CAPÍTULO 35
Volvemos del entierro, y a Iris puedo verle en la cara un cansancio evidente. Y tristeza. En el cementerio se ha vuelto a derrumbar y, aunque no haya hecho nada de esfuerzo a lo largo del día, el desborde de emociones de hoy, debe tenerla exhausta.
La he abrazado mil veces a lo largo del día, pero lo vuelvo a hacer al llegar a casa.
— ¿Qué te apetece cenar? — le pregunto yo aún abrazada.
— Creo que no tengo hambre.
— Deberías comer algo, aunque sea un sándwich.
— Vale.
— ¿Te preparo uno? ¿O dos?
— Uno.
— Pues vete a la ducha mientras te lo preparo y así después puedes ir a la cama.
— ¿Tan mal huelo? — bromea separándose de mí y mirándome a la cara, pero la broma no llega a sus ojos, están cansados.
— Para mí hueles siempre de maravilla, pero imagino que te sentirás mejor si te das una ducha antes de acostarte, que no ha hecho poco calor hoy. Venga — la cojo de la barbilla y le doy un beso en los labios — que te espero con el sándwich.
Hago el intento de irme hacia la cocina, pero ella me coge de la muñeca para impedírmelo, girándome otra vez hacia ella.
— ¿Te quedas a dormir conmigo?
— Si quieres, sí.
— Y otra vez no tienes ropa aquí.
— Voy a dormir desnuda — le susurro al oído, pero en tono de broma.
— Joder, Nadia…
— ¿Qué?
— ¿Cómo puedo sentirme echa mierda y al mismo tiempo ponerme cachonda al oír esas palabras?
— Pues no sé, tú sabrás…
— No voy a consentir que duermas desnuda, que lo sepas. Te pondrás como mínimo una camiseta y unas bragas.
— ¿Y si yo no quiero?
— ¿De quién es esta casa?
— Tuya.
— Entonces… ¿quién manda aquí?
— Tú.
— Pues eso — sonríe satisfecha y se va hacia la habitación. Yo niego con la cabeza y sonrío también porque es que me encanta. Ella y que me haya pedido que me quede a dormir. Lo haré encantada.
Cojo el móvil y ahora sí que me dirijo a la cocina.
Preparo un sándwich para ella y otro para mí.
A mí lo de Conchi no me ha afectado tanto como a ella, por supuesto, pero me está afectando verla mal, así que tampoco tengo mucha hambre.
Está claro que no será hoy cuando bailaremos esa canción, ni cuando me dirá lo que se ha callado esta mañana.
Yo no la presionaré, eso lo tengo claro. Mañana será otro día.
Llega a la cocina y ahora es ella la que me abraza, envolviéndome con su olor a fresas y nata y consiguiendo que me entren ganas de comérmela a ella y no el dichoso sándwich.
Pero me contengo. ¿Qué más da una vez más?
Con la de veces que he deseado hacerlo y me he frenado por mi puñetero miedo a sentir demasiado…
ahora quedaría feo que tal y como está ella anímicamente, trate de saciar mis deseos ignorando el dolor que está pasando ella.
— Gracias por la cena — me dice después de darme un beso en los labios que me sabe a gloria.
— En realidad no es lo que tenía previsto, pensaba currármelo más, pero será en otro momento. Hoy lo importante es que comas algo.
Cenamos en silencio. A ella se le nota que le cuesta tragar y a mí me resultaría fácil soltarle alguna broma que pueda hacerla sonreír, pero no quiero que se sienta forzada a hacerlo en el caso de que no le caiga en gracia, así que decido callarme, respetarla y que pase su duelo a su manera.
— ¿Me preparas una camiseta y unas bragas y me esperas en la cama? Yo iré a pasear a Toby y después me ducho y voy contigo.
— Lo paseo yo mientras tú te duchas.
— No sé si lo sabes, pero ya llevas el pijama puesto — me río porque es evidente que lo sabe, pero que no había caído en eso — yo lo pasearé, que voy preparada para la ocasión, pero con una condición.
— ¿Cuál?
— Que no te duermas mientras me esperas. Quiero un besito de buenas noches.
— Vale. Te prometo que no me dormiré.
Salgo a pasear a Toby y, cuando volvemos a casa y le quito el arnés, va como una flecha hacia la cama. Yo voy a la habitación a paso de persona normal, le doy un beso en la frente a Iris y cojo lo que me ha preparado para ducharme y cambiarme.
Sonrío al ver que el cepillo de dientes que usé sigue en su sitio.
Podría haberle entrado una rabieta cuando se cabreó conmigo y haberlo tirado a la basura, pero no lo hizo.
Aunque hice una acción que estuvo bastante fea, seguía queriéndome en su vida.
O se le olvidó que mi cepillo estaba ahí, una de dos.
— ¿A qué hueles? — me pregunta al llegar a la cama y abrazarla por detrás, porque ella está de lado, dando la espalda a la parte en la que duermo yo.
— A mi gel.
— ¿Cómo que a tu gel?
— Al que me he comprado ahora en el chino ese que tiene la tienda abierta más horas de las que tiene el día. Toby te lo puede confirmar.
— ¿Y por qué has hecho eso?
— Porque me encanta cuando estás recién duchada y hueles a fresas y nata. Si voy quedándome aquí a dormir y duchándome con ese gel, me acostumbraré a él al llevarlo encima de mí y no quiero que eso pase. Quiero que siga pareciéndome especial cuando lo huela en ti.
— ¿Y si algún día tú y yo somos pareja y decidimos vivir juntas? ¿Vamos a estar comprando geles diferentes?
— Ya veremos qué hacemos si llegamos a eso, pero de momento quiero que sea así. ¿Te parece mal?
— Me parece muy buena idea porque me encanta el que has elegido — da media vuelta, poniéndose de cara a mí, y me besa. Entra en juego su lengua, haciendo que para mí sea peligroso, pero se nota que por su parte es inocente, no busca nada más que un poco de cariño.
— Si te parece bien, apoyas la cabeza aquí — me coloco para que pueda apoyarla entre mi hombro y mi pecho — y yo te acariciaré la espalda hasta que te duermas — y antes de que llegue a contestarme, yo ya estoy introduciendo la mano por debajo de su camiseta y acariciándola.
— Eso también me parece muy buena idea.
***
Mi reloj interno me despierta a la misma hora a la que me levanto cada día para ir a trabajar, sustituyendo a esa alarma del móvil que no me puse ayer.
Me giro a mirar a Iris y me siento feliz al pensar en la conversación que tuvimos y que me hizo saber que esta vez lo que siento es correspondido.
Aún no podemos ponerle nombre a lo que tenemos, pero vamos bien encaminadas.
Nos quedamos dormidas abrazadas, pero en algún momento de la noche nos hemos separado.
Yo tengo unas ganas tremendas de volver al estado en el que estábamos anoche, pero decido levantarme sin hacer ruido para prepararle el desayuno y traérselo a la cama.
Me apetece mimarla un poquito más después del día de mierda que tuvo ayer.
Aunque, siendo sinceras, me apetecería mimarla igualmente aunque su día hubiera sido de diez.
Salgo de casa con cuidado de no hacer ni el más mínimo ruido, como si fuese una ladrona profesional de diamantes expuestos en la galería con más seguridad de la capital del país, y voy a la pastelería a comprarle un donut de Lotus y pan.
Entro en casa con el mismo sigilo con el que he salido, preparo unas tostadas con tomate, jamón york y queso, y dos cafés.
Abro todas las puertas de los armarios de la cocina buscando una bandeja, pero no encuentro ninguna, y me cago en todo.
Recuerdo que en la mesa grande del salón — esa que no usamos nunca — tiene una especie de bandeja de madera en la que hay dos plantitas, velas que jamás han sido encendidas y un ambientador de esos que tienen el líquido en un frasco de cristal y palitos de madera que sobresalen.
Lo quito todo de ahí, le paso una bayeta por si tiene algo de polvo, distribuyo el desayuno y me dirijo a su habitación.
— Buenos días, dormilona — le digo mientras le reparto besos suaves por la cara.
— Buenos días — abre un ojo y me mira — Huele a café. ¿Qué hora es?
— Las nueve menos cuarto. Has dormido más que un perezoso. Pero tengo que decir que, del reino animal, eres el más adorable de todos mientras duermes — sonrío con dulzura porque es lo que despierta en mí al verla durmiendo.
— ¿Y por qué no me has despertado antes? — me pregunta preocupada, ignorando lo que acabo de decirle — Quería estar contigo hasta que te fueras a trabajar, y ahora ya no nos queda tiempo.
— Tranquila, tenemos toda la mañana — sonrío ampliamente.
— ¿Qué? ¿Cómo que tenemos toda la mañana?
— Ayer hablé con Julia. Casualmente, hoy no hay ninguna cirugía programada, cosa que yo ya sabía, así que pensé que quizás podría apañarse sola y darme la mañana libre.
Hice un trueque: un cotilleo de los buenos a cambio de que me permitiese ir a trabajar solo por la tarde, y ya sabes que a ella los cotilleos le gustan más que a un niño una piruleta…
— Y el cotilleo era que ibas a dormir conmigo, ¿no?
— Exacto. A ver, se lo pinté más interesante, le dije que estabas mal por lo de Conchi y que, si hoy te encontrabas mejor, tenía esperanzas de que hubiera polvo de reconciliación.
— ¡Serás tonta! — se ríe y me da un cachete en el muslo que resuena en la habitación.
— Dime que no fue una buena táctica para conseguir pasar la mañana contigo.
— No puedo decirte eso, estás espabilada, tengo que reconocerlo.
— ¿Ves? — levanto la barbilla, a modo orgullo.
— ¿Y mi desayuno? Me estoy muriendo de hambre.
— Normal. Después de haber cenado poco y haber dormido quinientas horas…debes de estar como un oso cuando sale de la cueva después de hibernar.
— ¡Exagerada!
— Mira, aquí tienes tu desayuno — empiezo a levantarme la camiseta y, a medida que la voy subiendo, ella va abriendo más y más los ojos esperando verme los pechos, pero su expresión cambia a decepción en cuanto descubre que no va a ser así.
— ¿Qué hace ese sujetador ahí? — me lo señala.
— Pues…sujetármelas — me río, y ella me da otro cachete. Me levanto a por la bandeja y la pongo encima de la cama — he ido a la pastelería, como puedes observar, y no era plan de ir llamando la atención señalando a todo el mundo.
— Así te perdono, no quiero que nadie más vea lo que puedo ver yo, aunque haya una camiseta de por medio.
— ¡Ah! ¿Entonces tú sí que me estás pidiendo exclusividad? — ladeo la cabeza y levanto una ceja, sorprendida por lo que acaba de decir.
— Si me dijiste que necesitas conexión emocional para acostarte con una persona, supongo que mañana no te levantarás y te apetecerá follarte a una tía con la que te cruces por la calle.
Pero, sea como sea, lo que quería decirte ayer era que, teniéndote a ti, a mí no me apetece acostarme con nadie más, así que, para mí sí que vas a ser la única.
Sonrío como una tonta al escuchar sus palabras. Que sea ella la que decida que solo me quiere a mí en su cama siendo que yo no se lo he pedido, me llena como no me ha llenado nada en los últimos años. No puede imaginarse cuánto lo valoro.
— Gracias, Iris, me encanta oír eso — sonrío más y la cojo de la mano — y no, yo no voy a acostarme con una tía con la que me cruce por la calle, ni voy a enseñarle el contorno de mis pezones a la de la pastelería, quiero que esas cosas solo puedas verlas y vivirlas tú.
— Pues entonces quítate el sujetador, quiero que a mí sí que me señales con ellos mientras desayunamos.
— ¿Me estás hablando en serio?
— Por supuesto.