CAPÍTULO 36
— Podrías disimular un poquito, ¿no? — le pregunto al ver cómo se le ha desviado la mirada hacia mis pezones en reiteradas ocasiones.
Me he quitado el sujetador de espaldas a ella y me he puesto la camiseta otra vez, pero se me marcan claramente, no parecen tener ninguna intención de pasar desapercibidos.
— ¿El qué?
Me miro los pezones y la miro a ella, para responderle sin hablar.
— No sé de qué me estás hablando.
— ¿Eso forma parte de tu disimulo?
— Exacto.
Me río, y ella se mantiene seria, metiéndose de lleno en el papel de persona que no sabe a qué me refiero.
— Estás mejor que ayer por lo que veo.
— La verdad es que sí, y eso es gracias a ti.
— ¿Me estás haciendo la pelota para que después te deje verlos al descubierto?
— No creo que necesite hacerte la pelota para conseguir eso — alardea.
— ¿Sabes cuántas veces me has dicho que soy una engreída? ¿Y ahora tú qué?
— Pues ahora somos dos engreídas — se ríe y se le cae un trocito de pan con tomate, y es entonces cuando me río yo también — y siento decirte que la culpa es tuya por haberme dicho lo que sientes — añade mientras recoge ese trocito de encima de su pierna, que es donde se le ha caído ya que está sentada a modo indio.
Veo que va a coger la servilleta para limpiarse, pero me adelanto yo y se lo limpio con la lengua.
Levanto la vista sin incorporarme aún del todo y veo que se ha quedado congelada con la tostada en la mano, así que sonrío.
Pero me doy cuenta de que su cabeza no está ideando nada bueno en cuanto veo que ella también sonríe, pero de manera diabólica.
Y no me equivoco: pellizca un poco de tomate con los dedos y se lo pone en la ingle. Yo sigo con la cara cerca de su pierna y mirando hacia arriba, hacia sus ojos, pero escondo mi sonrisa y me pongo seria para hacerla dudar, y lo consigo.
— Perdona, no me he parado a pensar que quizás aún no quieres llegar a esa zona con la…
No la dejo terminar, no le da tiempo a decir “boca” porque pierde la capacidad de hablar en cuanto le paso la lengua lentamente por la ingle.
— ¿Decías algo? — le pregunto incorporándome un poco y mirándola a los ojos otra vez.
— ¿Quién? ¿Yo? No — coge otro pellizco de tomate y se lo pone en la otra ingle. Yo ahora sí que sonrío, y vuelvo a lamerla. La miro otra vez y veo cómo deja la tostada en el plato.
— ¿No tienes más hambre?
— Me está entrando muchísima.
— ¿Y por qué dejas la tostada?
— Porque no es eso lo que quiero comerme.
— ¿Y el donut?
— Eso puede esperar.
Se levanta, coge la bandeja, la deja sobre la cómoda y a mí se me acelera el corazón porque sé lo que viene ahora. Pero, para mi sorpresa, no viene hacia mí, sino que sale de la habitación.
— ¿Dónde has ido? — le pregunto en cuanto vuelve. Yo estoy tumbada de lado en la cama y con el codo apoyado.
— A cerrar la puerta de casa con llave para que no puedas escapar después.
— Espero que estés de broma — me río porque no creo que sea capaz de hacer eso.
— No lo estoy — me empuja para que caiga tumbada bocarriba — lo siento, pero no puedes lamerme una zona tan peligrosa y no terminar lo que has empezado.
— No entraba en mis planes no terminar lo que he empezado, aunque sí que pretendía dejarte terminar de desayunar.
— Esto es más urgente — se pone a horcajadas sobre mí y solo con ese acto ya puedo notar cómo me va subiendo la temperatura.
— ¿Es de vida o muerte? — le sigo el juego.
— Sí. Podría sufrir una deshidratación severa si no pones remedio.
— ¿Y por dónde estás perdiendo líquido?
— Por aquí — me introduce una mano por dentro de sus bragas y yo pierdo completamente la razón al notar esa humedad caliente entre sus piernas.
— Sí que es grave… — cierro los ojos y me muerdo el labio inferior mientras recorro sus pliegues con mi dedo corazón — voy a tener que taponar ese orificio para que no pierdas más líquido.
— Haz lo que creas conveniente para salvarme, confío en tu criterio. Ha llegado a mis oídos que eres una veterinaria muy cualificada.
— Sí, y tengo un máster en perezosos — le digo refiriéndome a cuando la he despertado, y nos reímos.
Saco la mano de sus bragas e intercambio los papeles: la tumbo a ella en la cama y me pongo encima, pero entre sus piernas.
La miro fijamente a los ojos porque, aunque no se lo he dicho nunca, me encantan, porque tiene un color grisáceo que no había visto en mi vida.
— Tienes unos ojos preciosos.
— No hay ningunos como los tuyos, te lo aseguro. Porque no son solo los ojos, es tu manera de mirarme.
— Pero solo te miro a ti así — le digo justo antes de cazar el lóbulo de su oreja con mis labios.
— ¿Y cómo lo haces para cambiar la mirada y mirarme a mí diferente a los demás?
— No necesito hacer nada, solo tenerte ante mis ojos y desearte como te deseo.
— ¿Y cómo me deseas?
— ¿Prefieres que te lo diga o que te lo demuestre?
— Demuéstramelo.
La beso apasionadamente, sintiendo cada movimiento de nuestras lenguas y notando cómo empiezo a humedecerme yo también.
Ella me acaricia la espalda y desciende con sus manos hasta llegar a mis glúteos y usarlos para apretar mi pubis contra su entrepierna, consiguiendo ponerme más con ese acto.
Yo desciendo por su cuello con mi boca y le subo la camiseta para dejar sus pechos al descubierto, que me parecen mucho más apetecibles que lo que estaba desayunando.
La oigo gemir bajito en cuanto succiono su pezón y a mí me entra más hambre al escucharla, así que se lo devoro.
Ella me aprieta los brazos a la altura a la que le llegan las manos, y suben los decibelios de sus gemidos, cosa que puedo afirmar que es una melodía perfecta para mis oídos.
Paso al otro pecho, haciéndole lo mismo al pezón que había tenido abandonado hasta ahora, pero al que no pienso dedicarle menos tiempo.
Cuando lo suelto, levanto la cabeza para observarla y, cuando se cruza nuestra mirada, me recorre una corriente eléctrica por toda la columna vertebral al ver en sus ojos lo caliente que está. Yo también lo estoy, y estoy segura de que ella también ha podido verlo en mis ojos.
Desciendo por su abdomen dejando humedad por donde pasa mi boca. Si decía que corría riesgo de deshidratarse, tendré que brindarle todo el líquido que me sea posible, y no pienso dejar que mi lengua pare en ningún momento.
Al colocar mi cabeza entre sus piernas, vuelvo a lamerle primero una ingle lentamente, tal y como había hecho antes, y después la otra.
Le separo más las piernas y presiono su clítoris varias veces con la punta de mi lengua, pero sin estimular.
La miro a la cara y puedo ver que está desesperada por que le quite las bragas, pero tengo que reconocer que, desde el día en que supe que le atraía, me gusta hacerla sufrir en este aspecto y llevarla al límite. Me gusta no, me encanta.
Le doy un mordisco suave tratando de pillar ambos labios mayores, ella se retuerce, no sé si por la excitación o por la desesperación, pero ambas cosas me valen.
Llevo las manos a sus laterales para cogerle las bragas y puedo ver cómo asiente con la cabeza, así que me entran ganas de hacerla sufrir más. Las suelto, y ella abre los ojos, matándome con la mirada.
— O me las quitas tú o me las quito yo.
Ahora soy yo la que asiente con la cabeza. Estoy con los codos apoyados sobre el colchón y los brazos por debajo de sus piernas, a ambos lados de su cuerpo, pero al escuchar su propuesta, los saco de ahí y me pongo un antebrazo encima del otro, delante de mí, esperando a lo que voy a ver.
— Quítatelas tú — le pido con voz ronca.
Se las quita y deja las piernas bien abiertas para mí, sin ningún tipo de pudor. A mí se me hace la boca agua al poder vérselo sin ninguna restricción y al comprobar lo brillante que está debido a la humedad que se le ha acumulado ahí.
— Uff… — lo observo con detenimiento y me muerdo el labio inferior. No puedo verme en un espejo, pero estoy segura de que tengo cara de vicio ahora mismo.
— ¿Uff qué? — me pregunta desesperada.
— Qué apetitoso…
— ¿Y a qué estás esperando?
— A que me digas qué quieres.
— Quiero sentir tu lengua en mi clítoris.
Se lo lamo de abajo arriba y veo cómo cierra los ojos y aprieta la mandíbula.
— ¿Así? — me río bajito porque sé que eso no es exactamente lo que quiere.
— No…
— ¿Y cómo?
— Quiero y necesito que me estimules con ella hasta que me corra.
Decido no hacerla sufrir más: le doy lo que me pide.
Ella jadea fuerte, su pecho sube y baja a alta velocidad y yo ahora deseo tener dos bocas más para poder hacerle a sus pezones lo mismo que le estoy haciendo a su clítoris, pero de momento no puedo hacer magia en tres sitios a la vez, solo en uno. Y eso es lo que voy a hacer.
Pongo mis manos en su abdomen, aumento la velocidad de mi lengua y aprieto un poquito más.
Ella se lame los labios, que se le deben de estar secando con esos jadeos, captura mis manos con las suyas y las lleva a ambos lados de su cuerpo para apretármelas poco a poco más fuerte, justo al ritmo en el que le está llegando el orgasmo, hasta que levanta la pelvis y gime en el momento en el que llega al máximo éxtasis.
Estira las piernas y deja que se le relaje el cuerpo, aunque estoy segura de que si le pusiera la mano en el pecho, podría comprobar que el corazón le va a mil por hora. Yo la observo desde abajo y sonrío porque está preciosa.
Podría estar así mirándola por tiempo indeterminado, pero subo para abrazarla porque este momento me parece el más vulnerable y quiero que me sienta. Y sentirla yo.
Me pongo primero encima de ella, pero me doy cuenta de que con eso solo consigo que respire con más dificultad, así que me pongo a su lado, pegada a ella, y le doy besos suaves en la mejilla.
— Gracias por el orgasmo — me da un beso en la frente y se levanta de la cama. Yo la miro sin entender muy bien.
— ¿Adónde vas?
— A la ducha y a vestirme.
— ¿Perdona? — le pregunto incrédula.
— Tú te has empeñado en hacerme sufrir…pues ahora voy a hacer lo mismo contigo — sonríe pícara.
— ¿Dónde tienes a Poseidón?
— En el segundo cajón de esa mesita — señala la que queda a mi lado de la cama, y yo lo abro para fingir que voy a darme placer con el juguete, pero, para mi sorpresa, solo encuentro calcetines. Me giro hacia ella y ya no está aquí en la habitación.
¡Mecagüen ella!