Un beso de los tuyos CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

No necesito un beso de los de Nadia para tener ganas de verla.

Siempre las tengo, aunque nunca se lo haya dicho así tal cual.

¿Cómo no voy a tener ganas de verla? Si solo con su presencia activa todo mi organismo.

Pero yo le he dicho muchas veces que me pone, y ella a mí no.

¿O sí? Aún sigo dándole vueltas a ese “Nada de lo que tú me hagas podría resultarme desagradable”.

A veces pienso que está claro su significado y a veces pienso que no.

Si quisiera decir que quiere llegar a algo más conmigo, ya hubiera dado el paso, ¿no?

No es tan tímida como para no atreverse a darlo, de eso sí que estoy segura y por eso hay algo que no me encaja.

Yo pensaba que me acostumbraría a recibir mensajes suyos, pero no, eso no ha pasado. Y tengo que reconocer que es una putada porque ahora mientras estoy atendiendo a pacientes, estoy deseando terminar para poder ver si me ha contestado a lo último que le he mandado.

Termino con uno, miro el móvil y sonrío al ver su nombre en pantalla. Siempre el mismo procedimiento, sin saltar ninguno de esos pasos.

— Me he comprado unos vaqueros que me hacen un culazo…

— Muy bien, tú sigue así, sin bajar el nivel de ego. ¿Y dónde está la foto que tendrías que haberme mandado? O, mejor… ¿y si vienes a mi casa y me los enseñas en directo? Las fotos engañan mucho.

— Y, si voy, ¿qué plan más me ofreces?

— Cuando vengas te lo diré.

— Espero que no tengas pensado meterme mano.

— Lo de meterte mano lo tengo más que pensado, pero no lo haré, solo lo dejaré libre en mi mente ;)

— ¿A qué hora nos vemos?

— ¿A las ocho y media?

— Allí estaré :)

Cuando termino de trabajar, voy a mi casa como una flecha. Preparo una ensalada y tortilla de patatas sin cebolla. No me matéis las defensoras de la cebolla, yo soy de hacerla con, pero no sé si a ella le gusta y prefiero curarme en salud.

Dejo la ensalada en la nevera y la tortilla en un plato sobre la encimera, envuelto con papel de aluminio. Miro el reloj: las ocho y veinte. Mal. Prisas, estrés y nervios. Más nervios de los que tengo habitualmente cuando sé que voy a ver a Nadia, porque ahora me queda poco tiempo.

Otra vez como una flecha, pero hacia la ducha.

No me da tiempo a secarme el pelo, pero no quiero oler a fritanga.

Tengo que lavármelo, sí, es justo y necesario.

Me lo dejaré mojado y ya está, total, hace calor, no moriré.

Y ella me produce más calor, se me secará en un abrir y cerrar de ojos. Asunto solucionado, tema zanjado.

Salgo de la ducha, me enrollo el cuerpo con una toalla, me quito la humedad del pelo, me peino y suena el timbre. Joder, ya sabía yo que no me daría tiempo ni a vestirme. Voy a abrir así tal cual.

— Hola.

— Hola a todos — se agacha a saludar a Oliver y a Toby — Qué bien que huele… — piensa en voz alta mientras se incorpora y cierra la puerta.

— ¿El piso o yo? — le pregunto simpática.

— El piso huela a… — olisquea y piensa unos segundos — tortilla con patatas — se acerca a mí y me da un beso en le mejilla, sin prisas, consiguiendo que mi corazón bombee con más fuerza — y tú a…fresas con nata y — me huele el pelo — a…Fructis. Uff.

— ¿Uff qué?

— Que estás muy comestible — me dice con media sonrisa y mirándome intensamente a los ojos. Yo me siento las piernas como si fueran muelles.

— No me pongas los dientes largos para después no recortármelos — le advierto con el dedo — venga, a ver ese culazo — le digo en relación a lo que me había dicho de los vaqueros que se ha comprado.

— ¿No crees que eso te pondrá los dientes más largos?

— Puede ser, pero tengo que ir a mi habitación a cambiarme y no sabes qué haré detrás de esa puerta — la señalo con la barbilla — Poseidón tiene un poder brutal, necesito nada para quitarme el sofocón.

— ¿Puedo ponerme detrás de la puerta para escucharte?

— Sí, pero no te servirá de nada, seré silenciosa, no pienso regalarle eso a tus oídos.

— Cabrona… — se ríe bajito.

— No más que tú.

En vista de que ella no hace nada por enseñarme esos vaqueros, pongo las manos en su cintura, la hago dar una vuelta de ciento ochenta grados y le miro el culo sin ningún tipo de disimulo. La excusa principal de esta quedada era mirarle el culo, ¿no? Pues eso es lo que estoy haciendo.

— Pues no sé qué decirte…

— ¿Cómo que no sabes qué decirme? — vuelve a girarse hacia mí y me mira como si le hubiera medio ofendido mi comentario.

— El culo te lo he visto ya de todas las maneras posibles y en cualquiera de ellas lo tienes perfecto.

— Tonta — me empuja suavemente.

— ¿Por qué?

— Porque creía que no te ha gustado el culo que me hacen.

— Tú que te lo tienes tan creído, ¿has podido pensar algo así?

— Pues sí. Y no me lo tengo tan creído.

— No, qué va… — doy media vuelta para irme a la habitación a cambiarme — puedes esperar en el sofá, ahora voy.

— Oye, yo a ti aún no te he visto el culo de todas las maneras posibles.

Me paro justo antes de entrar a mi habitación, de espaldas a ella, coloco las manos en el lateral de mis muslos y empiezo a subirme la toalla lentamente, pero, justo antes de llegar a enseñarle los glúteos, giro solo la cabeza hacia ella, le guiño un ojo y suelto la toalla para que vuelva a cubrirme y que no llegue a verse nada.

— ¿Sabes que me caes mal? — me pregunta ella.

— Tú y yo sabemos que no — y cierro la puerta para cambiarme.

Me pongo unos vaqueros que opino que a mí también me hacen buen culo, una camiseta blanca de tirantes ajustada y salgo. Ella, cómo no, está sentada en el sofá acariciando a los dos niños, encantados de tenerla aquí. Y yo también.

— ¿Y cuál era ese plan que tenías pensado ofrecerme?

— Necesito que me ayudes a cumplir una promesa.

— ¿Qué? — me pregunta, sin entender a qué me estoy refiriendo.

— ¿Recuerdas la foto que te mandé con Conchi?

— Sí, claro.

— Tiene demencia, pero es un amor, me encanta, le tengo muchísimo cariño.

Una vez le conté que iba a clases de bachata y, aunque ya hace mucho tiempo que lo dejé, ella cada vez que voy a la residencia me pregunta qué tal me van las clases.

El día que te mandé la foto, le dije que no tengo con quién ir, y ella me preguntó si me gusta bailar con alguien y yo le dije que sí.

Ella me soltó una filosofada en plan “la vida es demasiado corta, tienes que aprovechar las horas de baile que tengas con esa persona” y me hizo prometerle que así lo haría.

— Bonitas y sabias palabras, pero ¿qué tiene que ver eso conmigo?

— Que es contigo con quien me gusta bailar.

— Espera… ¿me estás pidiendo que vaya a clases de bachata contigo? — me pregunta con cara de acojone y los hombros tensos.

— No, tranquila — me pongo de pie y estiro un brazo ofreciéndole mi mano, con una sonrisa, para ver si así evito que me rechace — te estoy pidiendo que bailes ahora conmigo para empezar a cumplir con la promesa.

Me mira la mano, relaja los hombros, me mira a los ojos, se lo piensa unos segundos y me da la mano. Yo sonrío más, la estiro hacia mí para hacer que se ponga de pie también y la llevo hacia la parte más despejada del salón.

— ¿Sabes bailar bachata?

— ¿Yo? — me mira como si le hubiera dicho que los unicornios existen — ¿Me lo estás preguntando en serio?

— Sí, tú, y sí, en serio — sonrío porque, por su cara, ya sé la respuesta.

— No tengo ni puñetera idea, solo sé que hay que moverse hacia un lado, como los cangrejos.

— Sí, algo así — me río — pues hay que hacer eso, pero…bueno, tú déjate llevar, sígueme el rollo.

— A ver, Iris…a ti se te va la pinza, voy a hacer el ridículo — noto que se va tensando otra vez.

¿He encontrado su punto débil? ¿No es tan echada para adelante como parece?

— ¿No podemos bailar una canción normal?

Eso se me da mejor. Y…voy a tener que decirle a Conchi que no te haga prometer cosas que me incluyan a mí.

— Tú también me dijiste que te gusta bailar conmigo — doy un paso hacia ella, quedándome a poca distancia.

Le cojo una mano y se la llevo a la parte baja de mi espalda.

Yo hago lo mismo con mi mano y la parte baja de su espalda, pero la uso para empujarla hacia mí, dejando nuestros cuerpos pegados, y apoyo mi frente en la suya — ¿o ya no opinas lo mismo?

— Sí que opino lo mismo.

— Pues…

Saco el móvil del bolsillo trasero de mi pantalón, conecto el bluetooth para emparejarlo con los altavoces y selecciono en Spotify “Anestesiada”, de Prince Royce y Luis Miguel del Amargue.

— No vale a burlarse de mí, ¿eh? — ahora sí que sonríe.

— Nos vamos a reír juntas, que no es lo mismo — “y a mí cada día que pasa me apetece que hagamos más cosas juntas”, pienso yo, pero no lo digo — además, esta canción te la dedico.

Junto mi mano libre con la suya. Parece un acto simple, pero es la primera vez que se la cojo así y siento que me gusta.

La tiene suave y despierta algo dentro de mí que no me esperaba.

Empezamos ya con pasos torpes. En realidad, estoy improvisando, esta canción es bastante nueva, no existía cuando yo iba a las clases, la descubrí hace unos días y algunas de las cosas que dice me recordaron a ella.

Nos pisamos, chocamos, nos reímos, me empuja aposta, la empujo yo a ella, volvemos a juntarnos, nos miramos a los ojos, siento un pinchazo en el centro del pecho, desvío la mirada, la hago dar una vuelta sobre sí misma y, al volver a estar de cara, su cresta ilíaca choca con la mía.

Nos quejamos porque eso ha dolido, nos reímos otra vez, pero no paramos de bailar, de sonreír y de cagarla con cada paso que damos hasta que termina la canción.

Nos quedamos aún pegadas y volvemos a apoyar nuestras frentes. Deseo besarla con todas mis fuerzas. Mejor dicho, deseo con todas mis fuerzas que me bese, porque yo no pienso hacerlo ni aunque muera en el intento de aguantar estas ganas.

Pero no lo hace.

Me patinan las ideas durante unos segundos.

Mi cerebro me juega la mala pasada de decirme que, si doy el paso de besarla, no se apartará.

Me niego a pensar que ella no lo desea. Pero aparece mi orgullo, ese que me recuerda que me dejó muy claro que no se liaría conmigo.

Que le gusta jugar, pero no terminar el juego.

Apoyo mis manos en sus hombros, desplazo un poco mi cara y le doy un beso en la comisura de los labios, como los que me da ella a mí, mientras desciendo con mis manos por sus brazos, acariciándoselos suavemente.

— ¿Y eso? — le pregunto yo al apartarme un poco.

— ¿El qué?

— Se te ha puesto la piel de gallina.

— Eso es producto de tu imaginación — sonríe de medio lado, intentando disimular, aunque, evidentemente, no cuela porque yo sé lo que han sentido mis manos.

— Sí, claro…