Un beso de los tuyos CAPÍTULO 21
42%

CAPÍTULO 21

Nadia y yo no hemos parado de hablar por WhatsApp desde que le di mi número de teléfono.

Es la primera persona con la que hablo cuando me despierto y la última antes de dormirme.

Y no solo me pasa con el móvil, también le pasa a mi cerebro.

¿Lo malo? Que por las noches no finalizaría nunca la conversación y al final siempre nos dormimos tarde.

Yo no tengo problema porque con dormir seis horas al día voy sobrada, pero sí que sé que a ella por las mañanas le entran ganas de darle al móvil con un martillo para que no pueda sonar más la “puta” alarma.

Lo de las comillas es porque es una palabra textual suya, para mí la alarma no es puta.

Hoy me arreglé a los pacientes para tener libre a partir de las seis. A Toby le toca la vacuna, así que estoy de camino a la clínica de Julia y después ya vamos a estar en casa de relax, sin obligaciones.

— Hola guapa, ¿qué tal? — me dice la recepcionista con una sonrisa.

— ¡Hola! Muy bien, ¿y tú?

— Bien, gracias. ¿Qué le pasa al bichito?

— Nada, solo le toca la vacuna — le entrego la cartilla sanitaria.

— Solo vacuna — afirma — perfecto, podéis sentaros ahí y te paso en cuanto quede libre alguna consulta.

— Muy bien, gracias.

Me siento a esperar, pero no saco el móvil porque no puedo perder de vista a Toby porque nunca sé cómo puede reaccionar ante otros perros en el caso de que entre alguno.

Con los de gran tamaño siempre se pone loco, con los pequeños, depende.

Con Lexi lo tuve fácil porque lo acerqué a su culete y le sacó la información suya y la de sus antepasados, seguro.

Aquí no sé si sería buena idea que salga alguien de la consulta y le diga: “Oye, planta el culo de tu perro en la nariz del mío”. Quedaría un poco feo, ¿no?

— Toby puede pasar a la consulta uno — me dice la recepcionista.

A mí se me acelera el corazón porque no sé si me va a tocar con Julia o con Nadia.

Yo siempre he sido muy cobarde como paciente y cada vez que he ido al médico he pasado unos nervios horribles, al único médico al que vengo relativamente tranquila es al veterinario porque no me toca a mí, sino a mis niños.

Me sabe mal por ellos, sí, pero no tengo ese dolor de barriga que se me pone antes de entrar al médico de cabecera o cualquier derivado.

Y ahora…ahora estoy más nerviosa que si tuvieran que atenderme a mí, joder.

— ¿Qué haces tú aquí? — me pregunta Julia al verme cruzar la puerta.

— Yo también me alegro de verte. ¿Qué es este recibimiento? ¿Llevas mucho tiempo sin follar o qué?

— Menos que tú, seguro — se ríe a carcajadas — ¿O ya has follado? Espero que no, porque si lo has hecho y no me lo has contado, te mato.

— Llevo más tiempo que tú sin follar, tranquila, aunque poco se nota porque ya veo que estás muy poco simpática.

— Que no, ¡coño! Que yo me alegro de veros. ¡Hola guapetón! — se agacha a saludar a Toby, él le hace una fiesta al verla y ella le da una chuche para ganárselo un poquito más — pero no seré yo quien os atienda.

— ¿Cómo que no? — le pregunto extrañada.

— A ver, Iris, ¿tú de verdad te crees que voy a consentir que vengáis aquí y que te vayas sin ver a Nadia?

— Ya no hace falta que hagas de alcahueta, ¿eh? Nos hemos vuelto a ver y hablamos todos los días por WhatsApp.

— Lo sé, y me da igual. Voy a hacerte una pregunta y solo vale a contestar sinceramente.

— Pues dispara.

— Tienes que contestar desde el corazón.

— Que sí, pesada.

— ¿Prefieres que os atienda yo o que os atienda ella?

— Idiota.

— ¡Contesta!

— Ella.

— ¿Ves? Ya lo sabía yo — se ríe — aunque tengo que decirte que eso te deja como muy mala amiga — y vuelve a reírse — pero te perdono porque sé que te pica el chichi.

— ¿Y tú qué sabes qué me pica a mí?

— Cariño, he visto cómo os coméis con la mirada, que es el reflejo de la entrepierna.

— Pues de momento parece que ella no tiene muy claro que quiera comerme.

— Tienes que consolarte pensando que antes llegaban vírgenes al matrimonio. Tú follarás antes de casarte, eso seguro.

— ¿Y si no llegamos nunca a eso?

— ¡Anda ya! Claro que llegaréis…

— Yo no lo tengo tan claro.

— Tú lo que tienes claro ahora es que vas a esperar ahí afuera — empieza a empujarme echándome de la consulta — hasta que te haga pasar a la otra consulta.

Y este finde reserva un hueco para mí, que quiero ir a tomar unas cañas bien fresquitas.

Julia — le dice a la recepcionista, que sí, se llama como ella — pásalos con Nadia cuando esté libre.

— Sí, claro.

Vuelvo a sentarme. La recepcionista tiene que estar flipando, y yo me siento como una adolescente en el parque del pueblo esperando a que llegue su crush.

¿No soy un poco mayorcita para esto? Pero es que me puede.

Si tengo que esperar para que me atienda ella, espero, y si tengo que hacer el pino, lo hago, aunque tenga que hostiarme en el intento.

Porque para hacer el pino también estoy mayorcita.

Veo que sale una señora de la consulta dos con un transportín en el que lleva un gato. Empieza a vibrarme el estómago ahora que sé con total seguridad que voy a ver a Nadia y, al indicarme la recepcionista que puedo pasar, me pongo en pie y me doy cuenta de que las piernas también me vibran.

— ¿Por qué no me has avisado de que venías? — me pregunta sonriente al verme.

— Porque así puedes considerarme una grata sorpresa, ¿no?

— Sí, así sí — sigue sonriendo y se incrementa mi vibración.

— Hola, Toby — diferente veterinaria, pero mismo proceso: se agacha a saludarlo, él le hace una fiesta y ella le da una chuche — ¿qué hace aquí este guapetón? — le pregunta a él — ¿le ha pasado algo? — me pregunta ahora a mí.

— No, solo le toca la vacuna.

— ¿Y si te hubieran pasado con Julia? No te hubiera visto.

— ¿Eso significa que tenías ganas de verme? — sonrío, y ella cruza los brazos y ladea la cabeza, como si fuese obvia la respuesta.

¿Puedo comérmela? No, no puedo. ¡Joder! Está tan guapa…

— Pues sí.

— Me han pasado con ella, pero me ha echado de la consulta para que nos atiendas tú.

— Ah, claro, qué tonta soy, ¿cómo no había pensado en eso?

— Y me alegro de que lo haya hecho porque a mí también me apetecía verte.

Sonríe, dulce, como si tuviera algo de vergüenza, y yo ahora noto que las piernas las tengo más frágiles que antes.

— ¿Subes al chico guapo aquí? — da unos golpecitos sobre la mesa esa fría y dura que tienen y yo obedezco.

Me hace las preguntas de rigor: que si come bien, que si hace sus necesidades bien, que si no sé qué, que si no sé cuántos…le toma la temperatura, le mira las orejas, le mira la patita en la que se metió la espiguilla… ¡Espera!

— Atiendes a mogollón de animales cada día, ¿cómo puedes recordar en qué pata se metió la espiguilla?

— No podría olvidarme de ninguna cosa que esté relacionada contigo.

Vale. Uff. ¿Eso qué significa exactamente? ¿Soy importante para ella? No sé qué responderle, la verdad, me he quedado en blanco, pero ella se pone a preparar sus cosas para pinchar a mi pobre niño y mi cabeza aprovecha para pensar a toda velocidad.

— Espero que tampoco se te haya olvidado que me debes un masaje — bien, Iris, has sabido cómo salir de esa y, ya de paso, le has hecho memoria. Porque otra cosa no sé, pero yo no quiero morirme sin haber recibido un masaje suyo.

— Tranquila, que no se me olvida, pero…cada cosa a su tiempo — sonríe de medio lado y yo, entre esa sonrisa y pensar en que sus manos me toquen de esa manera, estoy empezando a notar que me sube la temperatura — ¿me lo sujetas? — me pregunta refiriéndose a Toby.

— Sí, claro.

Le pincha, y él no hace ni el más mínimo intento de moverse, pero sí que gruñe de una manera apenas audible.

Yo me paro a pensar que, encima, Toby va a odiarme a mí porque soy la que lo está sujetando y no sabe quién le está pinchando, y cuando Nadia venga a casa, volverá a pegarse a ella como si fuese su mejor aliada.

Y, por lo que veo, encima va a darle otra chuche.

Muy bien. Todo muy bien. Aquí la única mala de su cuento soy yo.

Como ya ha terminado, dejo al perro en el suelo.

En cuanto levanto la vista, Nadia está con el culo apoyado en el borde del mueble en el que tiene su ordenador y todas sus cosas de veterinaria.

Yo la repaso de arriba abajo porque me da cierto morbo el uniforme que lleva.

El primer día que la vi con él puesto, me lo dio, pero ahora me da mucho más.

Bueno, siendo clara, me daría morbo hasta despeinada y con ropa de pordiosera, pero ese pantalón que lleva debe de tener goma elástica y sería muy fácil meterle mano y…

— Iris, ¿me estás escuchando? — interrumpe mis pensamientos.

— ¿Qué? Sí, claro. Bueno…no — sonrío forzosamente, como si estuviera intentando quitarme culpa y quedar como una santa.

— ¿En qué estabas pensando?

— En nada — trato de disimular.

— Iris… — cruza los brazos y ladea la cabeza. No hace falta que me repita la pregunta porque ya siento que me está insistiendo con ese “Iris…” y su acción.

— Estaba pensando en lo fácil que sería meterte mano con ese pantalón que llevas.

— Venga, hazlo — se ríe, se mira por un segundo hacia el pantalón, como si estuviera señalándolo con la mirada, y después me mira a mí.

— ¡¿Qué?! — me sale más agudo de lo que pretendía.

— Que me metas mano.

— No, así no.

— Ven aquí — descruza a medias uno de sus brazos y me hace un gesto con la mano.

— ¿Para qué?

— Ven y te lo diré.

Mierda, ahora sí que me vibran las piernas.

¿Qué piensa hacer? Yo no estoy psicológicamente preparada para que pase algo aquí y ahora.

Era broma lo de meterle…bueno, broma no, pero…

no sé, joder, estoy nerviosa. Me acerco a ella, pero dudando de cada paso que doy.

Nadia me coge de las dos muñecas y me acerca a ella hasta que nuestras pelvis chocan, la parte de los torsos no, porque ella, al estar con el culo apoyado con el mueble, está un poco echada hacia atrás.

— ¿Sabes que tú también vas de sobrada y, a la hora de la verdad, te cagas encima? — me pregunta mirándome los labios, y yo me cago más.

— Sí, ya me he dado cuenta, pero eso también es culpa tuya.

— ¿Por qué?

— Porque me has dejado las cosas muy claras desde el principio y tengo muy claro que nunca haré nada con lo que pueda correr el riesgo de que pueda resultarte desagradable.

Aún sigue cogiéndome las muñecas con las manos, me las mueve para llevar mis manos a la parte baja de su espalda, me las suelta y me abraza rodeándome con sus brazos por el cuello. Su mejilla queda pegada a la mía.

Siento que…uf…espera…esto que estoy sintiendo no puede ser real.

Siento que me llena de energía y que me estoy subiendo a una nube al sentir su dulce olor tan cerca y esta muestra de cariño por su parte.

Se me hiperactiva el corazón y he pasado de sentir deseo sexual por ella a sentir…

joder, no sé…pero me estoy sintiendo muy bien entre sus brazos.

¿Puedo quedarme así un ratito más? Ya no estoy pensando en meterle mano.

Bueno, un poquito sí, pero así estoy en la gloria, no necesito otra cosa ahora mismo.

— Nada de lo que tú me hagas podría resultarme desagradable — me susurra tal y como está, con su mejilla pegada a la mía y su boca cerca de mi oído.

Yo noto cómo se me erizan de golpe todos los pelos que habitan en mi cuerpo y abro los ojos más de lo que creía que era capaz. ¿Qué significa eso? ¿Que ya siente esa conexión emocional y que me dejaría hacerle lo que quiera? Da igual lo que signifique, tengo claro que yo no daré ningún paso.

Aparta su cara un poquito de la mía, sin romper el abrazo, y me da un beso de los suyos: en la comisura de los labios y con la boca entreabierta, usando un poquito la lengua.

Mierda, ahora vuelvo a pensar intensamente en meterle mano porque consigue despertarme un hormigueo que se instala en mi entrepierna.

Vuelve a pegar su mejilla a la mía y me habla al oído:

— Ya van dos veces que te he confesado que tenía ganas de verte, pero no he recibido la misma afirmación por tu parte. A ver si dejándote un beso de los míos te quedas con ganas de más y deseas verme otro día.

Ahora sí; rompe el abrazo y cruza sus brazos a nivel del pecho, como si quisiera poner distancia entre ella y yo.

Cabrona…

Estoy segura de que el título de veterinaria no es el único que tiene, también debe de tener un máster en calentar bollos.