CAPÍTULO 19
— Se está haciendo un poco tarde, ¿tienes hambre? ¿te quedas a cenar? — me siento al lado de Toby en el sofá ya que él me impide que sea al lado de Nadia y bajo ningún concepto lo molestaré.
— Sí a ambas cosas.
— Vaya, menos mal que esto sí que me lo pones fácil — me río simpática y ella sonríe.
— Ya te hago sufrir suficientemente con otras cosas… — incrementa su sonrisa.
— A veces pienso que lo haces aposta y que disfrutas con ello.
— Puede ser… — ahora es ella la que se ríe y yo sonrío, pero creo que por quedar bien, porque en realidad me entrarían ganas de matarla si me enterase de que lo está haciendo aposta.
— ¿Te parece bien que pida algo a domicilio? Me pillas con la nevera más vacía que la cabeza de algunos humanos.
— Me parece perfecto. ¿Pizzas?
— Pizzas — afirmo con la cabeza — ¿de algún sitio en especial?
— Me da igual mientras se le pueda llamar pizza a lo que traigan.
— Perfecto. ¿Y alguna en especial?
— Me da igual mientras no lleve piña.
— Pues sí que eres fácil para algunas cosas, sí — ahora nos reímos las dos.
Cojo el móvil, busco la página web del restaurante italiano que más me gusta y entro a ver la carta.
Al ponerme a leer, por inercia, empiezo a acariciar a Toby sin dejar de mirar la pantalla y doy un pequeño salto al notar que mi mano choca con la de Nadia.
Me giro a mirarla y la aparto enseguida, pero ella me la coge y la pone sobre Toby.
— Si tú lo acaricias a él, ahora yo tengo una mano libre para acariciarte a ti.
Y empieza a acariciarme el dorso de la mano. Tierra trágame. Aunque lo que sí que trago yo es saliva.
— ¿O no te gusta?
— ¿Por qué no iba a gustarme?
— Por cómo me miras.
— ¿Y cómo te miro?
— Como si estuvieras acojonada.
— Es que no me lo esperaba — ni que me acaricie ni sentir lo que estoy sintiendo, pero esto último me lo guardaré.
— ¿Y entonces? Sigues sin decirme si te gusta o no — pasa a acariciarme la parte interna del antebrazo y yo tengo la mano sobre Toby, pero bloqueada, no la muevo — eso no vale — mira mi mano para hacerme saber qué es lo que no vale.
— No puedo concentrarme en acariciar al perro si me estás acariciando tú.
— ¿Te desconcentro? — usa un tono seductor y sonríe malévola. ¿Os acordáis de que he dicho en el ascensor que me estaba entrando calor? Pues ahora se ha multiplicado por mil.
— Uff Nadia… — dejo el móvil sobre la mesa, me tapo la cara con la palma de esa mano ya que la otra no pienso moverla de donde está y cierro las piernas porque me estoy excitando. ¡Dios! Qué bochorno.
— ¿Qué pasa?
— Que me gusta demasiado.
De repente, noto que se me sube todo el calor a la cara.
¿Por qué coño me estoy avergonzando ahora si en otros momentos le he hecho saber cuánto me pone?
Creo que la respuesta está en que, al sentir ese contacto suyo, estoy sintiendo más de lo que creía que podía sentir por simples caricias.
Si se trata de ella, creo que no se les pueden llamar “simples caricias”, son una bomba de relojería para mí.
Y no me refiero solo al tema sexual, también siento una ligera presión en el estómago que no sé qué es.
— Es bueno saberlo.
— ¿Para sentirte más satisfecha por hacerme sufrir?
— Para saber que me dejarás acariciarte siempre que quiera.
— ¿Eso significa que piensas acariciarme más veces?
— Sí.
Tierra, mejor trágame ahora o, mejor, mándame fuerzas para aguantar.
— Eem…voy a pedir las pizzas, ¿vale? — aparto el brazo, muy a mi pesar. Si fuese por mí, prescindiría de la cena y dejaría que me acaricie durante horas, pero mi salud no creo que esté de acuerdo con eso — ¿Una Diávola y una Carbonara te van bien?
— Me van perfectas.
Llamo, pido las pizzas y me dicen que las tendremos aquí en media hora.
— ¿Te molesta si voy a darme una ducha rápida? Después de todo el día trabajando, lo necesito.
— Estás en tu casa.
— Vuelvo en cinco minutos.
— Aquí te esperamos — me sonríe y el corazón me da un vuelco. Joder, ¿qué me pasa?
Dejo que el agua me caiga relativamente fría sobre mi cuerpo porque lo necesito para salir del estado en el que estoy. Al estar sola en la ducha, me pasan por la cabeza ideas muy malas, pero, por suerte, mi moral no me deja llevarlas a cabo sabiendo que Nadia está ahí afuera.
Salgo renovada y oliendo bien, cosa que me hace sentir mucho mejor. Uso un gel y una crema hidratante con olor a fresa y nata, y mi cabeza traicionera me dice que ojalá le pareciera irresistible a Nadia. Pero sé que eso no pasará.
Vuelvo al salón y, desde que Nadia me ve hasta que me siento en el mismo sitio en el que estaba, sonríe. Yo también, no lo voy a negar.
— Hueles… — hace una pausa y me mira de esa manera que me desarma — de maravilla.
— Pues te adelanto que no es mi olor natural, es el gel — digo, para cortar un poco el rollo y que no se vaya por las ramas para que después no dé ningún paso. Y nos reímos las dos.
— Algo sospechaba…
— Bueno, te recuerdo que hemos venido para que me cuentes una cosa. ¿O quieres escaquearte?
— No, no quiero escaquearme.
— Pues adelante.
Ahora tiene a Oliver encima de ella. Flipante, sí. Y Toby sigue entre las dos, no ha movido ni un solo músculo desde que Nadia se ha sentado en el sofá. Ella los acaricia, imagino que porque le nace y para mantener las manos ocupadas.
— Era mi mejor amiga. Teníamos muy buena relación y yo aún no tenía muy asimilado que me gustaban las chicas.
Prácticamente hacíamos vida juntas, lo que hacíamos por separado era ducharnos y dormir.
Y lo de dormir no siempre. Me enamoré de ella sin darme cuenta y, cuando lo vi, ya estaba hasta las trancas.
El darme cuenta lo cambió todo porque pasé de estar siempre feliz a su lado a martirizarme pensando que nunca podría tenerla de la manera que yo quería.
Ella tenía novio, pero muchas veces prefería estar conmigo que con él, así que sí que tenía momentos que pensaba que quizás ella sentía lo mismo que yo, pero no se daba cuenta o no quería asimilarlo.
Me callé mis sentimientos durante años porque prefería tenerla a medias que no tenerla de ninguna manera, no podía contemplar la posibilidad de perderla.
Pero una parte de mí vivía sufriendo; cuando estaba con ella, era la más feliz del mundo, eso sí, pero por las noches cuando me iba a la cama, me era imposible dormir, me entraba ansiedad y lloraba como una niña al pensar en cuánto la quería y en que nunca la tendría.
Joder… — deja de acariciarlos y se pasa las manos por la cara.
Le están temblando y creo que me está dando ansiedad hasta a mí de verla así.
— Nadia, no hace falta que sigas si no te sientes cómoda — le doy un apretón suave en el hombro para mostrarle apoyo.
— Quiero seguir.
— Vale, como tú quieras, pero no te sientas obligada a nada.
— Un día bebí más de la cuenta, empecé a rayarme la cabeza, a pensar que no podía más, que iba a costarme la salud callármelo durante más tiempo y que estaba perdiendo años de mi vida porque no veía nada más aparte de ella.
Es que mi vida giraba en torno a ella, Iris, no quería ni quedar con otras amigas porque cualquier plan me parecía aburrido si no estaba ella.
Y…nada, bebí de más, me rayé y le confesé lo que sentía.
— ¿Y la cosa no terminó bien?
— Me dijo que ella no era lesbiana, que estaba feliz con su novio y que me quería como amiga, pero nada más.
Me suplicó que no cambiara la relación entre nosotras, me dijo que no quería perderme, pero yo decidí distanciarme de ella porque tenía que mirar por mí, y cortar con la relación que teníamos era la única manera de conseguir olvidarme de ella.
— Pero aún sientes algo por ella, ¿no?
— No. Ya hace tres años que no la veo y te aseguro que ahora mismo estoy completamente curada de ella. Alguna vez nos hemos escrito por WhatsApp para saber de nuestras vidas, pero hace tiempo que no se me ha removido nada al recibir un mensaje suyo.
Nos interrumpe el timbre, y Oliver, Toby y yo vamos a abrir la puerta.
Me llega el olor a pizza al instante y se me hace la boca agua, y seguro que a ellos también.
Le pago al chico, le dejo algo de propina y volvemos al salón.
Tengo un hambre que da calambre, pero quiero finiquitar un poco la conversación antes de ponernos a cenar.
— Me aseguras que la has olvidado, pero yo aún te veo muy afectada por ello.
— Iris, la he olvidado a ella, pero no he olvidado lo mal que lo pasé y cuánto me ha condicionado eso después. No sé, se me ha quedado como un trauma y creo que siempre tendré miedo de volver a enamorarme.
Me acerco a ella a tope y la abrazo. Sé que el mal de amores es uno de los peores males que existen porque en mi vida tampoco es que hayan sido todas las historias de película. De hecho, si estoy soltera significa que no ha habido final feliz.
Yo me siento tan a gusto abrazada a ella, que podría alargarlo durante varios minutos, pero no sé si a ella le pasa lo mismo, así que, le doy un beso en la mejilla y me aparto un poco.
— No puedes vivir así, no siempre vas a ser rechazada.
— Supongo…pero es algo que no puedo controlar en mi cabeza.
— ¿Quieres otra cerveza?
— Sí, porfa.
Voy a la cocina a por dos cervezas más y el cortador de pizza. Vuelvo al salón, las abro y empiezo a cortar porque sería muy mala anfitriona si la dejo morir de hambre.
— ¿Y no tienes miedo de que pueda hacerte daño yo?
— Sí, claro que lo tengo, pero para evitar eso debería vivir huyendo de ti, y no me apetece ser tan cobarde a estas alturas de mi vida. Estoy intentando escuchar más a mi corazón y menos a mi cabeza.
— ¿Y qué te dice tu corazón?
Estaba llevándose un trozo de pizza a la boca, pero se queda a medio camino, bloqueada, pero no solo la mano, sino ella también.
— Nada… — intenta hacerse la loca.
— Nadia… — levanto una ceja.
— Vale…pues…hoy me apetecía verte, hacer algo contigo, y eso he hecho. No he consentido que mi cabeza me diga algo como “será mejor que no te acerques a ella”, simplemente me he dejado llevar.
— Entonces, estoy orgullosa de ti. ¿Un brindis de pizzas?
— ¿De pizzas?
— Sí, de bebidas está sobrevalorado — levanto mi trozo de pizza, ella hace lo mismo con el suyo, las hacemos chocar y nos reímos las dos.
Terminamos de cenar dejando aparcado el tema de la chica esa porque no quiero ni que se le cierre el estómago por pensar en malos momentos de su vida, ni quiero verla afectada ni lo más mínimo.
— Bueno, la compañía es muy grata — le toca la cabecita a mis niños — pero yo voy a tener que irme, que ahora sí que se está haciendo tarde y mañana hay que trabajar.
— ¿Y yo qué? — me hago la ofendida porque a ellos los ha tocado y a mí no, así que me toca la cabeza también y yo sonrío — así sí.
— Celosa — y sonríe también.
— Hombre, pues sí, aquí somos un pack de tres y me has discriminado a mí.
Se levanta del sofá para dirigirse a la puerta y yo la acompaño. Bueno, la acompañamos el pack de tres, claro, nosotros no discriminamos.
— ¿Cuánto te debo por la cena?
— Nada, invito yo — le sonrío y le guiño un ojo.
— ¿Me das tu número de teléfono? Preferiría no tener que venir a buscarte aquí o al trabajo cada vez, ni tener que llamarte al de la clínica.
— Oye…no estarás intentando ligar con tu fisioterapeuta, ¿no? — me cruzo de brazos y ladeo la cabeza.
— Ya la tengo en el bote, no necesito ligar con ella — ahora me guiña un ojo ella y sonríe de medio lado. Dios…lo que daría por quitarle esa media sonrisa con mi boca…pero, como sustituto de ese pensamiento, gruño y la empujo.
— Te recuerdo que me estás pidiendo tú el número de teléfono, así que será que yo también te tengo en el bote.
— Cuidadito — ahora me empuja ella un poco colocando el dedo en mi hombro — que parece que a la que se le está subiendo el ego ahora es a ti.
— Quizás tengo razones…
— Quizás.
— Te doy mi número de teléfono con una condición.
— ¿Cuál?
— Que me des un beso de los tuyos.
No se lo piensa ni un segundo; me coge de la cintura con ambas manos, me empuja hasta que mi espalda choca contra la pared, pega su cuerpo al mío y ahora sí que deja pasar unos segundos que se me hacen eternos.
Mal. Vamos muy mal si no piensa hacer que terminemos en la cama.
Me da tiempo a que mi corazón sufra una taquicardia y mi cuerpo una hipertermia hasta que decide acercar sus labios a la comisura de los míos y dejarme un beso húmedo que me sabe a gloria y me calienta la entrepierna.
Esta persona debe ser el demonio reencarnado en mujer.
Concretamente en una mujer que me vuelve loca. Y cada día que pasa, más.
Se separa de mí y me da su móvil desbloqueado para que le apunte mi número. ¿Cómo voy a recordar mi teléfono en el estado en el que estoy si ahora mismo no sé ni cómo me llamo ni qué hago aquí? Hago un esfuerzo, se lo apunto y se lo devuelvo. Ella abre la puerta y se gira hacia mí.
— Eem…me voy, que tengo una urgencia con Poseidón — señalo mi habitación con el pulgar.
— ¿En serio? — me mira con los ojos abiertos.
— Ni lo confirmo, ni lo desmiento — elevo los hombros y la empujo sonriendo para que salga de casa.
— Iris, ¿vas a hacerlo?
— No te lo voy a decir. Buenas noches — alargo la “e” de “noches” mientras cierro la puerta.
— ¡Cabrona! — la oigo reírse detrás de ella y yo voy hacia mi habitación con una gran sonrisa.