Un beso de los tuyos CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Llego a la residencia atropellada porque se me ha hecho un poco tarde.

El sábado fui a dormir a las tantas, claro, ayer domingo me levanté a una hora muy poco digna para una persona de mi edad y eso ya me desorganizó mi rutina habitual de ir a dormir a una hora decente.

Eso y pensar en el beso que me dio Nadia.

No me lo quito de la cabeza y ahora tengo más necesidad que nunca de que ese beso no sea en la comisura, sino en la boca.

Y si pudiera sentir la calidez de esa lengua en cualquier parte de mi cuerpo…

joder, al pensar en eso, me estoy poniendo cachonda mientras camino entre ancianos.

Cuando me muera, voy a ir directa al infierno, eso lo tengo claro.

— ¡Buenos días, Conchi! — le digo con alegría, disimulando el estado en el que estaba hace unos segundos.

— Buenos días, guapa. Tienes buena cara hoy.

¿Buena cara? Si hasta se me han pegado las sábanas. Está claro que no solo le funcionan mal las manos, la vista también.

— Seguro que tu novio te ha dado alguna alegría, pillina — me da un pellizco en la barriga, mirándome traviesa.

— No tengo novio, Conchi, las alegrías me las doy yo sola.

— Ay, en mi época decían que eso era pecado. Cómo han cambiado las cosas… — suspira mirando al techo.

— ¿Usted no se ha dado una alegría nunca?

— ¿Yo? Pero ¿estás loca? — me pregunta horrorizada y yo no puedo evitar reírme porque justo eso era lo que estaba buscando.

— Pues no sabe lo que se ha perdido.

— Oye, jovencita, ¿no te acuerdas de que tú y yo teníamos un trato?

— ¿Qué trato?

— Estás fatal de aquí, ¿eh? — me dice dándome unos toquecitos en la cabeza con su dedo deformado.

Y sí, ella a mí me dice que estoy fatal, como si ella fuese la más lúcida de aquí — a ver si vas a tener demencia ya, con lo joven que eres — y se ríe ella sola, con esos dientes tan bien puestos que le otorga la dentadura postiza.

— Pues sí que estoy fatal, sí. Tendrá que refrescarme la memoria porque yo no me acuerdo — miento. Sé qué trato hicimos, pero tengo una pequeña esperanza de que ella no, de que esté mezclando temas y me salga con otra cosa que no tenga nada que ver con Nadia.

— Estoy esperando noticias fresquitas sobre la morena. ¡A ver si te piensas tú que voy a olvidarme de que me dijiste que está de “toma pan y moja”! ¡Que no soy tan vieja como para que se me olviden esas cosas! — no, qué va, está en la flor de la vida. Eso sí, cuando quiere está más cuerda que yo.

— Hoy está de suerte porque sí que tengo una noticia fresquita: me dio un beso aquí — me toco la comisura de los labios para indicarle dónde exactamente, y se me eriza la piel al tocar en el punto exacto en el que estuvieron sus labios y su lengua.

Las reacciones de mi cuerpo cuando se trata de algo relacionado con ella no son ni medio normales, en serio.

— ¿Solo eso?

¿Cómo que “solo eso”? Será cabrona la anciana…

eso es mucho más de lo que podía imaginar.

Solo con eso estoy el triple de feliz desde el sábado.

¡Si hasta estoy que no me lo creo! Sabiendo todas las trabas que me pone Nadia y siendo que me ha hecho verla como algo casi inalcanzable, para mí eso es muchísimo.

— Bueno, hay que ir poco a poco, ¿no? No querrá que la lleve a la cama a la primera de cambio…

— A mí me pareció que eso era lo que querías tú, no disimules ahora, que sabe más el diablo por viejo que por diablo, a mí no me engañas.

¡Coño con la vieja! Últimamente tengo serias sospechas de que su demencia es más ficción que realidad.

— Pues sí, tiene razón, no se lo voy a negar, pero la morena quiere ir poco a poco y yo acepto lo que ella quiera.

— ¡Ahí ha hablado una persona como Dios manda! En esta vida no hay que forzar nada, y mucho menos a una mujer. Si ella no se siente preparada, te apañas sola y ya está, que las manos las tienes para algo.

Vaya…en su época dice que era pecado, pero por lo visto ha aprendido muy rápido que en esta época ya lo vemos como algo normal.

— Oiga, que las manos las tengo para muchas cosas. ¿Cuánto tiempo llevo viniendo a hacerle masajes?

— ¡Muchos! Desde la década de los noventa por lo menos — se queda seria y, de repente, se ríe a carcajada limpia. Pensaba que le había patinado el coco, pero ahora entiendo que está bromeando. ¿Veis? Lo que yo digo: su demencia es ficción.

***

Después de toda la tarde en mi clínica, me siento agotada. Normalmente termino el día con energía de sobra, pero me está pasando factura lo de no haber descansado como toca el fin de semana.

Salgo a la recepción con la última paciente para despedirme y se me pone el corazón del revés al ver a Nadia sentada en el sofá que tengo para la gente que espera, y el cansancio se me esfuma antes de que tenga tiempo de cerrar y volver a abrir los ojos.

Espero a que la paciente salga por la puerta y se cierre por completo, y hablo:

— No atiendo a pacientes sin cita — bromeo mientras me dirijo detrás del mostrador.

— La cita que quiero no es como paciente — se levanta de la silla y se acerca a la parte de delante del mostrador.

— ¡Ah! ¿Vienes a hacerme el masaje?

— No. Preferiría no hacértelo sobre una camilla fría.

— Eso ha sonado muy mal — sonrío — pero no es problema el frío de la camilla porque ya me pondré yo suficientemente caliente.

Ella me mira sonriente y negando con la cabeza. Yo salgo del mostrador, me dirijo a la puerta para cerrarla con llave y me acerco a ella, que ahora se ha girado quedando de cara a mí. Apoyo ambas manos sobre el mostrador y acerco mi cuerpo al suyo hasta que su culo choca con la madera.

— No pienso disimular cuánto me pones — le miro primero los labios y después a los ojos.

— ¿Crees que podría ponerte cachonda que te haga un masaje a la espalda?

— No lo creo.

— ¿Y entonces?

— Estoy segura.

Veo cómo traga saliva y, por una milésima de segundo, me mira también los labios.

Llamadme loca si queréis, pero no solo estoy segura de que puede ponerme que me haga un masaje, también estoy segura de que ahora mismo nos estamos poniendo las dos, no solo yo.

Cojo su muñeca izquierda, pego más mi cuerpo al suyo y la hago introducir la mano por debajo de mi camiseta para que me acaricie la parte baja de la espalda.

Mi cara queda al lado de la suya, así que mi boca está cerca de su oído.

— Dime que no te gusta lo que estás sintiendo.

— Si te lo dijera, estaría mintiendo.

Muy bien, de momento ya tengo lo que quería. Ella sabe cómo provocarme a mí, y espero haber conseguido lo mismo en ella, aunque sea de manera más discreta porque no quiero hacerle algo que la pueda incomodar.

Le saco la mano de debajo de mi camiseta, me aparto de ella y se queda como descolocada. ¿Habrá sentido una especie de vacío al perder el contacto conmigo? Ojalá fuese así.

— ¿Y a qué venías? ¿Qué plan me ofreces?

— Te ofrezco ser yo la que te invite a esa cerveza que no dejé que me invitaras tú.

— Debería rechazarte — bromeo otra vez.

— Puedes hacerlo si es lo que quieres, pero, sinceramente, no es lo que me gustaría — apoya los antebrazos sobre el mostrador y me mira con esa intensidad que solo ella puede mirarme. Y yo…rechazar tomar una cerveza con ella es lo último que haría.

— Acepto con una condición.

— ¿Cuál?

— Que me des un beso como el que me diste el sábado — me doy golpecitos con el dedo en la comisura de los labios y sonrío para que parezca medio broma, pero si cuela, cuela.

— Ven aquí.

Vuelve a darse la vuelta para apoyar el culo en la madera y yo salgo del mostrador para ponerme delante de ella, dudando de que vaya a darme ese beso; me parecería más normal que ahora ella sí que me salga con alguna broma.

Pero me equivoco. Me coge de la cintura con ambas manos, haciendo que sienta calor no solo en el lugar exacto en el que las posa, sino en todo el cuerpo.

Con esas manos me atrae hacia ella hasta que nuestros cuerpos y nuestros pechos quedan pegados otra vez.

Me mira los labios durante unos segundos que se me hacen eternos y que consiguen que se me disparen los latidos del corazón.

Acerca su cara a la mía y me da un beso exactamente igual que el que me dio el sábado: con los labios entreabiertos y usando discretamente la lengua.

Lento, además. Yo cierro los ojos para disfrutarlo y sentirlo, y me recorre una especie de electricidad que viaja desde mi cerebro hasta mi entrepierna y hace el mismo recorrido de vuelta.

Al sentir que se separa de mí, abro los ojos y veo cómo sonríe, pero no es la sonrisa de siempre. No es la sonrisa de la tía que va de sobrada porque sabe que me gusta, ni es pícara, ni diabólica, es dulce. Siempre había pensado que me gustan todas esas sonrisas, y me gustan, pero esta me encanta.

— ¿Te has quedado sin palabras? — me pregunta ella para romper el silencio que estaba reinando.

— Si te soy sincera, sí. Tenía serias dudas de que fueses a hacerlo.

— Pues diento decirte que, además de eso, vas a tener que venir a tomar una cerveza conmigo porque he cumplido con la condición.

— Vaya por Dios…qué suplicio — pongo los ojos en blanco, fingiendo que me desagrada la idea — por si no tengo suficiente con tener que soportar que me des un beso de los tuyos, además tengo que soportarte durante el tiempo que dure una cerveza.

— Mira el lado positivo: la cerveza te sale gratis.

— ¿A dónde has dicho que me llevas?