Un beso de los tuyos CAPÍTULO 29 #2
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CAPÍTULO 29 #2

— Date la vuelta porque si sigo así, me correré — me dice con voz ronca, y a mí me estalla la cabeza al escuchar ese “me correré” salir de su boca.

Me pongo boca arriba otra vez, pero me incorporo un poco y aprovecho para quitarle la camiseta; no puedo aguantar mucho más sin verla desnuda.

Ella misma se quita el sujetador, regalándome por fin la bonita visión de sus pechos, y vuelve a cogerme de las muñecas, pero esta vez eleva mis brazos por encima de mi cabeza, entrelaza sus dedos con los míos y deja su cuerpo caer sobre el mío.

Vuelvo a jadear al sentir el placer que me provoca sentir sus pechos desnudos pegados a los míos, pero me ahoga el jadeo con su boca.

Me besa con una pasión que consigue que se me erice la piel de todo el cuerpo y que el bombeo de mi clítoris no cese ni un solo segundo.

Estoy sudando como nunca había sudado antes, pero el líquido que desprende mi cuerpo no se puede comparar con la cantidad de líquido que hay entre mis piernas.

Me suelta las manos, las llevo a su espalda y me pongo más cachonda al descubrir que ella está sudando tanto como yo, que está tan extasiada como yo.

Se incorpora para quitarme las bragas y yo suspiro al pensar que cada vez está más cerca de terminar con este sufrimiento que tengo acumulado no solo de hoy, sino desde hace tiempo.

Me quedo abierta para ella porque necesito que desee darme ese orgasmo que tanto anhelo, y me demuestra que lo desea porque se lame los labios con cara de cachonda mientras lo mira.

— Te haría tantas cosas…que no sé por cuál empezar.

— Por cualquiera que me dé un orgasmo.

Se pone encima de mí, con su cuerpo entre mis piernas y empieza a acariciarme el clítoris, pero sin estimularme, cosa que me desquicia.

— ¿Estás deseando correrte?

— Con todas mis fuerzas.

— Mierda…

— ¿Qué pasa?

— Estás empapadísima — siento su dedo tanteando mi entrada, pero no me penetra.

— ¿Qué esperabas?

— Lo siento, pero aún no puedo darte un orgasmo.

— Me vas a hacer morir, Nadia — le gruño.

— Me encanta matarte de placer.

Y ahora sí, entra con dos dedos hasta el fondo, haciéndome gemir al instante. Empieza a embestirme y se oye el chapoteo con cada penetración.

— También me encanta cómo suena tu humedad. Y estar dentro de ti — susurra.

Por si no me pone suficientemente cachonda todo lo que me hace, me dice cosas que me excitan aún más, joder.

Cuelo una mano entre ella y yo con la intención de estimularme por fuera porque de verdad que no puedo más, pero se da cuenta y me la para pegando su pelvis.

— De eso nada. Quítala — me exige y yo la quito porque en realidad quiero que sea ella la que me dé el orgasmo — toma lo que necesitas.

Saca los dedos de dentro de mí y empieza a estimularme el clítoris mientras me besa el cuello. Yo la aprieto fuerte contra mí mientras toda la sangre de mi cuerpo viaja a la velocidad de la luz a mi entrepierna hasta que estalla en forma de bomba de placer.

Siempre había pensado que la gente que gime fuerte está exagerando, pero juro que he necesitado expresar de esa manera toda la tensión que había acumulado dentro de mí desde el día que conocí a Nadia hasta hoy.

Ahora respiro como si acabara de terminar una carrera de doscientos kilómetros, tengo la boca seca y creo que estoy mareada.

— ¿Estás bien? — me pregunta preocupada.

— Sí — miento porque pienso sacar fuerzas de debajo de las piedras si es necesario, pero tengo que hacer que ella se corra también antes de que pueda arrepentirse de estar acostándose conmigo.

Invierto los papeles; la tumbo en la cama y me pongo de rodillas entre sus piernas para quitarle los pantalones y las bragas.

Ella se queda con las piernas ligeramente cerradas y, de repente, me acuerdo del día que tenía sus bragas en mi mano, en la casa de Mía y África.

Creo que es muy atrevida cuando se trata de algo relacionado con los demás, pero cuando se trata de ella, aflora un poco de timidez.

Ignoro lo que imagino que estará sintiendo y se las abro yo. ¿Puede tenerlo todo tan bonito? Puede, os lo aseguro. Babeo al verla completamente desnuda, al ver esa imagen que tenía dudas de que mis ojos pudieran visualizar alguna vez.

Me entran unas ganas tremendas de comérselo, pero también tengo una gran necesidad de probar esos pechos que se me antojan tan exquisitos, así que me coloco encima de ella y empiezo a lamer y a succionar uno de sus pezones, que se pone como una piedra en un tiempo récord.

Paso al otro porque no tengo ni la más mínima intención de darle menos placer que al primero, porque se merece exactamente lo mismo y, cuando está erecto, lo abandono para descender con besos por su abdomen.

Bajo a lamer la parte interna de su muslo, acercándome a su entrepierna.

— Iris, me da un poco de corte que… — no la dejo terminar la frase; paso la lengua por la extensión de su clítoris — Oh, joder… — y veo cómo cierra los ojos con fuerza, se retuerce y se agarra fuerte a la sábana.

“Joder” digo yo. Qué puto placer tener mi lengua entre sus pliegues por fin y poder saborearla.

— Me muero por que te corras en mi boca, Nadia. ¿Lo harás por mí? — y antes de llegue a pasar un segundo desde que le pregunto, empiezo a estimularle el clítoris con la lengua para no darle tregua.

— Lo haré — jadea.

— Así me gusta.

Sigo trabajando con mi lengua, no pienso parar ni un solo segundo hasta conseguir ver su cara de placer al correrse, y pienso grabar esa imagen en mi memoria a fuego, igual que estoy grabando ya su cara de gusto mientras la estimulo.

Busca mi mano y entrelaza sus dedos con los míos, apretándomelos.

Los dedos de la otra mano los introduce por mi pelo, haciendo que presione más su clítoris con mi lengua.

Levanta la pelvis y se abre más, tensando los músculos de las piernas y de los glúteos para ello, regalándole a mis oídos unos maravillosos gemidos al cumplir con mi deseo: correrse en mi boca.