Un beso de los tuyos CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

— ¿Qué? ¿Has aprovechado antes de ponérselas? — me pregunta Julia en cuanto vuelvo al jardín y ante la atenta mirada de todas esperando mi respuesta.

— No. Eso es algo que nunca pasará — le contesto más borde de lo que pretendía, pero es que ahora mismo estoy enfadada conmigo misma y con toda la situación.

— Recuerda que lo que parece imposible no siempre lo es — intenta motivarme Mía una vez más, y veo que África sonríe — bueno, chicas, voy a ir preparando la barbacoa.

Aparece Nadia, y eso significa que nuestra habitación está desocupada ahora, así que voy yo a por la ropa que voy a ponerme después y a ducharme.

Cuando ya estoy duchada y vestida, me siento en la cama para consultar mi móvil porque hace horas que lo tengo abandonado.

Tengo poca cosa, nada interesante, así que me tumbo en la cama y me recreo un poco.

En parte, doy gracias de que me haya dicho claramente que no le apetece acostarse conmigo porque si no lo hubiera dicho, para mí sería un problema compartir cama con ella y no poder saciar mis deseos por no lanzarnos ninguna de las dos.

Pero ahora que sé seguro lo que piensa, siento más rechazo que deseo por ella.

Ahora me va a ser menos difícil tenerla aquí a mi lado.

Vuelvo al jardín más motivada, y veo que Mía, África y Julia están en la barbacoa. Nadia y Marina están en el sofá y yo decido ir con ellas porque la idea de ducharnos algunas era estar lejos del humo para no oler después.

Charlamos cosas sin importancia y con algo de tensión en el ambiente. Marina debe de estar deseando con todas sus fuerzas irse con las otras y seguro que se la sudaría oler después, pero se queda aquí, imagino que por no hacer el feo.

Más tarde nos trasladamos a la mesa a cenar y otra vez Nadia cae sentada enfrente de mí. ¿No podría estar en la otra punta?

Cuando terminamos de cenar, siguen sonando temazos en los altavoces, y Julia y Mía se vienen arriba y se levantan a bailar. Yo, al ver que ellas se animan, me levanto también. Estaba esperando a que alguien lo hiciera porque a mí me cuesta estar sentada en una silla si suena buena música.

Justo en el momento en el que termina la canción y empieza la siguiente, noto unas manos en mi cintura de alguien que viene por detrás. Me doy la vuelta y es Nadia. No entiendo qué coño busca, la verdad.

La canción que empieza a sonar es “Sigo vivo”, de Raúl.

Nadia me mira a los ojos con una intensidad que consigue que me tiemblen las piernas.

Y la entrada de la canción, que es un tanto sensual, no ayuda.

Pero menos ayuda que Nadia pegue su cuerpo al mío y empiece a bailar.

Además, me mueve a su antojo, como si se supiera los pasos de baile, como si hubiera dado clases previamente.

Aun así, consigo escuchar lo que canta en la canción:

“Estuve enamorado de tus ojos negros, me dejé llevar por la pasión, te entregué mi vida y te burlaste de mi amor. Mis manos enredaban en tu pelo negro, fuiste mi locura y mi placer, fuiste la aventura que ya nunca podrá ser”.

“Maldita esa mirada de tus ojos negros que me hizo perder hasta el control, toda la cordura, mi paciencia y la razón. Maldito aquel embrujo de tu pelo negro, la magia de tu cuerpo al caminar, fue como un hechizo del que no pude escapar”.

Parece que desde que la conozco, todas las canciones hablan de pelo y ojos negros, pero a mí me parece que no ha sido casualidad que suene esta canción.

Al terminar y Nadia separarse de mí, las dejo bailando y me acerco a África, que ahora está con Marina en el sofá y es la que se ha encargado de que la música no cese desde que ha conectado los altavoces al ordenador.

— ¿Te ha pedido Nadia que pongas esa canción? — le pregunto mientras me siento a su lado.

— Sí.

— Vale, gracias por la información.

— Estabais muy monas bailando.

— Pues guarda bien esa imagen en tu memoria porque es bastante fácil que en algún momento me dé por matarla de verdad.

Me mira con los ojos desorbitados durante unos segundos, pero vuelven a la normalidad y sonríe con cara traviesa.

— ¿De placer? — me pregunta ella y ahora soy yo la que la mira con los ojos desorbitados. ¿En serio que la tímida y modosita se ha atrevido a preguntarme algo así? El alcohol estará haciendo efecto, seguro.

— Te aseguro que de placer no. Me voy a dormir, chicas, nos vemos mañana.

Me acerco a la mesa, me bebo un vaso entero de agua y voy a avisar también a las otras de que me voy a la cama.

Para mi sorpresa, Nadia dice que también viene, jodiéndome el plan completamente porque yo quería que viniera a dormir cuando yo ya estuviera en otra dimensión para no pasar el mal trago de estar allí tumbada siendo consciente de que la tengo al lado.

— ¡Chicas, aviso de que las habitaciones no están insonorizadas! — grita Mía para que las dos la oigamos perfectamente por encima de la música mientras nos marchamos.

— ¡Que sean gemidos discretitos, por favor! — añade Julia — ¡Y si hay polvo mañanero, que sea silencioso, que yo me pongo de mala hostia si me despiertan!

Hostias mañaneras les daría yo.

— ¡Toby! ¿Dormimos?

Frase mágica e infalible para que mi perro camine a mi lado hasta la cama. Cuando pronuncio esas dos palabras juntas jamás me ignora.

Tanto Nadia como yo ignoramos lo que han dicho Julia y a Mía. Camino por delante de ella hasta llegar a la habitación, cojo el pijama y mi neceser, y me voy al baño a cambiarme y a lavarme los dientes.

— ¿Lado derecho o izquierdo de la cama? — me pregunta cuando vuelvo a la habitación. Ella se ha cambiado aquí, ya lleva el pijama puesto.

— Para una noche, me da igual.

— Elige.

— Izquierdo.

— Pues todo tuyo. Voy a lavarme los dientes.

No le contesto nada y me tumbo de lado en la parte izquierda, así estaré dándole la espalda cuando vuelva. A ver si con un poco de suerte no tengo ni que verla ni que hablar con ella cuando se acueste. Toby se acurruca hecho una bolita delante de mi pecho y yo le paso el brazo por encima.

Aunque han bajado el volumen de la música, se oye un poco desde aquí, así que no oigo sus pasos al volver, solo noto el movimiento del colchón cuando se tumba.

Se me para el corazón en cuanto siento su mano en mi costado, deslizándose hasta llegar a mi abdomen.

Vuelve a pegar su cuerpo al mío, como cuando estábamos bailando, pero ahora hay dos diferencias muy grandes: estamos solas en una cama y no lleva sujetador, sus pechos están al natural y pegados a mi espalda.

Nos separa la tela de ambos pijamas, sí, pero si no hay sujetador, la cosa cambia mucho.

Se me corta la respiración porque me gusta demasiado la sensación que estoy sintiendo, pero algo me dice que no pasará lo que yo quiero que pase.

— ¿Qué haces, Nadia? — quería disimular lo desbocado que está mi interior, pero la voz me ha traicionado.

— Abrazarte.

— Ahora que estamos solas, contéstame sinceramente a la pregunta. Te gusta calentar lo que no vas a comerte, ¿verdad? No vas a llegar a nada conmigo.

— ¿Te estoy calentando?

— No. No me pongo cachonda con un abrazo.

— Pues entonces no puedes decir que estoy calentando lo que no voy a comerme.

— No entiendo lo que haces, de verdad.

— Pues pregúntame lo que necesites para entender.

— ¿Por qué me rechazaste? Vives buscándome y rechazándome.

— Soy demisexual.

— Perdona mi ignorancia, pero si me sacas de homosexual, heterosexual, bisexual y transexual, me pierdo.

— Necesito un vínculo emocional con una persona para sentir atracción sexual por ella.

— Entonces no estás respondiendo a mi pregunta. Yo te ofrecí invitarte a tomar algo, no a meterte en mi cama. Y, mira…ironías de la vida; estamos en una sin haber llegado a invitarte a ese algo.

— Cuando me invitaste a tomar algo, hacía poco que lo habías dejado con tu novia, no quería empezar a quedar contigo y correr el riesgo de crear ese vínculo emocional y que después me dijeras que has vuelto con ella. ¿Cuántas veces las parejas lo dejan y después vuelven?

— Muchas.

— Pues no quería verme en esa situación porque eres la primera que rompió mis esquemas, y no he sabido cómo gestionarlo.

— ¿A qué te refieres?

— Me atraes desde el primer día que te vi, cosa que no me pasa nunca.

Tú te piensas que me gusta calentar a las tías y después mandarlas a paseo, pero no es así.

Cuando se sale de fiesta, la mayoría se acercan porque quieren cuatro morreos o echar un polvo, y yo eso no puedo hacerlo.

Necesito algo más que un buen físico para besar a alguien o acostarme con ella.

¿Cuántas veces has visto que sea yo la que se acerca a una tía para bailar?

— Ahora, tres.

— Exacto. ¿Y a quién me acerqué?

— A mí.

— ¿Y no te dice nada eso?

— Algo me dice.

— Contigo sí que me apetece bailar, Iris.

Me recorre un escalofrío al escuchar sus palabras y recordar la conversación que tuve con Conchi en la que usaba el baile de manera metafórica: “Yo fui la más feliz bailando con él hasta el final de sus días”.

— ¿Y por qué te has callado todo esto hasta ahora?

— Normalmente no le doy esta explicación a nadie porque vivo evitando conocer a chicas.

El problema de ser demisexual es que cuando llego a sentir esa conexión emocional con una persona y llego al punto de querer acostarme con ella, ya estoy en un estado avanzado, por decirlo de alguna manera.

Cuando llego a ese punto ya siento cosas, y corro el riesgo de enamorarme.

De ti quería huir también, por eso no te había dicho nada, pero las circunstancias y Julia no me lo han puesto nada fácil, no me dejan librarme de ti — se ríe — y, además, creo que mi mirada no sabe disimular que me gustas.

Creo que, llegadas a este punto, es inútil que intente ocultarlo y que me esfuerce en intentar escapar de correr el riesgo de llegar a sentir cosas.

— Tu mirada no me dice lo mismo que me estás diciendo tú.

— ¿Y qué te dice?

— Siento que me desnudas cuando me miras.

— Y lo hago.

— Me desconciertas, Nadia.

— A mí también me desconcierta lo que me pasa contigo, créeme.

Despiertas algo en mí desde el día en que te vi, sin conocerte, cosa que no me había pasado antes, como ya te he dicho.

No quiero que pienses que quiero calentarte porque efectivamente no voy a comerte aún, en eso no te equivocas.

No sé cómo explicarlo, me apetece desnudarte no solo con la mirada sino también con mis manos, pero al mismo tiempo hay algo que me frena, necesito esa conexión emocional — se separa de mí y yo siento una especie de vacío, y más después de erizárseme la piel al escuchar que de alguna manera quiere desnudarme — joder, soy una mierda, tendría que haber seguido callada.

¿Cómo vas a entenderme tú si ni yo misma me entiendo?

Me doy la vuelta y, con la luz que entra por la ventana, puedo ver que ahora está tumbada boca arriba mirando al techo, no se gira a mirarme a mí.

— Te entiendo.

— ¿Qué? — ahora sí que se gira a mirarme y, aunque no puedo verle bien la cara, diría que lo hace con los ojos muy abiertos, como si no se creyera lo que acabo de decir.

— Que te entiendo — busco su brazo y la cojo para, de alguna manera, mostrarle apoyo — veo que tenía una imagen muy equivocada de ti.

Pensaba que te lo tenías muy creído y que disfrutabas tonteando con las tías y rechazándolas después, así que tenía claro que no iba a mostrarte más que me interesas.

— Siento decirte que disimulas bastante mal — se ríe.

— Lo sé — y me río yo con ella — y no voy a hacer ese esfuerzo inútil más.

No me pasa exactamente lo mismo que a ti, pero sí algo parecido.

Yo no vivo pensando en echar un polvo, ni tampoco soy de acostarme con una tía a la que acabo de conocer en una discoteca.

Me quedé embobada cuando te vi, sí, pero no tenía intención de acostarme contigo.

No soy tan echada para adelante como para abrirme de piernas a la primera de cambio, por eso preferí invitarte a un café que esperar a verte en la discoteca para comerte la boca.

Además, acababa de salir de una relación, no buscaba ni busco nada, solo…

vivir. Bailar. Yo… — me muevo un poco incómoda por lo que voy a decir — voy a serte sincera; tengo claro que me atraes sexualmente, pero también tengo claro que me gusta bailar contigo, sin segundas intenciones.

— Gracias por tu sinceridad y por entenderme.

— Lo mismo digo. Y ya que estamos sincerándonos… ¿Por qué me has abrazado?

— Porque era lo que me apetecía.

— ¿Y ya no?

— Sí.

— Pues… — me doy la vuelta para quedarme tal y como estaba antes, esperando a ver si vuelve a abrazarme. Y lo hace. Y yo sonrío — buenas noches, Nadia.

— Buenas noches, Iris.

— Solo una pregunta más.

— Dime.

— ¿Julia sabe todo lo que me has contado?

— Sí.

Ahora sí que me cuadra todo. Por eso me dijo que no podía decirme nada y también por eso está haciendo de alcahueta. Pero, a su favor diré que, gracias a ella, en este momento me siento mucho más a gusto de lo que me he sentido en los últimos años.