Un beso de los tuyos CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

— ¿Hay alguna indirecta más que quieras decirme a través de alguna canción?

— Pues mira, ahora que lo dices, sí. Y te va a gustar más porque es una canción “normal” — hago las comillas con un gesto con los dedos.

— A ver, sorpréndeme.

Me separo de ella porque está claro que no va a pasar nada más aquí y elijo “Qué peligro tiene mi niña”, de David Civera.

Vuelvo a cogerla de una mano para bailar, aunque no pegadas como antes y ahora se nota que se siente más cómoda sin tener que seguir mis pasos exactos.

Toby se acerca, queriendo llamar la atención, y Nadia se agacha para cogerlo en brazos y sigue bailando.

Yo me derrito al verlos a los dos en esa tesitura, están tremendamente adorables.

Me voy al sofá, cojo a Oliver y bailamos los cuatro.

Toby tiene cara de no dar crédito a lo que ve, y Oliver está con esos ojos verdes abiertos como platos.

Ambos deben de estar preguntándose a qué psiquiátrico deberían llevarnos, pero no hacen por escapar de nuestros brazos, así que seguimos a nuestro rollo, con una sonrisa radiante porque la situación es tan cómica como dulce.

Hoy he bailado con los tres seres vivos con los que me apetece bailar. He cumplido mi promesa con creces y mi corazón se ha sentido lleno. Conchi tenía razón: no hay nada como bailar con quien te apetece.

Al terminar la canción, dejamos a los niños en el sofá y nos dejamos caer nosotras también, con la respiración un tanto acelerada después del momento de relativa euforia. Nadia y yo nos giramos a mirarnos y volvemos a sonreír.

— Gracias por bailar conmigo, por permitirme empezar a cumplir mi promesa — le digo de todo corazón, porque acabo de caer en que cometí el error de prometer algo que implica a otra persona. Cumplirla no solo depende de mí, también depende de ella.

— Podemos bailar juntas siempre que quieras.

— ¿Quieres cenar? — le pregunto mientras pongo mi mano sobre el dorso de la suya, que la tiene plana sobre el sofá. Ella separa los dedos y los míos caen entre los suyos.

— Tengo muchísima hambre.

— ¿Tortilla de patatas con o sin cebolla?

— Si le has puesto cebolla, me voy — se ríe y aprieta mis dedos con los suyos. Y a mí se me están yendo las ganas de cenar porque estoy bien así con ella.

— Pues ahí tienes la puerta — me río yo también — ¿te irías si le hubiera puesto cebolla?

— No. No me la comería, pero tampoco me iría. Supongo que tendrás algo más que pueda comerme, ¿no?

— Tengo muchas cosas que puedes comerte… — sonrío pícara y ahora ella se ríe con más ganas y niega con la cabeza, con un “no tienes remedio” en su mirada — tranquila, que no le he puesto cebolla.

Me levanto para ir a la cocina y ella viene conmigo. Lo llevamos todo a la mesa de centro, que es de esas elevables y nos sirve para cenar, y nos sentamos.

— ¿Pongo una peli?

— Sí, porfa.

— ¿Género?

— Lo que quieras excepto acción, drama o romántica.

— ¿No te gustan las películas románticas? — le pregunto extrañada.

— Me gustan mucho, pero puedo llegar a llorar como una niña y no me apetece hacerlo delante de ti.

— ¿En serio? No tienes pinta de eso.

— Lo sé, pero soy el claro ejemplo de que las apariencias engañan. Tengo el corazón demasiado blandito y soy extremadamente sensible. Y también soy muy cariñosa, cosa que tampoco aparento.

— Lo de que eres cariñosa estaba empezando a sospecharlo.

— Pues contigo me estoy cortando bastante.

— ¿Por qué?

— Por lo que te dije, porque tengo miedo de… — se tapa la cara con las manos sin terminar la frase.

— Me dijiste que te dejarías llevar.

— Tienes razón — se destapa la cara y me mira.

— No te cortes, por favor.

— No lo haré — afirma con convicción facial también.

— ¿Thriller?

— Thriller.

Entro al apartado de películas de ese género y elijo la primera que no hemos visto nunca ni ella ni yo. Cenamos en silencio mientras vemos la película y, cuando terminamos, la pausa.

— ¿Cómo puede estar tan buena la tortilla? — me pregunta ella. Menos mal que no es de las que se ponen a hablar sin pausar la película. Otro punto para ella.

— Mi tío tiene un huerto y un gran cercado con gallinas, que las tiene por amor al arte, esas no se comen. Las patatas son suyas, más naturales que las del supermercado, y en los huevos se nota la felicidad de las gallinas que corren libres y que se alimentan de maravilla.

— Pues podrías decirle a tu tío que has conocido a una chica muy guapa, simpática y amable que aceptaría encantada verduras de su huerto y huevos de sus gallinas.

— Muy lista tú…pero lo más importante es la mano de obra — le señalo la cocina — que se ha hecho con cariño.

— No lo dudo.

Sonrío, le quito el mando de la mano, le doy al play y apoyo la espalda en el sofá.

Yo miro la tele, pero no puedo evitar ver en mi campo de visión que Nadia sigue en la misma posición y que se está girando discretamente a mirarme a mí.

¿Qué estará pensando? Siento cierta tensión dentro de mí y no consigo concentrarme en la película.

Ahora me quita ella a mí el mando, vuelve a pausar y, sin llegar a preguntarle nada, me hace salir de dudas: se acerca a mí, me pone la palma de la mano en la mejilla que queda opuesta a ella y me da un beso en la mejilla que le queda más cerca.

— Gracias por la cena, estaba muy buena.

— No hay de qué — le contesto con una sonrisa y mirándola. Veo peligro si empieza a ser más cariñosa conmigo — acomódate como quieras.

— ¿Como quiera?

— Sí.

Se hace un arreglo con los cojines, se descalza, coloca sus piernas sobre las mías y se acomoda apoyando la espalda en la montaña de cojines que se ha hecho. Le da al play otra vez y deja el mando sobre la mesa.

— ¿Te molesta que esté así?

— No, para nada.

— ¿Y no quieres ponerte más cómoda tú?

— Estoy bien así.

En realidad, no sé si estoy bien así. Tener sus piernas encima de las mías y, por lo tanto, tan delante de mi vista, me gusta, pero me hace tener ganas de acariciárselas. Si lo hago, ¿me estaré sobrepasando?

“Nada de lo que tú me hagas podría resultarme desagradable”, me dijo en la consulta.

Y ahora me digo yo: “Venga, Iris, le has pedido que no se corte con lo de ser cariñosa y tú aquí estás dándole vueltas a si deberías tener las manos quietas o dejarlas libres. No vas a meterle mano, así que no puede sentir que te estás sobrepasando. Hazlo, va a estar bien, os va a resultar agradable a las dos”.

Cierro los ojos unos segundos para mentalizarme de que mi acción puede salir o muy bien o muy mal, no hay término medio para mí. Pero tengo que llevarla a cabo y salir de dudas, no pienso estar conteniéndome con esto también.

Como ella está a mi derecha, pongo mi mano derecha por encima de su rodilla y la dejo ahí, inmóvil.

Con la izquierda empiezo a acariciarle la piel de la parte inferior de la pierna con las yemas de mis dedos.

Ahora en mi campo visual puedo ver que se ha girado a mirarme, pero yo no hago lo mismo con ella, no me atrevo, solo rezo para que no me diga que aparte mis pezuñas de sus piernas.

Yo quiero seguir así, por favor. Vuelve a girarse hacia la tele y mi pecho descansa porque sobreentiendo que no le está molestando, quizás solo se había sorprendido.

— Si vas a estar así, puedo plantearme venir cada noche a ver una película — me dice ella.

Uff, ahora sí que descansa mi pecho al máximo. Yo no le contesto nada, solo me río y sigo con mi trabajo, y ella mirando hacia la pantalla. Yo me concentro más en producirle algo agradable que en lo que pasa en la película, pero me da igual. Ahora sí que puedo decir que estoy bien así.

No tengo ni idea de cuánto tiempo paso acariciándola, pero llega un momento en el que paro y dejo las dos manos descansando sobre sus piernas.

Yo voy notando que, poco a poco, esas piernas van pesando más porque se le van relajando.

Estoy bastante segura de que se está durmiendo, pero no me giro a comprobarlo con mis propios ojos porque no quiero cortarle el rollo si es lo que está haciendo.

Termina la película, salen los créditos del final y ella sigue sin mover ni un solo músculo.

Yo ahora sí que la miro y puedo afirmar que está durmiendo, con Toby pegado a ella.

Están guapísimos los dos y yo me planteo no moverme porque podría pasarme horas mirándolos.

Si me muevo, rompo esa bonita imagen, pero no me va a quedar otra opción.

Me acerco un poco a ella y le acaricio la mejilla para despertarla de una manera agradable. Ella abre los ojos apenas un par de milímetros y vuelve a cerrarlos.

— Nadia… — digo, suave también, y ella emite un sonido que no sé describir — te has quedado dormida — hace otro sonido que lo entiendo como una afirmación — tienes que levantarte — niega discretamente con la cabeza — ¿cómo que no? — me río.

Vuelve a abrir los ojos, pero esta vez un poco más, ubica mi brazo, me coge y tira de mí.

Mis piernas siguen más o menos en el mismo sitio, pero mi cuerpo ahora está encima de ella.

Con la mano empuja a mi cabeza para que la apoye en su hombro y, en cuanto lo hago, afirma discretamente con la cabeza.

Vale…uff…me gustaría dormir así toda la noche, sí, mis pulmones respiran mucho mejor y mi corazón bombea la sangre con una facilidad asombrosa, pero no es buena idea porque, aunque mi interior se sienta de maravilla, la posición de mi cuerpo es bastante incómoda.

— ¿Quieres quedarte a dormir? — le pregunto en vista de que no tiene ninguna intención de moverse. Ella asiente con la cabeza, pero esta vez sin tanta discreción — vale, pero no podemos dormir aquí así, mañana tendríamos la espalda destrozada.

— Maldita fisio…

— Sí, eso es lo que soy — me río — así que no consentiré que durmamos en estas posiciones. Vamos a la cama.

Ella niega con la cabeza y…joder, yo no quiero moverme tampoco, pero tengo que hacerlo.

Suspiro, porque voy a hacer esto en contra de mi voluntad, y me incorporo, rompiendo el contacto con ella.

— Venga, levántate — le digo cogiéndola de las dos manos para ayudarla.