Un beso de los tuyos CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Estoy llegando a la peluquería de Marina.

Han encontrado a otro perro que aún no se sabe el género porque no se puede ni ver, lo que sí que se sabe es que tampoco ha entrado nunca a una peluquería, como Lexi cuando la encontré.

Además, llevo a un Border Collie mestizo que tiene energía para arrastrar a un tren y me he comprometido a darle un largo paseo por el campo mientras Marina hace su tarea con el otro.

Voy con la furgoneta de la protectora y con los perros bien separados, claro, porque el que han encontrado abandonado debe de tener bichos de todas las especies.

— Hola, guapísima — me recibe mi amiga sonriente.

— Hola, trocito de cielo — le pongo voz ñoña.

— Uy… ¿Y ese buen humor repentino? No me digas que por fin has f…

— ¡No! — no la dejo ni terminar la palabra — ¿por qué sois tan pesadas? Parece que tengáis más ganas vosotras que yo.

— Eso lo dudo, amiga — me mira con cara traviesa — que, a ver, yo quiero que la genia de la lámpara cumpla tus deseos, ¿eh?

Pero… ¡Hostia! Y encima parece que la hayas sacado de la película de Aladdín — se ríe de su chiste malo y yo la miro mal — vale, vale, me callo.

Pero, oye, si te lo pusiera fácil sería aburrido.

— Sería placentero, no aburrido. La de polvos mágicos que podría haber echado ya con la genia de la lámpara… — suspiro mirando al techo.

— Vienes esta noche, ¿no?

— Por supuesto. Llevo toda la puta semana pensando en ella, joder — me friego la cara con las palmas de las manos — no voy a dejar escapar la oportunidad de verla.

— Hostia, estás grave…

— Jodida es lo que estoy — me doy la vuelta, apoyo el culo en el mostrador, dándole la espalda, meto las manos en los bolsillos y miro a la nada — no puedo quitármela de la cabeza, no puedo dejar de pensar en esos ojos, en la intensidad con la que me mira, en esa piel ligeramente bronceada por naturaleza, ese cabello tan negro, ese tatuaje que le da pinta de malota, ese cuerpo tan…

¿qué coño haces? — le pregunto al verla con una bayeta fregando el suelo por donde están mis pies.

— Secar el charco que estás dejando, no vaya a ser que entre alguien y resbale.

— Definitivamente tengo amigas idiotas — niego con la cabeza, pero me río por su ingenio — bueno, venga, ¿tienes esto despejado? ¿Puedo entrar al extraterrestre?

— Sí, peluquería privada para elle.

— Estupendo.

Voy al coche, lo saco, se lo dejo a Marina y quedamos en que me llamará cuando termine y yo lo llevaré a la protectora ya que tengo que devolver la furgoneta y a ambos perros.

Aparco a las afueras de la ciudad y nos ponemos a caminar sin rumbo fijo durante unas dos horas que es lo que tarda Marina en quitarle las rastas a la pobre criatura que resulta ser otra hembra, como Lexi.

***

Llego a casa de Nadia a la hora que hemos quedado las cuatro.

Miro por toda la calle para ver si veo el coche de Julia o el de Marina, pero no hay ninguno.

Después de lo que nos confesamos Nadia y yo, me siento nerviosa al pensar que si las otras no han llegado, vamos a estar las dos solas, pero tampoco voy a estar aquí esperando en la calle como una tonta.

Llamo al timbre y me abre enseguida, pero me sorprendo al ver que está enrollada con la toalla. Uff…joder… ¿esto es un castigo del cielo? Me tiemblan las piernas y se me cierra la garganta, así que no consigo articular palabra.

— ¿Han cambiado la hora y no me he enterado? — me pregunta extrañada.

— ¿Qué? — le respondo con otra pregunta, y aún más extrañada que ella.

— Espera… ¿quién te ha dicho la hora a la que hemos quedado?

— Julia. ¿Por?

— Qué cabrona… — se ríe y niega con la cabeza — ¿Por qué no lo he visto venir?

— ¿Serías tan amable de iluminarme, por favor?

— Son las ocho…

— Sí…

— Hemos quedado a las nueve.

— Qué hija de… — gruño como sustituto del insulto que iba a soltar al entender que a mí me ha dicho una hora antes para que estemos Nadia y yo a solas — bueno, me voy a casa para que puedas terminar de arreglarte y vuelvo después.

— ¿Cómo vas a irte a casa? Pasa — abre más la puerta y se aparta para que pueda pasar.

Yo entro, pero me quedo parada porque no he estado nunca aquí y no se hacia dónde tengo que dirigirme ni si tengo derecho a hacerlo — sigue recto, a la derecha está el salón — yo voy hacia donde me dice — ¿quieres una cerveza?

— Sí, por favor.

La cocina es abierta, así que no la pierdo de vista ni un segundo. Va a la nevera, coge solo una cerveza, la abre y me la entrega.

— Puedes sentarte en el sofá, yo voy a vestirme y vuelvo, tardo cinco minutos.

— Daría lo que fuera por que se te cayera la toalla — le digo con media sonrisa y con una cara entre diabólica y divertida.

Me sentía nerviosa antes de entrar, pero me he acordado de su “te desnudaría no solo con la mirada, sino también con mis manos” y de que decidí que a partir de ahora no iba a callarme nada, así que ahí lo dejo.

— Y yo la dejaría caer solo para ver la cara de tonta que se te queda.

— Creída.

— ¿Sabes de quién es la culpa de que lo sea?

— Mía.

— Muy bien, respuesta correcta — me guiña uno de esos ojos negros con sus preciosas pestañas y a mí me da un latigazo el corazón.

Sin añadir nada más, se va.

— Iris.

— Dime — miro hacia la parte desde la que proviene su voz y está de espaldas a mí, en el umbral de una puerta que no sé si será su habitación o el baño.

— Voy a hacer una cosa, pero tienes que prometerme que no vas a levantarte del sofá.

— Mm…vale, te lo prometo.

Deja caer la toalla al suelo, mostrándome su cuerpo completamente desnudo por detrás y dejándome los ojos a punto de salírseme de las órbitas, entra dentro de esa estancia y cierra la puerta.

¡Será cabrona!

En menos de cinco minutos la veo acercarse a la nevera y coger una cerveza.

— ¿Quieres otra? — me pregunta ella.

— No, gracias, aún me queda.

Viene hacia mí y se sienta a mi lado en el sofá, como si aquí no hubiera pasado nada y dejando un par de palmos de espacio entre ella y yo.

Me llega su mezcla de olores a champú, gel y ese perfume dulce que siempre me resulta tan apetecible y que consigue que se me erice la piel.

Yo no sé cómo puede ser que me guste tanto todo en ella, de verdad.

Una parte de mí está deseando encontrarle algún defecto para ver si consigo dejar de estar tan ensimismada en ella.

Yo aquí estoy babeando como una tonta por esta mujer que tengo delante y ella ni siquiera está deseando besarme.

Dijo que le gusto, que despierto algo en ella, pero si no quiere darme ni un mísero beso, significa que lo que le pasa a ella está muy lejos de lo que me pasa a mí.

— Estás muy guapa — me dice ella, con una sonrisa que parece sincera y dejándome una vez más con los ojos a punto de salírseme de las órbitas.

— ¿Perdona?

— Has oído bien. Estás muy guapa — afirma tan segura que me convence de que no me está vacilando. A mí me recorre un escalofrío por la columna vertebral porque, es una frase muy simple, pero no recuerdo cuando fue la última vez que alguien me dijo algo así y mirándome como ella me mira — Iris…

— ¿Qué?

— ¿Te estás sonrojando?

— ¿Yo? No.

— Sí, te estás sonrojando — aparece una sonrisa burlona que consigue que me ponga más nerviosa. Mierda. ¿Por qué coño estoy reaccionando así si antes no me he cortado en decirle que quería que se le cayera la toalla?

— Es que no puedes mirarme así…

— ¿Y cómo quieres que te mire?

Llevo mis manos a mis ojos para fregármelos porque no sé qué contestar, siento que me estoy bloqueando. Y, en el mismo momento en el que mis manos los tocan, caigo en que hoy llevo rímel y que puedo haberme hecho un desastre.

— Mierda…

Ella se ríe y acorta esa distancia que había entre las dos porque debe saber a qué viene ese “mierda” por mi parte.

— Déjame ver.

Trata de quitarme los restos de rímel que debo de tener debajo de mi ojo izquierdo y yo me paro a pensar mientras le miro esos labios que me tientan tanto.

Hace mucho tiempo que las miradas y palabras bonitas entre Ana y yo se habían terminado.

Ella aseguraba que me quería, pero yo creo que me veía más como un objeto de su propiedad que como la persona a la que quería.

Y yo…supongo que me había acostumbrado a eso.

Me acostumbré a recibir más reproches e insultos por su parte que cumplidos.

Y también me acostumbré a buscarla cuando algún día tenía las hormonas revolucionadas y necesitaba estabilizarlas.

Ahora Nadia me ha dicho palabras simples, pero bonitas y sinceras.

Y eso es a lo que no estoy acostumbrada, por eso no he sabido cómo reaccionar.

— Deja de mirarme los labios — me pide ella.

— ¿Por qué?

— Porque me pones nerviosa.

— ¿Por qué?

— Porque se me acelera el pulso cuando lo haces.

Me separo de ella, haciendo que se quede con la mano suspendida en el aire porque ya no llega a mi párpado inferior.

— ¿Cómo puede ser que se te acelere el pulso y que al mismo tiempo no tengas ganas ni siquiera de besarme?

— Yo nunca he dicho que no tenga ganas de besarte.

— No sé cómo te las arreglas, Nadia, pero lo único que consigues es marearme cada vez más.

— Hay algo que no llegué a contarte el otro día.

— Pues no sé si quiero saberlo, la verdad.

— ¿Entonces me callo?

— Joder… — resoplo — suéltalo.

— Tengo un miedo irracional a enamorarme.

— Y vives evitándolo y has conseguido no enamorarte nunca, ¿no?

— Sí que lo hice y precisamente por eso tengo tanto miedo, porque no fue correspondido y lo pasé muy mal.

— Pues siento lo que voy a decirte, pero dudo mucho que puedas escapar toda la vida de volver a tener ese sentimiento.

— Lo sé, pero no puedo evitar huir todo lo que puedo. Y tú despiertas algo en mí que no me hace tener miedo, me hace sentir pánico.

— No me ayudas con eso.

— ¿Qué quieres decir?

— Que cada vez que hablamos y te sinceras, me enganchas más, me dices algo que de alguna manera hace que te desee más. Y ahora sé que nunca pasará nada entre tú y yo porque vas a huir de mí.

— No lo haré.

— ¿Qué?

— Que no voy a huir de ti, voy a dejarme llevar, voy a dejar que pase lo que tenga que pasar. Si voy conociéndote más y vas gustándome más, que así sea. Pero evitaré besarte todo lo que pueda, te aviso.

— ¿Y si te beso yo? — le sonrío pícara.

— ¡No! — levanta el dedo índice entre ella y yo a modo aviso — tú tienes prohibido hacerlo.

— ¡Ah! — cruzo los brazos y apoyo la espalda en el sofá — entonces aquí las cosas solo pueden pasar cuando la reina quiera, ¿no?

— Así es — se levanta del sofá, apoya sus manos sobre mis muslos y acerca su cara a la mía, mirándome intensamente a los ojos — pero, si te hago esperar, ¿sabes cuánto puede gustarte que te bese por primera vez?

— Eem…ya me lo estoy imaginando y… ¿puedes dejarme un rato sola en la habitación? — bromeo.

— No soportaría que estés ahí dándote placer — se muerde el labio inferior, provocándome más de lo que ya lo está haciendo desde que he entrado.

Y es ahora cuando me doy cuenta de que está luchando contra su cabeza.

Lo que su cerebro quiere evitar es una cosa, y lo que su cuerpo le pide es otra, falta conseguir que ambos se conecten.

Tarea fácil (nótese la ironía). Yo le miro los labios con una intensidad que espero que sienta que la desarmo — Iris…

— vuelve a levantar el dedo índice entre ella y yo, como si quisiera advertirme una vez más de que no la puedo mirar así.

— Vale, vale, miraré hacia otro lado.

Y lo hago. Pero tengo clarísimo que volveré a mirarla a los labios con esa intensidad siempre que me dé la gana porque quiero que llegue el día en el que no pueda aguantarse más.