Un beso de los tuyos CAPÍTULO 24
49%

CAPÍTULO 24

— Por favor, dime que tienes un cepillo de dientes para mí — me dice juntando las palmas de las manos, a modo rezo — no sé ir a dormir sin lavármelos.

— Sí, ven.

Me sigue hasta el baño, le doy un cepillo de dientes nuevo y la pasta, y yo, por inercia, cojo el mío, pero caigo en que si le he dado la pasta, debería dejarla que se los lave ella primero.

— Bueno, te dejo sola, cuando termines vendré yo.

Hago el intento de salir del baño, pero ella me coge del brazo para frenarme.

Me giro hacia ella, me cambia la posición de la mano para que mi cepillo quede en horizontal, me pone pasta, se la pone en su cepillo y empieza a lavárselos.

Yo, con eso, sobreentiendo que no le importa que esté aquí, así que hago lo mismo.

La miro a través del espejo y pienso que está guapísima hasta con los labios sucios de pasta de dientes.

Desvío la mirada en algún momento porque hasta ahora aún no he podido descubrir qué puedo hacer para que esos ojos tan oscuros no me pongan nerviosa.

Y, en una de las veces que vuelvo a mirarla, juraría que a ella se le había desviado la vista hacia mis pechos.

¿O será cosa mía? Me los miro yo, también a través del espejo, y veo cómo se me van marcando más los pezones al pensar en que podía estar mirándome y, quizás, gustándole las vistas.

Qué vergüenza…espero que no vea cómo se me están poniendo. ¡Maldito cuerpo traicionero!

— Ahora sí que te dejo sola para que hagas pis. ¿O quieres hacerlo delante de mí? — me río levemente.

— Eso ya es exceso de confianza…

Yo asiento sonriendo, salgo, cierro la puerta y voy a la habitación a esperar a que termine.

Después voy yo al baño y, cuando vuelvo a la habitación, descubro que me encanta que esté en mi cama.

Aunque no vaya a hacer nada con ella, me da igual, pero me gusta tenerla aquí. Y a Toby, por lo que veo, también.

— Que conste que no lo he fingido todo, en el sofá sí que estaba dormida.

— Vaya, menos mal… — me tumbo en la cama, boca arriba y a cierta distancia de ella — aun así, pienso que eres muy buena actriz.

— ¿Por qué estás tan lejos? ¿Me tienes miedo? — y se ríe.

— A ti no. A quién le tengo miedo es a mí misma.

Y vuelve a reírse. Yo no sé si hacer lo mismo o si odiarla un poco porque esto es un sufrimiento para mí, y es por su culpa.

Se acerca, y mi corazón vuelve a latir a toda velocidad porque no sé qué va a hacer.

Me da un beso de los suyos, de los que me deja humedad en la comisura de los labios y en mi ropa interior.

Se queda tumbada de lado, introduce una mano por dentro de mi camiseta y acaricia mi abdomen.

De reojo veo que me mira, pero yo no muevo ni los ojos ni ningún músculo, porque si me muevo, va a ser para ponerme a horcajadas sobre ella, besarla hasta la saciedad y meterle mano.

Y eso es un lujo que no puedo permitirme.

— Buenas noches, Iris — me susurra, y deja la mano quieta sobre mi abdomen.

— Buenas noches, Nadia — estiro el brazo y apago la luz.

— Me ha encantado besarte. Tu lengua — susurra también.

¡¿Qué?! Y a mí la suya, y quiero que recorra absolutamente todo mi cuerpo con ella. Uff, estoy que me subo por las paredes, en serio. Tiene un don para mantenerme caliente todo el tiempo. ¿No puedo tocarme sin que se dé cuenta? No, no puedo. ¡Joder!

— Y a mí.

Punto. No pienso añadir nada más porque si lo hago, lo único que conseguiré es que la conversación se vaya de las manos, pero nada más, y no quiero que suba más grados mi temperatura. Ahora sí, buenas noches.

***

No sé cómo hemos llegado a este punto, pero me despierto abrazada a ella, con la cabeza apoyada en su hombro.

A Toby lo siento justo detrás de mí, en mi espalda, seguramente hecho una bolita.

Si me muevo, voy a despertarlos a los dos, pero la alarma aún no ha sonado y, si soy sincera, yo soy la primera que no quiere moverse de aquí.

De momento hay tiempo, y también ganas de estar así.

Ahora, en esta situación en la que estoy, me paro a pensar que Nadia me dijo que tenía pánico a enamorarse y me doy cuenta de que la que está empezando a tener miedo ahora soy yo.

Cada día que pasa va gustándome más todo de ella y con ella.

Las miradas, los gestos, el cariño que me da, las conversaciones que tenemos por WhatsApp hasta las tantas, las que tenemos en persona, esos besos suyos que, aunque son relativamente inocentes, me encienden el cuerpo, el alma y el corazón.

Y estar a su lado. Verla, escucharla, poder tocarla o que me toque, aunque sea una simple caricia o un apretón de mano… me llena de vida.

Y el beso de anoche. Dios mío…no puedo explicar con palabras lo que fue para mí.

Sentí mil sensaciones distintas de golpe y todas fueron positivas.

No sé cuándo se volverá a repetir, pero estoy concienciada de que no va a ser hoy, ni mañana.

Me da a mí que no va a ser un camino fácil con ella, pero ahora mismo estoy en un punto en el que me parece más importante tenerla de la manera que sea, que llegar a algo más con ella.

Se me para el corazón durante varios segundos al darme cuenta de la realidad que estoy viviendo: lo que siento por ella a estas alturas no es solo atracción física.

Me acojono. No sé qué es exactamente, supongo que no puedo decir que esté enamorada, pero me parece que estoy siguiendo el sendero que se dirige hacia ese sentimiento, sin semáforos ni señales de Stop.

Me cago en todo lo cagable. Esto no era lo que tenía previsto yo.

Mi plan cuando la conocí era echar un buen polvo con esa morenaza para quitarme las penas de una relación tóxica y de mierda, y después…

pues no sé, si me gustaba el polvo y repetíamos, bien, y si no, también.

¿Pero ahora? Me paso el día pensando en ella, busco en mi mente excusas para poder verla, aunque a veces me las callo para que no piense que estoy obsesionada con ella, entro a ver su foto de perfil un mínimo de diez veces al día y adoro que un “buenos días” o un “buenas noches” sea lo primero o lo último que nos escribimos cada día.

Y despertar tal y como estoy ahora.

Estoy jodida. Realmente jodida.

¿Y si a ella no le está pasando lo mismo?

¿Y si simplemente le gusto como amiga? El beso de anoche me lo dio porque se lo pedí yo, sino no lo hubiera hecho.

Ella aún no ha dado ningún paso por voluntad propia y eso significa que aún no siente esa conexión emocional.

Yo ya estoy en fase avanzada y ella aún está en prácticas. Vamos mal.

Me tomo la libertad de introducir mi mano por dentro de su camiseta para dejarla ahí porque necesito estar en contacto con su piel y aprovechar este momento porque no sé cuándo volveremos a dormir juntas.

Ella, automáticamente empieza a acariciarme el brazo y yo cierro los ojos con fuerza, no sé si para disfrutarlo o para cagarme en todo por sentir lo que siento con esas simples caricias.

— Buenos días — habla ella.

— Buenos días.

— ¿Siempre te despiertas antes de que suene la alarma?

— Bastantes veces. Necesito dormir pocas horas para ser una persona útil.

— Entonces si duermes muchas, serás una persona utilísima — se ríe de su propio chiste malo y yo también, no lo voy a negar. Las dos seguimos en la misma posición. No nos vemos la cara, pero nos sentimos más.

— ¿Y tú siempre te despiertas de tan buen humor?

— Sí, es una de las cualidades positivas que tengo, aunque hoy tengo motivos para estar cabreada.

— ¿Por qué? — ahora sí que levanto la cabeza para mirarla a la cara porque me muero si va a decirme que se arrepiente de haberme besado.

— Tu perro me ha abandonado.

— ¡Tonta! — levanto un poco la mano de su abdomen y la dejo caer para darle una palmadita.

— ¡Auch! ¡Eso no se hace, que me estoy haciendo pis!

Y al escuchar su “auch” en un tono más alto del que estábamos usando, Toby viene a darnos besitos a las dos. Oigo a Oliver que se acerca con maullidos cortitos, para que nos enteremos de que él también está, y se sube a la cama.

Y me doy cuenta de que esto también lo adoro: la imagen de los cuatro juntos.

Suena la alarma y, muy en contra de mi voluntad, muevo el culito porque ahora sí que ya tenemos que ponernos en marcha.

— ¿Te quedas a tomar café?

— Me gustaría, pero debería ir a casa a darme una ducha antes de entrar a trabajar.

— Dúchate aquí, yo te dejo ropa, tengo bragas sin estrenar y… — me paro a pensar que quizás lo que ha dicho es una excusa porque quiere desconectar ya de mí, y yo no quiero agobiarla — bueno, si prefieres irte a casa…

— Prefiero que alguien me prepare el café — sonríe, me guiña un ojo y a mí me entran ganas de decirle que no puede hacer eso porque me desarma, pero solo lo dejo en mi mente.

— Y el desayuno también, ¿no? Listilla.

— No, ya me preparaste la cena y vas a prepararme el café, el desayuno bajo yo a comprarlo a la pastelería de la esquina.

— Una idea maravillosa.

— ¿Te apetece algo en especial?

“Me apeteces tú”, pienso yo, pero también me lo callo.

— Tienen unos donuts de Lotus que están de orgasmo, quiero dos — sonrío ampliamente, pero con cara de niña buena.

— ¿Dos orgasmos o dos donuts?

Mira que me había callado ese “Me apeteces tú” por no sacar el tema, pero con ella no hay manera.

— Pues ya que preguntas, me gustaría que me lo des todo tú antes de irnos a trabajar, pero ahora me conformo con los donuts. De los orgasmos ya me encargaré yo a lo largo del día.

Ella sonríe, niega con la cabeza y se dirige al baño con la ropa limpia en la mano.

A mí vuelve a subirme la temperatura después de lo que acabamos de hablar y al pensar en que está desnudándose a apenas unos metros de mí.

Lo que daría por ser el espejo del baño y poder verla…

o las gotas de agua que van a recorrer ese cuerpo que tanto deseo y que no sé si voy a poder probar algún día.

Sacudo mi cabeza para eliminar esos pensamientos, me preparo ropa para ducharme yo también, voy a la cocina a preparar el café mientras ella termina y le doy un trago que me quema hasta las entrañas. Tonta que estoy, pero es que, con el olor, apetece.

Al salir ella del baño y dirigirme hacia donde está, no puedo evitar acercarme. La cojo de la cintura con ambas manos, me acerco a ella, la huelo y le digo lo mismo que me dijo anoche.

— Hueles a fresas y nata — sonrío.

— Y tú a café.

Se queda mirándome a los ojos, sin decir nada más. Hace un rato quería ser el espejo o el agua que recorre su cuerpo, pero ahora me gustaría ser su mente para saber qué está pensando exactamente.

Se acerca más a mí, me coge de la barbilla y me da un beso de los suyos.

Al sentir sus labios y la humedad de su lengua en mi comisura, me recorre un escalofrío por todo el cuerpo que se instala en mi pecho y me deja temblando.

No sé cómo voy a sobrevivir a ella. Me puede.

Me supera lo que despierta en mí. Por lo visto a ella también le ha parecido apetitoso el olor a café.

Y a mí me apetece ella, de cualquier manera.