos a su casa y lo arreglamos.
— ¿Pero ella también está enamorada de ti?
— Yo en ningún momento te he dicho que estoy enamorada de ella.
— Me lo diste a entender y te lo huelo desde aquí — se da dos golpecitos con el dedo índice en la punta de la nariz — huele más lo que sientes que lo que acabo de preparar para comer.
— No líes las cosas. Yo siento cosas por ella y ella por mí. Punto. No le hemos puesto nombre a nada.
— No quiero verte sufrir otra vez, Nadia — me coge ambas mejillas con las manos y me mira fijamente a los ojos — ¿Estás segura de que ella también siente algo? Espero que no te quiera solo para pasarlo bien.
— Según ella, sí, pero vas a conseguir que me entren dudas si me haces ese tipo de preguntas.
— Perdona…es que…no puedo evitar preocuparme.
— Mamá, no puedo pasarme la vida sin tener sentimientos por nadie. Ojalá pudiera, te aseguro que me encantaría no volver a pasarlo mal, pero…no puedo controlar el enamorarme o no de alguien.
— Lo sé. Y yo no quiero que pases la vida sin enamorarte, cariño. Lo que más quiero en este mundo es que alguien te quiera como te mereces y que te haga feliz, pero hasta que llegue ese momento, yo no podré evitar sufrir.
— Iris también lo ha pasado mal. Tenía una relación muy tóxica, su novia la insultaba constantemente, yo misma lo presencié. Y ella es buena persona, dudo mucho que entre sus planes esté hacerme daño.
— Tampoco estoy insinuando que quiera hacerte daño a propósito, es solo que… — parece que duda si decir lo que está pensando — las jóvenes de hoy en día sois muy de ir de flor en flor y solo espero que no te quiera para eso mientras tú te ilusionas, y que después te dé una patada en el culo.
— Mamá — le cojo la mano y le doy un beso en el dorso — estate tranquila, por favor, estaré bien.
Ella me mira con el amor con el que solo una madre puede mirarte, pero al mismo tiempo veo miedo en sus ojos.
Si soy sincera, yo también lo sigo teniendo, no es que se me haya pasado, simplemente intento ignorarlo y pensar que todo va a salir bien.
No puedo dejar que ese pánico se apodere de mí y que no me deje avanzar en la vida.
Y mucho menos pienso transmitírselo a mi madre ahora que he comprobado que está bastante paranoica con el tema.
— ¿Y quienes son sus padres? A ver si los conozco, que por la gestoría pasa mucha gente.
— No tiene padres.
— ¿Perdona? — me pregunta con los ojos como platos.
— Estuvieron años intentando tener un hijo, pero no lo conseguían, les hicieron pruebas y les dijeron que su madre era estéril.
E inexplicablemente, a los cuarenta y cuatro años se quedó embarazada.
Su padre tenía nueve años más que su madre, cincuenta y tres.
Su madre se llamaba Lupe Gutiérrez y murió a los sesenta y pico, de cáncer.
Y su padre se llamaba Vicente Villar y falleció el año pasado, a los ochenta y pocos.
Y el domingo le tocó a la señora a la que quería como si fuese su abuela.
Menos mal que me enteré y pude estar con ella, si no, me hubiera odiado siempre a mí misma.
— Me has dejado de piedra, Nadia. Esa chica está sola.
— De alguna manera, sí. Tiene que ser horrible no tener padres siendo tan joven y está claro que nada ni nadie los sustituye, pero, por suerte tiene a unas amigas que me está quedando claro que la quieren y la cuidan todo lo que pueden.
Y…yo no sé si acabaremos juntas, pero si es así, me encargaré de que no se sienta nunca sola y de hacer todo lo posible por que sea feliz.
— Qué bonito, hija — sonríe, pero es una mezcla de felicidad y tristeza, y puedo ver cómo le brillan los ojos porque se le están humedeciendo — es que eres un amor. Espero que sepa aprovechar lo que tiene delante.
Oigo cómo se cierra la puerta de casa, así que no añado nada más porque es mi padre.
Lo quiero mucho, pero prefiero no hablarle de Iris aún.
Si con mi madre tengo más confianza en ese aspecto, y aun así, si no fuese porque tuvo que acompañarme al tanatorio, tampoco le hubiera contado nada porque le hubiera ahorrado el sufrimiento.
Y seguro que más de una estaréis pensando que podría haberle mentido.
Y sí, podría haberlo hecho, pero jamás lo haré.
— ¡Anda! ¡Pero si tenemos aquí a la morenita más guapa! — exclama contento en cuanto me ve, y viene a abrazarme.
— ¿Cómo has dicho? — interviene mi madre fingiendo celos.
— Lo siento, pero es mi niña…
— ¡A mí también me decías “mi niña” cuando me conociste!
— Pero después te sustituyó ella.
— ¿Y si lo dejamos en “las morenitas más guapas”? — propongo yo para ver si finaliza la discusión porque si se ponen tontos los dos, se hará eterna.
— No es mala idea — me da la razón mi padre — ¿Y tú qué tal? ¿A qué se debe tu grata visita? — me pregunta mientras se acerca a darle un beso a mi madre.
— Desde mi casa estaba oliendo eso tan rico que ha preparado mamá y me he visto obligada a venir.
— ¡Lo mismo me ha pasado a mí! Pero yo lo he olido desde el trabajo — nos reímos y, como si de una rutina diaria se tratase y sin haberlo acordado antes, nos ponemos a sacar cubiertos, vasos, servilletas y la sal.
La sal es necesaria en la mesa porque mi padre necesita dosis extra siempre.
Suerte tiene de no sufrir de hipertensión arterial. De momento.
— ¡Oye! ¡Tú sí o sí tenías que volver a casa! Independientemente del olor — le recrimina mi madre.
— Podría ser de esos que se van a comprar un paquete de tabaco y no vuelven.
— ¡Si no fumas!
— Nunca es tarde para empezar. Siempre hay que tener nuevos objetivos en la vida — bromea.
Me río. Es que tengo que reírme porque están tontos.
Y les envidio. Daría lo que fuera por tener una relación tan sana y divertida como la que tienen ellos.
Sé que muchos matrimonios que llevan toda la vida juntos, siguen estándolo por comodidad o por el “qué dirán” si se divorcian, pero ellos no.
Ellos se quieren bonito, se cuidan, se chinchan, se respetan y se lo pasan bien juntos.
— Te veo…diferente — me dice mi padre cuando ya estamos sentados a la mesa.
— ¿A mí? — le pregunto y me señalo, como si hubieran muchas más personas a las que pudiera estar diciéndoselo.
— Sí.
— ¿Diferente en qué sentido?
— No sé…tienes buena cara.
— ¿Eso quiere decir que las anteriores veces que he venido tenía mala cara?
— No, no. Es que…no sé cómo explicártelo, pero te veo mejor.
— Pues menos mal que ya no tienes que enseñarme a sumar, porque si me lo explicases de la misma manera…estaría jodida.
— ¡Esa boca! — me grita mi madre por el taco que acabo de soltar, que no se le escapa ni uno, pero al mismo tiempo se ríe por lo que acabo de decir.
— Bueno, ¿y cómo te va en la clínica? — se interesa mi padre, ignorando que le he dicho que se explica muy mal, aunque agradezco que cambie de tema porque así no tengo que decirle quién es la causante de mi buena cara.
— Muy bien. Estoy muy a gusto y tengo muy buena relación con mi jefa, así que no puedo pedir más.
— Pero… ¿buena relación hasta qué punto? — sonríe de medio lado.
— No, papá, no vayas por ahí — lo amenazo con el dedo — solo es mi jefa y, si me estiras, quizás puedo considerar que es amiga, pero tampoco es que sea una persona con la que quedo habitualmente para tomar algo fuera de la clínica.
— ¿Y tú de qué te ríes? — le pregunta a mi madre que, en realidad, solo está sonriendo, pero solo hace falta tener ojos para poder ver que algo le hace gracia — ¿me estáis ocultando algo?
— Nada, simplemente me ha parecido cómico que te dé por pensar mal al decirte que tiene buena relación con ella.
— “Piensa mal y acertarás”. ¿No dicen eso?
— Eso dicen — le contesto yo — pero en este caso no es como tú piensas.
— Pues qué pena…pensaba que era ella la causante de tu buena cara.
— No, no lo es. Simplemente soy feliz porque me va bien. Tengo el trabajo de mis sueños y cerquita de casa. ¿Qué más puedo pedir?
— Tener eso hoy en día ya es mucho, así que…sí, puedes estar feliz por ello. Y yo estoy muy orgulloso de ti, eso que no se te olvide nunca — me pellizca la mejilla con cariño, como si fuese una niña. En realidad, creo que para él siempre lo seré.
Nos levantamos los tres para recoger la mesa porque en esta casa comemos como si fuese una carrera a contrarreloj.
— ¿Queréis café? — nos pregunta mi madre.
— Yo necesito cerrar los ojos diez minutos en el sofá.
— Eso lo hacen los viejos, papá — me río de él.
— Es que ya voy entrando en edad, ¿o te crees que voy a ser joven eternamente como Peter Pan?
— Ojalá pudieras — le doy un beso en la mejilla, él sonríe y se va al salón — yo sí que quiero café.
— ¿No piensas decírselo? — me pregunta mi madre cuando mi padre ya ha desaparecido de la cocina.
— ¿Lo de Iris?
— Sí, claro.
— De momento lo veo innecesario, ya se lo diré cuando sea algo más estable, si es que lo es en algún momento.
— Sabes que él es de mente positiva, se alegraría mucho si se lo dices, no le daría por preocuparse como me ha pasado a mí.
— Lo sé, pero…es muy pronto y yo no sé lo que va a pasar, prefiero no crearle ilusiones, no vaya a ser que después tenga que quitárselas.
— ¿Por qué te veo tan insegura ahora? — me acaricia el brazo y me mira con cierto miedo.
— No es que esté insegura, es que no somos pareja oficialmente, entonces no sé lo que puede pasar.
Yo estoy completamente segura de lo que siento y, por lo que me dijo ella, siente lo mismo, pero no sé si estamos exactamente en el mismo nivel.
Ella hace relativamente poco tiempo que salió de una relación, yo no.
— ¿Y aún estaba con ella cuando vosotras empezasteis a…?
— No, justo la dejó la noche que nos conocimos.
— ¿Por ti? — me pregunta sorprendida.
— No, no. Hacía tiempo que no estaba bien con ella, y esa noche ni siquiera nos dijimos nuestros nombres, así que yo no tuve nada que ver.
Aunque tengo que decirte que se quedó prendada de estos intensos ojos negros que me regalaste — le digo con orgullo y le sonrío para ver si consigo quitarle hierro al asunto y deja de preocuparse tanto.
— Pues espero que a estas alturas ya esté prendada de todo de ti.
— Ya somos dos.