CAPÍTULO 33
Siempre se me acelera el corazón en cuanto la veo.
Es como si su presencia le diera vida propia a ese órgano sin pedir permiso al resto del cuerpo.
Pero esas otras veces no se pueden comparar en cómo me martillea en el pecho al verla ahora que estoy envuelta en la incertidumbre de no saber cómo va a reaccionar.
Voy a morirme si me rechaza, no estoy psicológicamente preparada para eso.
Se acerca caminando con Marina y, cuanto más se acerca, más nerviosa me pongo.
Lleva gafas de sol, pero se le nota a distancia que está mal, y me doy cuenta de cuánto me duele verla así.
Yo solo quiero verla feliz y sonriente, y me encantaría ser yo quien colabore en que se sienta así.
En ningún momento he querido hacerle daño, pero ahora tengo más claro que nunca que, si me perdona, me encargaré de hacer todo lo posible para que no esté nunca triste.
Mi madre y yo estamos al lado de la puerta del tanatorio, con la espalda pegada a la pared porque es el único sitio en el que hay sombra.
Yo tengo las manos en los bolsillos porque no tengo ni puñetera idea de dónde ponerlas.
Iris, cuando está a unos cuatro metros de mí, se queda parada.
Las gafas de sol que lleva son de cristal negro, así que no sé hacia donde miran sus ojos.
No sé si me ha visto mientras caminaba hacia aquí o si acaba de verme ahora, pero, por su acción, imagino que acaba de verme.
Veo cómo se le desliza una lágrima que nace de cada ojo, apareciendo entre las gafas y sus mejillas.
Dudo qué hacer. Me pregunto si debo permitir que me paralice el miedo que me proporciona mi cerebro o si debo hacer lo que me nace del corazón, y decido que nunca más voy a dejar que, en esa batalla, venza el miedo.
Camino hacia ella, despacio, dándole tiempo para que me dé un empujón o me diga que no me acerque, si es lo que quiere.
Pero no lo hace, está inmóvil. Levanto los brazos para abrazarla por el cuello, y ella hace lo mismo conmigo, pero por la cintura.
Hunde su cara en mi cuello y puedo notar en mi piel que las lágrimas que le he visto, eran las primeras de muchas más.
— Lo siento — le digo y giro mi cara para darle un beso en la mejilla — ¿Me permites que entre contigo a verla?
No habla. Asiente con la cabeza aún en mi cuello, y mi corazón por fin descansa.
Después tengo que explicarle, tengo que hablarle de mis sentimientos y no sé cuál será su respuesta.
Puede ser que ella sienta lo mismo o puede ser que ahí termine lo que ni ha llegado a empezar, pero ahora mismo me vale con que me deje acompañarla en este mal momento.
— Se despidió de mí y yo no lo supe ver — me dice después de un hondo suspiro.
— ¿Cómo que se despidió de ti?
— El viernes me hizo una reflexión más profunda de lo habitual, como si estuviera despidiéndose.
Y me abrazó. Y yo le dije que nos veríamos el lunes y no me contestó.
Ella sabía que no nos volveríamos a ver, pero yo no, no me di cuenta en ese momento de que fue una despedida, me he dado cuenta tarde.
Podría haberla abrazado más rato y no lo hice.
La aprieto con más fuerza contra mí y la beso en el pelo varias veces mientras ella llora con más intensidad.
— Estuviste para ella, Iris. Podrías haber dejado ese trabajo, pero decidiste seguir ahí y estuviste hasta su último día de fisioterapia.
Tú fuiste feliz, y ella también. Fuiste su alegría y motivación allí, así que siéntete orgullosa de eso.
El cariño se demuestra día a día, no con un abrazo al final de esos días. ¿No crees?
Asiente con la cabeza otra vez y yo me siento satisfecha por haber conseguido que me dé la razón y, por lo tanto, de que mis palabras la hayan tranquilizado.
— ¿Es tu madre?
— Sí. ¿Cómo lo sabes?
— Tenéis el mismo pelo y los mismos ojos, tal y como me dijiste. Aunque la viera sola por la calle, sin compararla contigo, sabría que es tu madre.
— Siento que esté aquí, pero ha tenido que acompañarme porque no se abre la puerta de mi garaje, y está esperando por si tiene que llevarme de vuelta a casa. Pero tranquila, que no voy a hacer presentaciones ni nada, sé que no es buen momento.
— Espero que estés de broma. ¿Cómo va a estar tu madre ahí y voy a pasar por su lado como si no hubiera nadie?
— Puedes hacer como que no intuías que es mi madre y que yo no te lo he dicho — me río levemente y noto en mi cuello cómo está sonriendo ella.
— Estás tonta.
— ¡Mira! ¡Ella me ha dicho lo mismo hace un rato!
— Entonces me cae bien, opinamos lo mismo.
— Ya estás mejor por lo que veo, ¿no?
— Sí. Me relaja que me abraces. No sé si debería decir esto después de que… — se piensa si continuar, supongo que porque piensa que hui porque sigo enamorada de la otra y que ella no me importa — da igual, es lo que me pasa. Me relaja.
— Me alegro — no añado nada más. Ya tendremos tiempo de hablar, aquí no es el sitio.
— Preséntamela — se aparta de mí y me mira. Yo le seco las lágrimas con mis manos.
— ¿Estás segura?
— Sí.
Le pongo la mano en la espalda y caminamos hacia mi madre.
Ella sonríe al ver que nos acercamos, y yo también sonrío al ver que Iris se quita las gafas de sol.
Recuerdo que un día me dijo que le parece de mala educación hablar con alguien con las gafas de sol puestas porque no puedes mirarlo a los ojos.
Y me llena el suponer que lo está haciendo por educación y respeto hacia mi madre.
— Mamá, ella es Iris. Iris, ella es Fátima, mi madre.
— Encantada de conocerte, Iris — sonríe más y le da dos besos.
— Igualmente.
— Siento mucho lo de la señora — le aprieta el hombro cariñosamente — Nadia me ha dicho que era una persona importante para ti.
— Gracias. Sí, la quería como si fuese de mi familia.
Se acerca Marina, que estaba hablando por teléfono mientras Iris y yo pasábamos ese largo rato abrazadas, que a mí incluso me ha sabido a poco, y le presento también a mi madre.
— ¿Quieres que entremos? — le pregunto a Iris.
— No sé si quiero, pero debo hacerlo.
— Yo te espero aquí — me dice mi madre y yo asiento con la cabeza.
Veo cómo Iris traga saliva y puedo imaginarme lo que está sintiendo ahora. Por experiencia propia sé que uno de los peores momentos cuando fallece un ser querido, es el de entrar al tanatorio a verlo.
Yo, una vez más, dudo si hacer lo que me dice el corazón. Y, una vez más, lo hago: la cojo de la mano. Ella se queda mirando esa unión y me entra el pánico por si le molesta, pero yo no la soltaré mientras ella no lo haga.
— Quiero que sepas y sientas que estoy aquí contigo — le digo al oído — ¿Vamos?
Vuelve a asentir con la cabeza, quizás debido a un nudo en la garganta, y empezamos a entrar acompañadas por Marina.
Al llegar a la segunda sala, que es donde está Conchi, hay varias personas de cara al cristal que separa la estancia del féretro. Al oír nuestros pasos, se giran todos y, a través del espacio que queda entre ellos, podemos verla. Iris me aprieta la mano y puedo notar un ligero temblor en la suya.
Se acerca una señora a saludarla, que evidentemente no tengo ni idea de quién es.
Después nosotras nos acercamos a ver a Conchi y es cuando Iris se derrumba.
Yo la abrazo, y ella llora con más ganas, como si hubiera estado guardándose las lágrimas para soltarlas todas ahora al sentirse arropada por mí.
Yo no conocía a Conchi, pero no puedo evitar emocionarme también por lo que Iris me había hablado de ella y por ver cuánto le está doliendo esto.
— No llores más, que ella está sonriendo por vernos aquí juntas y tan abrazadas como cuando bailamos.
Iris tenía la cara hundida en mi cuello, pero ahora la gira ciento ochenta grados para mirarla a ella y deja la cabeza apoyada en mi hombro.
— ¿Ves Conchi? Te he traído a la morenaza.
Ahora me mira a mí, nos sonreímos y nos secamos las lágrimas. Parecemos las protagonistas de una película dramática.
Se acerca la misma señora que la ha saludado antes y le da un toque en el hombro para que se gire hacia ella.
— Iris, creo que tengo una cosa para ti — saca un papel doblado del bolsillo trasero de su pantalón — ayer Conchi estaba con pocos ánimos, pero aun así, le dio por hacer un dibujo.
Me lo dio y me dijo: “dáselo a ella”. Le pregunté a quién, pero ella solo respondía “a mi niña”.
Le he preguntado a su hija y me ha confirmado que no hay ninguna mujer rubia en su familia más cercana, y ahora que te he visto con ella — me señala a mí — y sabiendo cuánto te quería, no hay ninguna duda de que sois vosotras.
Abre el papel, mostrándonos el dibujo, y son dos mujeres, una rubia y una morena, aparentemente bailando con las manos juntas y las frentes pegadas.
Iris vuelve a derrumbarse al verlo. Y yo con ella, no voy a disimularlo. Le coge el papel y le cae una lágrima encima, pero por suerte cae en la esquina inferior, sin interferir en el dibujo.
— Tómate el día libre mañana — le dice la señora apretándole el brazo — Ya nos veremos el miércoles, ¿vale?
Iris se lo piensa unos segundos y al final afirma con la cabeza. Sé que es un culo inquieto y que no le cuadrará mucho en la cabeza eso de no ir a trabajar, pero creo que le irá bien.
Va a darle el pésame a los familiares, y Marina y yo hacemos lo mismo. No conozco a nadie, pero me parecería de mala educación no hacerlo y, otra cosa puede ser que no sea, pero educada sí.
Todos le dan las gracias por lo que ha hecho por Conchi, y sus lágrimas silenciosas no cesan. Dobla el dibujo, se lo guarda y, cuando ella lo decide, salimos.
— ¿Qué tal, Iris? — le pregunta mi madre en cuanto nos ve, y le acaricia el pelo.
— Bueno…he tenido momentos mejores, pero estaré bien.
— Eso sin duda — le sonríe — lo siento, Nadia, pero yo ya tengo que irme. ¿Vienes?
— Pues… — dudo qué contestarle. Me gustaría irme con Iris, pero me parece feo autoinvitarme sin saber hasta qué punto llega su enfado ahora mismo.
— ¿Te…vienes a mi casa? — me pregunta como si le diera vergüenza proponérmelo delante de mi madre, y a mí se me abre el corazón.
— Sí quieres, sí.
— Sí.
— Gracias por traerme, mamá — le doy un beso en la mejilla — me voy con ella si no te importa.
— Para nada, soy consciente de que las madres pasamos a segundo plano cuando llegáis a la edad adulta — se ríe simpática, y nosotras también.
— Encantada de conoceros — le da dos besos a Iris — espero que nos volvamos a ver. En mejores circunstancias que las de hoy, claro — le da dos besos a Marina también — y tú a ver si vienes a verme algún día y que no sea solo por algo que te conviene — me dice a mí y me da un beso en la mejilla.
— Sí, mami.
Se va ella a su coche, que lo tiene cerca de la puerta, y nosotras caminamos hasta el de Marina. Me siento en los asientos de atrás, me pongo el cinturón, saco el móvil y tengo un mensaje suyo:
“Estabais adorables abrazadas. Y es muy guapa. Si también es buena persona, espero que no vuelvas a cagarla. Dile lo que sientes, no la pierdas por callarte tus sentimientos. No todas van a rechazarte como la otra, algún día llegará el amor de tu vida y puede ser ella”.
Sonrío por ese “estabais adorables abrazadas”, pero me acojono al pensar en abrirle tanto mi corazón a Iris, en que eso seguramente va a suceder en unos minutos y en la posibilidad de que sí que me rechace como la otra.
Le contesto: “No volveré a cagarla, te doy mi palabra.”