Un beso de los tuyos CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Por suerte o por desgracia, soy muy de comerme las mierdas yo sola.

Cuando estoy mal, me lo como con patatas sin compartirlas con nadie, pero esta vez siento que necesito desahogarme con alguien.

Lo primero que me pasa por la cabeza es escribir en el grupo que tengo con Julia y Marina, para que vengan a tomar café y ya se lo cuento todo a las dos directamente, pero me paro a pensar y decido que, tal y como estoy ahora, necesito una personalidad como la de Marina, así que la llamo a ella.

— ¡Hola, guapa! — contesta al tercer tono.

— Hola. ¿Qué haces?

— Pues acabo de salir de la protectora y estoy dando un paseo ahora que aún no pica excesivamente el sol. ¿Y tú?

— Estoy en casa. ¿Por dónde estás? ¿Te va bien pasar por aquí?

— Sí, claro, solo tengo que desviarme un poquito. ¿Te pasa algo? ¿Necesitas donuts? — se ríe bajito.

— No, gracias, no tengo hambre, con tu presencia es suficiente. Yo invito al café.

— Vale, pues en menos de diez minutos estoy ahí.

— Perfecto, aquí te espero.

Cuelgo y tengo otro mensaje de Nadia:

“Dios…parezco una obsesa. Nunca le he escrito varias veces a una chica, y con eso quiero decirte que si lo estoy haciendo es porque me importas de verdad. Por favor, dame la oportunidad de explicarme y después si quieres me mandas a la mierda, pero no me ignores. Necesito decirte lo que sentí y lo que siento. Y perdona por ser tan pesada, pero es que no quiero que esto se quede así. Si no me contestas a este mensaje ya te dejaré tranquila, entenderé con ello que no quieres saber nada de mí”.

Vuelvo al taburete y a la posición de antes: antebrazos sobre la barra y frente apoyada en ellos.

No sé qué hacer. No tengo ninguna duda de que terminaré hablando con ella, no soy tan idiota como para ahora hacer como si no la hubiera conocido, pero es que estoy muy cabreada con lo de Nadia y además hundida por lo de Conchi.

No es ni buen día, ni buen momento, ni buen nada.

Llaman al timbre, y Toby y yo vamos a abrir. Él ladrando y yo en silencio.

— Hola — le digo a Marina al abrir.

— Hola. Tienes mala cara.

— Vaya…gracias.

— ¿Qué ha pasado? — entra a casa, cierro la puerta y le señalo la cocina. Ella ya va directa al taburete sin que le diga más, y yo me siento en el otro.

— Ha muerto Conchi.

— ¿Qué dices? ¿Y eso? ¡Pero si no hace mucho que me dijiste que estaba de maravilla!

— Sí, pero tenía noventa y un años, debía de tener a la muerte pisándole los talones.

— Lo siento — me aprieta con cariño la mano que tengo sobre la barra — ¿quieres que te acompañe a algún sitio? ¿O vas a ir con Nadia?

— Con Nadia no voy a ir.

— ¿Por qué? ¿Ha pasado algo con ella?

— Ayer… — dudo de qué palabras elegir y de cómo explicarlo porque Marina es un tanto cortada para hablar de sexo — pasó lo que tenía que pasar y después salió corriendo sin darme ninguna explicación.

— A ver, ¿me estás diciendo que os acostasteis y después se fue sin más?

— Sí.

— Y…pero…qué raro, ¿no? — se queda pensando, como si hubiera algo que no le cuadra.

— Sí. Me dejó descolocada y…enfadada.

— ¿Y has hablado con ella hoy?

— Me está escribiendo desde que se ha levantado, quiere que quedemos para hablar, pero no le he contestado.

— ¿Por qué?

— Porque pienso que va a seguir mareándome como ha estado haciendo desde el principio.

Ayer me dijo que el problema no soy yo, es ella.

En ese momento simplemente me pareció la típica excusa que se da cuando no sabes cómo escapar de alguien, pero después, pensándolo en frío, llegué a la conclusión de que puede ser verdad.

Yo creo que está enamorada de otra chica, con la que no tiene opciones, y por eso a mí ni me coge ni me suelta.

Yo creo que me está usando para ver si se olvida de la otra, pero no lo está consiguiendo.

Y…no sé, quizás ayer le dio un calentón, que es humana e imagino que tendrá sus necesidades como todo el mundo, y se dejó llevar y después se arrepintió.

— Pues yo creo que no deberías sacar tus propias conclusiones sin haber dejado que te explique. Puedes estar equivocada, puede haber otro motivo. Lo sabes, ¿no?

— Sí, lo sé.

— Y también puedes estar en lo cierto, claro, pero eso no lo sabrás si no dejas que sea ella la que te diga el porqué.

— Es que no sé si estoy preparada para que me diga que aún sigue enamorada de la otra y que lo de ayer fue un calentón. No es lo mismo suponerlo que oírlo de su boca.

— Si es así, cuanto antes lo sepas, mejor.

— Ya…tienes razón. Pero hoy no quiero saberlo. Me han venido todas las desgracias juntas, joder.

— ¿Qué sientes por Nadia?

— No lo sé — apoyo los codos en la barra y me tapo la cara. Es una pregunta difícil de responder.

— ¿Cómo que no lo sabes? — me aparta las manos suavemente — Iris… ¿estás enamorada? — me pregunta mirándome a los ojos y yo me ruborizo al instante, no sé por qué.

— No.

— ¿Y por qué te estás poniendo como un tomate?

— No lo sé.

— ¡Ay! ¡Deja ya de contestar “no lo sé”! Prepara el café, anda, que no pienso irme de aquí sin habérmelo tomado, y ve pensándotelo, porque en cuanto vuelvas a sentarte ahí — señala el taburete sobre el que aún sigo sentada — quiero una respuesta coherente que no contenga ningún “no lo sé”.

— Vale. Pero ¿tú no decías que no te gustan los cotilleos?

— No son cotilleos, estamos hablando de sentimientos que ahora mismo te están haciendo más mal que bien.

Que oye, si no quieres contármelo, no tienes que hacerlo, podemos hablar del calor que está haciendo estos días si lo prefieres, pero, si me has hecho venir, supongo que será porque en el fondo estás deseando contármelo, ¿no?

— Supongo.

— Pues hala — señala la cafetera levantando la barbilla.

Yo me levanto, preparo dos cafés con leche y saco unas galletas por si tiene hambre. Lo dejo todo sobre la barra y vuelvo a sentarme, acojonada, porque ahora es cuando ya no puedo escapar de contestar a su pregunta.

— ¿Ya has decidido qué sientes?

— Yo te digo lo que me pasa por la cabeza al pensar en ella y tú ya sacas tus propias conclusiones dentro de la tuya, ¿vale?

— Vale — afirma con la cabeza.

— Aquella noche que la vi por primera vez…

— cojo la taza para tener algo entre mis manos — no sé qué tienen sus ojos, pero me quedé completamente prendada de ellos, y de ella en general, no te lo voy a negar.

Desde esa noche, no ha habido ni un solo día que no haya pensado en ella.

Y cuanto más la voy conociendo, más va gustándome.

Es cariñosa, atenta, pícara, y no tiene bonito solo exterior, también tiene bonito el interior.

— Ajá… ¿y qué más?

— ¿Qué más quieres que te diga?

— Cualquier cosa más que se te pase por la cabeza al pensar en ella.

— No sé… — dudo, y ella levanta el dedo advirtiéndome — vale, elimino ese “no sé” — levanto las manos y después las devuelvo al café — desde que intercambiamos el número de teléfono hemos estado hablando todos los días por WhatsApp, hay noches que nos obligamos a poner fin a la conversación porque ya son las dos de la madrugada, nos damos los “buenos días” cada mañana, ella me manda selfies con los perros de la consulta, yo le mando fotos de estos dos — señalo al sofá, que están Toby y Oliver — y hasta le mandé un selfie con Conchi — se me inundan los ojos al hablar de ella y, al cerrarlos, me cae una lágrima solitaria por cada mejilla.

— Vale — me aparta una mano de la taza para cogérmela — y ahora háblame de lo que sientes cuando haces todo lo que haces con ella.

— Sonrío cada vez que veo su nombre en la pantalla porque me ha escrito.

— ¿Y qué más?

— Cuando me manda una foto, siento la necesidad de verla varias veces.

— ¿Y qué más?

— También siento la necesidad de verla en persona cada día, aunque no se lo haga saber y, por lo tanto, no lo lleve a cabo.

— ¿Y qué más?

— Me siento feliz cuando me abraza, me acaricia y me mira.

— ¿Estamos hablando de felicidad producida por mariposas?

— Creo que sí.

— Prohibido usar “creo” también.

— Pues…sí.

— ¿Y queda algo más que quieras expresar que sientes relacionado con ella?

— Que la necesito. Y en un día como hoy, que estoy triste, que me ha hundido lo de Conchi, la necesito más. Daría lo que fuera por un abrazo suyo, por que esté aquí conmigo. Necesito el cariño que me da.

— Vale… — afirma lentamente con la cabeza.

— ¿Y tú qué opinas como peluquera canina? ¿Hay que cortarle las puntitas al corazón?

— Como peluquera te confirmo que hay que dejarlas crecer — sonríe y, por consecuencia, lo hago yo también — Iris… ¿de verdad que después de todo lo que me has dicho que hacéis, piensas que está enamorada de la otra?

— No lo sé…

— ¡Eh! — levanta el dedo, advirtiéndome de nuevo.

— Vale, pues…puede ser que me equivoque, pero eso lo sabré cuando hable con ella.

— Pues ya sabes lo que tienes que hacer. Está claro que tú estás enamorada hasta las trancas, falta saber lo que siente ella, pero me da a mí que está igual que tú.

— Ojalá.

— ¿No vas a replicarme nada? — me pregunta incrédula — ¿No vas a decirme que estás ilusionada pero no enamorada, o algo así?

— ¿Serviría de algo?

— La verdad es que no — se ríe.

— Pues lo dejamos así.

— Prométeme que la dejarás explicarse.

— Te lo prometo. Aunque, de todas formas, tenía pensado dejar que lo haga.

— Perfecto. ¿Y Conchi está en el tanatorio? ¿Te acompaño?

— Sí, en el municipal. ¿No te importaría?

— Para nada. ¿A qué hora es?

— Estará a partir de las once — miro la hora en el móvil — dentro de diez minutos.

— Pero…no quieres estar allí a las once en punto, ¿no? ¿Me dejas pasar por casa a ducharme y ponerme ropa decente?

— Sí, claro.

— Vístete tú también y paso a recogerte con el coche cuando esté lista, ¿vale?

— Vale. Gracias, Marina — ahora soy yo la que le aprieta suavemente la mano, y ella sonríe satisfecha.