CAPÍTULO 28
He ido a la protectora y acabo de llegar a casa.
Cada vez que salgo de allí, una parte de mí se siente satisfecha porque los niños están bien cuidados, las voluntarias hacemos todo lo que podemos para que sea así, pero, otra parte de mí vuelve triste porque me da mucha pena que todos esos pobres animales tengan que vivir sin una familia que les dé cariño a todas horas.
Miro a Toby y a Oliver y pienso que son unos afortunados, que ojalá todos tuvieran la misma oportunidad que tuvieron ellos porque todos y cada uno de ellos se merecen una vida así.
Miro la hora y son las cuatro. Aún me falta una hora, joder.
He quedado con Nadia a las cinco y al final hemos acordado que vendrá a mi casa.
No la veo desde ayer, pero se me está haciendo eterna la espera, para mí es como si hiciera un mes que no nos vemos.
Necesito verla, compartir tiempo con ella, escuchar su voz, su risa y, sobre todo, que me dé un beso de los suyos.
Para mí es una necesidad básica para vivir y un sufrimiento el no poder tenerlo cada vez que quiero.
Me aseguro de ir bien depilada y me ducho con esmero porque quiero estar limpia y oler de maravilla.
Si no ha cambiado de opinión, viene dispuesta a hacerme ese masaje que sigue pendiente, y si ha cambiado, me da igual, igualmente quiero estar perfecta para ella.
Hacía tiempo que no sentía esta necesidad de verme tan bien para alguien y esto me gusta y me asusta a partes iguales.
Al salir de la ducha, me pongo música porque me lo pide mi estado de ánimo.
Elijo una lista aleatoria en Spotify y empieza a sonar “Luna bonita”, de Marcela Morelo.
Miro el altavoz al escucharla cantar “Dime luna bonita dime que me está pasando. Dime luna bonita si me estoy enamorando. Extraño su sonrisa, me muero por sus labios, ya nada me conforma si no estoy a su lado” y la guinda del pastel llega con “Dime luna bonita porque siento tanto miedo, dime luna bonita que inocente es este juego. Quiero mirar sus ojos toda la noche entera y despertar sin prisa, sin soledad, sin pena”.
¿Dónde coño me estoy metiendo yo? Hace poco tenía pareja y ahora que estoy soltera y que podría haber disfrutado de lo que no me dejó disfrutar Ana, voy y me obsesiono con otra tía. Pero la culpa es de Nadia por ser tan… ¿tremendamente irresistible? Sí, eso.
Estoy de los nervios. Salgo a pasear a Toby por hacer tiempo. Lo he paseado hace un par de horas, antes de ir a la protectora, así que no tenía ninguna necesidad, pero aún faltan veinte minutos para que llegue la morenaza y si tengo que estar esperando en casa voy a estar como un león enjaulado.
Al volver, la veo esperando en el portal. Saco mi móvil del bolsillo trasero para mirar la hora y aún faltan diez minutos. Se me había hecho largo el paseo porque los minutos pasan despacio cuando la estoy esperando, pero veo que tampoco hemos estado tanto tiempo por ahí.
— ¿Me estabas echando de menos? — le pregunto, y ella se asusta y se da la vuelta hacia mí — llegas diez minutos antes.
— No te creas tan importante — sonríe — lo estaba echando de menos a él — se agacha a saludar a Toby y él se vuelve loco, como si nunca le hubiera puesto una inyección.
— Ah, vale, entonces… ¿os dejo solos en casa y me voy? — abro la puerta del portal y pasamos.
— Si quieres puedes quedarte por si se nos hace tarde y alguien tiene que prepararnos la cena.
— ¿Y si se me va la mano y te rompo un huevo en la cabeza?
— Me lavarás el pelo después.
— ¿Y entrarás a la ducha con o sin ropa?
— Con. Solo para joderte — y se ríe.
— Te irás después mojada a casa porque no pienso dejarte más ropa.
— Mojada estaré desde antes si vas a estar por casa — bromea.
— Nadia… — levanto una ceja como advertencia.
— Vale, vale, me callo — levanta ella las manos en son de paz.
Entramos en casa y va directa al sofá y se pone de cuclillas para saludar a Oliver que está durmiendo tranquilamente.
Estaba, porque ahora levanta la cabeza para dejarse acariciar y se pone a ronronear en cero coma.
Si supiera que algún día le pondrá una inyección como a Toby, a lo mejor otro gallo cantaría. Son unos bienqueda los dos.
Yo me siento en el sofá, apoyo un lateral y el codo cerca de Oliver y la miro.
— A mí también puedes acariciarme así.
Sonríe y empieza a acariciarme la cabeza. Yo cierro los ojos y sonrío aún más que ella.
— Estáis adorables los dos, pero Oliver más que tú.
Abro los ojos, la miro fingiendo enfado y me aparto, quedándome sentada normal en el sofá.
— ¿Sabes que estás muy poco agradable hoy? Te he preguntado si me echabas de menos y me contestas que solo a Toby y ahora dices que Oliver está más adorable que yo.
— ¿Te estás enfadando porque no te digo lo que quieres oír? ¿O estás celosa de tus niños?
— Las dos cosas.
Se pone de pie delante de mí, dobla el cuerpo, apoya las manos en mis rodillas y me mira con esa mirada tan intensa que me atraviesa el corazón, el alma y…
uff, yo qué sé, todo lo que pueda existir que se pueda atravesar.
Trago saliva. ¿He dicho antes de que viniera que estaba nerviosa? Pues ahora lo estoy mucho más.
— No hay ninguna humana que me parezca más adorable que tú y sí que te echaba de menos — quita las manos de mis rodillas y se pone a horcajadas sobre mí, dejándome sin respiración porque esto no me lo esperaba — sobre todo esto — pone la palma de la mano en mi mejilla y se acerca a darme un beso de los suyos, pero después desplaza sus labios para besar los míos al completo, no solo en la comisura.
Entra en juego su lengua, produciéndome una descarga eléctrica automática en mi entrepierna y, como por arte de magia, mis manos aparecen en la parte externa de sus muslos, apretándoselos suavemente.
Sigue enredando su lengua con la mía y siento que mi cuerpo cada segundo que pasa se calienta un poquito más y la desea con más intensidad, pero no acerca su cuerpo al mío, así que sé que no pretende cruzar ninguna línea.
Su intención solo es besarme, no calentarme, aunque esté consiguiendo las dos cosas a la perfección.
Pone fin al beso, yo me quedo mirando mis manos, que aún siguen en sus muslos y las aparto rápidamente, como si me hubiera quemado.
— No puedes hacer eso — le advierto con el dedo.
— ¿Por qué? — me pregunta con una sonrisa pícara.
— Lo sabes perfectamente.
— Prefiero que me lo digas tú.
— Porque me pones demasiado y se supone que vas a hacerme un masaje, es mejor que no eches leña al fuego antes.
— ¿Y si quiero quemarme? — me pregunta con un tono claramente inocente, no tiene ninguna intención de tirarse de cabeza a las llamas.
— ¿Tú? Creo que cada día te pones un traje ignífugo antes de quedar conmigo.
— Eso es lo que tú te crees — me coge de las dos manos, entrelazando sus dedos con los míos y las apoya sobre sus piernas.
Yo me quedo mirándola porque mi cabeza no puede asimilar lo guapa que es, ojalá pudierais verla, en serio, no existe ni un solo ser humano en el mundo que sea más bonito y perfecto que ella — ¿En qué piensas?
— En cuánto me gusta tenerte ante mis ojos.
— ¿Por qué?
— No te lo voy a decir porque ya sabemos que tu ego tiene tendencia a subirse por las nubes.
— Qué tonta — se ríe, y mi interior se revoluciona al oír su risa y al ver su sonrisa — venga, dime.
— Eres guapísima.
No me contesta nada, separa más las piernas para acercarse más a mí y me abraza por el cuello. Yo la abrazo por la cintura y, al estar así con ella, deseo poder parar el tiempo, que la vida no avance a nuestro alrededor.
— A mí me pasa lo mismo — dice, sin deshacer el abrazo.
— ¿Qué exactamente?
— Me encanta estar contigo para poder ver en vivo y en directo lo guapa que eres. Si te hubiera visto solo en una foto, no podría creerme que existas en persona.
Se me para el corazón al escucharla. ¿De verdad está diciendo eso?
Me están entrando unas ganas tremendas de levantarme así tal cual estamos y llevarla a la cama y hacerla mía.
Sé que parezco una pervertida, pero es que cuando te gusta alguien así, es inevitable desear fundirte con ella.
Estamos abrazadas de manera inocente y tengo todos los sentidos alterados y la sensación de felicidad a unos niveles desorbitados.
¿Qué podría sentir si ese abrazo fuese completamente pegadas sin que absolutamente nada separe su cuerpo del mío?
“Iris, bájate, que te estás subiendo a las mismas nubes en las que está su ego a veces. Te estás viniendo arriba, te estás dejando llevar demasiado por las emociones y cuanto más subas, más grande puede ser la hostia después”, me digo a mí misma.
Me da dos besos en la mejilla: uno simple y uno fuerte, apretando y haciendo ruido. Rompe el abrazo y se pone en pie.
— Venga, vamos — estira el brazo ofreciéndome su mano. Yo le doy la mía y me hace levantarme del sofá.
— ¿Masaje?
— Sí. ¿O no quieres?
— Quiero que me masajees hasta que te duelan las manos.
— ¿Y dónde quieres hacerlo? — me pregunta ella.
— ¿Contigo? Te lo haría hasta de pie. O…en la mesa, en la barra… Un orgasmo en cada lado. Suena bien, ¿no?
— ¡Iris! — me riñe, pero después se ríe y yo también.
— Vale, vale — levanto las manos — en la cama, ¿no? El masaje digo. Estaremos más cómodas.
— Sí. ¿Y qué me ofreces para que mis manos puedan recorrer de manera suave tu piel?
— Si hablas así, solo puedes conseguir que mi fiebre aumente y que piense más en los orgasmos que te daría.
— Sabes perfectamente a qué me refiero…
— Y tú sabes perfectamente que con tus palabras caldeas más el ambiente y las has usado así a propósito.
No contesta, solo sonríe diabólica y yo niego con la cabeza como sustituto de un “no tienes remedio”.
Entro al baño y saco un bote de crema hidratante normal y uno de gel de masaje de una marca de preservativos y lubricantes conocida. Nadia mira un bote, mira el otro, me mira a mí y sonríe.
— ¿Ese lo usas también con tus pacientes? — me pregunta señalando el gel de masaje.
— Solo con las que son especiales — contesto por hacer la broma, pero en realidad y aunque me joda, ese gel solo lo usé una vez con Ana.
— ¿Y has tenido muchas pacientes de esas? — me pregunta quitándome el bote de la mano.
— Paciente especial solo una y nunca lo he probado con ella, pero, por lo que veo, hoy va a ser el día — sonrío.