Un beso de los tuyos CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

— ¡Iris! — grito para asegurarme de que me oiga.

— ¿Sí? — y abre el grifo de la ducha.

Me levanto de la cama, me dirijo al baño, miro hacia la ducha y tampoco está.

De repente, la noto pegada a mí por detrás.

Tenía que estar escondida detrás de la puerta.

Me empuja con su propio cuerpo hacia la ducha, que es de las que no tienen plato, sino que el suelo es de hormigón.

Puede empujarme todo lo que quiera y sin ningún cuidado porque mis pies no tropezarán con nada.

— Oye, estoy vestida — la aviso porque el agua cae como una lluvia desde el cabezal superior y parece que ella no piensa poner el freno.

— Así podrás decir que estás completamente mojada — me dice al oído y se ríe descaradamente.

— Tonta — y me río yo también.

Justo antes de llegar debajo del agua, pone las manos en mi cintura para pararme.

Me besa entre el hombro y el cuello mientras va subiendo lentamente sus manos por mi abdomen hasta coger mis pechos con las palmas de ambas manos y apretarme contra ella.

Me suelta el derecho y desciende acariciando mi piel hasta pararse justo al meter la mano por dentro de mis bragas.

— ¿Cómo están las cosas por aquí abajo? — me pregunta al oído, capturando el lóbulo de mi oreja con sus labios.

— Calentitas. Muy calentitas — le respondo con voz grave debido a mi estado de excitación.

— ¿Y qué necesitas?

No le contesto con palabras, sino con actos: le cojo el brazo y hago que su mano descienda hasta encontrar mis pliegues.

— Me encanta la temperatura que tienes — me dice mientras los recorre con uno de sus dedos.

Saca la mano, me quita la camiseta, y ahora puedo notar sus pezones en mi espalda.

Me baja las bragas hasta pasar la curva de mis caderas y las deja caer al suelo, mojándose automáticamente con el agua de la ducha.

Vuelve a empujarme con su propio cuerpo hasta que quedamos debajo de esas gotas de agua que caen sin cesar, y lleva su mano otra vez a ese lugar que había abandonado.

— Separa las piernas — me pide, y yo obedezco al instante. Estoy deseando recibirla con todas mis fuerzas. Entra con dos dedos, sin preguntar y sin piedad. Yo gimo al sentir esa penetración — por aquí dentro las cosas están más calentitas.

— No me cabía ninguna duda…

Empieza a entrar y salir, ahora con delicadeza. Yo hace tanto rato que estoy cachonda, que ahora creo que me vendría mejor que sea salvaje conmigo, pero es bastante fácil que lo esté haciendo para desquiciarme un poquito más. Y no la culpo; lo tengo merecido.

Saca los dedos de dentro de mí y vuelve a empujarme con su cuerpo, sacándome de debajo de esa lluvia, pero esta vez me da media vuelta, haciendo que apoye mi espalda en la pared.

Me levanta una pierna y dobla el codo, haciendo que apoye la parte trasera de mi rodilla con la parte delantera de su codo, quedándome abierta para ella.

— ¿Quieres correrte?

— Sí, por favor.

Y me penetra de nuevo, pero esta vez me enviste sin ninguna delicadeza, tal y como necesitaba.

Yo la abrazo por el cuello para tener un punto más de apoyo y porque la necesito cerca.

Mi zona interna abraza a sus dedos porque tal y como me está penetrando, está creando un roce que me está volviendo loca y que está consiguiendo que se acerque mi orgasmo.

Nunca nadie había conseguido que me corriera estimulándome solo por dentro, pero veo que ha llegado el momento.

La abrazo más fuerte mientras ella besa mi cuello y yo jadeo sin control, echo mi cabeza hacia atrás, deslizándola por la pared, y me corro de una forma completamente nueva para mí, estrangulando sus dedos sin piedad y sintiendo ese inmenso placer recorrer todo mi cuerpo.

Ella sale de mí, me suelta la pierna y me abraza por la cintura, asegurándose de que no me caiga si me fallan las fuerzas.

Yo ahora me siento débil, como si de repente me hubieran quitado la batería, pero el sentir su cuerpo desnudo pegado al mío, me va recargando a una velocidad de quinientos voltios.

Ahora soy yo la que la empuja a ella hasta que nos coloco debajo del agua.

Seguimos abrazadas, nos miramos y nos sonreímos.

Las gotas caen entre nosotras y sobre nuestros cuerpos y yo ahora deseo no salir de esta ducha, estar siempre así con ella.

Y, en algún otro momento de mi vida podría haber deseado ser alguna de esas gotas para poder recorrer su cuerpo de la misma manera, pero esas gotas desaparecen por el desagüe, y yo no.

Yo puedo recorrer su cuerpo una y otra vez mientras siga viva y ella quiera, así que pienso aprovechar cada momento a su lado, y eso es precisamente lo que voy a hacer.

La beso despacio, con todo el cariño que me sale desde lo más profundo de mi ser.

Recorro su espalda con mis uñas, pero con suavidad, hasta llegar a sus glúteos.

Noto cómo los tensa porque le estoy haciendo cosquillas, y las dos sonreímos, pero sin cortar ese beso.

Ella lleva sus manos a mis glúteos y me aprieta contra ella, y es entonces cuando cambiamos gradualmente de intensidad y empezamos a devorarnos con la lengua.

Se separa de mi boca y me mira a los ojos, y podría decir que ahora ella los tiene tan negros como los míos. Juro que no puedo explicar con palabras cuánto me gusta, me pone, me altera todos los sentidos y me despierta todos los sentimientos que son posibles.

Me besa el cuello usando la lengua todo lo que le es posible, desciende por mi clavícula y llega a mi pezón derecho, que estaba ansioso por esconderse en la oscuridad de su boca.

Lo pilla con los dientes, y ahora es cuando mis uñas sí que penetran en su piel, pero hago un esfuerzo por no llegar a hacerle daño.

Siento su mano entre mis piernas, y ahora, sin que ella llegue a pedírmelo, las separo por inercia para facilitarle cualquier tarea que desee llevar a cabo. Soy toda suya, puede hacer conmigo lo que le venga en gana.

Ella se yergue otra vez y vuelve a mirarme a los ojos mientras me acaricia el clítoris.

Yo llevo mi mano al suyo y hago lo mismo.

Veo cómo cierra los ojos para disfrutar y sentir mi dedo acariciándoselo y a mí me encanta ver su cara de gusto y saber que soy yo la que le está produciendo esa sensación.

Nos besamos, bailamos con nuestras lenguas pegadas igual que hemos bailado canciones con nuestros cuerpos pegados. Deseo que compartamos muchas canciones más, muchos besos más y todos estos sentimientos que despierta en mí y a los que me estoy volviendo adicta.

— Me encantas, Nadia — consigue pronunciar sin despegar nuestras bocas del todo y mientras nos estimulamos mutuamente.

— No más que tú a mí.

Ya no volvemos a sellar una boca con la otra porque estamos en un punto en el que nos va subiendo el nivel de placer.

Cada segundo que pasa, nuestro orgasmo está más cerca, nuestra sangre se concentra más en ese punto que estamos estimulando y nuestra necesidad de expresarlo es más grande.

Jadeamos sin cortarnos. A mí me pone más si la escucho y estoy segura de que a ella le pasa lo mismo conmigo, así que elegimos libertad de expresión.

La aprieto contra mí con todas mis fuerzas porque ya no aguanto más, el orgasmo me golpea entre las piernas y se expande a cada molécula de mi cuerpo dejándome casi sin fuerzas justo después de estallar, pero hago un esfuerzo por no decaer porque a ella aún no le ha llegado, aunque sé que se está acercando.

Separa su mano de mí mientras mis espasmos hacen su función, me abraza y hunde su cabeza en mi cuello, apretándome tal y como yo he hecho con ella, y se deja llevar, disfrutando de su orgasmo seguramente tanto como yo he disfrutado con el mío.

Nos quedamos abrazadas un ratito, mientras el agua aún resbala por nuestros cuerpos.

Yo siento que estoy justo en el lugar y en el momento en el que quiero estar y, si no fuera porque no me gusta derrochar agua (aunque tengo que reconocer que lo estamos haciendo), me quedaría aquí el resto de la mañana.

Paramos el grifo y nos enjabonamos el cuerpo una a la otra sin prisas, con caricias, contemplando nuestros cuerpos desnudos. Para mí el suyo es perfecto, la cosa más bonita que pueden ver mis ojos, y lo que mis manos quieren tocar y mis labios besar.

Salimos de la ducha, nos secamos y nos vestimos.

— Con lo que nos hemos mojado…imagino que ya no necesitas un suerito para la deshidratación, ¿no?

— Ahora ya estoy de maravilla — sonríe y me da un dulce beso en los labios que, aunque hoy no hayamos parado de darnos cariño desde que nos hemos levantado, a mí no me sobra, sino que me llena aún más — pero me debes una cosa.

— ¿Qué cosa?

— La canción.

— Ven — estiro el brazo para que me dé la mano y la llevo hasta los altavoces — tu móvil — le hago un gesto para que me lo dé ya que el suyo se conecta automáticamente.

Elijo “Entra en mi vida”, de Sin Bandera. Le pongo los brazos envolviéndome por el cuello y yo hago lo mismo con ella, pero por la cintura. Pego mi mejilla a la suya y bailamos al ritmo lento de la canción.

Cuando me vio por primera vez en la clínica y quiso invitarme a una cerveza, me negué porque me gustó tanto físicamente cuando la conocí, que ya me entró el pánico.

Después, sin querer, coincidí con ella en varias ocasiones por culpa de Julia.

Una parte de mí quería matarla por ponerme en esas situaciones, pero la otra parte de mí no podía negar que le encantaba ver a Iris.

Y ese pique que nos traíamos. Cuando después lo recordaba en mi casa, sonreía como una tonta, y nadie más provocaba algo así en mí.

Poco a poco pasé de pensar que debía hacer lo posible por no volver a verla a pensar que necesitaba verla.

Y cuando perdí el control, cuando no pude evitar hacerla mía, fue cuando se me fue completamente la olla y reaccioné de una manera que no tendría que haber reaccionado.

Pero aquí estamos ahora, con algunos sentimientos confesados, con unas mariposas volando libremente por mi interior y una canción que siempre me había parecido bonita y que nunca pensé que podría decir que encaja a la perfección con lo que he vivido.

Me ha costado abrirle la puerta a Iris, pero ahora quiero que la cierre y que se quede dentro. Conmigo.