Un beso de los tuyos CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Y sí, lo voy a hacer. Lo siento, Nadia, porque va a ser pensando en ti, pero es que ya no aguanto más.

Abro el último cajón de mi mesita de noche, saco a Poseidón, que, por cierto, aún no lo he probado, me desnudo completamente y me tumbo en la cama.

Me miro los pechos, me imagino cómo sería tenerla ahí lamiéndomelos y no me hace falta ni tocarlos para que se me pongan duros los pezones, parecen tener vida propia.

Si es que es verdad que la cabeza tiene un poder sobrenatural.

Abro las piernas, me quedo con esa imagen en mi mente, cierro los ojos y la imagino ahí entre ellas mientras me acaricio el clítoris, que ya lo tengo hinchado.

¿A quién quiero engañar? No necesito imaginar nada, estoy caliente desde hace rato y no hay manera de que se me apague el fuego que siento ahí si no le doy a mi entrepierna lo que necesita.

Enciendo el cacharro y me lo coloco en ese punto que me lo está pidiendo a gritos.

Me quedo flipando al notar la sensación que me da y me digo a mí misma que quizás ha sido mala idea porque voy a aguantar menos que un eyaculador precoz.

Tanto rato aguantando el calentón para ahora irme en menos de un minuto.

Jadeo pensando en que quién me está succionando es Nadia y no Poseidón, que son su lengua y su boca las que me están llevando a ver el orgasmo demasiado cerca ya. Me agarro a la almohada con la mano libre, arqueo mi espalda y me dejo vencer: me corro liberando todas las ganas contenidas.

Apago el cacharro y siento una especie de vacío. Aunque me haya dado un orgasmo, nada puede sustituir el calor que me daría el cuerpo de Nadia ni las sensaciones que podría despertar ella en mí. Ni lo que sentiría yo al despertar lo mismo en ella.

Me levanto, voy al baño a hacer mis cosas de antes de ir a dormir, me pongo el pijama, me acuesto y cojo el móvil para asegurarme de que tengo activada la alarma para mañana.

Capta mi atención que tengo mensajes de un número desconocido.

Sonrío al pensar que debe de ser ella y entro a la conversación como si fuese una carrera a contrarreloj.

— Ya en casa. ¿Lo has hecho?

Me paro a preguntarme si debería decirle la verdad o no. Una cosa es insinuar en tono de broma que voy a hacerlo y otra cosa es afirmarlo, pero…le dije que no iba a ocultarle cuánto me pone, ¿no? Pues creo que debería dejar siempre las cartas sobre la mesa sin cortarme ni un pelo. Le respondo:

— Si te respondiera un “sí”, ¿te parecería una loca?

— Me parecerías una persona humana y sincera.

— Pues sí, lo he hecho :)

— Podrías haber activado la cámara para mí ;)

— Si quieres verlo, tendrá que ser en persona.

— ¿Has pensado en mí?

— No te pases de lista, eso no te lo voy a decir.

— Lo tomaré como otro “sí” :P

— Piensa lo que quieras…

— Buenas noches, Iris, que descanses.

— Buenas noches. Igualmente.

Y le añado el emoticono que está dando un beso con el que parece que lanza un corazón.

Me doy cuenta de que no he dejado de sonreír desde que he pensado que el número desconocido sería ella y noto cómo se van ralentizando los latidos de mi corazón, que habían estado hiperactivos todo el rato, pero no me había dado cuenta hasta ahora.

Miro su foto de perfil y me pregunto cómo puede ser tan guapa y tan sexy, y me entra un calorcillo suave por dentro. Mala idea tener su número de teléfono porque ya me veo cada dos por tres entrando a ver la puñetera foto.

Bloqueo el móvil, lo dejo sobre la mesilla y me centro en que tengo que dormir. Su foto es lo último que ven mis ojos y ella es lo último en lo que piensa mi cabeza hasta que caigo en un sueño profundo.

***

“No, Iris, solo es una foto, la misma que viste ayer, nada ha cambiado, no puedes tener tanta necesidad de verla” me digo a mí misma para tratar de convencerme de que no necesito mirarla.

Pero termino cayendo. Antes de salir de casa para ir a trabajar, la miro. ¡Joder! Parezco una obsesa. No me reconozco, en serio.

Mientras conduzco hacia la residencia, me paro a pensar en lo que me contó Nadia ayer.

El corazón se me vuelve tan maleable como la plastilina al pensar en lo intensamente que puede llegar a querer a una persona.

La chica esa de pelo, ojos y pestañas de color negro intenso, con pinta de macarrilla chula, es capaz de amar con todo su corazón y sufrir de manera extrema al no ser correspondida.

Hubo una chica que fue el mundo entero de Nadia, una persona por la que estoy segura de que lo habría dado todo, y esa persona solo la quería como amiga.

¿Y si algún día yo soy ese mundo para Nadia?

¿Y si ella lo es para mí? Se me eriza la piel solo de pensarlo.

Pero… ¿y si esa chica sigue ocupando espacio en su corazón, pero no quiere aceptarlo?

Así tendría sentido lo de que no quiere ni siquiera saber cómo sería besarme a mí, porque en el fondo es a la otra a quien quiere besar.

¡Mierda! ¿Por qué coño estoy pensando en estas cosas?

Me doy rabia a mí misma, en serio. Iris, cálmate, desconecta tu mente, no te precipites, deja que todo fluya y que pase lo que tenga que pasar.

Si al final no quiere nada, todo se puede quedar en una bonita amistad.

¿Amistad? ¿Con Nadia? ¡Uf! No lo veo… ¿Ves?

La otra solo quería amistad con ella, y yo…

¿qué quiero yo? Pues no lo sé, pero quiero cosas con ella.

Muchas cosas. ¿Y ella conmigo? Pues tampoco lo sé, pero quiero que también quiera muchas cosas.

¿Estoy de psiquiátrico por estar preguntándome y contestándome cosas yo sola?

Puede ser, pero nadie me escucha, así que nadie tendrá pruebas ni razones para encerrarme. Menos mal.

Aparco el coche, cojo el móvil y miro las notificaciones. Nada interesante. Me apetece escribirle, pero no sé qué excusa sacar. ¿Qué voy a preguntarle? ¿Si ha dormido bien? ¿O cuantas vacunas contra la rabia va a poner hoy? ¡A la mierda! Nada de formalismos, sinceridad pura y dura:

— ¿Tampoco te parecería una loca si te digo que he necesitado volver a ver tu foto de perfil y que te lo estoy confesando porque es la única excusa que encuentro para escribirte?

— Al menos tú te has atrevido a confesar, yo aún seguía preguntándome si te gustaría recibir un “buenos días” o si preferirías desconectar de mí.

Creo que me estoy metiendo en un lío. Acabo de darme cuenta de que no quiero desconectar de ella.

Vuelvo a recordar sus palabras, cuando me dijo que necesita una conexión emocional para acostarse con alguien y, de momento, me calienta, pero no me cocina.

Y eso es un problema con mayúsculas. ¿Y por qué?

Pues porque no estamos en el mismo nivel.

Yo siento esa conexión emocional, pero ella no.

Conmigo está claro que no, con la otra no lo sé.

Le contesto:

— Puedes darme los buenos días siempre que quieras.

— Pues…espera, en un rato te escribo.

¿En un rato? Pues nada, tengo que levantar el culo y ponerme a trabajar, no puedo esperar.

Entro a la residencia y voy con Conchi. Lo tengo organizado para que sea ella siempre la primera porque así me pilla más fresquita y me deja de buen humor ya para el resto del día.

A veces tenemos conversaciones muy simples, pero le tengo tanto cariño que me da igual lo que hable con ella, siempre me resulta agradable.

— ¡Buenos días, Conchi!

— Buenos días, guapa, ¿qué tal las clases de bachata? — esta pregunta parece que ella también la tiene puesta en la cabeza como la primera del día.

— Ya no voy a esas clases, Conchi.

— ¿No hay nadie con quién quieras bailar?

— Sí, hay una persona con la que me encantaría hacerlo — suspiro, pero se me corta al escuchar el sonido de la notificación del móvil. Debe de ser Nadia, y yo aquí con las manos ocupadas.

— ¿Y entonces? La vida es demasiado corta, tienes que aprovechar las horas de baile que tengas con esa persona, te lo dice una vieja como yo, y tú tienes que hacer caso.

— Yo le hago caso en todo lo que puedo, que ya sé que sabe más el diablo por viejo que por diablo.

— ¿Me estás llamando vieja? — me pregunta aparentemente molesta.

— Em…no…es que… — dudo qué contestar y ella estalla en una carcajada. ¡Será cabrona la vieja!

— Pues claro que lo soy, y tú demasiado joven, y estáis enganchados a ese aparatejo — levanta la barbilla para señalar el móvil, que está encima de la mesa. Supongo que se ha dado cuenta de que no paro de mirarlo porque estoy intranquila de pensar que Nadia me ha escrito y no puedo mirarlo.

— Yo no estoy enganchada, se lo aseguro, pero es que estoy esperando un mensaje importante y creo que ya me ha llegado.

— ¿Entonces a qué esperas para mirarlo?

— ¿Puedo?

— ¡Pues claro! Si yo me voy a morir con artrosis igualmente.

— Gracias — le sonrío y le doy un apretoncito a la mano que le estaba masajeando.

Miro el móvil y me ha mandado un selfie en el que salen ella y un bulldog francés, acompañada de un “Sansón y yo te deseamos que te vaya muy bien el día” y un emoticono dando un besito. ¿Puedo morir de amor? Puedo morir de amor, os lo confirmo. Dios…es que está tan guapa…y tan dulce con el perro.

— ¿Se puede saber por qué sonríes como una tonta? — me pregunta Conchi sacándome de mi mundo de fantasía.

— Es que me acaban de mandar una foto muy dulce.

— ¿Y no piensas enseñármela?

— Sí, claro, mire — giro el móvil hacia ella y echa la cabeza hacia atrás para poder verla. Hipermetropía, imagino.

— ¡Qué niñas más guapas!

— El perro es niño.

— ¿Y tu sonrisa por cuál de los dos es?

— Por los dos.

Se queda callada. Mira a la pantalla y a mí, a la pantalla y a mí, y piensa. Tiene pinta de que su cabeza ahora está haciendo mil operaciones matemáticas a la vez y sin calculadora, ni papel, ni boli.

— ¿¡No me digas que te gustan las mujeres!?

— ¿Qué le hace sospechar eso?

— A mí no me engañas, jovencita — levanta el dedo entre ella y yo — esa niña es con quién quieres bailar, se te nota en la cara a kilómetros de distancia y sin gafas.

— Pues sí, es ella, no la voy a engañar.

— ¿Y ella quiere bailar contigo?

— Más o menos…

— ¿Ese aparatejo tuyo tiene para hacer fotos también?

— Sí — me río — claro. ¿Por?

— Ella lleva uniforme, imagino que el perro es su paciente, ¿no?

— Sí.

— Pues ahora tú le mandas una foto con tu paciente, que hoy me he puesto la dentadura postiza y puedo sonreír — sonríe exageradamente para enseñármela y yo me río otra vez.

— ¿Se hace un selfie conmigo?

— ¿Un qué?

— Una foto.

— ¡Ah! Sí.

Pongo la cámara en modo selfie, me pongo a su lado, sonreímos ampliamente, nos hago la foto y se la mando con un “Conchi y yo también te deseamos que tengas un buen día” y un emoticono dando un beso.

— ¿Y vas a hacerme caso? — me pregunta Conchi.

— ¿Con qué?

— Con lo de aprovechar para bailar con ella siempre que puedas.

— Haré lo posible por conseguirlo.

— ¿Me lo prometes?

— Se lo prometo.