CAPÍTULO 18
Caminamos hasta el bar más cercano, nos sentamos en la terraza y enseguida aparece la camarera. Menos mal que no tenemos que pararnos a pensar lo que queremos, si no, lo tendríamos jodido porque no nos daría tiempo a decidirnos.
Nos trae en tiempo récord las dos cervezas con copa congelada, cosa que debería estar registrada en algún sitio como uno de los grandes placeres de la vida.
Y, además, un cuenco con un remix de frutos secos, eso que no puedes evitar comer aunque previamente te hayas tragado una vaca entera.
No es el caso, yo en realidad vengo con hambre, pero si no la tuviera, me lo comería igual.
Sabía que, después de todo lo que me ha confesado, era posible que algún día tomara algo con ella, pero, aun así, ahora me cuesta creer que por fin estamos ella y yo solas.
Y sin que Julia haya apañado el encuentro sin nuestro consentimiento, ojo.
Y encima es Nadia la que ha venido a buscarme, que es lo más increíble de todo.
Me he sentado enfrente de ella porque quiero tener de cara esos ojos, no quiero estar en la silla de al lado y tener que girarme para verlos.
Y, ya que estamos, no lo voy a negar; también quiero ver con facilidad esa cara bonita y ese torso vestido con una camiseta de tirantes que me deja ver esos brazos y la forma concreta que le otorga el sujetador a esos pechos.
— Era muy guapa la chica que ha salido de tu consulta, ¿no? — me pregunta ella.
— Sí, la verdad es que sí. ¿Te preocupa?
— Para nada — pone la espalda recta y eleva la barbilla, mostrándose como si tuviera los humos subidos a lo más alto.
Yo siempre he odiado a muerte los celos que tenía Ana, pero tengo que reconocer que ahora mismo a una parte de mí le gustaría que Nadia tenga unos poquitos, que no vaya siempre tan de sobrada.
Y, en realidad, me está jodiendo un poco que me conteste algo así, pero no lo admitiré. ¿Qué coño me está pasando?
— ¿Ves como eres una creída?
— Ya te dije que contigo sí — me guiña un ojo y sonríe y, solo con eso, consigue que el ritmo de mis latidos se descontrole durante unos segundos — Seguro que te gustó más hacerme el masaje descontracturante a mí que a ella.
— ¿Quieres que te sea sincera?
— Sí.
— No me gustó más hacértelo a ti — se lo digo seria porque ahora no estoy bromeando.
— Vaya… — le cambia la cara completamente, se queda como si le hubieran echado un cubo de agua fría.
— ¿Decepcionada?
— Bueno… — juguetea con el botellín para entretenerse con algo — un poco, la verdad. Me parece que sí que me he flipado un poco y me has cerrado la boca. ¿O estás bromeando?
— No estoy bromeando — hago una pausa porque, oye, me apetece meter un poquito de suspense — Si tuviera que decir qué es lo que menos me gusta de mi trabajo, es el saber que le provoco dolor a los pacientes.
Y si esa paciente eres tú, me gusta menos.
A ti preferiría provocarte otras sensaciones — le sonrío de medio lado y a ella vuelve a cambiarle la cara, pero esta vez con expresión positiva.
— Y lo haces.
En parte, me gustaría saber exactamente qué provoco en ella, pero no sé si es buena idea meterme en ese berenjenal, ya sea para bien o para mal, así que desviaré un poco la conversación.
— ¿Sabes que yo también tengo razones para ser una creída por tu culpa?
— ¿Por qué?
— Porque no han pasado ni cuarenta y ocho horas desde que nos vimos y ya has venido a buscarme.
Nadia estaba jugueteando con la servilleta, pero sin mirarla, me miraba a mí. Al oír mis palabras, paran sus manos y mira a la servilleta.
— No me contestes otra vez como una engreída, dime algo sincero, algo de corazón, por favor — le pido yo. Ella cierra los ojos e inhala.
— Me apetecía verte y charlar un rato contigo.
Mi corazón sonríe un momento al escuchar sus palabras, pero no lo externalizo, no lo muestro en mi cara.
Creo que acabo de entender por qué va siempre de sobrada conmigo.
Me dijo que tiene pánico de enamorarse, y creo que lo que hace es poner toda la atención sobre mí, hacer como que soy yo la que se muere por sus huesos, pero no ella por los míos.
Estoy segura de que le ha costado aceptar que le apetece verme.
Y no me refiero solo ante mí, sino ante ella misma.
Y, si estoy en lo cierto, pienso que ahora tiene el doble de valor que haya dicho en voz alta algo así. Y me gusta. Me llena.
— Me gustaría que me cuentes algún día lo que te pasó con esa chica — le digo con cierto miedo porque no sé si me estoy metiendo dónde no me llaman — si quieres, claro.
— ¿Con quién?
— Con la tonta que no te correspondió.
— ¿Por qué opinas que es tonta?
— Porque muy lista no puede ser si dejó escapar a alguien como tú — me río también con cierto miedo porque no sé si puede sentarle mal lo que estoy diciendo. ¿Y si aún sigue enamorada de ella y piensa que es la mejor persona con la que podría compartir su vida? Si es así, la he cagado.
— A lo mejor es que en realidad no soy para tanto, pero tú aún no lo ves.
— Cabe la posibilidad, pero hay algún presentimiento dentro de mí que me dice que no es así.
Se queda callada y yo ahora no sé por dónde tirar.
¿Sigo por este camino o me desvío y saco algún tema con el que pueda sentirse más cómoda?
Pero es que yo ahora necesito saber si aún hay algo ahí.
¿Y si la que está haciendo la tonta soy yo?
Está seria y mira la copa, y eso no me huele nada bien, me apesta bastante.
¿Y si ese es el motivo por el que no quiere dar ningún paso conmigo?
Joder, mierda, me estoy atormentando yo sola.
¿Para qué he empezado a hablar de esto? Podría haber comentado que marca lluvia para la semana que viene, que eso no es un quebradero de cabeza para mí.
— ¿Estás bien, Nadia? — cubro su mano con la mía y la acaricio con el pulgar. No sé qué sentirá ella con este contacto, pero a mí me da la vida — Podemos cambiar de tema si quieres, perdona si he abierto un melón que no debía.
— Tranquila, no hay ningún problema — me mira a mí por fin y yo dejo de tocarla porque me están entrando muchas dudas desde que he sacado esta maldita conversación — te lo cuento cuando quieras, pero no aquí rodeadas de gente.
Es un tema que me hace sentirme vulnerable y no me sentiría cómoda hablando de ello en un sitio como este.
— Vale, pues…
— ¿Tomamos otra en mi casa? — me interrumpe.
— ¿Te importaría si vamos a la mía? Toby lleva muchas horas solo y me siento mala madre.
— Sí, vamos, así lo veo — sonríe y empieza a repuntar con las dos piernas, como si se muriera de ansia por ver al niño que me abandonó a mí para dormir acurrucado con ella en casa de África y Mía. Traidor…
De camino a casa, siento un nervio y un hormigueo en la boca del estómago que no sé si me gusta o si me está martirizando.
Hay una parte de mí que sabe que no va a pasar nada entre ella y yo aunque estemos completamente solas y encerradas en la misma estancia, y después está la otra parte de mí que me dice que quizás algún día sí que pasará, y que no se sabe si podría ser hoy.
Y todas las partes de mí se mueren de ganas de que ocurra un milagro más pronto que tarde.
Es que la miro y me derrito, lo juro. No es una metáfora, es una realidad, porque esto que despierta en mí no puede ser una simple metáfora, no me parece correcta esa palabra.
Me encantaría poder besar esa boca sin límites y acariciar esa piel con total libertad con la yema de mis dedos.
Y con la lengua, no lo voy a negar. ¿Y verla desnuda? Sería un sueño hecho realidad para mí.
La tengo tan cerca y a la vez tan lejos…que tengo una sensación de impotencia que no me gusta ni un poquito. Es lesbiana y yo le gusto, pero necesita algo más. ¿Y ahora? Ahora soy yo la que tiene miedo de empezar a sentir algo más fuerte y que nunca llegue a pasar nada entre ella y yo.
Subimos al ascensor y me tenso. Me entran ganas de pedirle que me dé un beso de los suyos, pero no quiero ser una pesada.
Bueno, si me pongo a ser sincera, me entran ganas de empotrarla contra la pared, besarla en la boca con desesperación, lamerle el cuello…
“Uff, Iris, borra eso de la puta cabeza traicionera ahora mismo”, me digo a mí misma.
Qué calor que hace aquí de repente, joder…
Entramos al piso y Toby viene a saludarnos con su alegría enérgica, pasando de mí a Nadia y viceversa.
Oliver también viene, pero con sus aires de superioridad, como si quisiera demostrarle a Nadia quién manda aquí.
Se acerca a inspeccionarla, la huele un poquito, ella lo acaricia y él empieza a ronronear enseguida y a restregarse por sus rodillas ya que está de cuclillas.
¿En serio? Si hasta cuando viene Marina, que es la que menos viene, pero que la conoce desde hace años, tarda un rato en acercarse a ella.
A Nadia es la primera vez que la ve y ya le está bailando el agua.
Pues mira, a Oliver le ha pasado lo mismo que a mí, no puedo culparlo, lo entiendo perfectamente.
La llevo hasta el sofá y le pido que se siente.
Yo voy a la nevera a por dos cervezas y, cuando vuelvo, veo que tiene a Toby a un lado y a Oliver al otro, bien pegaditos y dejándose mimar por ella.
Vale, quiero ser animal ahora mismo, yo también quiero estar pegada a ella y que me rasque así, joder.
— ¿Ves? Tenía razón — le digo yo.
— ¿Con qué?
— Con mi presentimiento de que sí que eres para tanto.
Tienes un imán para los animales, y yo siempre he tenido la convicción de que ellos huelen de lejos a las buenas personas.
Y eso que tú les pinchas y les abres la barriga, deberían odiarte — le dejo la cerveza sobre la mesa de centro ya que tiene las dos manos ocupadas.
— ¡Qué tonta! También les salvo la vida, ¿sabes?
— ¿Y tú sabes que yo podría sentarme encima de ti para que me rasques como a ellos?
— Lo siento, pero no tengo más manos.
— Puedes hacerlo con los dientes.
Sonríe y me mira con esa intensidad que me desnuda, pero esta vez dándome un repaso de arriba abajo que hace que me tiemblen las piernas, pero niega con la cabeza, supongo que pensando un “no tienes remedio” que me deja claro que con lo único que me repasará será con los ojos.