Un beso de los tuyos CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Cuando salgo de la ducha, Nadia aún no ha vuelto de la pastelería.

Me siento en el taburete de la barra de la cocina con los dos cafés delante de mí y aprovecho para mirar el móvil.

Se me cae el mundo encima al ver que tengo un mensaje de Ana y me pregunto si leerlo ahora o no, pero me gana la curiosidad y pulso sobre la notificación.

“Buenos días, Iris. He estado pensando mucho antes de dar el paso de escribirte porque me dejaste claro que me consideras una persona tóxica y yo no quiero ser algo negativo en tu vida, pero me he dado cuenta de mis errores y estoy dispuesta a hacer lo que sea para cambiar y convertirme en algo positivo para ti. He intentado olvidarte, lo juro, pero es que no puedo. Te necesito y te echo muchísimo de menos, eres mi vida y no sé si podré seguir sin ti, no puedo con esto. Dame una última oportunidad, por favor. Podemos quedar para tomar algo, ir poco a poco y te demostraré que puedo cambiar, te lo prometo”.

Justo cuando termino de leer, suena el timbre. No sé si lo agradezco por no tener que pensar en el mensaje o si me jode por no haber tenido tiempo de procesarlo del todo, pero todo desaparece, en parte, cuando aparece Nadia ante mis ojos.

— Lo siento, pero no tenían donuts de Lotus.

— ¿En serio? — le pregunto más seria de lo que ya me ha puesto el mensaje de Ana. Lo que me faltaba después de haberme creado grandes ilusiones de comérmelos…

— Sí.

— ¿Y qué me has comprado? — quiero saber mientras nos dirigimos a los taburetes.

— Una especie de bollito de crema. ¿Te pasa algo? — me pregunta al sentarse y mirarme a la cara — tranquila que era broma — y saca de la bolsa los dos donuts, sonriendo.

Durante unos segundos, vuelven a mí todos los recuerdos y me pregunto si debería decírselo o me lo callo.

Con Ana me acostumbré a callarme muchas cosas para evitar peleas e insultos, incluso llegué a mentirle alguna vez por ese mismo motivo.

¿Y si ahora le digo a Nadia que mi cara se debe a ese mensaje y decide distanciarse para no meterse en medio?

O da un paso hacia atrás porque piensa que tengo dudas. O…yo qué sé, no sé, pero me da miedo.

— ¿Iris? — me insiste en vista de que no le contesto.

— Me ha escrito Ana — decido ir de cara. No quiero tener que esconder lo que hago o lo que me pasa.

Se le borra la sonrisa de la cara y asiente con la cabeza. Ahora también me gustaría ser su cerebro para saber qué está pensando exactamente.

— ¿Y por qué pareces tan afectada? Me dijiste que tenías muy claro que no quieres volver con ella. ¿Ha cambiado eso? — usa un tono suave, como si tuviera miedo de meterse donde no le llaman.

— Lo tengo claro, eso no ha cambiado. Es más, ahora lo tengo más claro que nunca — y me callo un “tú eres la que me hace sentir, tú eres la persona a la que poco a poco voy necesitando más, no ella”.

No puedo decirle algo así porque saldría corriendo, no estamos en el mismo nivel y confesarle eso sí que me da miedo de verdad — pero ha dicho una cosa que no me da buena impresión.

— ¿Y puedo saber qué es?

— “Eres mi vida y no sé si podré seguir sin ti, no puedo con esto”.

— Eso es una amenaza encubierta muy típica en personas maltratadoras. Una buena forma de jugar psicológicamente contigo para hacerte sentir mal y culpable.

— Lo sé. Y, en parte, lo está consiguiendo porque no puedo evitar que una parte de mí se sienta mal por estar haciéndole daño de alguna manera.

— Pues no deberías sentirte así, la que debería sentirse mal es ella por haberte manipulado e insultado en reiteradas ocasiones. Tú no te mereces algo así, te mereces algo mucho mejor.

— Quieres decir… ¿alguien como tú, por ejemplo? — bromeo para quitarle hierro al asunto. Realmente no me apetece estar hablando de Ana con Nadia porque me parece que estamos perdiendo un tiempo maravilloso.

— Mmm… — finge pensar rascándose la barbilla — no sé, no sé. Tendrás que demostrarme que eres digna de una persona tan fabulosa como yo.

— ¡Ah! — hago una bola con una servilleta y se la tiro — ya ha salido la tía que va de sobrada.

— Me lo has puesto en bandeja — y se ríe.

Se me había quitado un poco el hambre con lo de Ana, pero ya me voy relajando, así que le doy un bocado al donut y, en cuanto su sabor inunda mi boca, echo la cabeza hacia atrás, pongo los ojos en blanco y gimo. A ver si con un poco de suerte le entran ganas de oírme gemir en otras circunstancias.

— Muchas gracias — le digo levantando el donut.

— Ha valido la pena por ver cuánto lo disfrutas — y sonríe.

Yo le doy otro mordisco y gimo otra vez, poniendo cara de gusto. La miro y tiene una cara que no sé descifrar, pero está bloqueada, no come. Yo sonrío y vuelvo a hacer lo mismo.

— Iris…

— ¿Qué?

— ¿Puedes parar?

— ¿Por qué?

— Porque sí.

— ¿Te molesta?

— No.

— ¿Y entonces? — le pregunto apoyando los antebrazos sobre la barra, sin soltar el donut y acercándome un poco hacia ella para mirarla bien a los ojos. Ella mira hacia otro lado y empieza a repuntar con la pierna sobre el travesaño del taburete, pero vuelve la vista a mí.

— Me estás poniendo cachonda.

Al escucharla, me recorre un calor extremo por todo el cuerpo, se me cae el donut de la mano y abro los ojos lo máximo que puedo, pero trato de recomponerme: vuelvo a coger el donut, vuelven mis ojos a su estado natural y mi posición lista para seguir comiendo, como si aquí no hubiera pasado nada.

— ¿Y por qué no haces nada para solucionarlo? — le pregunto en un tono como si le estuviera restando importancia al asunto, pero por dentro siento impotencia.

— Porque me puede siempre la cabeza.

— Pues tú te lo pierdes…

— Lo sé. Sé que seguramente me he perdido muchas cosas en esta vida por pensar antes de actuar — mira la hora en el móvil y da un trago para terminarse el café — tengo que irme, creo que voy a llegar tarde a trabajar por primera vez en mi vida.

— No creo que Julia se enfade, pero, si lo hace, yo sé de una buena razón que puedes darle de por qué has llegado tarde. Te aseguro que se le pasará el cabreo.

— ¿Cuál?

— Esta.

Separo las piernas, que las tengo dobladas, con los pies apoyados sobre el travesaño del taburete, y la atraigo hacia mí, colocándola entre ellas.

Llevo una mano a su mandíbula y la deslizo hacia su nuca para hacer que también acerque su cara a la mía.

Le doy un beso en los labios para tantear el terreno, por si quiere rechazarme, pero ella me corresponde, así que, separo los labios y uso mi lengua para pedir permiso para hacer que baile con la suya.

Me corresponde también, de manera lenta, tierna, saboreándolo con calma.

Yo doy gracias de estar sentada porque si no lo estuviera, creo que ya me hubiera desmayado.

Llevo mis manos a una altura que no sé muy bien si definirla como espalda o culo, y la empujo hacia mí para que se pegue más porque necesito presión entre mis piernas.

Se me escapa un gemido ahogado entre su boca y la mía al sentir ese contacto que me alivia y me avergüenzo porque esto ha sido real, no como cuando estaba comiéndome los donuts.

— Yo diría que la que más peligro tiene eres tú, no yo — me dice al terminar el beso y en referencia a la canción que le puse ayer de David Civera.

— Podría ser más peligrosa, créeme, pero no quiero sobrepasarme — sonrío de medio lado y no oculto mi cara pícara — Además, lo he hecho por ti, para que tengas una excusa real para llegar tarde y que encima sea culpa mía. Estoy salvándote el culo.

— Sí, ya…solo lo has hecho por eso, ¿a que sí?

— Claro que sí. Anda, vete — le señalo la puerta, simpática — que tengo un asunto que solucionar con Poseidón.

— ¿En serio? — me mira incrédula — estás de coña, no puedes hacerlo porque ya llegarías demasiado tarde a trabajar.

— Los ancianos tienen toooodo el día libre, no tienen ningún inconveniente en adaptarse a mi horario — le contesto satisfecha.

— Cabrona…podrías mandarme un vídeo con Poseidón — me guiña un ojo. Uff, eso no puede hacerlo, me parece irresistible.

No le contesto nada, le hago una peineta, sonrío, me miro el dedo y añado:

— ¡Mira! ¡Este también lo voy a usar!

Ella resopla, niega con la cabeza, se ríe por lo bajo y se va.

Y yo por supuesto que voy a solucionar mi problema con Poseidón, no era broma. Lo que tengo acumulado desde ayer es digno de un premio al clítoris más hinchado de la historia de la humanidad.

***

Justo antes de entrar a la residencia, miro el móvil por si tengo algún mensaje de Nadia. Es algo que no puedo evitar desde que la conozco, pero no tengo nada suyo, solo mensajes de Julia.

— ¡Peazo zorra! ¡Has follado y no me lo has dicho!

— ¡¿Qué?! ¿Por qué tendría que haber follado y no habértelo dicho?

— Porque Nadia y yo cada día entramos a trabajar un rato antes y nos tomamos un café aquí juntas, y hoy me ha escrito que llegaría justa de tiempo y al final ha aparecido con ropa tuya y tarde. Blanco y en botella, más evidente no puede ser.

— Ha dormido en mi casa, pero no hemos “follado”, como tú dices.

— Pero ¡¿cómo podéis estar en la misma cama y no echar un polvo?! Lo vuestro es increíble, en serio. Sois tan recatadas que no os aceptarían ni en un convento de clausura por exceso de profesionalidad.

— Bueno…a mí ganas no me faltan, pero parece ser que a ella sí.

— Entre una y la otra…la casa por barrer. Si cuando habla de ti, se le moja hasta el pantalón del uniforme. Lo veo yo, te lo digo.

— No sé, Julia, pero tengo claro que yo no voy a forzar nada.

— Un par de hostias os forzaría yo a cada una para ver si espabiláis de una puta vez.

— Yo también te quiero, amiga. A toda tú y a tu simpatía en especial.

— Gracias, es que soy un sol :)

Bloqueo el móvil y entro. Entre unas cosas y otras, he llegado media hora tarde, pero, por suerte, aquí no pasa nada, terminaré media hora más tarde y listo. Tendré menos tiempo para comer, eso sí, pero podré con ello.