Un beso de los tuyos CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Estoy hablando con Nadia por WhatsApp desde que he terminado de trabajar.

Aparentemente está todo bien, no parece que esté molesta por lo de esta tarde, pero no me he atrevido a sacar el tema y ella tampoco lo ha hecho.

Estoy en un punto en el que creo que me jodería que me diga que unos besitos suaves con lengua son más que suficiente, que no quiere más.

Y vosotras estaréis pensando: “Pero, tonta, si ella aún no ha hecho nada para dar un paso más, te está demostrando que aún no quiere avanzar”.

Y sí, lo sé, pero si no me lo dice en palabras, puedo agarrarme a la pregunta de: “¿Y si yo diera ese paso más? ¿Me diría que no?”.

A mí esta incertidumbre está empezando a matarme, eso sí.

Tengo momentos en los que pienso que yo despierto en ella lo mismo que ella despierta en mí y tengo momentos en los que pienso que, quizás, no soy suficiente para ella.

A lo mejor mi personalidad, mi forma de ser no llega a despertar esa conexión que necesita, o a lo mejor hay algo en mi físico que no acaba de convencerle.

Voy a volverme loca.

Ya estoy en la cama, pero no tengo ni una pizca de sueño porque estoy hablando con ella.

Esta es mi rutina nocturna y me encanta.

Pienso que si algún día se rompe esto, voy a necesitarlo.

Le mando una foto en la que se ven mis piernas y tengo a Toby pegadito a mi derecha y a Oliver a mi izquierda, acompañada de un mensaje que espero que no le parezca que está fuera de lugar:

— Mis niños opinan que faltas tú aquí.

— ¿Y qué opinas tú?

— Lo mismo que ellos.

— ¿Los has usado para decirme que te apetece dormir conmigo?

— Más o menos :) Pero te recuerdo que tú fingiste estar intensamente dormida para decirme que te apetecía dormir conmigo.

— Y lo volvería a hacer.

Vale, ahora es cuando paso de estado sólido a líquido porque me derrito.

Joder, parezco una adolescente conociendo a su primer amor.

Desde que he abierto el chat con ella tengo una sonrisa de gilipollas en la cara, que se incrementa por momentos, y el corazón acelerado, que también se pasa de revoluciones por momentos.

— ¿Sigue en pie lo de mañana?

— Sí, claro. ¿O ya se te ha despertado el miedo a volverte adicta a mis manos?

— Ese miedo lo tengo cada vez que te las miro.

— ¿Ah, sí? Eso sí que me sorprende...

— ¿Por qué?

— Porque tienes pinta de no tenerle miedo a nada.

— ¿Eso lo estás diciendo en serio o me estás vacilando?

— Te lo estoy diciendo en serio. No estoy dentro de tu cabeza, pero visto desde fuera parece que no tienes ningún miedo y que sueles tener claro lo que quieres y, además, vas a por ello sin dudarlo. Admiro todo eso de ti.

— No te equivocas en lo de que tengo claro lo que quiero y voy a por ello, pero sí que te equivocas en lo otro.

— A ver…dime algo que te dé miedo.

“Que se termine esto que tenemos, aunque en realidad no sea nada, pero que a mí me está manteniendo más viva que nunca. Que me digas que has intentado que se despierte algo dentro de ti, pero que no lo has conseguido. Que llegue un momento en el que me hagas saber que, de las dos, solo he sido yo la que ha estado como una adolescente” pienso, pero no voy a escribírselo.

— Las alturas y tú.

— ¿Yo? ¿Por qué? Si te he demostrado que soy inofensiva.

— Precisamente eso es lo que me da miedo.

— ¿Por qué?

— Porque temo que quieras serlo siempre conmigo.

— ¿Y por qué lo temes?

— Porque me gustas de verdad.

— ¿Sabes que yo soy humana?

— ¿Y qué quieres decir con eso?

— Que no podré resistirme siempre a ti.

— ¿Eso significa que te estás resistiendo?

— Un poquito.

— ¿Y por qué lo estás haciendo?

— Porque tú a mí también me das miedo.

— ¿Por qué?

— Porque me gustas de verdad.

— ¡Eso no vale! ¡Estás repitiendo lo que yo he dicho!

— Porque me pasa lo mismo que a ti.

Me quedo en blanco. No sé qué contestarle porque me ha descolocado que se esté resistiendo.

Yo estaba completamente segura de que aún no le gustaba tanto como para llegar a más conmigo.

Y que me diga que le pasa lo mismo que a mí…

me complica el seguir manteniendo las manos quietas y la mente relativamente fría.

En vista de que no le contesto, escribe ella.

— ¿Y al final qué le has contestado a Ana?

— Le he dicho que no quiero que volvamos a intentarlo, que no me interesa que cambie y que, por favor, no vuelva a escribirme.

He intentado ser tajante porque sé que puede llegar a ser muy insistente y yo tengo muy claro que no quiero volver a pasar por lo mismo, no necesito que intente demostrarme nada.

— Parece que no, pero es muy importante tener las cosas claras en la vida para tener la mente tranquila, así que me alegro por ti. Y, si te soy sincera, también me alegro de que no quieras darle otra oportunidad :) ¿Y te apetece darme un beso?

— No me digas que estás en la puerta de mi casa…

— Jajajaja ¡no! Estoy en mi cama.

— Pues si tuviera que elegir entre un beso en mi puerta o estar en tu cama, prefiero tu cama.

— ¿Para hacer qué?

— Dormir contigo, abrazada a ti.

— ¿En serio? ¿Prefieres dormir que darme un beso tan salvaje como el de esta tarde?

— Sí. Un beso así me deja taquicárdica y estar abrazada a ti me relaja.

— Y a estas horas prefieres relax que tirar de Poseidón, ¿no?

— Bueno, si me mandas una foto de cuerpo entero…no te haría el feo.

— Jajajaja ¡ni lo sueñes!

***

Hoy que podría dormir todo lo que me dé la gana y después de haber soltado el móvil a la una y media de la noche, me despierta el timbre.

Toby y yo nos levantamos a abrir; yo cabreada y sin saber qué hora es porque no me he parado a mirarla.

Espero que no sea ninguna vecina que viene a pedirme café soluble porque te juro que le rompo la Dolce Gusto en la cabeza para que sepa con qué se prepara un café.

— ¿Se puede saber qué haces aquí? — le pregunto de malas maneras a Julia al abrir la puerta y verla. Marina también está, pero seguro que esto no es culpa suya.

— Por favor, no muestres tanta alegría al verme, que soy muy sensible y me harás llorar de emoción — hace un gesto con la mano, como si fuese una pija ofendida.

— ¿Y tú te has dejado arrastrar por ella? — le pregunto a Marina y ella levanta los hombros.

Pasan sin pedir permiso y sin que yo las invite. Definitivamente la confianza da asco.

— Me ha contado un pajarito que te gustan los donuts de Lotus — Julia levanta la mano con una bolsa — aquí traigo la gasolina para hacerte hablar. El café lo preparas tú.

Pues no estaba tan equivocada con lo de que alguien vendría a pedirme café.

— ¿Hasta qué punto habrás interrogado a Nadia para que salga a la luz el pequeño detalle de que me gustan esos donuts?

— Hasta la saciedad, pero es incluso más hermética que tú, así que por eso he tenido que recurrir a ti, si no aquí una se entera de las cosas a medias. Que, por cierto, no está aquí, ¿no? — señala mi habitación.

— No, no está.

— Perfecto, pues siéntate, que tenemos cosas que hablar — da dos golpecitos sobre el taburete de la barra.

— ¡Pero bueno! ¿En mi casa me estás exigiendo tú que me siente?

— ¡Ah sí! Perdón, me siento yo, tú preparas los cafés — y se ríe.

— Pero ¿se han acostado ya o no? — le pregunta Marina a Julia, que, por lo visto, está más perdida que un ciego en un tiroteo. Ya sabía yo que mi gran amiga la ha liado para venir sin saber muy bien a qué.

— ¡No! — contestamos Julia y yo al unísono.

— Pero ¿te puedes creer que he tenido que enterarme por Nadia de que sí que se han comido la boca? — le dice a Marina.

— ¡Oh! Qué fuerte, Iris, no puedo creerme que seas tan mala amiga — ironiza Marina porque a ella los cotilleos realmente ni le van ni le vienen.

A ella le cuentas que Paquito el chocolatero y la Duquesa de Alba estaban anoche follando en la plaza del pueblo y se la sopla.

¿Cómo puedo tener dos amigas tan extremadamente diferentes?

Sí, sé que la burrada que he dicho antes es imposible, pero es lo primero que se me ha ocurrido, oye, que me acabo de despertar y mis neuronas aún no están a pleno rendimiento.

— Tía, eres rara de cojones. ¿Cómo puede darte igual que se hayan liado? — le pregunta Julia anonadada.

— No me da igual, yo me alegro muchísimo porque a Iris ya se le cayeron las bragas la primera noche que la vio, que lo vi con mis propios ojos.

Pero no sé…opino que cada uno tiene que contar las cosas cuando le nazca, me parece normal y respetable que no fuese corriendo a coger el móvil para contártelo.

— ¿Ya habéis terminado vuestra discusión? — les pregunto plantándoles el café en la barra.

— Yo con esta no pienso discutir — Julia señala a Marina — que es tan zen que, diga lo que diga, siempre va a tener motivos para defender a las otras personas. Mejor nosotras nos callamos y hablas tú para contarnos, aunque a esta le dé igual — vuelve a señalarla.

— ¡Que no me da igual, jolín!

— ¿Qué quieres que te cuente? Ya sabes que nos liamos, no hay más que contar.

— ¡Dios! Pero qué sosa que eres… No sé, ¿cómo pasó? ¿qué sentiste? ¿ves posibilidades de repetir? Que a esta última pregunta yo ya sé la respuesta porque no hay más que veros, pero quiero saber tu opinión.

En vista de que Julia ha traído el desayuno, pero no se decide a hacer nada, lo saco yo de la bolsa y lo reparto por la barra.

Sonrío internamente al recordar el momento de ayer cuando estaba aquí con Nadia, pero no lo exteriorizo porque no pienso contarles que me puse a fingir gemidos y que ella me dijo que se estaba poniendo cachonda.

Supongo que lo dijo de broma, pero el escuchar esa frase salir de su boca, a mí sí que me puso.

Les hago un resumen contándoles que vimos una película, que se quedó a dormir, que nos besamos y que por la tarde vino y repetimos ese beso, pero que fue más intenso.

— Tía, de verdad que yo no sé cómo podéis estar besándoos en la cama y no follar — habla Julia y se gira hacia Marina — a ti no voy a preguntarte qué opinas porque seguro que tienes motivos para defender a Nadia.

— Pues sí. Igual que entiendo que Iris no fuese corriendo a contarte que se habían liado, también entiendo que Nadia pueda tener motivos para no acostarse con una persona a la primera de cambio.

— ¿Qué primera de cambio? ¡Si llevan una eternidad tonteando! Tú cuando vuelvas a estar con ella, métele mano y verás como no se resiste — me da su gran consejo Julia.

— No le hagas caso, Iris — interviene Marina — si es buena persona y te gusta de verdad, no la cagues por precipitarte, ten paciencia, respeta sus tiempos.

Está claro que tú también le gustas, pero tendrá sus motivos para no haberlo hecho aún.

Nunca sabemos al cien por cien por lo que ha pasado una persona en su vida o qué le pasa exactamente por la cabeza, y no todos vamos al mismo ritmo.

Y ahora que escucho estas dos opiniones tan dispares, me doy cuenta de que, aunque sean tan diferentes y no me hayan solucionado absolutamente nada, las necesito a las dos en mi vida. Son el ying y el yang, no hay ninguna duda.