Un beso de los tuyos CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Yo no sé si es que soy tremendamente gilipollas o es que estoy condenada a que todo me salga mal. Lo de Iris me lo he buscado yo solita, lo sé, pero juro que no he pretendido hacerle daño y hasta creo que me atrevería a decir que me lo estoy haciendo más a mí misma.

Estoy inquieta y siento una impotencia que me supera.

Por la noche me he aguantado las ganas de escribirle porque no sé si silencia el móvil y no quería molestarla con notificaciones, pero en cuanto me he despertado después de haber dormido un rato, ya no he aguantado más.

Le he escrito varias veces y no me ha contestado ni una.

Está enfadada conmigo y no le faltan razones.

Me he planteado presentarme en su casa, pero si no me contesta sobreentiendo que no quiere hablar conmigo.

Y si no quiere hablar conmigo, aparecer por su casa me parece que es algo que puede rozar el acoso.

Y más después de haber sido una puta loca mandándole varios mensajes.

Pero es que ella me vuelve loca. O yo estoy loca por ella, ya no sé cuál es la expresión correcta.

He mirado el móvil un millón de veces desde que le he escrito por primera vez y cada una de esas veces se me rompe un poquito más el corazón al no ver su nombre en la pantalla.

Ahora me está llamando un número desconocido, cosa a la que normalmente no contesto porque siempre son spam, pero hoy es domingo y dudo que lo sea.

Además, ¿y si es ella desde otro móvil porque no le funciona el suyo?

La esperanza es lo último que se pierde.

— ¿Diga?

— Hola, Nadia, soy Marina — me asusto al oírla porque ni yo le he dado nunca mi número ni me imaginaba que pudiera llamarme porque es bastante tímida. Si lo está haciendo, será por algo gordo — le he sonsacado tu número de teléfono a Julia, espero que no te importe.

— No hay ningún problema. ¿Ha pasado algo?

— Sí y no. A ver…uff, no sé si debería estar haciendo esto, te prometo que no soy de meterme en la vida de los demás, pero creo que ahora es relativamente necesario.

— ¿Qué pasa, Marina? Me estás asustando — le hablo ya desesperada.

— Me ha llamado Iris y he estado en su casa hablando con ella. Bueno, voy al grano: ha muerto Conchi. Tengo entendido que te había hablado de ella, ¿no?

— Hostia, no me digas eso — me dejo caer en el sofá porque sé que Iris la quería mucho y no quiero ni imaginarme cuánto puede estar afectándole esto — sí, me ha hablado de ella.

— Sé que no te ha contestado a los mensajes, pero es que hoy…

digamos que tiene una mezcla de emociones que la están descolocando un poco.

Cuando quiere es bastante cabezota, así que estoy casi segura de que no va a contestarte hoy, pero lo hará.

Y…bueno, ya que no va a decírtelo ella, te lo digo yo: me ha dicho que necesita un abrazo tuyo.

Yo te doy la información y tú haz lo que quieras con ella…

— Tú y Julia sois tan diferentes, pero a la vez tan iguales…

— ¿Por qué?

— Porque usáis todos los medios posibles para juntarnos, pero te agradezco muchísimo que me hayas llamado porque lo estaba pasando muy mal al ver que no me contestaba. ¿Te ha contado lo que hice?

— Eem…no sé si debo hablar de eso.

— Tranquila, ya has respondido. ¿Y tú no me estás odiando como seguramente me estará odiando ella?

— ¿Yo? No puedo odiarte si no sé por qué lo hiciste. ¿Estás enamorada de la otra? Si es así, sí que te odiaré un poquito.

— ¿De qué otra?

— No sé, me ha hablado de una chica que…

— ¡Ah, joder! — la corto cuando entiendo a quién se refiere — ¿eso es lo que piensa Iris?

— Sí. Bueno…no, sí, uff…jolín, estoy hablando más de lo que debería. ¿No puedo colgar ya? — se ríe nerviosa.

— Ni de coña vas a colgar ahora. La chica esa de la que Iris cree que estoy enamorada, hace años que no tengo contacto con ella y que la tengo completamente olvidada.

— ¿Y de Iris lo estás?

— ¡Anda! Tú cuando quieres pierdes la vergüenza, ¿eh? No voy a contestarte a eso. ¿Y ella lo está de mí?

— No voy a contestarte a eso, aunque creo que ya me has respondido un poco interesándote por si ella lo está de ti.

— Muy lista tú. Imagino que lo que sí que tendrás pensado decirme es cómo puedo verla, ¿no? Que, ahora sabiendo que sí que pretende responderme en algún momento, me presentaría en su casa, pero si va a ir al entierro, no sé cuándo puedo pillarla allí.

— Eso sí que tengo pensado decírtelo. ¿Tú estás lista para salir de casa ahora?

— Sí, ¿por?

— He quedado en que la recogeré y la acompañaré al tanatorio. Podrías esperarla allí en la puerta y entrar tú con ella. Creo que será el momento en el que más te necesitará y tú serás más gran apoyo que yo. No sé si te estoy metiendo en un marrón muy grande, pero…

— No — la corto — Iris me habló tanto de Conchi, que tenía ganas de conocerla y esta es la única oportunidad que tendré de hacerlo. Y, ojalá nos pudiera ver, porque estoy segura de que estaría feliz de vernos juntas. Solo espero que Iris no me mande a la mierda en cuanto me vea.

— No lo hará.

— Ojalá no te equivoques. ¿Salgo ya de casa?

— Yo voy a ducharme, pero tardo diez minutos y voy a por ella.

— Pues sí, salgo. Prefiero esperar allí que llegar tarde.

— Vale, nos vemos allí.

— Gracias, Marina.

— A ti.

Voy corriendo a lavarme los dientes y a ponerme colonia porque quiero oler bien. Yo, antes de saber lo de Conchi, estaba deseando abrazar a Iris, pero ahora lo deseo muchísimo más. Quiero ser su apoyo y me encanta que sienta que me necesita en un momento como este. Marina me ha dado la vida.

Bajo corriendo al garaje comunitario y pulso el botón de la puerta automática antes de subir al coche, pero veo que no se abre.

Esto tiene que ser una broma. Vuelvo a pulsar, y ni se inmuta.

Me acerco a abrirla manualmente, pero no se mueve ni un ápice.

No puede ser. La observo y veo que hay un hierro doblado.

Algún idiota ha tenido que darle un golpe con el coche y ahora no puede abrirse.

— ¡Joder! — grito, y mi voz hace eco por todo el garaje, consiguiendo que me cabree más porque parece que se esté burlando de mí. Y no es buen momento para eso.

¿Qué hago yo ahora? Mi madre. Es la solución más rápida porque vive a cinco minutos andando, corriendo serán dos y medio, ¿no?

Salgo del edificio como si me hubieran lanzado con un tirachinas y le llamo por teléfono.

Mierda, correr no es buena idea porque no quiero llegar muy sudada, pero caminaré deprisa.

— Mamá, ¿estás en casa? — le pregunto en cuanto descuelga y antes de que le dé tiempo a hablar.

— Sí, ¿por qué? ¿te ha pasado algo?

— Necesito tu coche, ¿puedes ir sacándolo del garaje, por favor?

— Sí, pero… ¿qué te pasa? Me estás preocupando con esa urgencia.

— Que no funciona la puerta del garaje y no puedo sacar el mío.

— Vale, pero yo lo necesito a la una. ¿Estarás de vuelta?

— No lo sé.

— ¿Cómo que no lo sabes? ¡Si te estoy diciendo que lo necesito!

— ¿Y el de papá?

— Está trabajando, tiene guardia hoy.

— Pues… ¿puedes acompañarme tú? Y después ya me buscaré la vida.

— ¿A dónde?

— Al tanatorio.

— ¿Y qué vas a hacer allí?

— ¿Tú qué crees? A bucear no voy.

— Estás tonta — se ríe — ya estoy en la calle.

— Ya te veo.

Cuelgo el móvil y acelero el paso más aún hasta llegar al coche ya que yo voy por detrás y no puede adelantar ella hacia mí.

— Hola, mamá — le doy un beso en la mejilla.

— Hola, hija — me da un beso también y se incorpora al carril — ¿Quién ha muerto?

— No la conoces, es una larga historia.

— Pues cuéntame.

— ¿Es necesario?

— Si no quieres que dé media vuelta y vuelva a meterme en el garaje, sí. A ver si te piensas que vas a hacerme acompañarte y voy a quedarme sin saber por qué tienes tanta prisa de repente.

— Chantajista.

— Desembucha, pajarito.

— Estoy conociendo a una chica…

— ¿Tú? — me corta — ¡Ya era hora! Pensaba que te quedarías para vestir santos — y se ríe a carcajadas.

— A ver, que eres mi madre, que no te cuente si conozco a chicas o si me acuesto con ellas, no significa que no lo haga.

— ¿Lo haces habitualmente?

— No.

— ¿Ves? Ya lo sabía yo.

— Bueno, ¿quieres que te cuente por qué voy al tanatorio o no?

— Sí, venga.

— La chica a la que estoy conociendo se llama Iris, es fisioterapeuta y tiene una clínica propia, pero trabaja también en la residencia. La señora que ha fallecido es una de las viejitas a las que atendía Iris, y la quería mucho, le tenía un cariño especial.

— ¿Y dónde está Iris?

— Yendo al tanatorio con una amiga.

— ¿Y por qué no has ido con ellas?

— Porque está enfadada conmigo.

— ¿Qué? — me mira durante un segundo y vuelve la vista a la carretera — ¿Por qué?

— Eso sí que no hace falta que te lo cuente.

— Aún estoy a tiempo de dar media vuelta.

— Joder… — me giro a mirar por la ventanilla porque no puedo creerme que tenga que contarle esto.

— ¡Esa boca!

— Perdón.

— Desembucha, pajarito.

Sonrío porque le encanta usar esa frase para sacarme información. Yo la odio un poco, la frase, claro, pero en el fondo me hace gracia porque es muy suya.

— Digamos que…nos liamos y yo después hui sin darle ninguna explicación.

— ¿En serio, Nadia? — vuelve a mirarme un segundo, incrédula esta vez.

— Sí.

— ¿Y por qué hiciste eso? Lo entendería si hubiese sido un desliz del que te arrepentiste en el momento, pero si estás yendo ahora con tanta prisa será porque te importa, así que no le encuentro sentido.

— Porque tengo miedo de enamorarme.

— ¿Y huiste para evitar llegar a eso o porque te diste cuenta de que ya habías llegado?

— Por lo segundo. Más o menos.

— ¿Cómo que más o menos?

— No puedo decir que esté locamente enamorada de ella, pero voy por ese camino. Me hace sentir demasiadas cosas, y más me hizo sentir en ese momento.

— Entonces estás un poquito tonta.

— ¿Perdona? — la miro sin poder creerme que mi propia madre haya dicho algo así.

— ¿De qué te servía huir? Si sentiste tantas cosas, escapar no te solucionaba nada.

— Tienes razón, pero me acojoné y fue un impulso, no tengo más explicación para eso.

— Pues espero que con ella te lo curres un poquito más, sino será ella la que huya — y se ríe.

— ¿Sabes que esto no es gracioso?

— Lo sé, pero es que…hija, hay para matarte. ¿Y qué siente ella?

— No lo sé. Quiero creer que también siente algo, porque si fuese solo un polvo para ella, supongo que no se habría enfadado por irme.

— ¿Un polvo? — sonríe de medio lado y, en realidad, no sé si está preguntando o afirmando. Y yo caigo en que no había querido especificar que nos acostamos, pero la lengua me ha traicionado.

— Bueno…ya hemos llegado — digo para cortar la conversación y ella empieza a aparcar — gracias por traerme — intento darle un beso en la mejilla, pero se aparta.

— ¡Ah, no! ¡De eso nada, monada! Yo no me voy de aquí sin ver a la chica que le ha robado el corazón a mi hija y la ha desvirgado.

— Siento decirte que la virginidad hace años que la perdí.

— No sé por qué, pero me da a mí que ya tenías el himen reconstruido.

— ¡¿Y qué sabrás tú de mi vida sexual?!

— Nos conocemos — me da dos palmaditas en el muslo.

— No puedo creerme que esté hablando de esto con mi madre — me tapo la cara con las manos y niego con la cabeza.

— ¿Entonces tengo razón? ¿Llevabas tiempo sin pescar?

— No pienso contestarte a eso. Y voy a salir ya del coche. ¿Se puede saber qué haces? — le pregunto al ver que ella también va a abrir su puerta.

— Ya te he dicho que no pienso irme sin verla.

— Pues te quedas aquí y la ves a través de la ventanilla. No pienso presentártela porque de momento no somos nada y tampoco es buen momento; no sé ni si va a querer verme a mí, es posible que me mande a la mierda en cuanto me vea.

— ¡Perfecto! Entonces estoy obligada a quedarme por si te rechaza y tengo que acompañarte a casa. Y, por supuesto, no voy a quedarme dentro del coche estando a treinta y cinco grados.

La miro sin poder creerme lo caradura que es, pero no añado nada más porque sé que no servirá de nada.