CAPÍTULO 38
— ¿Y bien? — me pregunta Julia en cuanto entro a la clínica. Está con el culo apoyado en la mesa veterinaria y con los brazos cruzados, seguro que esperando a que le cuente al detalle cómo están las cosas con Iris.
— ¿Bien qué? — disimulo.
— Conmigo no te hagas la tonta, ¿eh? Espero que hayáis tenido un buen polvazo de reconciliación y que haya valido la pena que haya ido de culo esta mañana, si no, no sé qué hago contigo.
— Nos hemos reconciliado, sí.
— ¿Con polvo o sin polvo? — insiste. Sé que no va a parar hasta que confiese, pero me apetece hacerla sufrir un poco.
— Pues ahora que lo dices, sí que había un poco de polvo en una cosa que he usado para transportar el desayuno a su cama. ¿Te puedes creer que no tiene ni una puñetera bandeja en casa?
— ¡Con una bandeja te daría yo a ti en la cabeza! — da un par de pasos hacia mí, ya un poco desesperada — ¿Habéis follado o no?
— ¿Por qué tanto interés en si lo hemos hecho?
— Pues, hombre, porque vuestro celibato se ha hecho más largo que la cuaresma y cuando por fin os decidisteis a abrir las piernas, vas y sales corriendo.
— ¡Hostia! Aquí no se pueden tener secretos, ¿eh? ¿Dónde me he metido yo?
— ¡Nadia!
— ¿Qué?
— ¡Que me contestes!
— ¡Vale, jefa! Sí, hemos echado un buen polvazo de reconciliación, como dices tú.
— ¡Ay! — da un gritito de alegría y me abraza — pero…espero que no hayáis terminado mal otra vez — me amenaza con el dedo.
— No, tranquila, está todo bien.
— Por cierto, ¿tú sabes que Iris no tiene ni padres, ni abuelos, ni hermanos? — me pregunta ya relajadita mientras empieza a preparar los cafés rutinarios.
— Sí, hemos pasado muchísimas horas hablando por WhatsApp, ahora mismo es como si la conociera desde hace años. ¿Por qué me lo preguntas?
— Porque tú antes has preguntado dónde te has metido, y yo te contesto ahora: Marina y yo, para ella, somos lo más parecido a una familia.
Supongo que no nos lo cuenta absolutamente todo, estoy segura de que, por ejemplo, no me especificará en qué postura lo habéis hecho, pero vamos, que básicamente somos su apoyo en la riqueza y en la pobreza, y en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.
Aunque… — se rasca la barbilla, mira al techo y vuelve a la realidad para entregarme mi café — estoy pensando que si tuviera padres, no creo que les contase algo así a ellos.
— Por primera y principal, te diré que no necesitaba explicación, sois sus amigas y me parece normal y bien que os cuente lo que quiera.
Aunque en esta situación no es muy guay porque su amiga casualmente es mi jefa, pero acepto.
Y, por segunda, te diré que no dudes de la capacidad de los padres.
Mira, mi madre y tú sois iguales, tenéis la misma capacidad y poca vergüenza para sacar la información que os viene en gana.
Y, no sé cómo lo hizo, pero acabó sacándome qué había pasado con Iris.
— ¿No me digas que tu madre sabe que eres una escapista? — me pregunta con los ojos muy abiertos.
— Sí, lo sabe.
— Fiiiu — silba — qué madre más moderna si encima fue ella la que hizo por sacarte la información.
— Mi madre me tuvo a los diecinueve años sin estar casada, fue el tema principal de conversación en el barrio, y más siendo hija de “moros”.
No me buscaban en aquel momento, fui fruto de una noche de dejarse llevar y no usar protección, pero cuando mis padres se enteraron de que estaba en camino, fue una alegría inmensa para ellos.
Se fueron a vivir juntos, se la sudó lo que hablaba y opinaba la gente, y cuando les dio la gana, se casaron.
Así que, sí, son modernos. Y, además, cuando lo pasé tan mal con mi desamor, mi madre fue un gran apoyo para mí, no sé qué hubiera hecho si no la hubiera tenido a ella.
En ese momento fue cuando empecé a normalizar el contarle cosas así y cuando me di cuenta de que aparte de mi madre, también es mi amiga.
No es que le cuente absolutamente todo lo que hago, pero es la persona en la que más confío, así que si ella me pregunta, le contesto a lo que sea.
— ¿Ella también salió corriendo cuando echó ese polvo con tu padre? — se ríe — ¿Es algo que has heredado de ella?
— Estáis muy pesaditas con ese tema, ¿eh?
— Pues siento decirte que creo que te lo recordaré toda la vida — y se ríe la muy cabrona.
***
Justo después de cambiarme para salir del trabajo, miro el móvil y tengo un selfie de Iris y Toby. Sonrío automáticamente y noto un pinchazo en el corazón. Un pinchazo de los buenos, por supuesto. Hace unas horas que me he despedido de ellos y ya quiero estar en su casa otra vez. Le escribo:
— Estáis guapísimos. ¿Sabes que voy a echaros de menos esta noche?
— No vas a echarnos de menos.
— ¿Cómo que no? Ya te digo yo que sí.
Inevitablemente, me jode un poquito su respuesta porque parece una forma de evitar decirme que a ella no le va a molestar demasiado que durmamos separadas esta noche, pero acepto.
Sé que yo soy intensa y cariñosa en exceso y que seguramente por eso se me va a hacer raro dormir sin ella, pero entiendo que a ella no le pase exactamente lo mismo.
Es muy probable que necesite su espacio, como la mayoría de la gente.
Pero, aunque así sea, yo no me arrepiento de haberle dicho que la voy a echar de menos porque es la verdad.
Me guardo el móvil en la mochila pensando que, sea lo que sea lo que va a responderme, ya lo veré y le contestaré cuando llegue a casa. Pero, en cuanto salgo por la puerta de la clínica, tengo a mis dos preciosuras esperándome.
— ¿Te apetece dar un paseo con nosotros? — me pregunta Iris con una sonrisa radiante.
— ¿Con vosotros? Ni de coña — bromeo mientras me agacho a saludar a Toby, que mueve la colita y el cuerpo al completo a una velocidad inalcanzable.
Me yergo y dudo qué hacer. ¿Cómo la saludo a ella?
¿Le doy un beso? ¿O eso queda muy de pareja?
¿En la calle haremos como si fuésemos simples amigas y en casa lo que nos dé la gana?
¿O puedo hacer lo que me nace, que es darle un beso?
Mierda. Me rasco detrás de la oreja como acto nervioso porque juro que no sé qué hacer.
Ella se ríe; tiene que saber que no sé cómo actuar, pero no se mueve.
¿Le estará pasando lo mismo? ¿O es que tiene claro que ella en público de momento no quiere que tengamos ningún acto cariñoso?
¿O es que está disfrutando de verme insegura?
— ¿A dónde queréis ir? — pregunto para romper el hielo y porque si sigo haciéndome mil preguntas, me va a salir humo de la cabeza.
— ¿Qué te parece si paseamos hacia la plaza y picamos algo por allí? ¿Tienes hambre?
— Hambre y sed. Me muero por una cerveza fresquita.
— Entonces vamos a por esa rubia.
— Si te soy sincera, hay otra que me apetece más — sonrío pícara.
— Pues si yo te soy sincera, que sepas que a esa otra rubia no puedes bebértela en la plaza.
— En la plaza no, pero después en otro sitio sí.
— ¿Qué te parece, Toby? Esta chica quiere hacerle cochinadas a tu madre — le pregunta al perro, y él sigue andando, pero levanta la cabeza para mirarla como si se la sudara completamente lo que le está diciendo.
— Toby, me parece que tu madre también quiere hacerle cochinadas a esta chica.
¿Tú qué opinas? — ahora me mira a mí con exactamente la misma cara de poco interés, como si hubiera oído antes lo de “picar algo” y su único objetivo fuese llegar al bar a ver si con un poco de suerte se nos cae algo del plato, y su único propósito, pasar completamente de nosotras.
Nos miramos Iris y yo y sonreímos. Ella se acerca a mí hasta que su brazo roza el mío al caminar, y yo, al sentir ese tacto, siento que se tambalean mis piernas.
— No me has dado ni un beso. ¿Tan poco te alegras de verme? — bromea, supongo, para que le diga lo que quiere escuchar, que es lo que realmente pienso.
— No sé si puedo hacerlo — me acerco a ella sin dejar de caminar y la cojo de la cintura — ¿Me das permiso?
— Tienes permiso para hacer conmigo lo que quieras.
— Eso suena demasiado bien — sonrío a lo grande porque un hemisferio de mi cabeza está pensando en cosas sexuales, no lo voy a negar, pero el otro está pensando en cualquier actividad que implique pasar tiempo con ella.
¿Ir a pasear y a picar algo ahora? Bien.
¿Ir de compras? Bien. ¿Dormir juntas? Bien.
¿Simplemente mirar el techo? Bien también.
Mientras ella esté a mi lado, todo bien. Y si puedo estar acariciándola, mejor.
Me giro hacia ella y paro, haciéndola parar a ella también. Llevo mi mano a su mejilla, a la opuesta a mí y la hago girarse. Le doy un beso suave en los labios, que me sabe mejor que cualquier cosa que pueda comerme ahora en el bar, y acerco mi boca a su oído.
— Me alegro de verte, quizás, más de lo que debería — le digo en respuesta a su pregunta, que se había quedado en el aire.
Ella sonríe y reanudamos el paso. Yo no la suelto, sigo cogida a su cintura y así pienso seguir mientras ella no me pida que aparte mi mano de ahí.
Llegamos al bar y nos sentamos en la terraza. Si fuese por mí, nos sentaríamos dentro y justo debajo del aire acondicionado, pero está Toby, y si tengo que pasar calor por él, lo pasaré.
Pedimos dos cervezas que nos las sirven con la copa congelada. Mano de santo para el calor y para las papilas gustativas. Y unas bravas, unas croquetas y unas lagrimitas de pollo que tenemos que dejar enfriar un tiempo prudencial.
— En general, ¿eres más de tapas o de plato con su guarnición? — me pregunta.
— Depende de la ocasión. En una como esta que ha sido así sin pensar, me van bien las tapas, pero, el día que me invites a cenar en un buen restaurante y tenga que ponerme guapa, prefiero un plato con su guarnición y su vinito.
— ¡Ah! ¿Tengo que invitarte yo?
— Por supuesto.
— ¿Y eso por qué?
— Porque así lo he decidido — me río, y ella niega con la cabeza con un “tienes la cara muy dura” escrito en la frente.
— Pues entonces quiero que reserves todo el finde exclusivamente para mí.
— Espera…si quiero que me invites a cenar, ¿tengo que soportarte todo el fin de semana? — bromeo.
— Exacto.
— ¿Y por qué infierno vas a hacerme pasar? ¿Qué tienes pensado?
— Pues mira, había pensado en hacerte una sesión de masaje descontracturante, en obligarte a comer cebolla cruda y en liarme con alguien delante de ti. ¿Qué te parece?
— Cabrona… — me río porque sé que no va en serio, pero ambas sabemos que ha sabido elegir muy bien tres cosas que realmente serían un infierno para mí.
— Entonces, ¿adjudicado? — me dice satisfecha de saber que ha dado en el clavo.
— Claro que sí. Me muero por besarte después de liarte con esa alguien y justo después de haberme comido esa cebolla cruda.
— Perfecto, pues mañana reservo.
— Y no vas a decirme cuál es el plan, ¿no?
— No.