Un beso de los tuyos CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Dudo qué hacer ahora. Tengo claro que a mí me apetece besarla y abrazarla, y me da por pensar que a ella también porque me ha demostrado que es cariñosa, así que hago lo que me nace sin cortarme: subo a su altura, le doy unos besos dulces en los labios y me tumbo a su lado con mi antebrazo sobre su abdomen y mi cabeza apoyada en su hombro.

Me entran dudas porque me da la impresión de que ella no está cómoda.

La noto tensa y no me está correspondiendo, no está haciendo nada por mostrarme cariño.

Aquí y ahora me doy cuenta de que la he cagado al dejarme llevar.

Ella se está arrepintiendo de haberse acostado conmigo y a mí me va a hacer sufrir. Lo sé, lo intuyo.

— Tengo que irme, Iris — se separa de mí y se levanta de la cama.

— ¿Por qué? ¿Qué te pasa? ¿He hecho algo que te haya molestado?

— No.

— ¿Y entonces?

Empieza a vestirse a toda velocidad y no contesta.

— ¿En serio, Nadia? ¿Llevo meses esperando a despertar algo en ti y ahora me echas un polvo y huyes?

¿No te ha gustado? Dime qué he hecho mal.

¿O es que te has dado cuenta de que sigo sin gustarte lo suficiente?

— me oigo como una tía desesperada, pero es que no puedo asimilar que se vaya así, y está consiguiendo que me entren mil dudas.

— El problema no eres tú, soy yo.

— Ya…qué típico — suelto una risa amarga — ¿no se te ocurre una respuesta un poquito más original y currada?

— Ahora mismo no.

— Nadia, no te vayas sin decirme por qué lo haces, por favor. Dime algo, lo que sea, pero no me dejes así.

Ya vestida, me mira unos segundos y se va sin añadir nada más.

A mí me sube un calor extremo a la cabeza, pero esta vez no es por excitación, es por pura rabia.

Salgo de la cama yo también y entro en la ducha para quitarme los restos del gel de masaje y de ella.

La estoy odiando con todas mis fuerzas, lo juro.

¿Cómo han podido cambiar tanto las cosas en cuestión de cinco minutos? Hace nada me sentía en el mismísimo cielo entre sus brazos y sus piernas, y ahora tengo ganas de darle una patada y mandarla de cabeza al infierno.

Soy tonta, en serio. Tendría que haberme dado cuenta de que algo no iba bien con ella, pero es que me gusta tanto, me he viciado tanto a ella, que no he sabido ver más allá de lo que yo estaba sintiendo.

Pero está claro que algo falla. La sospecha que más peso tiene en mi cabeza es que sigue enamorada de esa chica de la que me habló, pero me habrá usado a mí para intentar olvidarse de ella y se ha dado cuenta de que no lo ha conseguido.

He sido un “por probar” para ella, un experimento.

Y lo peor de todo es que yo se lo he puesto en bandeja, le he dejado siempre muy claro que podía abrirme de piernas cuando quisiera.

Ingenua que he sido. Ella me decía que tenía miedo de sufrir y al final la única que va a hacerlo soy yo porque me gusta mucho, joder, estoy en un punto en el que siento que la necesito.

Pero no pienso buscarla, eso lo tengo clarísimo.

Prefiero morir de ganas de verla o de hablar con ella que rebajarme a escribirle.

Aquí ha terminado nuestra brevísima historia.

Salgo de la ducha y vuelvo a la habitación con intención de acostarme.

Aún es pronto, pero solo me apetece estar quieta y odiándola, pero caigo en que hace un rato estábamos teniendo sexo ahí y no quiero correr el riesgo de olerla en las sábanas, así que decido irme al sofá.

Toby me acompaña, pero Oliver no sé dónde está.

— La próxima vez que vayamos a la clínica, no iremos a verla a ella, iremos a ver a la tía Julia, ¿vale? — le hago saber mientras le rasco la cabecita — no sé cómo puede caerte tan bien Nadia, y a mí tampoco, la verdad.

Cojo el mando de la tele y me tumbo con él, pero lo dejo sobre la mesa de centro porque no me apetece ver nada, y me acurruco con mi niño, que él sí que me da amor a cambio de nada y sé que nunca me abandonará.

***

Me despierto aún en el sofá. Di mil vueltas sobre mi propio cuerpo y a lo que pasó, hasta que me quedé dormida, pero en ningún momento me planteé ir a la cama. Podría haber cambiado las sábanas para que no olieran a ella, pero no estoy completamente segura de querer desprenderme de su olor.

No cené y sigo sin tener hambre, pero me levanto para tomar café. Lo preparo y me siento en el taburete de la barra. Siempre me ha gustado tomarlo aquí o en el balcón, pero da el sol y no es muy agradable en pleno verano.

Miro el móvil y se me para el corazón al ver que tengo un mensaje de Nadia: “Perdona por haberme ido así. ¿Podemos quedar para hablar? Por favor.”

Tiro el móvil sobre la barra, pero da un golpe más fuerte de lo que esperaba y lo desbloqueo enseguida para comprobar que sigue vivo. Y sigue, menos mal, porque romperlo ya sería lo que me faltaba.

Desde que le di mi número de teléfono a Nadia, anoche fue la primera noche que no hablamos.

Y hoy el primer día que no nos hemos dado los buenos días.

Siento un vacío. Siento que antes tenía algo que me mantenía despierta hasta cierta hora de la noche sin hacer ningún esfuerzo y algo que me hacía levantarme con una sonrisa cada día. Y eso ya no está.

Podría contestarle, podría darle la oportunidad de escuchar lo que tenga que decirme, pero ahora mismo estoy muy enfadada con ella, me pareció muy feo lo que hizo y, además, no sé si estoy preparada para que me diga que sigue enamorada de la otra y que lo que pasó ayer no volverá a ocurrir nunca más. Y que lo siente y bla, bla, bla.

Me dejo la mitad del café y salgo a pasear a Toby porque anoche no lo paseé y debe de tener el pis a punto de salírsele por las orejas. Si tuviera manos, seguro que estaría dando saltitos y apretándose el pajarito para que no se le escape. Tiene aguante el tío, menos mal.

Al llegar a casa y sentarme otra vez en el taburete, tengo otro mensaje de Nadia:

“Iris, por favor, contéstame. No sabes cuánto me arrepiento, no he pegado ojo en toda la noche, necesito hablar contigo”.

Y yo pienso: “Bueno, tú te lo buscaste. Yo tampoco he dormido bien y te aseguro que no fui yo la que lo jodió todo, no me merecía dormir mal”. Y vuelvo a tirar el móvil sobre la barra, pero con más delicadeza esta vez.

Se me vuelve a parar el corazón en cuanto suena el móvil, pensando que quizás pueda ser ella, pero se me para más aún cuanto veo que la que me está llamando es la directora de la residencia.

— ¿Diga?

— Buenos días, Iris, perdona que te moleste en domingo. Sé que no puedo avisarte de cada suceso que pase aquí, pero ha ocurrido una cosa que creo que te gustaría saber.

— ¿Qué ha pasado?

— Verás…es que…ayer Conchi estaba más apagada de lo normal, y esta mañana ya no ha despertado, ha fallecido.

— ¡¿Qué?! — grito — ¡Pero si estaba bien!

— Sí, pero era mayor, lógica y desgraciadamente este momento tenía que llegar.

Sé que teníais muy buena relación y que básicamente sigues aquí por ella, así que me he visto en la obligación de avisarte.

Aunque yo espero que eso no influya y que quieras seguir con nosotros, pero tranquila que no te he llamado para hablar de eso, solo era por si te apetece ir al funeral y para que no te encuentres con la sorpresa cuando vengas a trabajar.

— ¿Cuándo y dónde es? — le pregunto sin ningún tipo de expresión en la voz. Estoy en shock.

— Estará en el tanatorio municipal a partir de las once de la mañana, y el entierro será a las seis de la tarde en la Iglesia de la Cruz.

— Vale, muchísimas gracias por avisarme, iré a las dos cosas.

— De nada. Lo siento, Iris. Nos vemos.

— Gracias. Nos vemos.

Cuelgo la llamada aún en shock y con la vista nublada, pero aun así consigo ver que tengo otro mensaje de Nadia:

“Yo también tengo una canción que quiero bailar contigo, pero no te diré cuál es. Lo sabrás si me permites que la escuchemos y bailemos juntas.”

Y es entonces cuando me derrumbo. Apoyo los antebrazos sobre la barra y mi frente sobre ellos, y dejo salir por mis ojos el cúmulo de emociones que hay dentro de mí.

Es como si los astros se hubieran alineado para que, justo en el momento en el que recibo la noticia de Conchi, Nadia me escriba para hablarme de bailar conmigo.

Y Conchi quería que bailara con la morena.

Y yo también. Y ahora daría lo que fuera por tener a Nadia aquí dándome cariño y secándome las lágrimas que derramo porque nunca más volveré a tener esas conversaciones con Conchi.

Me levanto del taburete y voy a la habitación, tirándome boca abajo sobre la cama para ver si encuentro el olor de Nadia como sustituto de su presencia, pero no lo encuentro.

Ella estuvo poco rato tumbada, así que no hay ni rastro, es como si lo que pasó ayer hubiese sido un sueño al principio y una pesadilla al final.

De repente, aparece Toby lamiéndome la cara y “limpiándome” las lágrimas con ello, y yo me pongo de lado para abrazarlo.

— Gracias, amorcito, eres el mejor — y le doy besitos yo a él también — Conchi se ha ido.

¿Sabes qué significa eso? Que ya no volveré a ver su cara de horror al decirle que me gustan las chicas por enésima vez y, por lo tanto, ya no podré reírme con eso.

Y ya nadie me preguntará qué tal las clases de bachata, aunque le haya dicho mil veces que ya no voy.

Y ya nadie me hará reflexiones sobre el amor usando el baile como metáfora.

Ni me hablará de su Antonio, pero ¿sabes qué es lo único bueno?

Que por fin se reencontrará con él. Van a ser felices otra vez, pero la diferencia está en que ahora sí que pueden bailar juntos por siempre.

Y lloro más intensamente, no sé si por la tristeza de no volver a verla o por la felicidad de saber que va a estar por siempre con el amor de su vida. No sé si existe algo después de la muerte, pero ojalá exista eso.