CAPÍTULO 26
— Buenos días, Conchi.
— Buenos días, jovencita. Me tenías preocupada — cruza los brazos, como si fuese una niña pequeña enfadada.
— Lo siento, no volveré a llegar tarde. Hoy ha sido por un motivo de fuerza mayor — le digo mientras vuelvo a mirar el móvil antes de abandonarlo para la sesión con ella, y sonrío al ver que Nadia me ha escrito “Me está encantando oler a fresas y nata, como tú”, pero no le contesto para no tener abandonada a Conchi más tiempo.
— Esa sonrisa me la conozco yo — me señala con el dedo destartalado.
— Ah, ¿sí? A ver, ¿de qué la conoce? — la reto para ver por dónde me sale.
— De cuando te escribe la morena esa.
¡Vaya por Dios! Ahora de eso sí que se acuerda la viejita con demencia.
— ¿Has cumplido con la promesa que me hiciste? — me pregunta ella. Vale, de eso también se acuerda.
— Sí — le contesto orgullosa de mí y feliz al recordar el día de ayer.
Me siento delante de ella y empiezo con el masaje — ayer bailamos una bachata y esta mañana hemos desayunado juntas, por eso he llegado tarde — no hace falta añadir que nos hemos dado unos morreos que me han dejado con el corazón a punto de salírseme por la boca y la entrepierna pidiendo auxilio.
— Así me gusta, yo confiaba en ti. ¿Entonces os habéis apuntado a clases?
— No, de momento no. Estuvimos bailando en mi casa.
— ¿Y ya te ha dado orgasmos?
Joder con la vieja…
— Tampoco.
— Pues entonces te quedan dos cosas pendientes: apuntarte a clases con ella y que te dé orgasmos. ¿Lo harás?
— Lo intentaré.
— Eso no vale. Tienes que prometérmelo — vuelve a poner cara de niña enfadada.
— Pero es que eso no depende solo de mí, tiene que estar ella de acuerdo también.
— Lo sé, pero yo solo te he pedido que me prometas que intentarás que pasen esas dos cosas.
— Sí, eso sí que se lo prometo. ¿Contenta?
— Contenta — sonríe satisfecha y yo hago lo mismo al verla. Si pudiera, me la llevaría a mi casa, en serio.
Yo sigo con el masaje y pasamos a hablar de otras cosas, de su infancia sobre todo. Parece mentira lo bien que se acuerdan los ancianos de algo que pasó hace tantísimos años y que, a veces, no se acuerden de algo que pasó ayer.
Termino mi sesión y nos levantamos las dos de la silla.
— Iris.
— Dígame.
— Tú sabes que yo te aprecio, ¿verdad? Para mí eres como una nieta — se para a pensar y me coge de las dos manos — en realidad, queda feo que lo diga, pero creo que me atrevería a decir que te quiero más que a mis nietos.
Ellos vienen a verme muy a las largas, tú vienes tres veces por semana.
Sé que es tu trabajo, pero…igualmente te has ganado mi corazón y para mí no sería igual estar aquí si no estuvieras tú.
— ¿Sabe que yo tengo una clínica propia?
El motivo principal por el que sigo viniendo aquí es por usted, no es por el trabajo, porque yo la aprecio y la quiero tanto como usted a mí.
De momento no tengo pensado dejar esto, pero si algún día lo hiciera, le aseguro que vendría a verla como mínimo una vez a la semana.
Sin esperármelo, me abraza, dejándome descolocada porque nunca lo había hecho.
Me envuelve por la cintura con sus brazos porque yo soy alta, y ella muy pequeña.
Debe de tener el espacio intervertebral inexistente, aparte de una importante cifosis, cosa que le habrá hecho perder mucha altura con los años.
Yo le correspondo, por supuesto. Es tan adorable…que me deja el corazón hecho gelatina y una sonrisa en la cara.
Se separa de mí, levanta la cara para mirarme a los ojos y estira los brazos para cogerme de las mejillas con ambas manos.
— Me alegro muchísimo por ti. Te mereces lo mejor del mundo, así que espero que esa chica sea la indicada, que sepa quererte bien, respetarte y cuidarte porque estoy segura de que no podrá encontrar a otra persona como tú.
Y tú haz lo mismo con ella si es digna de tu amor — me advierte con el dedo — espero que sigáis bailando juntas, en sintonía, porque no hay nada más bonito que eso.
Y si hay alguien que se merece ser feliz, esa eres tú.
Empiezo a verla borrosa porque se me llenan los ojos de lágrimas. Me ha llegado al corazón lo que me ha dicho y me planteo hacer un esfuerzo por no dejarlas caer, pero ¿para qué voy a hacer eso? Si nos estamos sincerando, estas lágrimas también son sinceras, así que les dejo campo libre.
— Gracias Conchi — le cojo las manos, que aún las tiene en mis mejillas y le doy un apretón.
— Gracias a ti, jovencita, por todo lo que has hecho por mí.
— Nos vemos el lunes.
Ella me sonríe y no añade nada más, se va.
Yo sigo el resto de la mañana con los otros ancianos, desesperada por contestar a Nadia. Me siento mal por haber llegado tarde y me sentiría peor si me pongo a mandar mensajes, así que dejo el móvil abandonado hasta que termino.
Al salir, voy corriendo a mi casa para comer, pero le contesto primero para ver si con un poco de suerte ella también me contesta y podemos hablar un ratito antes de ir a la clínica.
— Yo estoy deseando ducharme algún día en tu casa para poder tener la misma sensación que tú.
— ¿Tienes planes para mañana?
— De momento no. Aunque, si te soy sincera, hay una chica con la que me gustaría quedar.
— ¿Sí? ¿Y cómo es esa chica?
— Pues…es alta, guapa…y con el pelo, las pestañas y los ojos más negros que he visto en mi vida.
— ¿Y qué es lo que más te gusta de ella?
— Lo cariñosa que está empezando a ser conmigo. Y físicamente…me sería imposible elegir solo una cosa.
— Solo puedes elegir una.
— Los ojos, por la forma que tiene de mirarme. Me tiemblan hasta las piernas cuando lo hace como solo ella sabe.
— ¿Sabes que a mí hay una cosa que me produce la misma sensación?
— ¿Y qué cosa es?
— Cuando veo tus labios curvarse para sonreír.
— ¡Ah! Pero… ¿que yo te gusto a ti? Yo no he dicho en ningún momento que me esté refiriendo a ti con esa chica.
— Jajajaj, estás tonta. ¿Qué tal la mañana?
— Muy bien. He llegado más tarde que tú, eso seguro, y Conchi estaba enfadada porque estaba preocupada por mí, pero he hecho que se le pase enseguida porque le he hecho saber que cumplí con mi promesa.
— Me alegro de haber formado parte de eso :)
— ¿De la promesa o de hacerme llegar tarde?
— De las dos cosas. Pero…de lo segundo ha tenido la culpa Poseidón, ¿no?
— No le eches el muerto a otro, la culpable eres tú.
— ¿Eso significa que sí que has tenido tu momento con él?
— No te lo voy a decir. Por la hora a la que te has ido, ya llegaba tarde, igual que tú, así que…no vas a saber si solo ha sido por eso o no.
— Te haré confesar en persona. Por cierto, Julia me ha sometido a un interrogatorio porque ha reconocido tu camiseta.
— ¿Y?
— Pues…espero no haberla cagado…yo sí que he terminado confesando; le he dicho que nos hemos besado.
— ¡Hostia! Me va a matar porque yo también he hablado con ella, pero no se lo he dicho.
— Perdón. Es que se ha puesto un poco pesada, ya sabes cómo es… No he tenido escapatoria, era o confesar o mentir.
— No pasa nada, la conozco muy bien y te entiendo. Lo que me parece raro es que no me ha escrito para reprochármelo. Algo estará rumiando…
— Eso no lo dudes.
— Voy a tener que abandonarte, que no pienso llegar tarde a trabajar dos veces en el mismo día por tu culpa. Por cierto, ¿por qué me has preguntado antes si tengo planes para mañana?
— Por si quieres venir a mi casa.
— ¿Y qué me ofreces?
— Aún te debo un masaje. ¿O ya no quieres probar las mejores manos de la ciudad?
— Me muero por saber si ese ego lo tienes merecido.
— ¿Y si después opinas que sí y te vicias a mis masajes?
— Encontraré la manera de ganarme otro.
— ¿Y si opinas que no vale la pena?
— Encontraré la manera de que tus manos se dediquen a hacerle otra cosa a mi cuerpo, hay otras opciones.
— ¿Te estás yendo por las ramas?
— Esa es una opción, pero también me gusta cuando simplemente me acaricias. Aunque no lo parezca, mi mente también está capacitada para pensar en actos tiernos.
— Lo sé, me lo has demostrado, y me encanta.
— ¿Sabes que me estás entreteniendo otra vez?
— Sí, ¿y sabes por qué lo estoy haciendo?
— ¿Para que vuelva a llegar tarde a trabajar?
— Frío, frío.
— Entonces, ¿por qué?
Y se desconecta de WhatsApp. ¿En serio? ¿Justo ahora? ¿Sabe que tengo que irme ya y me deja así? La voy a matar. Sabe perfectamente cómo dejarme con la miel en los labios siempre. Y lo peor de todo es que yo no tengo tanto arte para hacerle lo mismo tantas veces.
Bloqueo el móvil, me lavo los dientes, me peino y cojo la mochila para salir de casa. Antes de hacerlo, vuelvo a mirar la pantalla, pero no me ha contestado. Sí, la mato. Me pongo el móvil en el bolsillo trasero del pantalón y me dispongo a salir porque ya no puedo perder más tiempo.
— Para asegurarme de que aún estás en casa. No sería guay que hubieras salido antes de que llegara yo — me dice ella misma en cuanto abro la puerta.
— ¿Qué haces aquí? — le pregunto sin poder creerme aún lo que veo. Sí, la estoy viendo y debería creérmelo, pero me parece una alucinación.
No me contesta, me empuja hacia dentro de casa, cierra la puerta y sigue empujándome hasta que mi espalda choca contra la pared.
— Darte un beso de los míos antes de que entres a trabajar.
Pensaba contestar algo aunque no me haya hecho ninguna pregunta, pero no me da opción de hacerlo. Acerca sus labios a la comisura de los míos y me deja un beso húmedo que me descoloca de la cabeza a los pies porque no me esperaba nada de esto.
— Ya que has venido hasta aquí, ¿no crees que podrías profundizar un poquito más? — le pregunto yo para ver si cuela y consigo algo más intenso. Por probar, no pierdo nada.
— Esto es lo que hay — me da un par de palmaditas en el hombro, sonríe de medio lado e intenta irse, pero yo la retengo.
La hago dar la vuelta para que se quede de cara a mí y ahora soy yo la que la empuja hasta que su espalda choca contra la puerta.
Pego mi cuerpo al suyo y la beso sin piedad, introduzco mis manos por debajo de su camiseta para que mis palmas estén en contacto con la piel de sus costados y la aprieto con mi propio cuerpo para que pueda sentirme aunque llevemos ropa puesta.
Sé que estoy siendo un tanto salvaje, pero es que me siento como un animal en celo.
Me vuelve loca enredar mi lengua con la suya, juro que nos besamos como si fuese algo que hemos estado ensayando desde nuestra adolescencia y en lo que podríamos sacar matrícula de honor.
— Así mejor — le sonrío inocentemente al separarme de ella, como si aquí no hubiera pasado nada. Disimulando lo que realmente siento, claro, porque creo que he roto aguas. Ella me mira con una cara que no sé descifrar y, de repente, me acojono — Perdona. ¿Me he pasado?
— No.
— ¿Y por qué me miras así?
— ¿Tú no llegas tarde a trabajar?
— Sí, ya sí.
— Pues venga.
La he cagado, sí que me he pasado. Soy idiota. No sé cuánto tiempo llevo conteniéndome y ahora que parecía que íbamos avanzando un poco, voy y la empotro contra la pared como si quisiera violarla. ¿Tanto me pueden los instintos más primarios? ¿Tan patética soy? Sí, lo soy, joder.